La democracia liberal como fin de la Historia


SAMUEL ESPINO



“Al llegar al final de la historia no quedan ya competidores ideológicos serios para la democracia liberal”
(Francis Fukujama)

Con la presente frase, Francis Fukujama, doctor en políticas por la Universidad de Harvard, comenzaba un artículo en 1989, que habría de convertirse más tarde en una de las monografías más polémicas en el ámbito de las ciencias sociales. Desde luego, como cualquier proceso humano, la publicación de Fukujama no fue producto de la casualidad, sino que respondía al contexto de la desintegración de la Unión soviética, momento en el que como se remarca en la frase con la que empezábamos este artículo, la democracia liberal se hace imbatible ante cualquier alternativa sistémica. Si bien debemos recordar, que este artículo de 1989, se ampliaría para la escritura de un libro que saldría a la venta en 1992.

Siguiendo la dinámica de los procesos sociales, tampoco es de extrañar que la financiación de esta monografía fuese a cargo, de la John Olin Foundation, una fundación creada en 1953, por John Merril Olin, un empresario dedicado a la industria química y armamentística, que en los años 70´s convierte a su empresa en una de las más ricas del país americano. En los 90, fruto de esta instrumentalización de la ciencia, esta Fundación hará posible para estos años la publicación de dos monografías, la ya citada de Fukujama, conocida en su título en inglés: “The end of history and the last man”, así como el libro de Samuel P. Huntington: “El choque de civilizaciones”.

Desde muy pronto, según nos explicita José María Marco, articulista de la razón, esta fundación ayudaría a la CIA a financiar programas culturales con la idea de neutralizar la influencia marxista. Con lo cual, si ya no nos había quedado clara la posición ideológica de la Fundación, esta cuestión nos disipa las dudas. Esta empresa, a partir de su influencia en los años 70, se convertiría de ahí en adelante, en adalid del capitalismo neoliberal en Estados Unidos, y por tanto, su más acérrimo promotor. Extendiendo así su radio de influencia a las Universidades de Yale, Harvard o Georgetown.

Antes de centrarnos, en los argumentos del propio texto, conviene focalizar de forma muy somera, en el ataque que para el sistema capitalista supone la revolución rusa.

El marxismo, concebido como una ciencia de carácter revolucionario, tenía como propósito ser uno de los instrumentos de la clase obrera, y como tal apostaba por una profundidad y una fortaleza argumentativa, que lo presentaba como un paradigma de sustitución. Este hecho provocará que el capitalismo, que se había convertido en un sistema hegemónico en buena parte del globo, durante el siglo XIX y XX, no tuviera la necesidad de crear ningún centro de estudios, para mantener el dogma liberal, cosa que si sucederá a partir de la segunda guerra mundial, y sobre todo con el inicio de la guerra fría, en el que estas fundaciones y centros de estudios necesitan convencer, ya sea por medio de los canales tradicionales como la prensa así como con la introducción de la televisión, como mecanismos por los que extender el dogma neocon.

Con lo cual, a modo de conclusión en este apartado, destacan dos interesantes apreciaciones: La primera, el marxismo entendido como un peligroso enemigo, al que se debe intentar neutralizar; y el segundo, la instrumentalización de las ciencias sociales, al servicio del capital neocon, que extenderá su influencia ideológica, a la antigua sede del imperio: Europa, que tras la segunda guerra mundial, se convertirá en un peón al servicio de los americanos, más que en un territorio con identidad propia.

En lo concerniente a las propias ideas del texto, podemos decir que Fukujama se congratula de que la democracia liberal se termine imponiendo como sistema, según dice fruto de un acto racional, lo que vincula al autor con la propia tradición ilustrada. Es por ello, que según el propio autor, la democracia liberal debe ser el objetivo al que todo pueblo debe aspirar por ser el experimento más perfecto, o al menos el mejor comparado con el sistema comunista. No obstante, en lo que si tiene absolutamente razón Fukujama, es que el sistema burgués ha ganado la partida al propio comunismo como sistema. No porque haya acabado con sus propias contradicciones, sino porque de su victoria, dependería el uso pernicioso que se ha hecho y que se sigue haciendo de los medios de comunicación, en el que se convence a la población (confusa y desmovilizada), de que no existe alternativa a este sistema, ni a las recetas económicas que se llevan a cabo.

No deja de ser muy interesante como para el autor, en esta idea de explicar porqué no triunfa el sistema liberal de forma estable en determinados países, alude al caso de América latina. En este sentido, F. Fukujama, propone que si estos países no logran la estabilidad es por una debilidad de la razón y la política de los propios países, cuando “se pierde el control”.

En el discurso de Fukujama, si los países latinoamericanos no pueden tener una estabilidad política se debe a que no saben mantener el control, quizás otra forma de llamar bárbaros a los países latinos. En cualquier caso, se pasa por alto el intervencionismo económico-político, que los Estados Unidos asumen tras la independencia de las colonias españolas y portuguesas en el siglo XIX como elemento de análisis, para resaltar su concepción ideal de un sistema político, que pretende esconder las debilidades, y resaltar sus supuestos beneficios. Por último, el autor desde unas posiciones deterministas, propone a los países de tradición anglosajona, como modelos de estabilidad, argumento desmontable, como todas las falacias argumentadas desde estos presupuestos simplistas.

A modo de conclusión, lo que está claro es que más allá del propio contenido propagandístico y doctrinario de este libro, soporte de la ideología neoconservadora estadounidense, parece cierto que la historia no tendrá fin hasta que sus sujetos, la humanidad deje de existir. En este sentido, el pensamiento de Hegel que se desgaja de la argumentación de Fukujama, está condenado al fracaso, porque la historia no puede acabar si sus principales protagonistas siguen relacionándose en todos los sentidos. Esta aportación que se inserta dentro de lo que podemos llamar el postmodernismo, tiene como fin la desideologización de la sociedad, paradójicamente desde unos presupuestos ideológicos, como es el neoliberalismo.

Desde nuestra visión, el movimiento no solo de las cosas, sino también de la historia, lo que habría de llamarse en tiempos de Marx, la dialéctica, es la base fundamental del desarrollo social. La visión simplista y poco profunda de Fukujama, no explica de forma seria los cambios que se dan en el mundo, sino que pretende ser un imperativo en el que el “sistema democrático liberal” debe imponerse, pues es quien ha ganado la batalla de la historia.


(*) Samuel Espino es historiador por la ULPGC.


BIBLIOGRAFÍA

Joseph, Fontana (1992). La historia después del fin de la Historia: reflexiones acerca de la situación actual de la ciencia histórica. Barcelona: Crítica.

José Maria, Marco Tobarra (2012). La nueva revolución americana. El movimiento liberal conservador en Estados Unidos. Madrid: Biblioteca Online.

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