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¿Es China un país socialista?

noviembre 19, 2018

ALEXANDRE GARCÍA 


¿Es China un país socialista?

Es necesario un debate amplio sobre esta cuestión. No se puede afirmar a la ligera y con los ojos cerrados que China es país capitalista, basándose solamente en el hecho de que está recurriendo al capitalismo para desarrollarse. De hecho, el movimiento comunista debería abandonar la costumbre de anatemizar a determinados países socialistas que se apartan ligeramente de lo que se ha considerado y se considera la “auténtica” construcción del socialismo.

Por ejemplo, haría falta revisar el análisis del Movimiento Comunista Internacional sobre la Yugoslavia de Tito, acusada de “capitalista” (siendo precisamente la China de Mao uno de los actores más agresivos contra Yugoslavia) y ello independientemente de la valoración de cada uno de la figura de Tito. Es muy probable que el modelo yugoslavo de “autogestión” tuviera deficiencias y haya supuesto en algunos aspectos una ruptura con el marxismo-leninismo. Pero pasado el tiempo, después de la guerra civil en Yugoslavia y las agresiones de la OTAN, ¿deberíamos deducir que la Yugoslavia de Tito (y lo que quedó de ella) era un país “capitalista”? ¿Que no hubo nada salvable en aquella experiencia?

De la misma manera, no podemos considerar correcta la valoración del PCCh sobre la URSS a partir de 1968. Este proceso de reflexión debería ser ampliado a China, Vietnam y Laos, acusados también de “capitalistas” (cuando no “imperialistas”). Este sano ejercicio ayudaría a determinar con acierto quiénes son los amigos y quiénes son los enemigos, en beneficio de la causa progresista, antiimperialista y revolucionaria en el siglo XXI.

China es un país socialista por los siguientes motivos:

1) La República Popular China proclama que su objetivo es la construcción del socialismo y que es un Estado obrero. La Constitución del año 1982 declara en el artículo 1º que “La República Popular China es un Estado socialista de dictadura democrática popular, dirigido por la clase obrera y basada en la alianza obrero-campesina”.

Y después: “El sistema socialista es el sistema básico de la República Popular China. Está prohibido todo sabotaje por parte de cualquier organización o individuo contra el sistema socialista”.

Esto se debe, su vez, a que el partido dirigente en China es un partido comunista. El preámbulo de los estatutos del PCCh establece que:

El Partido Comunista de China, destacamento de vanguardia de la clase obrera y, a la vez, del pueblo y la nación en este país, y núcleo dirigente de la causa del socialismo con peculiaridades chinas, representa lo que se exige para el fomento de las fuerzas productivas más avanzadas de China, el rumbo por el que ha de marchar la cultura más avanzada del país, y los intereses fundamentales de los más amplios sectores de su pueblo. Tiene como ideal supremo y objetivo final la materialización del comunismo”.

A continuación, los estatutos del PCCh dicen que “se guía en su actuación por el marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping y el importante pensamiento de la ‘triple representatividad’”.

Estos detalles, que por supuesto no son suficientes, aun así son muy importantes y deben ser tenidos en cuenta si queremos determinar el carácter de clase de la República Popular China. Por puro sentido común, si los dirigentes chinos no quisieran perseguir el socialismo y el comunismo, no se molestarían en afirmar estas cosas.

Algunos dirán que los dirigentes chinos son burgueses y revisionistas que necesitan aparentar ser comunistas y emplear un lenguaje marxista para poder engañar al pueblo y proseguir con la “contrarrevolución”. Pero aún si fuera cierta esta teoría, las formas políticas e ideológicas que se vean obligados a adoptar los dirigentes chinos en el proceso de “contrarrevolución” no son un detalle sin importancia. El hecho de que la República Popular China siga declarando que es un país socialista y de que los dirigentes del PCCh sigan declarando su adhesión al marxismo-leninismo y que persiguen el objetivo del comunismo, indica precisamente que la correlación de fuerzas en China aún no permitiría a los supuestos revisionistas el culminar el proceso “contrarrevolucionario”, y que por lo tanto China aún mantiene rasgos socialistas. Esto debería ser suficiente motivo para que todo comunista consecuente defienda con uñas y dientes lo que quede de socialismo en China, en lugar de echarla al agua del “mundo imperialista”.

Los defensores de la tesis de la “contrarrevolución” no deberían perder de vista que el revisionismo, que es producto de la influencia de la ideología pequeño-burguesa sobre el movimiento obrero, dejaría de ser revisionismo si no se produjera precisamente dentro de un medio obrero, en el cual la correlación de fuerzas existente no permite implantar una dominación abierta y total de la burguesía. Por esta misma razón, era completamente errónea la tesis del PCCh que afirmaba que la URSS se había vuelto “capitalista” y “social-imperialista”. Aún suponiendo que los dirigentes soviéticos que sucedieron a Stalin tuvieron la voluntad consciente de restaurar el capitalismo, tuvieron que hacerlo dentro de las estructuras de un Estado obrero. La verdadera contrarrevolución burguesa en la URSS no se produjo hasta los años 1989-1991, y fue al final de aquel proceso cuando se pudo arriar la bandera roja con la hoz y el martillo en el Kremlin.

¿Para qué iba a tener la supuesta burguesía dirigente del PCCh un particular interés en seguir agitando la bandera roja en China? Nada nos permite afirmar que haya habido una contrarrevolución en China que haya supuesto un cambio esencial del carácter de clase del Estado. Es cierto que en las últimas décadas ha habido puntos de inflexión en la línea del PCCh que para muchos representan una deriva preocupante. Pero la realidad es que el poder político no ha pasado a manos de la burguesía en el Estado ni en el Partido –o al menos no totalmente, si damos por buena la tesis de la “contrarrevolución”.

Mientras que en los años 1989-1991 el socialismo era destruido en Europa del este y en la URSS, el socialismo conseguía sobrevivir en China pese a los sucesos contrarrevolucionarios de la plaza de Tiananmen en 1989, para mayor irritación del imperialismo. Esto es un hecho fundamental que hay que tener muy en cuenta en el debate sobre el carácter de clase de la República Popular China.

2) A consecuencia de lo anteriormente dicho, en China hay un Estado con un carácter de clase obrero. Por ello defiende los intereses generales de la clase obrera y del conjunto del pueblo, pese a todas las contradicciones que atraviesan a China.

Algunos alegarán que los capitalistas se han enriquecido en China. Pero es un hecho innegable que desde la reforma y apertura en 1979, la política del gobierno chino se ha caracterizado por elevar constantemente el nivel de vida de la población. En la segunda entrega de mi análisis sobre el artículo de Vagenas, ya había ofrecido una serie de datos que lo demostraban sobradamente. Ahora dispongo de otros datos publicados recientemente que indican que entre los años 1990 y 2000, la renta per cápita en China se quintuplicó, pasando de 200 dólares a 1000 dólares, y entre 2000 y 2010 se volvió a crecer al mismo ritmo pasando de 1000 a 5000 dólares . Este progreso impresionante no ocurre en cualquier país.

Ahora, con la reciente aprobación del XIII Plan Quinquenal, el gobierno chino se plantea reducir las desigualdades sociales mejorando la distribución de ingresos y aumentando “significativamente” los ingresos de la población con rentas bajas y medias.

3) El PCCh, que en sus estatutos se presenta como “destacamento de vanguardia de la clase obrera y, a la vez, del pueblo y la nación”, ejerce un papel dirigente en los rumbos de China, apoyándose en otros partidos patrióticos y en expertos y personalidades no comunistas, en el marco de la Conferencia Consultativa Política del Pueblo Chino. Se acepta e incluso se promueve la existencia de capitalistas, a condición de que contribuyan al desarrollo y al fortalecimiento del país, pero no están autorizados los partidos políticos en los que los capitalistas puedan organizarse como clase en sí.

El PCCh apoya en no pocas ocasiones las movilizaciones de la clase obrera en China y la actividad de los sindicalistas afiliados a la Federación Nacional de Sindicatos de China. Nótese por ejemplo que gracias al trabajo del PCCh, China es desde 2006 el único país del mundo donde la multinacional Wal-Mart ha tenido que aceptar secciones sindicales. Las asambleas de representantes de empleados y trabajadores son apoyadas por el PCCh, que fomenta la creación de comités del partido en el sector no estatal –aunque los avances son costosos en este terreno– y formas de democracia obrera, aunque sea limitada, en las empresas estatales. También se han dado casos significativos en los que las fuerzas del orden han rechazado intervenir contra las luchas obreras.

Que el partido que defiende este tipo de políticas sea el partido gobernante en China, tampoco es un detalle sin importancia. Probablemente, muchos se sorprenderán al leer declaraciones del PCCh acerca de “apoyarse de todo corazón en la clase obrera para completar el sistema de administración democrática con la asamblea de representantes de los trabajadores como forma básica”.

El PCCh declara que su misión es servir al pueblo, y la prueba de que lo está haciendo es que goza de un notable apoyo popular. Según un estudio realizado por el Pew Research Center en 2012, el 83% de la población china se declaraba satisfecha con la situación económica del país –en los países de la Unión Europea sólo era el 16%. No está nada mal para un país donde reina “la miseria y la explotación que experimentan cientos de millones de trabajadores”, como dice Vagenas.

4) En China los sectores estratégicos que controlan los aspectos esenciales de la vida económica están en manos del Estado: sector financiero, energía, metales ferrosos y no ferrosos, minas, sector de la construcción, petroquímica, telecomunicaciones, construcción naval, construcción aeronáutica, sector del automóvil, transporte, alimentación, distribución, producción farmacéutica, defensa, etc.

El artículo 7 de la Constitución de la República Popular China dice que “el sector estatal de la economía, es decir, el sector económico de propiedad socialista de todo el pueblo es la fuerza rectora de la economía nacional. El Estado asegura la consolidación y el desarrollo del sector estatal de la economía”.

No es fácil disponer de datos exactos en la actualidad, pero está claro que las empresas estatales siguen siendo las más rentables y las que más peso tienen en el PIB. Según datos del año 2005, de las 500 mayores corporaciones en china, el 85% eran de propiedad estatal. De estas 500 empresas, las diez más grandes eran de propiedad estatal y acumulaban el 47% del total de las ganancias. Desde el año 2005, esta situación no ha variado sustancialmente: de las 98 empresas chinas que figuraron en 2015 en lista Global 500 elaborada por la revista Fortune (que elabora cada año la lista de las 500 mayores empresas del mundo), 76 eran de propiedad estatal. Cuatro de los diez mayores bancos del mundo son bancos chinos de propiedad estatal.

Es igualmente muy difícil disponer de datos exactos sobre el porcentaje de propiedad pública en China, debido a la multiplicidad de formas de propiedad. Pero según el profesor Chen Zhiwu de la Universidad de Yale, si sumamos la propiedad estatal, la propiedad colectiva y la propiedad mixta público-privada, en 2010 el Estado controlaba directa o indirectamente las tres cuartas partes de la riqueza de China.

5) Mientras que en todo país capitalista el ejército ha sido y es un instrumento para asegurar en última instancia los privilegios de una minoría explotadora, en China el ejército está bajo control directo del PCCh por medio de la Comisión Militar Central (CMC), y por lo tanto es garante del orden socialista. Ningún alto mando militar puede librarse de la disciplina del PCCh ni de la aplicación de la justicia, como demuestran los casos de los ex-vicepresidentes de la CMC Xu Caihou y Guo Boxiong, expulsados del PCCh en junio de 2014 y julio de 2015 respectivamente por delitos de corrupción.

6) En China el suelo es propiedad del estado, lo cual impide la gran concentración terrateniente, que es una característica fundamental de los países capitalistas. Según el economista marxista Samir Amin, “esta especificidad China […] nos impide caracterizar la China contemporánea […] como "capitalista", porque el camino capitalista se basa en la transformación de la tierra en una mercancía”.

Para finalizar, citaremos al gran economista marxista francés Tony Andreani, que identifica los siguientes pilares que sustentan el socialismo en China, definidos por él como “considerablemente extranjeros al capitalismo”:

1. El mantenimiento de un potente sector público, que juega un papel estratégico en la economía, y en el cual existe una –limitada, pero real– participación de los trabajadores en las unidades de gestión, a través de consejos de vigilancia y consejos obreros.

2. Una potente planificación, que aunque sea de naturaleza indicativa (y no imperativa como en otras experiencias socialistas), resulta ser impresionantemente precisa año tras año.

3. Una forma de democracia política que hacen posibles unas decisiones colectivas, haciendo que la planificación sea el espacio en el cual la nación china elige un destino colectivo.

4. Unos servicios públicos que condicionan la ciudadanía política, social y económica, que están totalmente o en su inmensa mayoría en manos del Estado, y que como tal están fuera de la lógica del mercado –aunque aún son muy limitados en comparación con los de algunos países capitalistas desarrollados.

5. Una orientación económica neo-keynesiana consistente en aumentar las rentas del trabajo y la promoción de una justicia social en una perspectiva igualitaria.

6. La protección de la naturaleza, considerada como indisociable del progreso social y como uno de los objetivos centrales del desarrollo económico.

7. Las relaciones económicas con otros Estados, que descansan sobre el principio de ganar-ganar, la búsqueda de la paz y las relaciones equilibradas entre naciones y pueblos

8. La propiedad pública de la tierra y los recursos naturales.

En resumen, mientras que en los países de Europa las clases populares viven cada vez peor, en China las condiciones de vida de la población ha ido mejorando cada vez más desde la reforma y apertura, y ello en todos los indicadores sociales (salarios, esperanza de vida, mortalidad infantil, atención sanitaria, educación, seguridad social, acceso a la cultura, etc.). Esta diferencia entre el capitalismo neoliberal y el “socialismo de mercado” en China ha sido resumida brillantemente por el filósofo marxista italiano Domenico Losurdo. Hablando de las innegables desigualdades sociales existentes en China, Losurdo dice:

“…eso no hace licito confundir el “socialismo de mercado” con el capitalismo. Como ilustración de la diferencia radical que subsiste entre los dos podemos intentar recurrir a una metáfora. En China estamos en la presencia de dos trenes que se separan de la estación llamada “subdesarrollo”. Si uno de esos trenes es muy rápido, el otro es de velocidad más reducida; por causa de eso, la distancia entre los dos aumenta progresivamente, pero no podemos olvidar que los dos avanzan en la misma dirección; es también necesario recordar que no faltan los esfuerzos para acelerar la velocidad del tren, relativamente menos rápido y que, de cualquier modo, dado el proceso de urbanización, los pasajeros del tren más rápido son cada vez más numerosos. En el ámbito del capitalismo, por el contrario, los dos trenes en cuestión avanzan en direcciones opuestas. La última crisis destaca un proceso en acción desde hace varias décadas: el aumento de la miseria de las masas populares y el desmantelamiento del Estado social se encuentran a la par que la concentración de la riqueza en manos de una restringida oligarquía parasitaria”.


(*) Este artículo es un extracto de la obra de la autora En Defensa del Pueblo chino: Contestación a Elysseos Vagenas.



La inteligencia artificial debe ser un bien público, masivo y global

noviembre 14, 2018

MARK ESPOSITO, TERENCE TSE y JOSHUA ENTSMINGER 


Los esfuerzos para desarrollar la inteligencia artificial (AI, por sus siglas en inglés) están generando una especie de “raza global” que podría configurar un nuevo escenario mundial. Además de la carrera entre países para ser más eficientes y establecer una ventaja competitiva en AI, las empresas también buscan adquirir el mejor talento de AI, aprovechar las ventajas de los grandes volúmenes de datos y ofertar servicios únicos. En ambos casos, el éxito dependerá de la masividad en la implementación de soluciones de AI y la correcta distribución entre los sectores.

La “carrera global AI” aún es asimétrica. Aunque la innovación está siendo impulsada desde los gobiernos, el sector corporativo y la academia difieren sustancialmente de un país a otro. Como promedio, la mayoría de las innovaciones llegan desde la academia. Y la mayoría de los gobiernos que contribuyen lo hacen a través de adquisiciones, y no desde la investigación y el desarrollo interno.

Si bien la proporción de los productos básicos en el comercio mundial ha disminuido, el segmento de los servicios digitales aumenta. Es por ello por lo que la digitalización cifrará el 60 por ciento de todo el comercio del orbe. Se calcula que la mitad de todo el valor económico del 2025 lo creará el sector digital. En la medida que los gobiernos busquen formas de reivindicar su posición en la futura cadena de valor, irán acogiendo la inteligencia artificial.

En consecuencia, países como Estados Unidos, Francia, Finlandia, Nueva Zelanda hasta China y Emiratos Árabes Unidos tienen ahora estrategias nacionales de AI para impulsar el talento interno y prepararse para los futuros efectos de la automatización en los mercados laborales y la sociedad.

Aún así, la verdadera naturaleza de la “carrera global AI” aún está por definirse. Lo más probable es que no se restrinja a ninguna zona en particular, y que el factor más importante que determine los resultados sea la forma en que los gobiernos decidan reglamentar y supervisar las aplicaciones, tanto a nivel nacional como internacional. China, Estados Unidos y otros protagonistas de la era AI no sólo manifiestan ideas contradictorias sobre los macrodatos, la privacidad y la soberanía nacional, también sostienen visiones divergentes de lo que debería ser el orden mundial del siglo XXI.

Así las cosas, los programas nacionales de AI son una apuesta de cobertura. Hasta ahora, los gobiernos han asumido que el país que se ubique primero en la línea de salida será el que capture la mayor parte del valor potencial de la AI. Esta afirmación parece exacta. Sin embargo, la cuestión no es si este axioma es verdadero o falso, sino si hay necesidad de defender un enfoque nacional, e incluso erudito, sobre este asunto.

Después de todo, enmarcar el asunto en términos estrictamente nacionales es ignorar cómo se desarrollará la inteligencia artificial. Si los conjuntos de datos se comparten podrían determinar si los algoritmos de aprendizaje automático desarrollan los sesgos específicos de cada país. Y también podrían esclarecer si hay ciertos tipos de fichas procesadas como tecnología propia que podrían determinar hasta qué punto esa innovación puede llegar a un nivel global. A la luz de estas realidades, existen motivos para preocuparse de que una fragmentación de estrategias nacionales obstaculice el crecimiento de la economía digital.

Por otra parte, los programas nacionales de AI compiten por un grupo limitado de talentos. Y a pesar de que la cantera se expandirá con el tiempo, las especialidades que necesitan las economías -cada vez más impulsadas por la AI- cambiarán. Por ejemplo, habrá una mayor demanda de conocimientos sobre ciberseguridad.

Hasta ahora, los desarrolladores de AI que trabajan fuera de los principales centros de investigación y universidades han encontrado una estrategia de salida fiable y un gran mercado de ansiosos compradores. Con las corporaciones subiendo el precio de los investigadores, se ensancha la brecha global de talento entre las grandes compañías y el común de los mortales. Y debido a que las principales empresas tecnológicas tienen acceso a grandes volúmenes de datos que no están disponibles para los recién llegados ni para las pequeñas empresas, el mercado se concentra en exceso.

Con este telón de fondo, debe parecer obvio que las medidas de aislamiento –como las restricciones al comercio y a la inmigración- serán económicamente desventajosas a largo plazo. Como sugiere la cambiante composición del comercio mundial, la mayor parte del valor económico en el futuro no provendrá de bienes y servicios, sino de aquellos datos que los estructuren. Las empresas y países con acceso a buenos flujos de datos globales cosecharán los mayores beneficios.

La nueva competencia global será para las aplicaciones que puedan compilar opciones alternativas y tomar decisiones óptimas. Eventualmente, la carga de adaptarse a esas tecnologías recaerá sobre los ciudadanos. Pero antes de que llegue ese momento, es crucial que los desarrolladores y los gobiernos protagonistas de la era AI puedan coordinarse para asegurar que esta tecnología se utilice de manera segura y responsable.

En los tiempos en que los países que poseían los mejores sistemas de velas y conocimientos de navegación gobernaban el mundo, el reloj mecánico era una tecnología que estaba sólo disponible para una minoría. Esta vez puede ser distinto. Si queremos tener una super inteligencia, entonces debe de ser un bien público, masivo y global.


(*) Mark Esposito, fundador de Nexus FrontierTech, es profesor de negocios y economía de la Universidad de Harvard y de la Escuela Internacional de Negocios Hult. Terence Tse, fundador de Nexus FrontierTech, es profesor de la Escuela de Negocios Europea, con sede en Londres, y asesor de la Comisión Europea. Joshua Entsminger es investigador en Nexus FrontierTech y profesor emérito del Centro de Políticas y Competitividad de la Escuela Superior de Puentes y Caminos de París.


EEUU, más dividido que nunca tras las elecciones

noviembre 12, 2018

VICKY PELÁEZ 


Estados Unidos es uno de los países más contradictorios, depresivos 

y convulsos de cualquier otra tierra que exista en el mundo

(Sinclair Lewis, 1885-1951, Premio Nobel de Literatura)

Las advertencias de Donald Trump y de Barack Obama, quienes indicaron que las recientes elecciones de medio término serían las de mayor impacto en la historia de EEUU, no se cumplieron.

No hubo odio en las boletas electorales, no se registró el repudio general hacia Trump, que tanto pronosticaron los demócratas, y la anhelada 'ola azul', preparada por los demócratas, no logró arrasar con los republicanos en el Congreso. Los opositores al actual Gobierno, entre los cuales se destacan como nunca mujeres jóvenes y minorías, ganaron la Cámara de Representantes, como sucede frecuentemente en la historia de las elecciones de medio término, pero a la vez los republicanos ampliaron su mayoría en el Senado.

Como dice la canción de Rubén Blades, “al final todo sigue igual”, pues los demócratas no aprendieron nada de su derrota en las elecciones presidenciales pasadas. Pueden odiar a Donald Trump, detestarlo, estar o no estar de acuerdo con su política, pero Trump continúa siendo Trump, y no sigue la lógica de un político, sino de un empresario.

Su electorado, calificado por Hillary Clinton de “canasta de deplorables, racistas, sexistas, xenofóbicos, islamofóbicos e irredimibles que no son América”, mostró durante esta contienda electoral su fidelidad al presidente aprobando su política migratoria y económica (Discurso de Hillary Clinton el 9 de septiembre 2016).

Los intentos demócratas de usar la 'Conexión Rusa', las advertencias del 'Estado Profundo' por medio de la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) sobre la posibilidad de una intromisión rusa, china, iraní y norcoreana en las elecciones de mitad de mandato, no sirvieron para nada.

Lo interesante de estas elecciones fue que, a pesar de que los republicanos perdieron su mayoría en la Casa de Representantes, la posición de Trump se solidificó dentro del Partido Republicano, porque muchos de los candidatos de esta formación que perdieron eran moderados y se oponían frecuentemente a la política del presidente.

Esto significa que Trump podría obtener mayor apoyo de los republicanos en la puesta en marcha de su agenda conservadora económica, política, y la de las relaciones internacionales para 'Hacer Nuevamente Grande a Estados Unidos'. Los ciudadanos que les dieron en estas elecciones su voto a los republicanos, en realidad, mostraron su apoyo a Trump como un líder que no pertenece al establishment (la clase dirigente). Igual sucedió con Andrew Jackson (1829-1837), Jimmy Carter (1977-1981) y Ronald Reagan (1981-1989).

Los votantes “deplorables” están identificados con la política antiinmigrante de Trump y perciben las caravanas de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos como un peligro para la seguridad social y económica de su país. Están influenciados también por los medios de comunicación afines a Trump, que transmiten permanentemente imágenes de caravanas con el propósito de infundir terror en sectores de la población que ya de por sí son antiinmigrantes.

Están de acuerdo con la iniciativa del presidente 'Patriota Fiel', que consiste en el envío de 5.000 soldados a la frontera de EEUU con México en Texas, Arizona y California, y el tendido de alambre de púas y la edificación de vallas en estas zonas fronterizas, algo que costaría al fisco alrededor de 400 millones de dólares.

Lo curioso de todo este ajetreo antiinmigrante en torno a las 'Caravanas Migrantes', que los demócratas están tratando de presentar como una política inhumana de Donald Trump, es que fueron precisamente ellos quienes deportaron más inmigrantes que los republicanos. Pocos se acuerdan de que Barack Obama, quien de repente se convirtió en un acérrimo defensor de las caravanas de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos y partidario de permitirles entrar en EEUU, batió el récord de deportación de los inmigrantes por los presidentes norteamericanos en los últimos 30 años, expulsando de EEUU cerca tres millones de indocumentados, según el Departamento de Seguridad Nacional (DSH).

Si tomamos en cuenta que la deportación de una persona cuesta al fisco 10.854 dólares, según el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), esto significaría que el Gobierno de Obama gastó cerca de 32.000 millones de dólares para expulsar a los indocumentados.

Ahora los demócratas se proclaman cínicamente los defensores de la inmigración, olvidándose de que el origen de las 'Caravanas Migrantes' se remonta a la presidencia de Bill Clinton, quien firmó una ley que facilitó la deportación de pandilleros de la Mara Salvatrucha (M-13), organización criminal considerada peor que Al Qaeda, a sus países de origen: El Salvador, Honduras y Guatemala.

Para refrescar la memoria, la M-13 nació en Los Ángeles con refugiados que huían de la 'guerra sucia' del presidente Reagan en El Salvador en la década de los 80.

Después de su deportación por parte del presidente Bill Clinton, los miembros de esta organización criminal convirtieron El Triángulo del Norte en un centro de violencia en Centroamérica de la cual están escapando ahora las 'Caravanas de Migrantes'.

Tampoco es un secreto que los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, quienes están huyendo de la violencia y de la crisis económica que están afectando sus países, están bien organizados, dirigidos y asistidos no solamente por ONG como Pueblos sin Fronteras, Humanity Ventures, Bend the Arc, de George Soros, y dirigidas por su hijo Alexander, sino también por las Naciones Unidas.

Uno de los prestigiosos bufetes de abogados de EEUU, Nexus Derechos Humanos, ya presentó una acusación contra Donald Trump por violación de la Quinta enmienda de la Constitución de EEUU en representación de 12 hondureños, seis de ellos niños.

Otros temas de suma importancia, como la guerra y la paz, el empobrecimiento de los ciudadanos y la exagerada deuda federal estuvieron ausentes durante la contienda electoral. A los votantes y a los candidatos no les llamó la atención que actualmente las Fuerzas Armadas estadounidenses están participando en siete guerras en Afganistán, Siria, Irak, Somalia, Yemen, Libia y Níger. Durante la reciente conferencia en Brooking Institution (think tank liberal) aliado del 'Estado Profundo', el secretario asistente para asuntos relacionados con la Financiación del Terrorismo del Departamento del Tesoro de EEUU, Marshall Billingslea, habló sobre el 'Proyecto del Orden Internacional y la Estrategia para Implantarlo' (Brooking Institution, 24 de octubre 2018).

En su presentación, este estratega denunció a Venezuela, Cuba y Nicaragua como países que ponen en peligro el establecido Orden Internacional, amenazando el sistema financiero mundial y poniendo en peligro también la estabilidad regional en América Latina y Centroamérica. Para contener la 'agresividad' de estos países, Billingslea propuso utilizar el dinero, que es la sangre del sistema financiero, imponiendo sanciones a estos países. En realidad, este estratega siguió las pautas del asesor de seguridad nacional de Donald Trump, John Bolton, apodado 'El príncipe de la oscuridad', quien definió a estos tres países como 'Troika de Tiranía'.

Según Bolton, “esta troika de tiranía, este triángulo de terror, se extiende desde La Habana a Managua y Caracas y representa una causa del sufrimiento humano inmenso, de la inestabilidad regional y una génesis de una sórdida cuna del comunismo en el hemisferio occidental”.

Quieran o no quieran reconocerlo los partidarios de Trump, la realidad demuestra que el actual presidente es también parte posible de un sector del 'Estado Profundo', y sus asesores, como Bolton, y miembros de su gabinete, como el secretario de Estado, Mike Pompeo, forman parte de ese círculo. Para distraer a la opinión pública de muchos problemas internos se inventan permanentemente problemas externos, con Rusia, China e Irán como principales blancos.

Sabiendo perfectamente que no podrán poner de rodillas al Kremlin, imponen por si acaso sanción tras sanción, tratando de provocar el descontento en Rusia, avivar su quinta columna y asustar a los rusos, rodeando su país con bases militares.

También Washington sigue igual que durante el Gobierno del demócrata Barack Obama, provocando a China, militar y comercialmente. Tampoco Trump, a instancias de Israel, puede soportar la soberanía y el orgullo iraní. Por eso crean un ambiente bélico alrededor del país. Es decir, toda su política exterior sigue siendo la misma en términos históricos diseñada por el 'Gobierno Invisible' desde los tiempos de Abraham Lincoln hasta el actual Donald Trump.

Mientras tanto, de acuerdo al informe '2018 Global Wealth Databook', de Credit Suisse, 37 millones de estadounidenses (uno de cada siete) pertenecen al 10% de los más pobres del mundo. El estudio revela también que entre un 60% y un 78% de la población económicamente activa, es decir, aproximadamente 125 millones de personas, vive de un cheque de pago semanal al otro y la clase media está en un proceso ya constante de reducción.

Hasta ahora Trump y sus predecesores no han encontrado cómo detener esta tendencia, como tampoco saben cómo reducir la deuda federal que alcanzó este mes los 21,7 billones de dólares.

Da la impresión de que, tanto republicanos como demócratas, dedicaron todo su tiempo en el transcurso de este año, no a los problemas actuales internos del país, sino a los internacionales, para distraer así la atención de su pueblo y de la campaña electoral de medio término. Sin embargo, la intromisión en los problemas externos y la promoción de guerras hace aumentar los gastos y las elecciones, incluyendo las actuales, no solucionan ningún problema, sino que polarizan y dividen más al país.


Después de Bolsonaro: Hora de reflexión para la izquierda

noviembre 09, 2018

MARCELO COLUSSI 


El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil –un exponente de la más recalcitrante expresión política de la derecha– debe abrir un urgente debate en la izquierda.

Dejamos de lado aquí la exacta precisión semántica de qué entender por “izquierda”, sabiendo que allí nos encontramos con un muy amplio abanico de expresiones, desde la socialdemocracia más conformista hasta grupos radicales que levantan la lucha armada como vía, desde posiciones favorables a la participación en las elecciones democráticas en los marcos burgueses hasta variadas manifestaciones de contestación antisistémica que, a su modo, abren críticas contra el capitalismo (“progresismo” amplio: movimientos feministas, reivindicaciones étnico-culturales, expresiones de la diversidad sexual, grupos ecologistas). En un sentido muy general, todo eso es izquierda, en tanto crítica al modelo hegemónico vigente.

Pues bien: desde la izquierda, cualquiera que ésta sea, es imperioso reconocer que la derecha está ganando la lucha ideológica. ¡Y está ganando agigantadamente! ¿Cómo es posible que poblaciones hundidas en la miseria, violentadas, alejadas de los logros del desarrollo social que trae el mundo moderno, opten por estar con su verdugo? ¿Cómo es posible que una persona afrodescendiente vote a favor de un blanco racista? ¿Quién puede explicar casos como la llegada a la presidencia de un Mauricio Macri en Argentina, o un Jair Bolsonaro en Brasil? El “fracaso del «progresismo», en Brasil como en otros países, abre grandes las puertas a gobiernos ultraconservadores y fascistoides que aprovechan la frustración y la desesperanza de la gente, deslumbrada y enceguecida por las promesas brutales de un gobierno «fuerte» que resolverá todos los problemas”, apunta el analista Alejandro Teitelbaum. Algo parecido sucedió en Argentina con el actual presidente, un neoliberal multimillonario admirador de la dictadura. La explicación arriba citada no se equivoca: las grandes masas aturdidas, asustadas, desesperadas, buscan salidas mesiánicas. Ese es el principio de las religiones. Y también del nazi-fascismo.

Fenómenos así se repiten con mucha frecuencia: triunfo de un racista xenófobo, machista y homofóbico como Donald Trump en Estados Unidos, una derecha anti-inmigración de corte neofascista que va ganando posiciones en Europa, poblaciones atemorizadas que votan por opciones de “mano dura” en distintos países, británicos que apoyan el Brexit para salirse de la Unión Europea –como respuesta racista– o candidatos con posiciones de ultraderecha visceral que ganan elecciones apelando a mensajes religioso-apocalípticos. ¿Cómo entenderlo? ¿Síndrome de Estocolmo? Quizá la explicación psicológica no termina de dar cuenta de la complejidad del fenómeno.

Lo dicho por Teitelbaum es sumamente coherente. Lo cual nos lleva a profundizar preguntas que se hacía Edgar Borges, y que hago mías aquí: “¿Son estos sujetos ultraderechistas marcianos que ganan elecciones en la Tierra, o son interpretaciones de lo que piensa una mayoría?” (manipulada y asustada, deberíamos agregar), “¿Acaso el avance mundial de la ultraderecha no se debe a que la izquierda, desde los años 80, quedó desubicada de la actual metamorfosis del capitalismo?”

Todo ello nos plantea dos ámbitos: 1) la derecha está manejando con mucha solvencia la lucha ideológica, y 2) la izquierda no tiene claro su rumbo. Ambas cuestiones son básicas, se interpenetran e interactúan.

LA DERECHA ESTÁ MANEJANDO CON MUCHA SOLVENCIA LA LUCHA IDEOLÓGICA

También al decir “derecha” tenemos un campo muy amplio de opciones político-culturales. Son de derecha, pro-capitalista, tanto la socialdemocracia nórdica como los halcones belicistas de Estados Unidos, los empresarios industriales como aquellos que medran (mafiosamente) con la especulación financiera, el Opus Dei como sectores modernizantes que pueden permitirse, por ejemplo, el matrimonio homosexual mientras no se toquen los resortes económicos básicos. Pero a todas estas expresiones une algo en común: defienden a muerte la propiedad privada, “su” propiedad privada. Ser de derecha, en definitiva, es eso: tener algo que perder. Los trabajadores, siguiendo el Manifiesto Comunista de 1848, “no tienen nada que perder, más que sus cadenas”.

Suele decirse que es un inveterado vicio de la izquierda estar fragmentada y desunida. Gran verdad, por cierto. Pero no lo es menos para la derecha. Acaso las guerras –donde ponen el cuerpo los pobres del mundo, no olvidar– ¿no son una expresión de las luchas mortales entre los grupos de poder? ¿No hay lucha entre distintas facciones de poder político de derecha dentro de los países? Lo remarcable es que, ante la posibilidad de un cambio real en la propiedad privada de los medios de producción, la derecha se une. Como clase sabe claramente, y no lo olvida ni por un instante, que su enemigo mortal es la clase trabajadora (proletariado urbano, obreros agrícolas, pobrerío en sentido amplio –“pobretariado”, para utilizar la correcta caracterización que realiza Frei Betto–). Ante la más mínima muestra de protesta y posibilidad de cambio real en lo social, la derecha, cualquiera sea ella, reacciona. Y reacciona cerrando filas, impidiendo los cambios justamente.

Derecha e izquierda, como grandes polos de la sociedad humana, están continuamente enfrentadas, en guerra mortal, tratando por todos los medios de derrotar al enemigo. No hay ninguna duda que la derecha (el sistema capitalista) tiene mucha ventaja en esta guerra. Siglos de acumulación le permiten disponer de toda la riqueza, saber, fuerza bruta, mañas y demás ingredientes para perpetuar su situación de privilegio. La prueba está en lo difícil, terriblemente difícil que se hace cambiar algo de verdad en el aspecto económico-político-social. Cambios superficiales, cosméticos, por supuesto que son posibles. Gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada en sustancia. La derecha lo sabe, y se lo puede permitir. Pero cuando las luces rojas de alarma se encienden, reacciona airada. Si es necesario, reprime, mata, tortura, arrasa poblaciones completas, olvida las enseñanzas religiosas de bondad y piedad y no le tiembla la mano para disparar las más mortíferas armas.

En esa guerra ideológica total que disputa minuto a minuto, no escatima esfuerzos para derrotar a su enemigo de clase. Por tanto: miente. Miente mucho, tergiversa las cosas, embauca. Logra hacer que el esclavo piense con la cabeza del amo; y para eso tiene a su disposición una monumental parafernalia de herramientas, cada vez más sofisticadas y poderosas: medios masivos de comunicación, especialistas en imagen, en manejo de masas, psicología publicitaria, iglesias fundamentalistas de corte neoevangélico, una clase política psicópata dispuesta a todo, profesionales de la mentira. “Miente, miente, miente. Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad”, enseñaba hipócrita el Ministro nazi de Propaganda, Joseph Goebbels. No se equivocaba: la derecha es exactamente eso lo que hace a cada instante; la ideología capitalista encubre la verdad del sistema, es decir: la explotación.

Últimamente esa derecha ha encontrado un nuevo “nicho” de maniobra ideológica con el tema de la “corrupción”. Puede decirse que lo hecho por la estrategia estadounidense durante el 2015 en Guatemala fue su laboratorio. A partir de ahí, con resultado exitoso –se consiguió movilizar a parte de la población, básicamente clase media urbana, con lo que pudo desplazarse del poder al por entonces presidente, Otto Pérez Molina, acusándolo de hechos de corrupción– se repitió la maniobra en otras latitudes. Los casos de Argentina y Brasil fueron los más connotados. Aprovechando hechos reales de corrupción, se magnificaron las denuncias consiguiendo “indignar” a buena parte de la población, lo cual sirvió de base para frenar propuestas medianamente progresistas. Y así surgieron, respectivamente, un Macri –aliado servil del FMI y del Banco Mundial– y un impresentable Bolsonaro –un ex militar ultraderechista–.

¿La gente es tonta por aplaudir esas propuestas? La explicación resulta más compleja: la “tontera” no explica nada. El ser humano es, en términos colectivos, parte de una masa. Las operaciones psicológicas, es decir, las groseras manipulaciones de pensamiento y sentimiento de las masas, existen. Y por cierto: ¡dan resultado! “La masa no tiene conciencia de sus actos; quedan abolidas ciertas facultades y puede ser llevada a un grado extremo de exaltación. La multitud es extremadamente influenciable y crédula, y carece de sentido crítico”, anticipaba Gustave Le Bon a principios del siglo XX. Si las religiones por milenios estuvieron haciendo eso, las modernas técnicas de manipulación masiva (¡ingeniería humana se las llama!) no hacen sino llevar a grados superlativos esa tendencia, con precisión científica. El tema de la corrupción, indudablemente, posibilita esos manejos.

¿Cómo es posible, por ejemplo, que en un país como Brasil, con una de las distancias entre ricos y pobres más insultante del planeta, con millones de personas desocupadas, viviendo en condiciones indignas, con niveles de violencia cotidiana monstruosos, hayan permeado tan significativamente las denuncias de corrupción? Porque, sin dudas, ese manejo está muy bien hecho. La corrupción es una lacra, desde ya, pero ni remotamente constituye la verdadera causa de esa situación estrepitosa del país carioca. ¿La gente es tonta y solamente piensa en fútbol y el carnaval, como maliciosamente se ha dicho? No, en absoluto. Pero la ingeniería humana del caso apunta a que así sea.

LA IZQUIERDA NO TIENE CLARO SU RUMBO

Junto a esta avanzada ideológica de la derecha, la izquierda parece estar sin rumbo. La represión sufrida en décadas pasadas paralizó grandemente al campo popular. El miedo aún está incorporado. Las montañas de cadáveres y ríos de sangre que enlutaron toda Latinoamérica en años recientes han dejado secuelas. La “pedagogía del terror” hizo bien su trabajo.

Por otro lado, el discurso mediático sin precedentes que va teniendo lugar a través de los medios comerciales y toda la parafernalia comunicacional (consiguiendo resultados evidentes), es una marea incontenible. La izquierda, además de no disponer de todos los medios de que sí dispone la derecha, no puede ni debe apelar a la mentira como método. “En política se vale todo”…, para la derecha. La izquierda mantiene posiciones éticas irrenunciables. La guerra de cuarta generación (guerra mediático-psicológica con operaciones encubiertas) no puede ser, nunca jamás, un medio de acción política revolucionaria. Si de algo se trata en el ideario mínimo de la izquierda, es la pasión por la verdad.

Pero ¿qué pasa que las poblaciones parecieran rechazar las propuestas de izquierda? ¿Será cierto que la misma “quedó desubicada de la actual metamorfosis del capitalismo”? Porque, sin dudas, el sistema capitalista se va reciclando a una velocidad fabulosa. Décadas atrás, con el auge de un capitalismo industrial, Estados Unidos entronizaba la imagen de “buenos” (acérrimos defensores de la propiedad privada) castigando a “malos” (quien osara enfrentar a esa propiedad). Hoy, con un desaforado capitalismo financiero y guerrerista, el mensaje cambió: se entroniza al “exitoso”, no importando cómo logre su éxito. De ahí que la nueva tendencia es vanagloriar al “que la supo hacer”. “Mate, robe, viole, transgreda, estafe, haga lo que sea… ¡pero conviértase en el Number One!”, pasó a ser la actual consigna. El capitalismo cambia, encuentra nuevas caras, atrapa con sus luces de colores. O, mejor dicho, enceguece. En otros términos: vive transformándose, ofreciendo nuevas mercancías.

Tomado literalmente eso de “saber adecuarse a la metamorfosis del capitalismo”, podría hacer pensar en la necesidad de “actualizarse” siguiendo los tiempos que corren, con lo que dejaríamos de hablar de lucha de clases para centrarnos en buscar paliativos, amansar al sistema, hacer un capitalismo de rostro humano. Pero ello no es así. Hoy como ayer, “no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, como dijera Marx hacia 1850. Pero no caben dudas que el llamado de la izquierda no termina de cuajar. Impactan más las iglesias neopentecostales y un llamado apocalíptico que la consigna de luchar aquí en la tierra.

Ahora bien: estos progresismos, supuestamente a la izquierda, que atravesaron varios países de Latinoamérica en años recientes, no constituyeron, en sentido estricto, propuestas de transformación real. Fueron buenas intenciones (matrimonio Kirchner en Argentina, el PT en Brasil, etc.), pero no tocaron los resortes estructurales de sus sociedades. Por tanto, no hubo ningún cambio sustancial. Y sumado a ello, no dejaron de moverse con las prácticas corruptas y clientelares de cualquier partido político de la derecha. En otros términos: resultaron una muy mala –quizá pésima– propaganda para la izquierda.

Llegados a este punto, la izquierda –la que sienta que aún la revolución socialista sigue siendo posible y necesaria, aquella que sigue fiel al ideal marxista de “no mejorar la sociedad existente sino establecer una nueva”– debe formularse una profunda autocrítica. Es hora de reflexión. ¿Por qué puede ganar una propuesta de ultraderecha en las favelas más pobres? ¿Qué está pasando?

Además de los golpes sufridos, además de las más refinadas técnicas de manipulación de masas de que dispone la derecha, ¿qué se está haciendo mal en la izquierda?

Por lo pronto, y como mínimo, tener claro que las propuestas tibias, de progresismo superficial, de socialismo sin socialismo, más que contribuir a avanzar en la justicia social, terminan siendo un tiro por la culata. Valen palabras de Rosa Luxemburgo de 1917 cuando analizaba la naciente revolución bolchevique: “No se puede mantener el «justo medio» en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”.

Quizá la peor atadura que pueda tener la izquierda es su miedo, su propio temor a autocriticarse, su conformismo. Si “ser realistas es pedir lo imposible”, tal como rezaban las consignas del Mayo Francés de 1968, pues habrá que ser un soñador con los pies sobre la tierra, ser utópicamente realistas.

Sin dudas luego de la derrota sufrida en las pasadas décadas por parte de la izquierda y el campo popular, luego de años de silencio y dolor, una propuesta medianamente progresista que hablara de redistribución de la riqueza –tal como empezó a suceder en varios países de América Latina en estos últimos años– parecía ya un fenomenal avance. Pero luego del deslumbramiento inicial, ahora podemos ver que la izquierda sigue ausente, golpeada, secuestrada. Hay que reflexionar tranquila, serena y muy profundamente sobre estos tópicos. Quizá es momento de revisar supuestos básicos, no para negarlos, sino para enriquecerlos.

La mentira de la derecha, aunque se pavonee victoriosa, está sentada sobre una bomba de tiempo, pues sabe –aterrada– que en algún momento las clases oprimidas, que nunca desaparecieron de la lucha, pueden volver a tomar la iniciativa. La cuestión es cómo encontrar los caminos que devuelvan la posibilidad de tomar esa iniciativa. El debate está abierto.


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