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Rojipardos y rojigualdos

octubre 18, 2018

TEODORO SANTANA 


Un sector del partido alemán Die Linke (La Izquierda) se ha constituido como Aufstehen (En Pie), reclamando el cierre de fronteras a los inmigrantes para, supuestamente, garantizar el Estado del Bienestar a los trabajadores alemanes. A esta línea política se le ha denominado “rojiparda”, pues bajo un discurso izquierdista retoma posiciones de los “camisas pardas” nazis. No es novedad. Precisamente el partido nazi, autodenominado Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), justificaba sus fechorías como defensa de los trabajadores alemanes. El Partito Nazionale Fascista italiano también argüía la defensa de “sus” obreros. Y, sin ir más lejos, los falangistas españoles siempre hablaban de la “revolución nacional sindicalista” pendiente.

Los “rojipardos” (más pardos que rojos) hacen suya la retórica anti inmigración del fascismo con el objetivo de ganarse a los votantes de extrema derecha, muchos de ellos trabajadores. Y para ello arguyen que la inmigración permite que los trabajadores inmigrantes sean explotados como esclavos, lo que conlleva la bajada de salarios de los obreros europeos y la desintegración del “Estado del Bienestar”.

De esta manera, el trabajador africano, asiático o latinoamericano es presentado como alien, gente ajena a la clase obrera europea, un cómplice -involuntario, se supone- de la estrategia capitalista de empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores “blancos”. Y, misericordiosamente, para que estos tercermundistas no sean esclavizados, exigen que el Estado capitalista no los deje entrar a “nuestro” mercado de trabajo. Total, que sean esclavos en sus países, quieren decir, y que no vengan a joder a Europa.

A estos “rojipardos” no les pasa por la cabeza que los trabajadores inmigrantes son sus iguales, carne de la misma carne y sangre de su misma sangre. Ni se imaginan luchando codo con codo con ellos por sus salarios. De hecho, hace ya tiempo que la llamada “izquierda” europea desistió de luchar contra el capitalismo, y sólo trata de sobrevivir en él. Y todo ello con el discursito anti globalización. No sólo son racistas, sino que su lógica es la del imperialismo: los trabajadores europeos tienen mejores sueldos porque “se lo merecen”, y las trabajadoras y trabajadores del Tercer Mundo no.

A los “rojipardos” alemanes se sumaron enseguida los neo fascistas italianos de la Lega Nord (Liga Norte) y sus comparsas del Movimento 5 Stelle (Movimiento 5 estrellas) con similares argumentos, expuestos en el llamado “Decreto Dignidad”, defendido por Héctor Illueca, Manuel Monereo y Julio Anguita.

Sí, la basura ideológica también ha llegado al Estado español, bajo la fórmula de “Movimiento por la III República”. Un movimiento que el pretendido “comunista” Anguita define como “transversal” o, en sus propias palabras, “ni de derechas ni de izquierdas”. Vamos como Falange.

No es la primera vez que “el Califa” suelta semejantes prendas, esta vez uniéndolas a su oposición a la inmigración de trabajadores:

“No podemos permitir que las personas mueran en el Mediterráneo, pero si no tienen derecho de asilo, tenemos que enviarlos de vuelta a su país rápidamente”;

“El buenismo de la izquierda impide realizar una reflexión sobre cómo frenar o incluso acabar con los flujos migratorios”;

“Si malpagas a los 'sin papeles', se produce una presión a la baja en los salarios”;

“¿Usted cree que cualquier país europeo, especialmente el nuestro, puede decir: venid todos los que queráis? Venga, ¡que los buenistas lo digan! ¿Millones? Compañeros del buenismo, ¿pueden venir millones? Enfrentaos a ese hecho... Lo que está pasando aquí ya ha pasado en la historia de la humanidad. Las migraciones acabaron con el Imperio Romano y fue por fases. En cualquier aldea perdida hay un televisor y ven piscina y comida...”.

Y claro, no podemos permitir que los trabajadores “no-europeos”, “no-blancos”, pretendan también tener televisor, comida garantizada... ¡y hasta piscina! Nada de extrañar, por otra parte, en un tipo que afirmaba en 2011 que “Lo único que os pido es que midáis a los políticos por lo que hacen, por el ejemplo, y aunque sea de la extrema derecha si es un hombre decente y los otros son unos ladrones votad al de la extrema derecha” [https://youtu.be/1Yo1R1J2UwM, minuto 11:10].

En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels nos dicen que “Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientemente de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto”.

Sin embargo, el “comunista” Anguita y sus amigos “rojipardos”, prefieren anteponer los supuestos intereses de los trabajadores europeos, que no son más que las migajas de la explotación imperialista, a los intereses del conjunto de los trabajadores. ¡Y todo ello justificado en que la oligarquía imperialista europea los condena a muerte en el Mediterráneo para no dejarlos entrar en la UE! ¡Qué actitud más misericordiosa!

Los “rojipardos” dan por sentado que el imperialismo euro-norteamericano es inamovible y, por lo tanto, no van a pelear por derrocarlo. Y, además, que ellos saben qué les conviene a los trabajadores que huyen hacia Europa mejor que los propios inmigrantes: que los devuelvan manu militari a sus países. Ya hemos dado con la piedra filosofal: ¡los trabajadores del Tercer Mundo no emigran a los centros imperiales por razones objetivas –entre otras, el saqueo y las guerras de rapiña provocadas por la propia Europa–, sino porque no han tenido acceso a la (superior) filosofía “rojiparda”!

Estos gurús, que se dicen “internacionalistas”, no son más que una panda de señoritos nacionalistas que asumen las tesis del capitalismo imperialista. Véase si no su postura en el Estado español, defendiendo a machamartillo la “unidad de España”. Con la boca chica dicen defender el “derecho a decidir” y hasta la autodeterminación. Siempre claro que no se ejerza ese derecho y a nadie se le ocurra independizarse. Es el “derecho” a decidir seguir dentro del Estado. Y claro, sólo para “nacionalidades históricas”. Para la colonia ni eso. Ni siquiera reconocer que lo somos. Qué graciosos hablan los canarios.

El mismo cambalache ideológico lo emplean al hablar de “República”. Cuando lo más cerca que se está de una república es en Cataluña, los “republicanos” hispanos se oponen a ella, bien por consideraciones electoralistas, bien porque, al fin y al cabo, no son otra cosa que defensores del statu quo, monárquicos “con valores republicanos” (!) que temen más a una revolución que a su propia oligarquía. Para ellos la autodeterminación y la república no son sino capotazos para seguir toreando y engañando en el ruedo de la democracia burguesa.

No en balde ya se está dejando caer aquello de que hay que aceptar la bandera rojigualda –esto es, la de la monarquía y del fascismo– por aquello de que “es la bandera institucional” y “nos representa a todos”. Tampoco es novedad. Ya el PCE tragó con la bandera del Régimen en 1977. Y ahora nos quieren hacer pasar de contrabando el discurso de extrema derecha como el último hit de la “izquierda”.

A mí que me lo piquen menudo, que lo quiero para cachimba.

Los verdaderos motivos detrás del cibermiedo que Washington cultiva contra China

octubre 15, 2018

QU JUNYA 


La campaña de desprestigio de Estados Unidos contra China continúa ampliándose, fabricando las invenciones desde el mundo real hasta el virtual.

En una inusual y feroz diatriba hecha a principios de este mes en un conservador centro de pensamiento en Washington el vicepresidente de EEUU, Mike Pence, una vez más retrató a China como una amenaza para la ciberseguridad, acusando de manera infundada a Beijing de tramar ciberataques contra su país.

EEUU ha hecho estas acusaciones contra China en los últimos años, independientemente del hecho de ser un superpoder cibernético sin rival, hogar de los fundadores de Internet, especializado en la mayoría de la infraestructura y el mayor fabricante de tecnologías clave.

Más irónicamente, tiene la organización de ciberinteligencia más grande el mundo y la primera fuerza institucionalizada, a la vez que acoge el que se considera como el más fuerte bastión de hackers.

El cibercomando, que tiene nueve años, es uno de los diez Comandos de Combate Unificado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, armado con estrategias de ciberataque y operando más de 130 equipos de cibermisiones.

Ahora, como ocurre en el mundo no virtual, el superpoderoso asume el papel de víctima en el espacio informático. Estados Unidos, un ciberdepredador que tiene un notorio récord en violar los intereses y derechos de otros países, reclama que es víctima de ciberataques lanzados por otros países.

Y tiene la piel dura para ello. Las revelaciones de Edward Snowden sobre el proyecto PRISM, que incluso apuntó contra líderes aliados de EEUU, las denuncias de WikiLeaks sobre la capacidad de la Agencia Central de Inteligencia para hackear los dispositivos inteligentes en todo el mundo y los estragos causados por el ransomware WannaCry que evidencia las herramientas de espionaje de Estados Unidos, han fallado para que Washington detenga sus trucos hipócritas.

¿Entonces, qué busca Washington? No es difícil ver que hay al menos dos motivaciones detrás de la obsesión de Estados Unidos por satanizar a China en el espacio informático.

Primero, señalando amenazas contra la ciberseguridad desde otros países, Washington intenta desviar la atención mundial de su propia capacidad informática y su historial de ataques, y más importante, elaborar excusas para la acumulación de una futuro ejército ciberespacial.

Segundo, difamando a las empresas chinas y sus productos, como los teléfonos inteligentes de Huawei y los drones DJI, Washington contribuye a aumentar la sinofobia en otros países y también a engañar e intimidarlos para que bloqueen a los competidores chinos y salvar el mercado para las compañías estadounidenses.

El ciberespacio es tremendamente complejo, cargado de nuevos cambios. Así que necesita que todas las partes sean responsables y constructivas y coordinen esfuerzos y una gobernanza unida.

China, una víctima de ataques informáticos, ha establecido una postura clara sobre la seguridad en esa área. El Gobierno de China no participa en ninguna forma de ciberengaño o secreto comercial, tampoco impulsa o apoya a otros a hacerlo. Además, está listo para trabajar con la comunidad internacional para detener los ataques de hackers y otras actividades criminales en el ciberespacio.

Cooperando contra los crímenes en la red y compartiendo información, China ha demostrado una amplia buena fe en promover el trabajo conjunto con Estados Unidos en la ciberseguridad. Por el bien de los países que comparten el ciberespacio, ahora es el momento para que Washington detenga sus falsas acusaciones y empiece a incursionar en un genuino trabajo en equipo.


La llamada cultura ‘light’

octubre 15, 2018

MARCELO COLUSSI 


Desde hace algún tiempo se ha popularizado en el mundo la noción de lo "light". Todo es "light": la vida, las relaciones interpersonales, la actitud con que se enfrentan las cosas, la comida, las diversiones. "Light", ligero, liviano. La consigna -detrás de todo esto- es, pareciera: "¡no complicarse!" (Don’t worry!), "¡sé feliz!"(Behappy). Dicho de otro modo: no pensar, olvidarse del sentido crítico. Por supuesto, hay que “decirlo en inglés para que sea más evidente su sentido: lengua de los ganadores”, of course (no hay que ser looser - perdedor).

Esta cultura, -si es que se le puede llamar así-, esta tendencia dominante, tiene orígenes específicos: se encuadra en una dinámica histórica determinada, responde a un proyecto concreto. Seguramente, como todos los rumbos sociales -también las "modas" culturales- no se desprende de una oficina generadora de ideas que lanza mundialmente la "onda light" como por arte de magia. Es, en todo caso, producto de un sinnúmero de variables que van retroalimentándose una con otra.

El auge del neoliberalismo, la caída del bloque soviético, la supuesta "muerte de las ideologías", el mundo unipolar, el triunfo omnímodo de la gran empresa; en definitiva lo que hoy día se presenta como un éxito masivo del capitalismo, y su ideología concomitante, son factores que se coligan unos con otros dando como resultado esta entronización del individualismo hedonista, del facilismo, de la apología ramplona del consumismo. Es difícil indicar quién es el responsable directo del fenómeno; quizá nadie lo ha pergeñado como tal. En todo caso, es una mezcla de elementos. Pero no hay dudas de que, en tanto tendencia, es síntoma de los tiempos.

En este contexto "cultura light" vendría a significar: individualismo exacerbado, búsqueda inmediata de la satisfacción -con la contraparte de despreocupación/desprecio por el otro-, escasa profundidad en el abordaje de cualquier tema, superficialidad, falta de compromiso social o incluso humano, banalidad, liviandad. Todo ello marcado por un culto a las apariencias.

Se juzga al otro por cómo va vestido o por el tipo de comida que ingiere, la marca de teléfono celular que usa o el peinado que lleva; y eso lo decide todo. El continente subsumió al contenido. Sólo importan las formas, ser bello, estar bien presentado. Lo demás, no cuenta.

Sin falsas idealizaciones, sin ser apocalípticos, el momento histórico actual nos confronta con una situación, como mínimo, novedosa. Desde ya, sin exagerar, no queremos decir que la solidaridad y la profundidad conceptual hayan sido la constante a través de toda la historia humana. En todo caso esas son posibilidades, de hecho muy profundamente desarrolladas en determinadas ocasiones, así como también pueden serlo el individualismo o la trivialidad.

Pero lo que efectivamente hoy sí puede constatarse, con una fuerza que tiene mucho de inédita, es la falta de preocupación por el otro, la apología del facilismo, la entronización del más absoluto individualismo, todo ello llevado a estatuto de ideología dominante. De ahí esa ligereza que marca las relaciones interpersonales. Todo es light, también la relación con el otro. ¿Cómo, si no, poder entender los videojuegos -nada inocentes, por cierto- que entronizan la violencia y el desprecio por el otro? ¿Cómo, si no, ese auge de la "belleza" plástica?

Esta "onda light" va ganando los distintos espacios de la producción cultural, del quehacer cotidiano. Ello no significa que la humanidad se va tornando más tonta, menos inteligente. En absoluto. La revolución científico-técnica sigue adelante con una velocidad y profundidad vertiginosas. Los logros, en tal sentido, son cada vez más espectaculares. Pero junto a ello -ahí está lo insólito- el nivel "humano" no crece al mismo ritmo.

Incluso hasta podría decirse que no crece (si es que fuese lícito hablar de "crecimiento" en ese ámbito). Ahora tenemos televisor con pantalla plana de plasma líquido, de 40 pulgadas…para ver programas que apologizan la tontería, la más pacata superficialidad (léase, por ejemplo, reality show o talking show).

Lo expresó con agudeza el músico cubano Pablo Milanés cuando dijo: “No es culpa del público, ni de su gusto, ni de su sensibilidad; el público se inclina por lo que le ofrecen a diario, donde le meten un bombardeo absoluto de promoción de cosas malas y pues finalmente lo acepta. Yo creo que prevalecerá el espíritu verdaderamente humano del público, su sensibilidad... Pero no hay duda de que estamos en un momento de ofensiva de mal gusto”.

Si bien es difícil establecer quién inventa las modas culturales, las tendencias dominantes, no hay dudas de que hay centros de poder que tienen que ver con esa generación. Quizá no es alguna tenebrosa agencia de control social la que ha pergeñado ese modelo. Pero lo cierto es que, sumando todos los aspectos arriba esbozados, el arquetipo del ciudadano esperado -esperado por los centros de poder, desde ya, ayudados por mecanismos de mediación como son los medios masivos de comunicación- termina constituyéndose un consumidor pasivo que no discute, que cuida ante todo su sacrosanto puesto de trabajo, que se ocupa sólo de lo cosmético irrelevante y que -en términos de análisis humano- no piensa.

Es decir: light. Como siempre, puesta a circular una moda por diversos motivos -ánimo de figuración, acomodamiento, etc.- no falta quien se acopla a la corriente dominante. Si se le pregunta a cualquier yuppie, prototipo por excelencia de esta cultura, o a cualquier consumidor de estos valores, no sabrá por qué hay que tomar yogurt diet ni leer algún best seller; y seguramente será un enconado defensor de la tendencia en juego. Pero vale preguntarse: ¿al servicio de qué está todo esto? ¿Quién se beneficia?

Como oportunamente lo señala el venezolano Luis Britto García: “La regla de lo light es la sistemática omisión de lo pertinente: cigarro sin nicotina, café sin cafeína, azúcar sin azúcar, música sin música”. (…) “Política sin política. Partidos sin partidos. Organizaciones sin ideología. Carismas sin programas.¡Misterio sin profundidad!

“¡Revelación sin pavor! ¡Iluminación sin trascendencia! ¡Nirvana instantáneo! ¡Paraíso desechable! ¡Purgatorio spa! ¡FastGod! Consumismo industrial beatificado en el supermercado espiritual
(…).

“Ángeles y modelos no menstrúan, o no debe parecer que lo hacen. En su obsesión por ocultar la función real y mostrar la simbólica, postula lo light: vientres que no digieren, senos que no amamantan, carne que no envejece. La biología no existe. Toda expresión fisiológica ha de ser testada. El apetito es crimen, el vello tabú, el olor pecado mortal, el sudor alta traición. El desodorante es el sacramento light. La anorexia, su estado de gracia.”

El mundo contemporáneo, el mundo que nos legó la caída del socialismo real, es un ámbito donde ya nos hemos acostumbrado a no tener esperanzas, a no cuestionar, a aceptar todo con resignación. O, al menos, esto es lo que se mantiene como tendencia dominante. Consumir, buscar la felicidad y la realización a través de lo material, no complicarse. Que todo sea "suavecito", soft, sin cuestionamientos de fondo.

Como elemento básico en la conformación de esta cultura tenemos los medios audiovisuales, y en especial la televisión. No podría decirse mecánicamente que televisión es sinónimo de cultura light; pero sin duda guardan una estrecha relación. En este período que marcó la caída del muro de Berlín, la realidad virtual, la realidad de las imágenes, si bien desde hace décadas viene modelando las ideologías dominantes, ha pasado a ser ahora vehículo por excelencia de esta moda de lo banal.

Nada mejor que la cultura televisiva para entronizar la apología del "no piense". Podría decirse que lo que generó el capitalismo desde mediados del siglo XX en adelante, siempre con fuerza creciente -hoy ya como moda global- es el llamado al “no piense, mire la pantalla”. Ante la imagen, absoluta y omnímoda, el pensamiento conceptual, la reflexión crítica, más lenta, cae vencida.

La imagen presenta sin mediaciones un sinnúmero de estímulos que actúan de forma masiva e inmediata a nivel del sistema nervioso central. El poder de la imagen es mayor que toda otra vía de transmisión. Por eso la televisión es la matriz fundamental de esta cultura de lo no reflexivo.

Estas tendencias, estos modelos culturales que se generan hoy, a escala planetaria, se presentan con fuerza arrolladora, cubren todos los espacios, parecieran no permitir alternativas. Pero el reto es ir más allá de todo esto, intentar desafiarlo, discutirlo, quebrarlo. Hay que ser irreverente con el poder, con lo constituido, con el dogma.

Seguramente no es posible ofrecer un catálogo de acciones de probada efectividad para hacer frente a esta tendencia. Es tal su fuerza que pareciera más fácil doblegarse ante ella, y entrar finalmente en la corriente. No pensar, sentarse ante la pantalla de televisión, no preocuparse del mundo pareciera ser la receta para "triunfar". Y definitivamente muchísimos terminan creyéndolo. De ahí un paso al consumo de lo que se anuncia como llave para ser un "triunfador", un "exitoso". Todos, irremediablemente, estamos tentados por este paraíso del placer que lo light pareciera ofrecernos.

Pero no hay dudas de que, aunque adormilados por esta moda que pareciera haber llegado para quedarse, también podemos oponer resistencias y cambiar el curso de la historia. ¿Quién dijo que somos insectos condenados definitivamente a caer en la luz enceguecedora de las pantallas? La historia definitivamente no ha terminado, y ahí están innumerables ejemplos (luchas sociales por doquier, colectivos organizados a lo largo y ancho del mundo, gente que sigue pensando, gente que sigue teniendo esperanzas) para afirmar que la vida no es tan light como esta ideología dominante nos quiere hacer creer.

Para afirmar, en definitiva, que sí es posible luchar para hacer la vida más digna de ser vivida, y no a base de siliconas ni de drogas, no sólo pavoneándonos con el último modelo de celular o con un par de zapatos de marca. Otro mundo verdadero -no plástico- es posible, más allá del sueño superficial de las pantallas de televisión.


(*) Marcelo Colussi es catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.





Cataluña: el 'pequeño' detalle

octubre 09, 2018

TEODORO SANTANA 


No dejamos de oír que la independencia de Cataluña es imposible. Imposible porque “no es legal”, “no es constitucional”, etc. Es “imposible” porque “lo prohíben las leyes”, esto es, unos trazos en un papel con el poder taumatúrgico de un sortilegio.

Por su parte, las fuerzas independentistas en Cataluña, a falta de un partido que represente de forma autónoma a la clase trabajadora, hablan de que se conseguirá la autodeterminación, en menor o mayor plazo, con las protestas “pacíficas”, proclamando su “renuncia a la violencia”. Como en el viejo gag de Gila, pretenden detener al asesino con indirectas: a base de protestar “pacíficamente”, un día, un maravillo día, el Estado español se rendirá y dirá que sí, que ya no aguanta más, que se independicen ustedes.

Tanto unos como otros esconden la verdad subyacente en este conflicto, esto es, la naturaleza misma del Estado. Como cantaba Aute, “todos los burgueses son así”. Por eso unos y otros hablan de “democracia”, divagando sobre si la democracia son las leyes o si las leyes deben subordinarse a la democracia. En sus discursos, la “democracia” no deja de ser una abstracción asexuada y ahistórica, un “ideal” separado de la realidad.

De la misma manera, unos y otros hablan de la “violencia” para referirse siempre a las protestas populares. Pero el Estado mismo no es otra cosa que un aparato de violencia organizada en régimen de monopolio. Y esa violencia es la que garantiza que un juez pueda hacer efectivas sus sentencias, ordenar detenciones y mandar gente a la cárcel. Esto es así porque son los dueños de la violencia. Por lo tanto, por pacífico que sea un próces, hacer frente a la violencia del Estado, en sus diversas manifestaciones, es la cuestión central.

¿Por qué razón va el Estado –y la clase social cuyos intereses representa y defiende– a permitir pacíficamente que una parte del territorio que tiene bajo su dominio deje de estarlo y se separe? La experiencia histórica nos enseña que el imperialismo español, incapaz de negociar incluso en su propio beneficio, nunca ha abandonado un territorio bajo su control por las buenas, sino tras haber forzado un feroz enfrentamiento a fuego y sangre, para después salir por patas y de mala manera.

Incluso en su propio territorio, el simple hecho de que una izquierda digna de tal nombre ganara unas elecciones, le llevó al golpe de estado fulminante y a una carnicería gigantesca contra sus propios nacionales. Y a la convicción de que, en última instancia, lo puede todo con la fuerza de las armas.

Las manifestaciones pacíficas están muy bien. Ayudan al pueblo a organizarse y cobrar confianza en sus propias fuerzas. Pero insistir en una “separación acordada”, a base de tales movilizaciones, es engañar a la gente y prepararse para la derrota. Insistir en “poner la otra mejilla” es entregarse atado de pies y manos al enemigo. Y confiar en la “democrática” y mágica Europa, archiimperialista e implacable, es entregar el destino de los corderos al estado mayor de los lobos. Puro pensamiento mágico.

Con todo, ¿hasta dónde pretenden llegar los actuales líderes del independentismo catalán para lograr la independencia? Parece que no muy lejos si ello les supone un sacrificio personal. El Estado ha conseguido el objetivo de escarmentarles –y no ha hecho más que empezar–. Tiemblan las piernas de la pequeña burguesía que, por otro lado, teme más una radicalización de las clases populares que al propio Estado.

Explicaba Pedro Brenes que “hay que estimular el reflejo militar de las masas”. La mediana y la pequeña burguesía catalana y sus correspondientes partidos tratan, por el contrario, de mantener el espíritu pacífico y acomodado, como “civilizados” botiguers (tenderos) que rechazan los “desórdenes”. Una especie de revolución sin revolución, burguesa, ordenada, sin romper un plato y “sin tirar un papel al suelo”.

Mientras tanto, la oligarquía fascista española se relame teniéndoles bajo el punto de mira de sus armas, de sus “jueces de asalto”, de sus policías, de sus medios de propaganda de guerra, de todo su arsenal.

He ahí el “pequeño” detalle.

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