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Teología de la pederastia

diciembre 10, 2018

TEODORO SANTANA 


La pederastia y otras depravaciones no son una anécdota en la ICAR (Iglesia Católica Apostólica Romana). Desde que el emperador Constantino se apropió de la entonces pequeña secta para convertirla en religión oficial, la ICAR no es sino una religión de Estado, fundamentada en el control de la actividad sexual de las personas y en la alianza con el “poder secular”, esto es, con la clase dominante, que cristianizaba manu militari.

Cuando a inicios de la Edad Media se convirtió en un poder feudal, y para garantizarse que los dineros y riquezas no se les fueran de las manos en herencias y repartos de tierras, la ICAR dio una vuelta de tuerca más e impuso el celibato a sus sacerdotes –con la excepción de los curas católicos del rito copto, que a día de hoy siguen casándose con las bendiciones del Estado Vaticano–.

Esa obsesión de control omnímodo explica el empeño de la ICAR en impedir la libertad sexual, los métodos anticonceptivos, el aborto o el condón. No tratan de “defender la vida”, sino su propio e ilimitado poder de injerencia para impedir el sano disfrute de la sexualidad.

Esta enfermiza y sistemática represión sobre una actividad esencial del ser humano, esta necesidad de dictadura tiránica sobre lo más íntimo, deriva, necesariamente, en burda depravación y graves disfunciones psiquiátricas. Por ejemplo, la pederastia que, de forma sistemática, se extiende por la Iglesia en todos los países del mundo. La enorme cantidad de casos denunciados delata una conducta generalizada –por no hablar de los no denunciados–.

Es lógico: lo que no se vive con naturalidad, aflora como perversión. Hasta en los gestos y el tono de voz melifluo que tanto conocemos. Ya saben: “dejad que los niños se acerquen a mí”.

En el Estado español, que a la Contrarreforma y la Inquisición superpuso cuarenta años de dictadura nazi-fascista bajo el palio de la ICAR, denunciar los casos de pederastia, el que el cura te “metía mano”, ha tropezado sistemáticamente con la vergüenza de las víctimas en una sociedad del más casposo machismo, y en lo inimaginable de atreverse a denunciar ante una justicia nacional-católica totalmente aherrojada.

Sacudirse la chibichanga más de dos veces, después de mear, era vicio, nos enseñaban. Pero lo que verdaderamente es pecado es no sacudirnos esta lacra medieval de una santísima vez. Porque la pederastia no es la excepción, sino la consecuencia inevitable de la ideología y las imposiciones católicas.

El Concordato es un infierno, o sea.


África: el ascenso del imperialismo de las fronteras

diciembre 03, 2018

NICK BUXTON y MARK AKKERMAN 


En 1891, el economista francés Paul Leroy Beaulieu defendió ferozmente el colonialismo europeo en África, diciendo: “Este estado del mundo implica para la gente civilizada un derecho de intervención… en los asuntos de [tribus bárbaras o salvajes]”.

La defensa de Beaulieu llegó en medio de la división europea de África, cimentada en el acuerdo de Berlín de 1885. Como ahora hace cinco décadas desde que la mayoría de los movimientos de liberación africanos ganaron la independencia, puede por lo tanto resultar sorprendente leer a un embajador europeo declarar en mayo de 2018 que “Níger es ahora la frontera sur de Europa”. 3.200 kilómetros al este, los comentarios del embajador recibieron el eco de un agente de la patrulla fronteriza, el teniente Salih Omar, entrevistado por el New York Times, que se refirió a la frontera Sudán-Eritrea como “la frontera sur de Europa”.

Desde hace mucho tiempo ha habido un argumento, articulado principalmente por el luchador por la libertad ghanés Kwame Nkrumah, de que el control europeo del destino de África nunca terminó con el colonialismo.

Estos contundentes argumentos principalmente se centraban en la forma en que la deuda, el comercio y la ayuda se han usado para estructura la continuada dependencia respecto a Europa de los nuevos estados independientes de África. El consenso, sin embargo, entre un embajador europeo y un guardia de la patrulla fronteriza sudanés de que la frontera europea no está en el Mediterráneo sino tan lejos como en Sudán y Níger, sugiere que el control territorial europeo de África tampoco ha acabado realmente.

CONTROL DE LA MIGRACIÓN EN EL CORAZÓN DE LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA UE

El motivo para esta renovada participación europea en el territorio africano —y no sólo el dominio político y económico— se ha debido en gran parte a un factor: un deseo de controlar la migración. El aumento en el número de refugiados huyendo hacia Europa, en particular tras la guerra civil siria, impulsó a la migración en la agenda política, liberando significativos recursos para el control de fronteras. La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, Frontex, ha visto un increíble aumento del 5.233% en su financiación desde 2005 (de seis millones de euros a 320 en 2018). Las fronteras se han militarizado en Europa del Este y se han desplegado guardias fronterizos por toda Europa, desde Calais a Lesvos.

Menos conocido es que esto también ha llevado a la UE a poner el control migratorio en el corazón de sus políticas internacionales y sus relaciones con terceros países, insistiendo en acuerdos de control de fronteras con más de 35 naciones vecinas para controlar la migración, calificadas por la jerga de la Comisión como “externalización de fronteras”. Estos acuerdos requieren que las naciones firmantes acepten migrantes deportados desde Europa, aumenten los controles fronterizos y el personal en las fronteras, introduzcan nuevos sistemas de pasaporte e identificación biométricos para vigilar a los migrantes, así como que construyan campos de detención para detener refugiados.

La justificación que da la UE es que esto impedirá las muertes de los refugiados, pero un motivo más probable es que quiere asegurarse de que se para a los refugiados mucho antes de que lleguen a las orillas europeas. Esto satisface tanto a los hostiles políticos racistas en Europa como a aquellos políticos aparentemente más progresistas que no quieren enfrentarse al fomentado sentimiento contra los inmigrantes, que quieren aplicar a la crisis el ‘ojos que no ven, corazón que no siente’. Alemania, por ejemplo, con un récord relativamente progresista de acoger refugiados (al menos en el verano de 2015), es también una de las principales financiadoras de la externalización de fronteras, firmando alegremente acuerdos con dictadores como Sisi en Egipto para impedir que los refugiados se dirijan a Europa.

Las pruebas sugieren que estos acuerdos pueden haber servido para el propósito último de la UE de reducir las cantidades que entran en Europa, pero ciertamente no han aumentado la protección y seguridad de los refugiados. La mayoría de estudios muestran que han forzado a los refugiados a buscar rutas más peligrosas y confiar en traficantes con menos escrúpulos todavía. La proporción de muertes registradas respecto a las llegadas en las rutas mediterráneas hacia Europa en 2017 era cinco veces más alta que en 2015. Muchas más muertes en el mar y en desiertos de África del Norte nunca se registran.

Como revela un nuevo informe del Instituto Transnacional y Stop Wapenhandel, la Unión Europea también ha pasado a apoyar regímenes autoritarios —y aún peor, proveer equipamiento y financiación a policía y fuerzas de seguridad represivas—, a la vez que se desvían recursos necesarios para inversiones en sanidad, educación y empleo.

TRATOS SUCIOS CON DICTADORES

Níger, un importante país de tránsito para los refugiados, se ha convertido en el mayor receptor mundial per cápita de ayuda de la UE. En parte esto se debe a que es uno de los países más pobres del mundo, pero también se le da prioridad porque es una vía para muchos refugiados con dirección a Europa. No parece haber límites para los recursos disponibles para la infraestructura fronteriza, pero el Programa Mundial de Alimentos, que mantiene a casi una décima parte de la población de Níger, sólo ha recibido el 34% de la financiación que necesita para 2018. Mientras tanto, bajo presión europea, el reforzamiento de la seguridad fronteriza ha destruido la economía basada en la migración en la región de Agadez, amenazando la frágil estabilidad interna en el país.

La dependencia de la UE de la cooperación con el Gobierno nigerino también ha envalentonado a los líderes autocráticos del país. Una protesta de nigerinos contra el aumento en los precios de la comida en marzo de 2018, por ejemplo, llevó al arresto de sus principales organizadores. Los refugiados que viajan a través de Níger informan del aumento en los ataques contra los derechos humanos y están obligados a tomar riesgos mayores para migrar. En un horripilante caso en junio de 2016, los cadáveres de 34 refugiados, incluidos 20 niños, fueron encontrados en el desierto del Sáhara, aparentemente abandonados por traficantes a la muerte por sed.

De igual manera, en Sudán, la Unión Europea afirma que mantiene sanciones internacionales sobre el notorio régimen de Al-Bashir por sus crímenes de guerra y represión, pero no ha titubeado al firmar acuerdos de control de fronteras con agencias gubernamentales sudanesas. Esto ha incluido entrenamiento y equipamiento para policías de fronteras, aunque las fronteras de Sudán están patrulladas principalmente por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), que están formadas de ex milicianos janjaweed usados para combatir la disidencia interna bajo el mando operativo de Inteligencia Nacional y Servicios de Seguridad (NISS) de Sudán. Human Rights Watch ha “descubierto que las RSF cometieron toda una serie de horribles abusos, incluyendo (…) tortura, ejecuciones extrajudiciales y violaciones en masa”. La agencia gubernamental alemana GIZ dice que es consciente de los riesgos de la cooperación, pero no obstante la considera “necesaria” para incluirles en medidas de desarrollo de la capacidad.

La participación de Europa en Sudán y Níger subraya el argumento de la autora y activista Harsha Walia, en su libro Deshacer el imperialismo de las fronteras, de que las medidas de control fronterizo son una forma de imperialismo porque incluyen desplazamiento, criminalización, jerarquías racializadas y la explotación de personas. Es destacable en términos de ecos históricos para el imperialismo de las fronteras de la UE que mientras que el Reparto de África fue en gran medida defendido por sus apologistas coloniales por su potencial para civilizar a los “bárbaros” en las puertas de Europa, el enfoque esta vez parece ser sólo respecto a mantener a los “bárbaros” fuera de las puertas de Europa.

En paralelos históricos incluso más inquietantes, es chocante mencionar que mientras que el Acuerdo de Berlín de 1885 estipulaba que África “no puede servir como un mercado o medio de tránsito para el comercio de esclavos, de la raza que sean”, la colaboración de la UE con la milicia libia ha llevado en realidad a un renacimiento del comercio de esclavos, con refugiados vendidos como esclavos como mostró la CNN a finales de 2017.

FRONTERAS ES IGUAL A VIOLENCIA

En última instancia no deberíamos sorprendernos. Como ha señalado la periodista Dawn Paley, “lejos de impedir la violencia, la frontera es de hecho el motivo por la que ésta ocurre”. Las fronteras son muros que buscan bloquear una flagrante desigualdad entre África y Europa, construida durante el colonialismo y perpetuada por las actuales políticas económicas y políticas europeas. En última instancia esta violencia se siente en el cuerpo, con la frontera dejando sus cicatrices en la carne de la gente. Se siente en la piel rasgada de aquellos que a diario intentan cruzar las vallas fortificadas de Ceuta y Melilla en Marruecos. Se siente en los cuerpos de mujeres violadas y agredidas sexualmente por traficantes y guardias fronterizos. Está ahí, en los muchos esqueletos sin descubrir en los desiertos norteafricanos y el Mar Mediterráneo.

Este imperialismo de las fronteras no es un fenómeno exclusivamente europeo. Se puede encontrar en el Programa Frontera Sur en México, comenzado en 2014 bajo presión de los Estados Unidos, para reforzar la seguridad en su frontera con Guatemala. Como sus equivalentes europeos, también ha dado lugar a más represión y violencia contra los refugiados, mayor reclusión y deportaciones, y a que los refugiados sean forzados a tomar rutas migratorias más peligrosas y a caer en las manos de redes de tráfico criminales.

Quizás el ejemplo de externalización de fronteras mejor conocido sean los centros de detención deslocalizados de Australia en las islas de Nauru y, hasta que fue ilegalizado el año pasado, en Manus (Papúa Nueva Guinea). Todos los migrantes que intentan ir a Australia por mar son transportados a estos centros, que son gestionados por contratistas privados, y mantenidos en ellos durante largos períodos. Si se concede estatus de asilo a los refugiados detenidos, son reasentados en terceros países. Esta política va acompañada de la “Operación Fronteras Soberanas”, una operación marítima militar para forzar a volver, o remolcar, de vuelta a aguas internacionales a los barcos de refugiados.

Han habido muchos casos de violaciones de los derechos humanos en los centros de detención deslocalizados de Australia. Pero muchos líderes europeos han adoptado el modelo australiano, defendiendo cada vez más que la UE ponga a los refugiados en “campamentos de tramitación” en países norteafricanos, desarrollando la política actual de convertir a los vecinos de Europa en sus nuevos guardias fronterizos. Europa adopta de manera entusiasta el enfoque australiano de construir campamentos en lugares remotos, lo que, como apunta el abogado de derechos humanos Daniel Webb, sirve “para esconder de la vista lo que no quieren que el público vea –crueldad deliberada contra seres humanos inocentes”.

GANADORES EMPRESARIALES

Mientras que las similitudes entre estos ejemplos de externalización de fronteras son innegables, sólo en Europa conectan las políticas con viejas relaciones coloniales. En el lanzamiento del Marco de Asociación en materia de Migración, el marco general para la cooperación sobre migración con terceros países, en junio de 2016, la Comisión Europea señaló que “las relaciones especiales que los estados miembros puedan tener con terceros países, reflejando lazos políticos, históricos y culturales fomentados a través de décadas de contactos, también deberían explotarse al máximo para beneficio de la UE”. También alababa de manera inequívoca la oportunidad que el acuerdo ofrecía para los negocios europeos, defendiendo que “los inversores privados en busca de nuevas oportunidades de inversión en mercados emergentes” deben jugar un papel mucho mayor en vez de “los modelos de cooperación al desarrollo tradicionales”.

Esto dirige nuestra atención hacia los intereses privados que se benefician de estas políticas de externalización de fronteras: las industrias militares y de seguridad que proveen el equipamiento y los servicios para implementar la seguridad y el control fronterizos reforzados y militarizados en terceros países. Un sinfín de empresas han prosperado en este mercado en expansión, pero destacan entre ellas gigantes armamentísticos europeos como Airbus (paneuropea), Thales (Francia) y Leonardo (Italia –anteriormente llamada Finmeccanica).

No son sólo beneficiados casuales de las políticas de la UE; también son las fuerzas motrices tras ellas. Han establecido el discurso general —formulando la migración como una amenaza a la seguridad, a ser combatida por medios militares— y han realizado propuestas concretas, como la creación del “sistema de sistemas” de vigilancia de la UE EUROSUR y la expansión de Frontex, las cuales se han convertido en políticas oficiales de la UE y nuevas instituciones mediante un exitoso trabajo de lobby.

Así, estas empresas pueden cosechar las recompensas mediante la promoción de sus propios servicios y productos, ayudadas por su constante interacción con responsables políticos de la UE. Esto abarca reuniones regulares con cargos de la Comisión Europea y Frontex, participación en órganos asesores oficiales, publicación de influyentes documentos de asesoría, participación en ferias y conferencias de seguridad, etc. Mientras que el enfoque principal ha estado en militarizar las fronteras externas de la UE, las empresas cada vez más dirigen su mirada al mercado africano de seguridad fronteriza. De aquí que también estén presionando por financiación de la UE para compras de seguridad fronteriza de terceros países.

Esta estrategia ha dado generosos frutos. Reforzar la competitividad global de la industria militar y de seguridad europea se ha convertido en un objetivo declarado de la UE. Los planes de la comisión para el próximo Marco Financiero Multianual (MFF), el presupuesto de la UE para 2021-2027, proponen casi triplicar el gasto en control migratorio. Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, los estados miembros de la UE y terceros países recibirán más dinero para gastar en el refuerzo de la seguridad de fronteras, incluyendo la compra de equipamientos y servicios militares y de seguridad.

HACER VISIBLE LA RESISTENCIA

Mientras que situaciones horribles específicas, como los mercados de esclavos migrantes en Libia o un incidente de ahogamiento concreto en el Mediterráneo, a veces causan indignación y oposición, es difícil ver un cambio en el énfasis europeo general en “reducir los números” de gente que quiere hacer la travesía. Esto es un reto incluso mayor cuando la militarización de fronteras de la UE está deslocalizado en países lejanos de Europa y, por lo tanto, se vuelve en gran medida invisible.

Hay que combatir las políticas de la UE en varios niveles, tanto dentro de la UE como en terceros países. Esto significa que no sólo tenemos que actuar contra las manifestaciones más obvias de estas políticas —en términos de control de fronteras y la detención y deportaciones de refugiados— sino también contra los intereses privados detrás de estas políticas. Tenemos que desenmascarar las fuerzas comerciales e industriales que actualmente se están lucrando con el imperialismo de las fronteras europeo, así como a los medios de comunicación y partidos políticos que han manipulado a la opinión pública señalando a los refugiados como cabezas de turco de las consecuencias de las políticas de austeridad.

De manera más sistemática, enfrentarse al colonialismo de fronteras requiere abordar la responsabilidad occidental en general, eliminando los motivos por los que la gente es obligada en primer lugar a huir, y resistiendo a esas políticas y a los actores en los países occidentales que las están causando: el apoyo de la UE a dirigentes autoritarios, las empresas que causan el cambio climático, las relaciones comerciales injustas, la impunidad corporativa, las temerarias intervenciones militares y el comercio de armas. Y significa la verdadera decolonización, terminar el continuo control europeo sobre sus antiguas colonias, y trabajar en dirección a un cambio fundamental en el orden internacional. Esto se volverá incluso más importante en el contexto del empeoramiento del cambio climático, cuando la migración, aunque sea principalmente interna, será una forma de adaptación necesaria.

También requerirá mayor solidaridad y cooperación con movimientos y organizaciones de los terceros países afectados, en formas horizontales de colaboración. Esto podría incluir el apoyo a movimientos dirigidos por migrantes que surjan en muchos países, a comunidades que alberguen grandes números de refugiados (que hayan quedado varados), los esfuerzos humanitarios directos tales como las misiones de búsqueda y rescate en el Mediterráneo, así como a las organizaciones que defiendan los derechos humanos para los migrantes. Pero también podría incluir grupos y movimientos en lucha por la democratización, contra regímenes autoritarios, contra industrias extractivas, y a aquellos que busquen el sustento para todos, contra la violencia y la dominación occidental.

Deshacer el legado de la violencia colonialista no será fácil. Mientras que la Unión Europea está dividida en muchos asuntos, el consenso sobre la seguridad en las fronteras es fuerte. El gran pensador decolonial Frantz Fanon se dio cuenta de cómo el colonialismo no sólo el territorio y el cuerpo sino también la mente. Como escribió en Piel negra, máscaras blancas:

Para terminar con esta situación neurótica, en la que estoy obligado a elegir una solución insana y conflictiva, alimentada con fantasías, hostil, inhumana en resumen, sólo tengo una solución: levantarme por encima de este drama absurdo que otros han organizado a mi alrededor, rechazar los dos términos que son igualmente inaceptables, y a través de un ser humano, alcanzar lo universal”.

Es un anhelo por una humanidad universal reflejado en slogans que “ningún ser humano es ilegal”, la única verdadera base para el fin de la violencia del imperialismo de las fronteras.


(*) Nick Buxton es coeditor de The Secure and the Dispossessed: How the Military and Corporations are Shaping a Climate-Changed World (Pluto Press, 2015) y coordinador del trabajo del Instituto Transnacional con académicos-activistas (www.climatesecurityagenda.org). Mark Akkerman es investigador en Stop Wapenhandel (Campaña Holandesa Contra el Comercio de Armas). Ha escrito y realizado campañas sobre temas como las exportaciones de armas a Oriente Medio, los ejércitos privados y el sector de la seguridad, el blanqueamiento ecológico del comercio de armas y la militarización de la seguridad fronteriza.


La cuestión nacional y la globalización

noviembre 26, 2018

MARCO A. GANDÁSEGUI 


En medio de las luchas internas que ha desatado en su país en torno a la cuestión nacional, el presidente Donald Trump también se enfrenta a una batería de opositores entre sus antiguos aliados en Europa. Recientemente se declaró un nacionalista. Su afirmación causó una enorme repulsa de los grupos dominantes del establishment norteamericano, partidarios de la globalización. Igualmente, conmemorando el centenario del fin de la Gran Guerra, el presidente francés, Emmanuel Macrón, aseguró en París que ser nacionalista es la antítesis de patriota.

Hay, incluso, una tercera posición frente a la cuestión nacional: Son las naciones oprimidas que se enfrentan a las naciones dominantes. En las primeras hay movimientos de liberación nacional o guerras populares, reprimidos por gobiernos financiados por las naciones opresoras. Obviamente, hay que encontrarles una explicación a estas divergencias en cuanto a la definición de la nación. ¿Qué es la nación?

No es lo mismo una nación oprimida que una nación opresora. Tampoco es igual la nación para un grupo social dominante que para otro grupo dominado. Incluso, hay naciones que compiten entre sí para la dominación de los mercados, territorios y fuerza de trabajo barata de otras naciones. El historiador inglés, John Hobson, lo llamó imperialismo. El imperialismo condujo a la humanidad a un estado bélico permanente hasta nuestros días.

Para simplificar las cosas, podemos decir que cada grupo social, articulado a una forma de organización de la producción de riquezas (la economía), puede tener un proyecto de nación. Los empresarios quieren consolidar su mercado nacional. Los campesinos quieren una nación que les asegure el acceso a la tierra. Los obreros aspiran a una nación que cumpla con sus aspiraciones de equidad y libertad. ¿Cómo puede una sociedad asimilar tantos proyectos?

También hay una definición territorial de la nación. Es una definición frágil pero puede servir en coyunturas especiales. Los polacos la utilizaron en su lucha para emerger como nación en el siglo XX. Los catalanes la utilizan en el siglo XXI. En América Latina, los grupos sociales se han unido -con mayor o menor éxito en Panamá, Cuba, Puerto Rico, entre otros -para enfrentar a EE.UU. en defensa de su proyecto de nación.

En la actualidad, en EE.UU., el presidente Trump ha levantado la bandera del nacionalismo para defender un proyecto que fue legitimado en el siglo XIX. Los ‘barones’ de la gran industria después de la conquista de todo el territorio entre México y Canadá crearon uno de los proyectos de nación más exitosos en la historia.

A fines de ese siglo y principios del siglo XX, EE.UU. se enfrascó en las guerras imperialistas de las potencias europeas. Su proyecto de nación fue reemplazado por una abierta competencia imperial con los europeos en América Latina, Africa, Asia y otras regiones.

Después de un siglo de imperialismo, las naciones/potencias europeas se han agotado y no tienen la capacidad para seguir explotando la periferia. Hace 40 años EE.UU. organizó la Comisión Trilateral con el propósito de coordinar sus políticas con las de Europa (el llamado ‘centro’) en su relación con la periferia.

Se suponía que para ello se fortalecerían las instancias económicas (FMI, BM); se ampliarían las instancias militares (OTAN) y se crearían instancias políticas nuevas (G-7, G-20). EEUU. contraloría todo el engranaje apoyando a los demás socios. Lo que Barak Obama llamó “liderazgo desde la retaguardia”.

El plan concebía el mundo sin fronteras, unidades militares coordinadas y economías cada vez más integradas: La globalización. En otras palabras, era un adiós a las naciones surgidas al calor de la revolución industrial y del capitalismo, así como del imperialismo. Esta versión del ‘fin de la historia’ fue rechazada por sectores importantes del gran capital norteamericano que encontraron en la figura de Trump su campeón. La propuesta de este grupo es sencilla: EE.UU. es y será la primera y única nación con capacidad para liderar al mundo.

¿Qué alternativa tiene América latina? La propuesta de la globalización o de un liderazgo único centrado en Washington no es nueva. Es más de lo mismo. Ambos planes implican que las 35 naciones de América latina y el Caribe seguirían siendo exportadoras de bienes de bajo valor agregado e importadoras de productos de alto valor agregado. A las naciones de la región sólo les queda la alternativa de romper con la dependencia y buscar un nuevo camino.


(*) Marco A. Gandásegui es profesor de Sociología de la Universidad de Panamá e investigador asociado del CELA.


[https://firmas.prensa-latina.cu/index.php?opcion=ver-article&cat=G&authorID=169&articleID=2576&SEO=gandasegui-marco-a-la-cuestion-nacional-y-la-globalizacion]

Los pobres de Brasil lamentan la pérdida de los médicos cubanos

noviembre 22, 2018

VICKY PELÁEZ 


Será dolorosa para millones de brasileños de bajos recursos la partida de los galenos cubanos del programa Más Médicos. ¿Pero qué se puede esperar del electo presidente Jair Bolsonaro, conocido por ser un apologista de la dictadura militar, xenófobo y racista que apoyaba la idea de 'blanquear la raza' y es enemigo de los que él considera rojos?

Por algo prometió este capitán retirado “limpiar Brasil de los rojos”, añadiendo que “será una limpieza nunca vista en la historia de Brasil”. Los médicos cubanos, representantes de un país socialista, estaban precisamente en la lista de potenciales enemigos ideológicos de su país de los cuales habría que deshacerse bajo cualquier pretexto.

Los asesores de Bolsonaro encontraron rápidamente la justificación para la salida de los médicos cubanos de Brasil, cuestionando su preparación e integridad profesional exigiendo la revalidación de sus títulos, tratando de encubrir de esta manera una cuestión claramente ideológica.

Ni siquiera el presidente electo y su entorno quisieron tomar en cuenta que los galenos de la Mayor de las Antillas están reconocidos en todo el mundo, inclusive en el país que tanto admira Jair Bolsonaro y del cual es su seguro servidor: Estados Unidos. Cientos de norteamericanos violan la ley contra Cuba para ir a tratarse clandestinamente de cáncer a La Pradera International Health Centre en Cuba donde fueron atendidos también Diego Maradona y Hugo Chávez.

A pesar del medio siglo de sanciones contra Cuba, Roswell Park Cancer Institute, en EEUU, está probando CIMAvax, un medicamento que prolonga la vida a los pacientes de cáncer de pulmón durante varios meses y frecuentemente, años, creado en Cuba.

Tan 'patriota' y 'nacionalista' es Bolsonaro que no pensó en el destino de más de 30 millones de los brasileños de las zonas más vulnerables del país, especialmente, el norte y la semiárida región del noreste, quienes en su mayoría tuvieron por primera vez el acceso a la atención médica gracias a los 8.400 doctores cubanos ofreciendo alivio a los pacientes en los lugares más remotos y olvidados del país.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), a través de la cual se realiza la participación cubana, “los lugares donde trabajan los cubanos fueron ofrecidos primeramente a los médicos brasileños que no los aceptaron” debido a su alejamiento de la 'civilización' y la falta de condiciones básicas para vivir cómodamente. En la mayoría de estos lugares remotos no hay electricidad, televisión, internet, etc. Varios doctores cubanos que estaban ejerciendo su profesión en las comunidades indígenas tenían que acostumbrarse a la comida a base de casabe, yuca y frutas.

El programa Más Médicos para Brasil comenzó en agosto de 2013 por iniciativa de la presidenta Dilma Rousseff con el propósito de brindar atención médica a los sectores de población más marginados siguiendo los principios de la Organización Mundial de Salud (OMS) y con la coordinación de la Organización Panamericana de Salud (OPS). En estos ocho años unos 20.000 médicos cubanos atendieron en total a 113 millones de pacientes en 34 Distritos Especiales Indígenas y en 3.600 municipios de los cuales más de 700 tuvieron un médico por primera vez en su historia.

No obstante, para el presidente electo Jair Bolsonaro y su futuro ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araujo, la presencia de los galenos cubanos era el símbolo del socialismo y “del bolivarianismo” que los cubanos trataban de propagar supuestamente con su presencia en Brasil.

Bolsonaro, que no deja de mencionar que “Dios siempre está presente en la toma de sus decisiones”, advirtió que el programa Más Médicos debía ser modificado. Por su parte, La Habana anunció su retirada del proyecto, decisión que justificó por las palabras “amenazantes y despectivas” del electo mandatario. Así, las acciones de Bolsonaro perjudican los propios intereses de su pueblo y en especial afectan dramáticamente al 25% de la población que vive, según el Instituto de Geografía y Estadística de Brasil, debajo de la línea de la pobreza con un ingreso familiar de 387 reales al mes (165 dólares).

Desde el inicio de su campaña electoral, Jair Bolsonaro se declaró seguidor acérrimo de Donald Trump, repitiendo su retórica de “la liberación de Brasil de la ideología globalista influenciada por el marxismo cultural”. Su próximo ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araujo, incorpora en esta lucha a Dios contra el globalismo y socialismo.

Ambos líderes están hablando desde hace mucho tiempo de la necesidad de romper relaciones diplomáticas con Cuba guiados por su irremediable deseo de caer bien a su ídolo, Donald Trump. Deshacerse de los galenos cubanos ha sido en realidad el inicio de “la limpieza nunca vista en Brasil” que anunció hace poco el actual presidente del país, añadiendo que “los brasileños no saben todavía qué es dictadura”.

Por lo pronto todo indica que los brasileños sentirán pronto la mano dura que promete el actual Gobierno. Un reciente decreto aprobado por el Gobierno “para enfrentar el crimen organizado en Brasil” autoriza la creación de una Fuerza de Tareas de Inteligencia. Esta nueva institución hace recordar los tristemente famosos Destacamentos de Operación Interna (DOI) y los Centros de Operaciones y Defensa Interna (CODI) que operaban en Brasil durante la dictadura militar desde 1964 a 1985.

El periodista Alberto Azcárate informó en su artículo publicado en la revista El Salto que Bolsonaro ya lanzó una ofensiva contra el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST), el Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST) y declaró ser partidario de imponer castigos a la apología al socialismo y al comunismo.

Los seguidores de Bolsonaro, como la diputada Ana Caroline Campagnolo, basándose en la experiencia en las universidades norteamericanas, propusieron permitir a los estudiantes denunciar a los profesores que critican al Gobierno o hablan sobre el socialismo o comunismo.

Según el comunicador Alberto Azcárate, “la amplia potestad que confiere a los organismos de inteligencia militar el Decreto 9.527 (Fuerza de Tareas de Inteligencia) recientemente aprobado, unida a esta y otras campañas de persecución de posibles 'adoctrinadores comunistas' extensible a movimientos sociales podría dar cobertura a una caza de brujas, solo comparable a la padecida por la oposición brasileña durante la dictadura militar”.

Los 8.400 médicos cubanos de Más Médicos se han convertido en las primeras víctimas ideológicas del próximo Gobierno autoritario y ultraderechista de Jair Bolsonaro. Los movimientos sociales serían las siguientes víctimas del capitán de reserva que declaró en 2016 durante un programa radial que “el error de la dictadura fue torturar y no matar”. También Bolsonaro cree que “a través del voto no va a cambiar nada en Brasil. Solo va a cambiar desafortunadamente cuando nos partamos en una guerra civil”.


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