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España y sus presos políticos

febrero 18, 2019

JOSÉ M. MURIÀ 


¡Con cuánta ferocidad ha arremetido en los últimos años España contra Venezuela! Casualmente comenzó desde que Felipe González –ya convertido en un símil de José María Aznar– fracasó en su tarea de abrir ese país a los grandes capitales españoles, a cuyo servicio se halla también el Partido Socialista Obrero Español, mismo que no tiene nada ni de “socialista” ni de “obrero” y menos de republicano ni de respetuoso de la libre autodeterminación de los pueblos, tal como lo establece su plataforma de principios.

¡Con cuánta saña escarba en las lacras!, muchas de ellas heredadas de aquel bipartidismo adeco-copeyano sumamente parecido a la mancuerna gachupinoparlante PSOE-PP.

¡Con cuánto servilismo a los peores yanquis se ha comportado el Sánchez Pérez!

El parecido de la España actual con la época de Francisco Franco es cada vez mayor, no sólo por su vergonzante política exterior, sino por el cinismo con que esconde la paja en el ojo propio y censura y arremete contra el gobierno de Caracas, que no es ninguna perita en dulce –cabe aceptar– por lo mismo que el gobierno español le hace a su gente.

Bien claro lo ha establecido la propia Unión Europea: el sistema judicial español, nutrido de franquistas, es de los que más depende del ejecutivo, en tanto que el país, en general, es de los más corruptos de Europa.

Se rasga las vestiduras por todo lo que hace la llamada Revolución bolivariana al tiempo en que sus cárceles se van nutriendo de presos políticos y, como en los viejos tiempos del franquismo, va creciendo el número de refugiados de diversa índole, pero ninguno belicoso. Todos son personas de paz, lo cual representa algo increíble para el gobierno español de hoy. Además, claro está, de que ya dio evidentes muestras de saber reprimir por la fuerza a quienes quieren manifestar libremente sus opiniones mediante papeletas. El voto, expresión básica y fundamental de la democracia, ha sido proscrito por una runfla de jueces emisarios del pasado y defensores del nacionalcatolicismo o fascismo a la española.

Ahora sobreviene un juicio contra ciudadanos catalanes que fueron elegidos legalmente, lo cual en cualquier país medianamente civilizado les daría fuero, máxime que su delito fue responder al llamado de sus votantes. Dicho de otro modo, a la voz de su pueblo.

No se me quita de la cabeza la imagen de valientes policías, en número exorbitante, golpeando y vejando a la multitud que se aprestaba a emitir su voto el 1 de octubre de 2017… La fuerza pública, en vez de protegerla, además de agredir, procedió a robarse las urnas… ¿A eso le llaman democracia? Al tiempo que una Manada de gamberros violadores –“hijos de papi del Real Madrid”– pasaban ligeramente por la cárcel y ahora gozan de libertad, un puñado de ciudadanos y ciudadanas de la mayor honorabilidad permanecen presos durante más de un año y les echarán encima toda la venganza de su ley que tampoco corresponde a la Constitución que tanto cacarean.

Sánchez debería preocuparse más por no perder la vergüenza en su interior en vez de buscar la paja en el ojo ajeno.


Cataluña: la Federación Sindical Mundial condena el autoritarismo y la represión del Estado español

febrero 16, 2019

SECRETARIADO DE LA FEDERACIÓN SINDICAL MUNDIAL (FSM-WFTU) 


La Federación Sindical Mundial (FSM), en representación de 95 millones de trabajadores y trabajadoras en 130 países de todo el mundo, condena la represión del Estado español, de cara al juicio que acaba de empezar en Cataluña, llamado el juicio del “procès”.

Para la FSM, se manifiesta otra vez más el autoritarismo del estado burgués y la represión contra los pueblos de la Unión Europea que se vuelve cada vez más reaccionaria y represiva.

La FSM ha reiterado en varias ocasiones su apoyo al derecho inalienable de los pueblos a decidir por si solos, libre y democráticamente sobre su propio presente y futuro. Asimismo, nadie debe perseguirse por sus ideas políticas.

Ahora, más que nunca, la clase obrera de Europa ha de organizar su contraofensiva a nivel europeo por la reivindicación de sus derechos contemporáneos, hasta la abolición de la explotación del hombre por el hombre.

Atenas, Grecia, 13 de febrero de 2019


Estados Unidos, una potencia con pies de barro

febrero 11, 2019

MARCELO COLUSSI 


El sistema capitalista ha impulsado prodigiosos avances en la historia de la humanidad. El portentoso desarrollo científico—técnico, que se viene registrando desde hace dos o tres siglos a la fecha —y que ha cambiado la fisonomía del mundo—, va de la mano de la industria moderna surgida a la luz del capitalismo. Problemas ancestrales de los seres humanos comenzaron a resolverse con esos nuevos aires que, del Renacimiento europeo en adelante, se expandieron por todo el planeta.

Pero ese monumental crecimiento tiene un alto precio: el modo de producción capitalista sigue siendo tan pernicioso para las grandes mayorías como lo fue el esclavismo en la antigüedad. Para que un 15% de la población mundial goce hoy de las mieles del “progreso” y la “prosperidad” (oligarquías de todos los países y masa trabajadora del Norte), la inmensa mayoría planetaria padece penurias. Con el agravante —que la historia humana anterior no registró— de la catástrofe medioambiental consecuencia del insaciable afán de lucro.

No olvidar que para constituirse como sistema con mayoría de edad, el capitalismo debió masacrar a millones de nativos americanos y africanos, generando así la acumulación originaria que dio paso a la industria moderna en Europa. En síntesis: el capitalismo es sinónimo, no tanto de desarrollo y prosperidad, sino más bien de destrucción y muerte.

Y es que ese desarrollo material fabuloso no logra el reparto equitativo —con auténtica solidaridad— de los productos derivados de una colosal producción: se llega al planeta Marte o se desarrolla la inteligencia artificial, pero no se acaba con el hambre. No se trata de un error coyuntural: el problema es estructural, de base. El sistema capitalista no puede ofrecer soluciones reales a los problemas de toda la humanidad. No puede, aunque quiera, pues en su esencia misma están fijados los límites. Como se produce en función de la ganancia, del lucro, el bien común queda relegado.

Por más que el llamado capitalismo de rostro humano, intente medidas caritativas para los más necesitados, válvulas de escape para permitir algunas mejoras paliativas, el sistema en su conjunto se erige contra la colectividad humana —a la que convierte en esclava asalariada, explotándola— y contra la naturaleza, devenida una mercadería más para consumir, obviando la condición del planeta como casa común.

Como sistema, el capitalismo —al no planificar la producción— tiene momentos de expansión y repliegue. Se supone que “la mano invisible del mercado” la regula; pero esa “mano” nunca resuelve a favor de las grandes mayorías, sino en función de los capitales. Por tanto, periódicamente, se asiste a crisis sistémicas generales, que terminan padeciendo los más desposeídos: las mayorías populares.

Desde 2008, transcurre una de las mayores crisis de esa naturaleza, comparable a la de 1930. Una especulación financiera sin par trajo consigo el quiebre de economías, con una recesión fenomenal que empobreció, aún más, a los más pobres e hizo desaparecer una exorbitante cifra de sectores medios y, con ello, numerosos puestos de trabajo.

El sistema no acaba de salir de su marasmo, aunque los grandes capitales en aprietos (bancos de primer nivel, empresas industriales como la General Motors) reciben asistencia de sus Estados, mientras las grandes mayorías empobrecidas tienen que resignarse y ajustarse aún más el cinturón. En otros términos: las ganancias son siempre para el capital, las pérdidas se socializan y las paga la clase trabajadora, el pobrerío en su conjunto.

En las potencias capitalistas (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón), la crisis se siente de una manera distinta que en los países históricamente empobrecidos. El fantasma en juego en el Norte no es el hambre, pero sí la precarización de la vida, la falta de trabajo, el estancamiento económico. Los planes de capitalismo salvaje (eufemísticamente llamado neoliberalismo) en estas últimas décadas, además de incrementar las riquezas de los más ricos, empobrecieron de una forma alarmante al conjunto de los trabajadores en todas partes del mundo.

Por un conglomerado de causas (planes neoliberales para las masas trabajadoras, una robotización creciente que prescinde de la mano de obra humana, traslado de plantas industriales desde la metrópoli hacia la periferia en beneficio de una mayor explotación), los trabajadores del llamado primer mundo vienen sufriendo un descenso en su nivel de vida. En Estados Unidos, la primera potencia capitalista mundial, es notorio.

Si bien el país no dejó de ser un gigante, la calidad de vida de sus ciudadanos está lejos de una franca mejoría en expansión, como ocurrió varias décadas antes, terminada la II Guerra Mundial. De “locomotora de la humanidad”, como se la consideró durante largos años, la economía estadounidense dista de una sana expansión. El hiperconsumismo sin freno trajo aparejado un hiper endeudamiento (a nivel personal—familiar y nacional) técnicamente impagable.

El poder de Estados Unidos viene sustentándose, cada vez más, en su condición de “grandote del barrio”. La discrecionalidad con que fijó su moneda, el dólar, como patrón económico dominante a escala planetaria, y unas faraónicas fuerzas armadas que representan, en sí mismas, la mitad de todos los gastos militares globales, constituyen el soporte en que se apoya. Pero este, en sí mismo, no es sostenible en forma genuina. La principal potencia capitalista del mundo tiene pies de barro.

La interdependencia de todos los capitales que fue sustentando el sistema a nivel global permite a la clase dominante estadounidense seguir manteniendo su supremacía; su Estado funciona como gendarme del orden mundial. Pero su dependencia de capitales de otras zonas (China, Japón) es vital.

Por otro lado, su monumentalidad se basa, en gran medida, en los recursos naturales que roba de distintas latitudes (petróleo, minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad). Sin ese militarismo desbocado —causa de muerte por millones, destrucción y avasallamiento de los grupos más vulnerables—, su supremacía económica no sería tal. En un informe del Global Policy Forum, James Paul, lo expresa sin ambages:

“Así como los gobiernos de los Estados Unidos. (…) necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte”.

Pero la economía próspera de las décadas del 50 y del 60 del siglo pasado se terminó. Estados Unidos —que de ningún modo ahora es un país pobre— está en decadencia. Los homeless (gente sin hogar) son cada vez más mayoritarios. Los trabajadores que han perdido sus puestos, y con ello los beneficios sociales, se cuentan por millones. Industrias florecientes, algunas décadas atrás, ahora languidecen, pues para el capital es más rentable invertir en la periferia, con salarios de hambre, que en el propio territorio estadounidense.

Un ejemplo icónico es la ciudad de Detroit. La que algunas décadas atrás fuera el centro mundial de la producción de automóviles —que nucleaba a todas las grandes empresas de capital netamente norteamericano con casi tres millones de habitantes— es ahora una ciudad fantasma, con apenas trescientos mil pobladores, fábricas cerradas, entre pandillas y calles sin luz. Lisa y llanamente, el capital no tiene patria ni nacionalismos sentimentales.

Si a los accionistas de la General Motors, la Ford Company o la Chrysler les es más lucrativo montar sus plantas industriales en cualquier enclave del Tercer Mundo y dejar en la calle a sus propios trabajadores, no tienen ningún reparo en hacerlo. Y lo han hecho.

Esa es la situación que hoy viene aconteciendo en Estados Unidos, y también en otros países de Europa Occidental: los trabajadores se van empobreciendo, por ello votaron a favor de la salida de la Unión Europea de los británicos (así como quieren hacerlo también en Francia, Holanda, Italia), o a favor de un ultraderechista como Donald Trump en Estados Unidos. El motivo para esa creciente derechización es el deterioro de la economía que, por supuesto, afecta a la clase desposeída y no a las oligarquías.



Venezuela en el juego geopolítico de EEUU, Rusia y China

febrero 10, 2019

VICKY PELÁEZ 

"Desde hace mucho ya no ganamos más guerras"
(Donald Trump, 2016)

El futuro de la globalización se decide en Venezuela. A pesar de las sanciones económicas, apoyo financiero a la oposición venezolana y "guarimbas" promovidas por la CIA —que mataron docenas de inocentes—, el Gobierno bolivariano sigue firme con la ayuda aparentemente invisible de Rusia y China que no permiten a Washington derrocar al chavismo.

Venezuela es la clave en el actual ajedrez geopolítico donde Rusia y China están desafiando la autoproclamada posición de EEUU como el 'hegemón' del planeta, combinando la ayuda económica al modelo bolivariano con la presencia industrial militar en el país.

Igual que en el caso de Siria y Corea del Norte, Donald Trump tachó de 'dictador' al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y dijo que "todas las opciones, incluyendo militares, están sobre la mesa". La fantasía de Trump está fuera de límites de la comprensión humana y es totalmente imprevisible. En un reciente artículo, el periodista William Astore escribió que todas las guerras de EEUU desde 2001 han sido sobrefinanciadas, sobrevaluadas y siempre han sido perdidas. Sin embargo, el Pentágono y el Departamento de Estado han aprendido que con la ayuda de los medios de comunicación a su disposición se puede convertir la derrota en la victoria (Le Monde diplomatique, 28 de enero, 2018).

Lo confirmó también el veterano reportero de la NBC News, William Arkin que presentó a la cadena de televisión su renuncia en protesta por el "apoyo reflexivo" de los medios de comunicación a las guerras que ordena Washington y a los generales que las dirigen.

Los medios de comunicación globalizados están tratando de convencer a la opinión pública que Venezuela está en vísperas de una "guerra desproporcionada" del Pentágono para derrotar al régimen de Nicolás Maduro.

Lo que no informan los globalizadores es que Estados Unidos no tiene condiciones ni pretextos para intervenir en el país bolivariano. No existe tal 'dictadura' en este país de la que tanto hablan Donald Trump y su vicepresidente Mike Pence. La proyectada por la CIA 'revolución de colores' para el pasado 23 de enero fracasó después de que el opositor Juan Guaidó se autoproclamara "presidente encargado" de Venezuela al recibir la llamada del vicepresidente norteamericano Mike Pence quien autorizó a Guaidó el pasado 22 de enero a autodesignarse presidente y le instruyó de lo que debía decir y hacer. Sin embargo, Guaidó fue reconocido solamente por EEUU y el Grupo de Lima a excepción de México.

El mismo secretario general de las Naciones Unidas Antonio Guterres confirmó que los Estados de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad reconocen al presidente Nicolás Maduro, a excepción de Israel y Australia, como mandatario constitucional y legítimo de Venezuela.

La opción militar de la que habló también el secretario de Estado, Mike Pompeo está lejos de la realidad. Las Fuerzas Armadas Bolivarianas (FAB) están bien equipadas con el armamento ruso y chino y tienen un alto nivel de preparación. ¿Qué podrían hacer las 5.000 fuerzas especiales norteamericanas que supuestamente el 'halcón' de Trump, John Bolton, hizo transferir a Colombia o los mercenarios colombianos interviniendo en Venezuela contra unos 500.000 FAB y la Guardia Nacional?

No hay que olvidar que las Fuerzas Armadas Bolivarianas tienen un gran respeto en su país y activa participación en la economía nacional. Actualmente los soldados y suboficiales son hijos de las familias campesinas y obreras que se beneficiaron con la revolución de Hugo Chávez y han sido educados en el espíritu bolivariano y el antimperialismo norteamericano. Esperar que estos militares apoyen a la oposición encabezada por Juan Guaidó sería completamente ilógico. Los oficiales tienen una posición privilegiada en el país y un gran número de ellos fueron graduados en las escuelas militares de Rusia, China y Cuba.

La mayoría de los oficiales mayores y generales son fieles al Gobierno de Maduro y lo consideran el único dirigente del país. El ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López es una pieza importante para Maduro más aún por lo bien recibido que fue el general en Jefe hace poco en Rusia por el presidente Vladímir Putin. Durante el golpe de Estado en 2002 fue precisamente el Batallón de Infantería 311 bajo el mando de Padrino López el que participó activamente en el desmantelamiento del golpe.

Y esto no es todo. Recientemente el presidente Maduro anunció la conformación de más de 50.000 Unidades Populares de Defensa (UPD), al estilo de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en Cuba, en todos los barrios, pueblos, ciudades y caseríos del país movilizando a más de dos millones de ciudadanos. Tomando todo esto en cuenta sería una locura iniciar una intervención militar en Venezuela que, según las estimaciones del Pentágono involucraría a no menos de 100.000 soldados norteamericanos desatándose una guerra que duraría no menos de dos años. Norteamérica no dispone de tales fuerzas actualmente.

Además la invasión haría desestabilizar toda Latinoamérica. Entonces, las promesas del asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, John Bolton de detener y recluir a Nicolás Maduro en la cárcel de Guantánamo reflejan las frustraciones de Washington de no poder terminar con el chavismo en Venezuela.

Los líderes de Washington saben perfectamente que tanto Rusia como China no permitirán la demolición de la revolución bolivariana teniendo en cuenta los 55.000 millones de dólares que constituye la inversión rusa en Venezuela y 65.000 millones de los préstamos chinos a cambio de petróleo.

Para desanimar a los principales halcones de Washington, John Bolton, Mike Pompeo, Joseph Dunford y Steve Mnuchin (precisamente este grupo designó a Guaidó presidente de Venezuela el pasado 22 de enero) de cualquier intento de guerra, China y Rusia suministraron a Venezuela sofisticado armamento por el monto de 2.500 millones de dólares y 4.000 millones de dólares respectivamente. A la vez, China tiene una estación de rastreo satelital en la base aérea venezolana Capitán Manuel Ríos, mientras que Rusia tiene instalaciones cibernéticas en la base naval Antonio Díaz 'Bandi'.

En estas condiciones lo único que le queda a Trump es seguir repitiendo por enésima vez que "todas las opciones están sobre la mesa", sin tener ninguna concreta posibilidad de intervenir en Venezuela. La mayoría de las unidades militares de EEUU están concentradas en Europa supuestamente para proteger a la Unión Europea de Rusia. Otra significante parte de su potencial bélico, que cuenta con 80.000 tropas listas para el combate, está desplegada en Japón y Corea del Sur.

Tal vez, Trump y su séquito de halcones se han dado cuenta, a instancias de Henry Kissinger, que no tienen unidades militares para intervenir en su propio 'patio trasero' y en especial, en el país poseedor de los más grandes reservorios de petróleo, Venezuela. Sus 'perritos falderos' Colombia y Brasil no se atreverán a participar en esta aventura sabiendo que las llamas de la guerra pueden extenderse a sus propios países. México, el hasta hace poco aliado incondicional de EEUU, se pronunció a favor del Gobierno de Maduro.

En las actuales condiciones, la primera potencia del mundo con un personal militar activo de 1,6 millones que está disperso por todo el mundo no tiene unidades disponibles y entrenadas para intervenir en Venezuela que dispone de un armamento sofisticado incluyendo las famosas instalaciones antiaéreas S-300 que recién recibió Siria, por ejemplo. En respuesta al apoyo de EEUU a una Ucrania pronazi y a Taiwán, Rusia y China están apoyando a Venezuela y sin duda alguna estas potencias respaldarán a Nicolás Maduro en el caso de un conflicto bélico si no mediante una participación directa, sí con el abasto de armamento sofisticado y con presencia de voluntarios que representaría una severa pérdida humana para Washington, posiblemente a nivel de las guerras en Vietnam o Corea.

Ya es hora para los halcones de Washington, su complejo militar industrial y su impredecible presidente, de enfriar su temperamento y sus ansias de guerra para dar un empuje a la economía nacional estancada y darse cuenta de que la nueva posible derrota esta vez no podrá convertirse en victoria tal como viene sucediendo en Siria.



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