La evolución del imperialismo estadounidense: cuatro tesis y cuatro conclusiones


TEODORO NELSON 



Los proletarios revolucionarios norteamericanos están llamados a desempeñar precisamente ahora un papel de singular importancia como enemigos inconciliables del imperialismo norteamericano, el más lozano, el más fuete, el último que se ha incorporado a la matanza mundial de los pueblos organizada por el reparto de los beneficios entre los capitalistas”. 
–Lenin, Carta a los obreros norteamericanos.


La historia de los Estados Unidos comienza con el primer proceso revolucionario burgués a gran escala de la historia de la humanidad. Sobre la gran tierra libre de las 13 colonias se asentaría una de las democracias capitalistas más desarrollada, culta y civilizada, como demuestra la rigurosa aparición de los derechos civiles burgueses. Según el propio Lenin “la historia […] de la Norteamérica civilizada, comienza por una de las grandes guerras verdaderamente liberadoras y revolucionarias […] fue una guerra del pueblo norteamericano contra los bandidos ingleses, que oprimían a Norteamérica”. 

Esta revolución emancipadora daría pie a una larga epopeya sobre la cual se construiría un enorme país. En sí mismo, el proceso revolucionario capitalista culminaría con el fin de la guerra civil estadounidense (1865), aboliendo la esclavitud y asentando las bases del modelo de producción asalariado. 

Así, en la primera década del siglo XX, los Estados Unidos serían lo suficientemente jóvenes y fuertes como para ponerse, en pocos años, a la cabeza entre las principales potencias imperialistas del mundo. Tras la primera guerra inter-imperialista (primera guerra mundial o gran guerra) Gran Bretaña tenía el imperio más vasto y enorme que el mundo había conocido. Sin embargo, fue desbancada como potencia por el hijo pródigo. Tras la inmediata crisis de posguerra, los ingleses se recuperaron gracias a los préstamos norteamericanos e importaciones. El gobierno yankee rápidamente impuso un sistema arancelario que creaba la necesidad en esos países de pedir préstamos norteamericanos para cubrir su déficit. 

He aquí el primer paso de los Estados Unidos como potencia colonial genuinamente imperialista, basada cada vez más en la concentración y hegemonía del capital financiero. La  extraordinaria velocidad en cuanto a la concentración de la industria es posiblemente la característica más destacable del país en cuanto a su historia económica. En 1909 el 1,1% de las empresas empleaba a más del 30% de los trabajadores y casi alcanzaba la mitad de la producción del país. “Casi la mitad de la producción global de todas las empresas del país –exclamaba Lenin– fue realizada por una centésima parte del total de las empresas”. 

Así, apenas siglo y medio después de la revolución, la nación de Washington se había convertido, en palabras de Lenin “en uno de los países donde es más profundo el abismo entre un puñado de multimillonarios insolentados, sumidos en el fango y en el lujo, por un lado, y los millones de trabajadores que viven al borde de la miseria, por el otro”. 

Planteémonos ahora los términos relativos del mundo en este momento. Gran Bretaña era la nación más poderosa y grande. Alemania, la más tecnificada y organizada. Sin embargo, Norteamérica, sin mover un soldado, se convirtió en la primera potencia del mundo. “Los multimillonarios norteamericanos –continúa Lenin– eran, probablemente, los más ricos de todos y los que se encontraban en la situación geográfica más segura. Se han enriquecido más que nadie; han convertido en tributarios suyos a todos los países, incluso a los más ricos”.

Observemos dos aspectos fundamentales del capitalismo norteamericano incluso en una fase tan temprana: un imperialismo basado en el control comercial y sobre todo financiero, por una parte, y su imposición colonial sobre otros países imperialistas, por otra. En los años 30, Estados Unidos exigiría el pago de sus deudas en dólares. La política del apaciguamiento británico en las vísperas de la segunda guerra inter-imperialista (Segunda Guerra Mundial) refleja tanto el miedo a Alemania como a Estados Unidos, el verdadero enemigo inglés desde los años 20. El secretario de Estado de Roosevelt ya se relamía en medio de la guerra: “El liderazgo hacia un nuevo sistema de relaciones internacionales […] recaerá principalmente en Estados Unidos […] debemos asumir esta autoridad […] principalmente por razones de simple interés nacional”. 

De este modo, Estado Unidos fue el gran beneficiario de la guerra. Los casi 50.000 aeroplanos que se fabricarían durante el conflicto fueron “una declaración de supremacía industrial”. Cuando a los ingleses se les acabaron los dólares en otoño de 1940, el secretario del tesoro estadounidense solicitó una relación de propiedades en Gran Bretaña en cuanto a su liquidez en el hemisferio norte. El 23 de Diciembre Londres perdería los últimos bienes tangibles, 50 millones de libras de oro, en manos norteamericanas. Al tiempo, los bondadosos líderes estadounidenses expresaron a los industriales indios su interés de entrar en su mercado para librarlos de la dependencia de la libra; Arabia saudita caería completamente en manos del capital norteamericano, donde la multinacional petrolera Aramco explotaría los jugosos yacimientos, y así un largo etcétera. 

Tras la devastadora guerra contra los nazis la nación de Washington sería la primera en verse reforzada. Durante el conflicto, el PIB nacional casi se duplicó. A partir de este momento, y salvo las aisladas resistencias de las viejas potencias imperialistas, Norteamérica se enfrentaría a las antiguas colonias que no cambiaron inmediatamente de manos así como a la URSS, segunda gran potencia mundial la cual no había caído bajo la dependencia financiera mundial estadounidense. En 1948, el jefe de planificación del Departamento de Estado norteamericano en un memorando confidencial dejaría las cosas bastante claras: “Poseemos cerca del 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6,3 de su población […] nuestra tarea real es diseñar un patrón de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional”. 

Volvamos ahora a plantear la situación mundial general en este momento. De la lucha entre los viejos imperios coloniales, rápidamente se pasaría a un solo imperio, un imperio de barras y estrellas que gestionaría y coordinaría (en su beneficio) al resto de las potencias imperialistas, a pesar de las dificultades iniciales fruto de la imposibilidad de pagar los créditos en la posguerra (Plan Marshall). Según Eric Hobsbawn, “Tampoco estaban los Estados Unidos en situación de imponer a los Estados europeos su ideal de plan europeo único, que condujera, a ser posible hacia una Europa unida según el modelo estadounidense […]”. Vemos como este gran proyecto al fin sí se acabaría cumpliendo, con Alemania a la cabeza tras el fin de la URSS como potencia imperialista Europea. 

Y es que con Bretton Woods (1944) se crean tanto el FMI como el Banco Mundial, con Norteamérica a la cabeza como mayor contribuyente. Aparecen así las primeras instituciones imperialistas de escala mundial, o las instituciones imperialistas de capital mundial conjunto. 

Así, según Hobsbwan, “el Banco Mundial y el FMI, que todavía subsisten, quedaron subordinadas de hecho a la política de los Estados Unidos”. Como ya hicieran Gran Bretaña cuando controlaba el comercio mundial, la oligarquía estadounidense abogó por la libertad de comercio (es decir, por la libertad de un comercio controlado por ellos). Los inmensos créditos para los países arrasados por la guerra asegurarían el control sobre los mismos. Feiss, del Departamento de Estado, expresaría claramente el objetivo de las ayudas de posguerra: “Estados Unidos no podía quedarse cruzado de brazos y permitir que el capital recaudado en Estados unidos se empleara para fines contrarios a nuestras políticas o intereses principales […] el capital es una forma de poder”. Según el propio Marshall, los beneficios del programa que llevaba su nombre se interrumpirían si en algunas elecciones ganaban los comunistas. ¡He aquí a los verdaderos “demócratas” norteamericanos! Su democracia les sirve sólo mientras sirva a su bolsillo. 

Aparece así una nueva división mundial del trabajo; las multinacionales con base en USA pero con operaciones en otros países aumentaron sus filiales de 7.500 en 1950 a más de 23.000 en el 66. Europa le seguiría a la zaga. Es ahora cuando empiezan realmente a florecer los paraísos fiscales, donde están los “eurodólares” acumulados “gracias a las crecientes inversiones norteamericanas en el exterior y a los grandes gastos políticos y militares del gobierno de los Estados Unidos”. A partir sobre todo de los 70, las grandes multinacionales darían el salto a las neo-colonias, llamadas por nuestros pudorosos intelectuales como “el Tercer Mundo”. 

Se consolidaron así la coordinación de la producción mundial por Norteamérica. Los mercados de divisas se dispararían, y el papel moneda rompería su intercambiabilidad con el oro (1971). Cada vez había más dinero en el mundo, el cual empezó a multiplicar el volumen total de mercancías del comercio mundial. Como era de esperarse, el término imperialismo deja totalmente de usarse incluso entre los pensadores más progresistas justo cuando el imperialismo es más grande y desarrollado.


Recapitulando, para esta etapa podemos observar 4 grandes características del nuevo orden imperialista: 

1. De las potencias enfrentadas por el control del mundo a una gran potencia imperialista, es decir, de la centralización financiera de la economía nacional a la gran centralización –jerárquica- mundial de la economía. 

2. Gracias a esta centralización a escala nunca antes vista, los viejos Estados coloniales son sustituidos por el control directo de las multinacionales sobre las neo-colonias. Ramas concretas de la industria euro-norteamericana como el petróleo o los minerales administran directamente los Estados. Así aparecen, por ejemplo, los “Petro-Estados”. 

3. Un puñado de bancos controlan el mercado mundial: el capital bancario crece cada vez más. Países enteros funcionan como paraísos fiscales donde el dinero “brota” por sí solo. 

4. Al tiempo que las relaciones de propiedad privada se desarrollan cada vez más, la fusión con sus respectivos Estados crece cada vez más, haciéndolos indistinguibles. El Capitalismo Monopolista de Estado adquiere su forma final. Así, según Alejandro Nadal “de ser una organización política, el Estado hoy se ha convertido en una matriz de intereses corporativos y su finalidad no tiene nada que ver con el bienestar social”. La propiedad pública acaba revistiendo relaciones genuinamente privadas, fracciones de capital en el Estado. 

¿Qué supone todo esto? En primer lugar, que el imperialismo norteamericano se caracteriza, como hemos visto, por ser más directo y más indirecto al mismo tiempo. 

En segundo lugar, que las tesis de Lenin donde el capital bancario dominaba al resto de la economía planteadas en El imperialismo: fase superior del capitalismo se cumplen aún hoy día, pero en una escala mucho mayor. 

En tercer lugar, que la ultracentralización de la economía a la que dio pie la hegemonía del capital financiero trajo consigo unas necesidades de recapitalización tales, que la única solución que se encontró fue multiplicar artificialmente el dinero, apareciendo el capital ficticio. La producción de riqueza se desdobla de los beneficios en una cuantía jamás vista. “La tasa de ganancias –postula Nadal- asociada a la actividad productiva ha sido remplazada por la rentabilidad derivada de la especulación como referencia en el proceso de acumulación”. Pero he aquí lo “ficticio” del capital ficticio, y es que los beneficios no son capital, aumentar el papel moneda no hace que la economía gire. Según Teodoro Santana, “El problema de fondo es que el capital no debe entenderse como dinero o recursos financieros sino, tal como reveló Marx, como procesos de producción y reproducción de la riqueza. Mientras que el dinero se puede imprimir, los procesos de producción y reproducción se establecen sólo siguiendo leyes objetivas inflexibles”. Por mucho que aumente la masa de dinero, las mercancías que en ellas se reflejan y las relaciones productivas son las mismas, y no se multiplican mágicamente. 

Y en cuarto y último lugar, el imperialismo norteamericano sólo puede encontrar las mismas soluciones que las viejas potencias coloniales. O bien aumentando la cuota de plusvalía, esperando ilusamente que pueda equipararse a los volúmenes de capital ficticio (por lo que se tenderá a aumentar la explotación de los trabajadores indefinidamente) o bien aumentando la presión sobre las colonias: “Por eso ahora la FED se adelanta –sigue Teodoro Santana– a la nueva crisis dentro de la crisis y se propone subir la tasa de interés, provocando un “efecto aspiradora”: los dólares vuelven a EEUU, los precios de las materias primas caen, llevando esa crisis a los países emergentes, a los que aboca a la devaluación de sus divisas y a que los inversores se retiren de ellos”. O por supuesto, la combinación de ambas: aumentar la escala de la guerra imperialista.

  

BIBLIOGRAFÍA

• Bambery, C. (2015). Historia marxista de la segunda guerra mundial. Pasado & Presente. 

• Hobsbawn, E. J. (2003). Historia del siglo XX, 1914-1991. Crítica. 

• Lenin, V. I. (1984). Obras completas, tomo 37. Moscú: Progreso. 

• Lenin, V. I. (1984). Obras completas, tomo 25. marzo-julio de 1914. Moscú: Progreso. 

• Nadal, A. (2017). Guerra privatizada: Las mutaciones del capitalismo. La Jornada.


• Santana, T. (2015). La crisis eterna. Bandera Roja Canarias.

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.