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Palestina: palabras y resistencia

junio 17, 2019

MACIEK WISNIEWSKI 


Ilán Pappe y Noam Chomsky –un historiador y un lingüista–, igual que John Berger –escritor– y Norman Finkelstein –politólogo– (véase: Palestina: juego de palabras, bit.ly/2WzaEE4), llegan en el mismo contexto palestino a la idéntica y lacónica conclusión: “las palabras importan”.

Pappe desenmascarando los mitos de Israel trabaja mucho con palabras (véase: Ten myths about Israel, 2017), buscando su verdadero significado y deconstruyendo diferentes nociones históricas que deforman al presente, p.ej.:

“que si la Biblia –la máxima, diría yo de paso, referencia en nuestro tema: “en el principio era el Verbo” (Juan 1, 1)– les otorgó la tierra palestina a los judíos, o no” (¡no!) (página 10);

o “que si en 1948 los palestinos abandonaron voluntariamente su tierra, o no” (¡no!) (página 47).

Para Chomsky es pan de cada día.

En un libro conjunto enfatizan la importancia de reconquistar el lenguaje y volver a llamar a las cosas por su nombre tratando de –subraya Pappe en uno de sus apartados– frente a los esfuerzos de Israel “que con su neolengua orwelliana oscurece la realidad”, “enterrar el viejo diccionario de ilusión y decepción lleno de entradas como ‘proceso de paz’, ‘la única democracia en Medio Oriente’ o ‘nación amante de paz’ (‘cuando Israel habla de paz en realidad está hablando de ocupación’)”, y sustituirlo con un nuevo diccionario teórico en el cual “sionismo es colonialismo”, “Israel, un Estado de apartheid” y “Nakba, una limpieza étnica”, todo mucho más fácil de hacer “una vez la ‘solución de Dos Estados’ esté finalmente declarada muerta” (On Palestine, 2016, páginas 14-15).

La misma importancia de palabras –y la responsabilidad por ellas– ha de reflejarse en las comparaciones que usamos. Precisas. Históricamente aterrizadas. Así, p.ej.:

• Si bien Israel está sobrexplotando su memoria (véase: N. Finkelstein, The Holocaust industry, 2000 o I. Zertal, Israel’s Holocaust and the politics of nationhood, 2006) no está (por supuesto) “cometiendo un ‘nuevo Holocausto’”, aunque como subraya Pappe sí “un ‘genocidio incremental’ en el gueto –¡otra palabra!– de Gaza” (bit.ly/2lLC3As);

• O si bien, según Zeev Sternhell –historiador y uno de los máximos expertos en fascismo–, Israel (por supuesto) “no es igual (o peor) que los nazis”, aunque “el Estado judío con su ideología racial y segregación legal empieza a parecerse cada vez más al Estado ario de Alemania nazi pre-1939” (bit.ly/2WsdQfY).

Curiosamente el neolenguaje orwelliano en Israel –cuyo mejor “portador” es Benjamín Netanyahu, algo que lo une con otros reaccionarios y nacionalistas étnicos como Trump u Orbán– brotó recientemente cuando éste culpó a uno de sus aliados –un bona fide fascista– por el fracaso de formar el nuevo gobierno diciendo que fue porque éste... “es de izquierda” (sic) (bit.ly/31rqpvz).

Así, no extraña que su hijo Yair incurriese en sus propios malabares lingüísticos –y una típica negación colonial (vide: G. Meir)– al tuitear que no existe tal cosa como “Palestina”, “ya que ni siquiera hay letra ‘p’ en el alfabeto árabe”; según la misma lógica –como le respondieron algunos– “uno podría decir que no hay tal cosa como ‘pueblo judío’, ya que en el alfabeto hebreo tampoco hay letra ‘j’” (bit.ly/30MRQj5). Si esto suena como una tontedad, no lo es.

Es el mismo lenguaje de limpieza étnica y “extraordinaria restructuración lingüística colonial” por parte de Israel que implicó el cambio de nombres de casi todos los pueblos y lugares palestinos a fin de –como recuerda Susan Abulhawa– negar la existencia de la población autóctona (bit.ly/1RyZGkK).

Si esto suena como una nimiedad, no lo es. El lenguaje es herramienta de apropiación (piensen p.ej. como humus, tabule o zataar ya son especialidades de la cocina israelí).

Pero las palabras son también un medio de liberación –de allí la importancia del “nuevo diccionario” del que hablan Pappe y Chomsky– y una herramienta de resistencia –“un acto de la recreación de uno mismo”, algo a menudo ignorado cuando se habla p.ej. de lo que pasa en Gaza (bit.ly/2Wp22PD)–, hoy la única respuesta posible (bit.ly/2wPbugJ) frente al Deal of the Century trumpiano (a.k.a. “la solución final de la cuestión palestina”).

Ni siquiera aún publicado, el Deal –el más reciente ejercicio colonial de ir cambiándoles nombres a las cosas y lugares (que por otro lado por fin cancelaría la “ilusión de Dos Estados”...)– dados los calendarios electorales en Israel y Estados Unidos bien podrá nacer muerto o tendrá que cambiar de nombre: Deal of the ‘Next’ Century (bit.ly/2wrT4T7).

Sea como fuere. El viejo Uri Avnery, escribiendo de la (casi) imposible situación en la que se encuentra Palestina –desde su óptica mucho más “blanda” que p.ej. la de Pappe, pero igual inherentemente crítica– apuntaba que, a pesar de que los asentamientos ilegales avanzan inexorablemente, los palestinos poseen un arma mucho más poderosa que Israel: la paciencia (bit.ly/2MDLXSk).

“Paciencia” será aquí simplemente, supongo, otra palabra para “resistencia”. Que igual que otros pueblos árabes, están acostumbrados a esperar –vide: la longue durée de su historia frente a la relativa poca duración de Israel– y aguantar (incluso varias generaciones) hasta que las condiciones cambien y le sean más favorables. Una estrategia –a la larga– muy efectiva. ¡Ojalá! (por cierto: una palabra de raíz árabe).


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco. Twitter: @MaciekWizz

China, Rusia, nosotros y el mundo que nace

junio 14, 2019

ANDRÉS MORA RAMÍREZ 


Con el telón de fondo de la guerra comercial emprendida por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, contra China, para desplazar del mercado a la empresa de tecnologías de comunicación Huawei –uno de los líderes mundiales en su campo–, se celebró recientemente la vigésimotercera edición del Foro Económico de San Petersburgo [1].

De acuerdo con la información divulgada por distintas agencias de noticias, este año el evento registró varias cifras récords: participaron representantes de 145 países –incluidos seis jefes de Estado, con la destacada presencia de los presidentes de China y Rusia–; más de 19 mil invitados entre dirigentes de organismos internacionales, empresarios e intelectuales, y se firmaron 650 acuerdos comerciales por un monto próximo a los 47 mil 600 millones de dólares.

San Petersburgo, la histórica ciudad que fue tanto capital imperial como epicentro de la revolución de 1917, y más tarde el escenario de cruentas batallas en la Segunda Guerra Mundial, presenció ahora un nuevo capítulo de la alianza chino-rusa, que se ha venido forjando en los últimos años.

En este acercamiento han sido decisivos, por un lado, acontecimientos geopolíticos coyunturales, como la reunificación de Rusia y Crimea en 2014 y las posteriores sanciones que Washington y algunos países de la Unión Europea impusieron a Moscú; y, por otro lado, procesos de más largo aliento como los relacionados con el crecimiento económico, tecnológico y militar de China; el desarrollo de sus proyectos estratégicos (la Iniciativa de la Franja y la Nueva Ruta de la Seda) y la inminente transición hegemónica que desplazaría a los Estados Unidos como primera potencia económica mundial.

Paradójicamente, la cruzada lanzada por las administraciones de Barack Obama y Donald Trump contra estos dos países, como competidores –riesgos o enemigos, en el lenguaje de la inteligencia estadounidense– de primer orden a escala global, en el mediano y largo plazo, creó las condiciones para la profundización de las relaciones entre los gobiernos de Vladimir Putin y Xi Jinping hasta llegar a niveles inéditos.

China ya es el principal socio comercial de Rusia (su intercambio comercial en 2018 superó los 100 mil millones de dólares) y, por ejemplo, en el marco de la reunión del Foro de San Petersburgo se formalizó un acuerdo para que Huawei desarrolle la tecnología 5G en Rusia. El mandatario ruso defendió a la compañía china frente al veto comercial impuesto por Estados Unidos, calificado como “prácticas destructivas” de los mercados emergentes, que podrían ser la antesala de “la primera guerra tecnológica de la era digital”.

La imagen de Putin y Xi navegando por las aguas del río Nevá, hábilmente preparada por los responsables de comunicación del Kremlin, resume bien el estado de las relaciones entre ambos gobiernos, su entendimiento y coordinación de acciones y, al mismo tiempo, envía un contundente mensaje al resto del mundo. Especialmente a la Casa Blanca.

China y Rusia también han labrado una importante y activa presencia en el Caribe, Centro y Suramérica en el siglo XXI, con inversiones en infraestructura, recursos energéticos, transferencia tecnológica, seguridad y apoyo militar; intercambio cultural y, más recientemente, una política común ante la crisis en Venezuela y la amenaza de una intervención militar de los Estados Unidos. Mientras tanto, la potencia del Norte recurre a sus viejos discursos y rancias prácticas imperialistas, en su intento por afirmar posiciones y sortear -sin rumbo claro- su compleja crisis de hegemonía.

El mundo que nace entre Europa y Asia, se fortalece y se expande ante nosotros. Pensar el lugar de nuestra América en estas nuevas coordenadas de la historia, es uno de los principales desafíos que enfrentamos en la región.

Frente a estos cambios que anuncian el surgimiento de un nuevo equilibrio de fuerzas, y acaso también de un nuevo sistema internacional –que corresponde al mundo multipolar–, la incertidumbre lógica de toda transformación nos lleva a interrogarnos sobre el papel que jugará América Latina en el ajedrez geopolítico perfilado: si seremos capaces de aprovechar las oportunidades que se nos presenten para construir alianzas que permitan proveer de bienestar a nuestros pueblos. O si, una vez más, la balcanización, esa pesada herencia histórica de nuestra existencia republicana, se impondrá como triste destino, dejándonos a la deriva en la vorágine de las potencias.

Ciertamente, el avance de las derechas a nivel regional en los últimos años, alentadas por el discurso político y la volatilidad de los Estados Unidos bajo el gobierno de Trump, inclinan la balanza hacia esa última posibilidad. Pero es necesario recordar, y no olvidar, que no hace mucho tiempo fuimos capaces de avanzar por otros caminos y soñar futuros distintos.

Justo hace 10 años, en septiembre del 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez, a su regreso de una gira por Libia (antes de la incursión militar de la OTAN y el asesinato de Gadaffi que provocó carcajadas en la entonces Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton); Argelia, Siria (antes de la brutal guerra lanzada por la OTAN, sus organizaciones aliadas y el ejército terrorista del Estado Islámico), Irán, Turkmenistán, Bielorrusia, Rusia y España, exponía en estos términos su lectura del porvenir más inmediato:

“Hoy podemos decir que el mundo ha dejado de ser unipolar. Pero ni se ha reproducido un escenario bipolar, ni hay indicios tangibles de la marcha hacia la conformación de cuatro o cinco grandes polos de poder mundial. Es evidente, por ejemplo, que la estructuración de Nuestra América como un solo bloque político no se ve en el horizonte inmediato: no se hará realidad en el corto plazo.

“Pero igual pasa en África, Asia y Europa. Lo que sí comienza a hacerse visible es un conjunto creciente de núcleos geopolíticos sobre el mapa de un mundo al que ya pudiéramos llamar, ahora sí, el Nuevo Mundo. Se trata de un mundo multinuclear como transición hacia la multipolaridad”. Y añadió: “El que se acelere la transición hacia la multipolaridad va a depender de la claridad, la voluntad y la decisión política que se desprenda de los países-núcleo”.

Hoy, por distintos motivos, esa transición parece ingresar en una fase de aceleración, con Rusia y China como punta de lanza. El mundo que nace entre Europa y Asia, en lo que algunos llaman el corazón del mundo, se fortalece y se expande ante nosotros. Pensar el lugar de nuestra América en estas nuevas coordenadas de la historia, y las alternativas de que disponemos para que nuestra inserción en ellas sea estratégica y lo más independiente y soberana posible, en las condiciones reales de nuestro tiempo, es uno de los principales desafíos que enfrentamos en la región.

Bien lo dijo Chávez: “Dispersos nos quisieran mantener las fuerzas que aspiran a dejarnos en la retaguardia de la historia, siguiendo el mismo juego perverso que bien conocemos por sus nefastos resultados para la humanidad. (...) Inmenso es el compromiso: inmenso también es nuestro empeño para no dejarnos tragar por las fuerzas oscuras que pretenden acumular la extrema riqueza para unos pocos, al costo de la desgracia de millones de seres humanos. Esa asimetría descomunal e inhumana hay que cambiarla radicalmente o no habrá vida para nadie en un futuro no tan lejano”.


(*) Andrés Mora Ramírez es docente e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Costa Rica.


NOTA

[1] Del 6 al 8 de junio en curso.





La otra historia de Chernobyl

junio 13, 2019

ROSA MIRIAM ELIZALDE 


El anticomunismo surfea en la cresta de la ola de los debates que han acompañado la miniserie Chernobyl, de HBO. Muchos de los que se han apurado en llamarla la mejor producción televisiva de todos los tiempos, han reducido sus indiscutibles valores artísticos a una lectura utilitaria y simplista que no se permite otro punto de vista que el de introducir en la izquierda un sentimiento de culpa de dimensión universal.

Sin embargo, la historia de la tragedia de Chernobyl tiene otros capítulos que han quedado fuera de la serie y que trascienden el accidente nuclear, el juicio a los burócratas soviéticos que coartaron la información de los hechos y el suicidio del científico Valeri Legásov, director del Instituto Kurchatov de Energía Atómica y uno de los que dirigió la operación de control de daños, héroe trágico de la exitosa producción de HBO.

Craig Mazin, el guionista, no esconde su admiración por quienes se encargaron, muchos a costa de sus propias vidas, de neutralizar en la medida de lo posible las consecuencias de la explosión atómica. Bomberos, mineros, obreros de la construcción, soldados y simples funcionarios, realizaron trabajos en condiciones de exposición radiológica extrema. Los liquidadores –como se les llamó– no fueron una horda de pobres diablos. Una turba de ignorantes no sirve en un accidente tan complejo. La mayoría eran físicos nucleares, geólogos, mineros del uranio con experiencia en la manipulación de estas sustancias, que sabían perfectamente a lo que se exponían. Hasta el día de hoy, colectivos que agrupan a los liquidadores supervivientes en Ucrania, Biolorrusia y Rusia, muestran su orgullo por haber realizado una tarea colosal que ha salvado y sigue salvando vidas.

Hay otra historia del accidente sepultada durante décadas junto con el reactor de Chernobyl. Las víctimas de las radiaciones, durante 21 años consecutivos, viajaron más de nueve mil kilómetros para curarse de las terribles secuelas en una playa del Atlántico. Veintiseis mil 114 afectados, de ellos unos 23 mil niños, ocuparon las casas de Tarará, un balneario de arenas blanquísimas a 27 kilómetros de la capital cubana, donde está, según Ernest Hemingway, el mejor embarcadero de La Habana.

Recibidos por Fidel Castro al pie de la escalerilla del avión, los primeros pacientes iniciarían el 29 de marzo de 1990 el proyecto de atención integral a niños afectados por desastres, que benefició también a víctimas del terremoto de Armenia en 1988 y a brasileños que manipularon una fuente radioactiva de Cesio 137 en la ciudad de Goiâgnia, otro accidente nuclear que contaminó a cientos de personas en 1987, un año después de Chernobyl y del cual no se habla.

Cuba fue el único país que respondió al llamado del gobierno de Ucrania para atender a las víctimas del reactor con un programa de salud masivo y gratuito, que incluyó no sólo los servicios médicos y el seguimiento a cada caso hasta su recuperación final, sino la atención sicológica y docente. Además de hospitales, en Tarará se crearon aulas y centros de recreación para aquellos niños que necesitaban estancias prolongadas y que viajaron a la isla con familiares y maestros.

Los efectos de la radioactividad de Chernobyl se prolongaron por más tiempo que las bombas que lanzó el gobierno de Estados Unidos en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, pero su mortalidad fue mucho más reducida gracias a los liquidadores y al sistema de salud cubano. Aunque no hay cifras concluyentes, expertos de Naciones Unidas han evaluado que unas cuatro mil personas murieron como consecuencia del accidente nuclear frente a 246 mil muertes en Hiroshima y Nagasaki, 20 por ciento a consecuencia de lesiones o envenenamiento por radiación.

En la actualidad no se ha detectado un aumento significativo de leucemia en la población de las zonas contaminadas en las ex repúblicas soviéticas. La razón parece responder al hecho de que ucranianos, bielorrusos y rusos se beneficiaron de los primeros ensayos clínicos con las vacunas contra el cáncer creadas por científicos cubanos, y también, de tratamientos pioneros en el mundo para combatir la leucemia y la despigmentación de la piel. Los mejores científicos y los pediatras más renombrados atendieron a aquellos niños que necesitaron de una legión de traductores para cumplir los programas médicos y aliviar el terror de las familias. No sin costo para Cuba. El proyecto Tarará se mantuvo contra viento y marea incluso durante la terrible década 90 del siglo pasado, cuando el país caribeño vivió la peor crisis económica que se recuerde, tras el derrumbe de la Unión Soviética y el endurecimiento de las sanciones de Washington, que oportunistamente apretó el cerco para rendir a la isla rebelde.

La mayoría de los niños que llegaron a Tarará regresaron sanos a su país, pero Alexander Savchenko se quedó viviendo en la isla. Totalmente curado, estudió estomatología, se casó y tiene una niña mitad cubana, mitad ucraniana. Si usted mira ahora mismo en su muro de Facebook, verá que su último post es una noticia reciente: “50 niños ucranianos serán atendidos en Cuba, como parte de un nuevo programa de cooperación inspirado en el programa ‘niños de Chernobyl’”.


¿Por qué la recurrencia de masacres en Estados Unidos?

junio 10, 2019

MARCELO COLUSSI 


Hoy día ya no es una novedad la noticia de una masacre en Estados Unidos. Lo curioso es su modalidad: un “loco”, armado hasta los dientes, comienza a matar personas, a diestra y siniestra, en medio de una escena de aparente tranquilidad ciudadana.

Si ocurriera lo mismo, por ejemplo, en una nación africana o centroamericana, valdría para continuar estigmatizándola como “países pobres y, fundamentalmente, violentos”. En el Sur del mundo, la violencia y la muerte cotidianas adquieren otras formas: no hay “locos” que perpetren masacres de tal naturaleza. La muerte violenta está incorporada al paisaje cotidiano, recordándonos que muere más gente por hambre -otra forma de violencia- que por proyectiles de armas de fuego.

La repetición continuada de esos hechos nos obliga a indagar su significado. Si bien es cierto que en muchos lugares del planeta la violencia campa insultante -con guerras y criminalidad desatadas, luchas tribales o sangrientos conflictos civiles- no es común este otro tipo de matanza que la potencia del Norte muestra casi con regularidad, y ya es parte de su naturaleza.

Explicarla sólo en función de explosiones psicopatológicas individuales puede ser una primera vía de abordaje, pero no abarca, en modo alguno, la complejidad del fenómeno. Sin duda quienes llevan a cabo esas masacres -y en muchos casos terminan suicidándose- pueden ser personalidades desestructuradas, psicópatas o psicóticos graves. ¿Pero por qué no ocurre lo mismo en los países del Sur, plagados de guerras internas y armas de fuego, donde la cultura de la violencia está siempre presente y las violaciones de los derechos humanos son el pan nuestro de cada día?
¿Por qué se repiten, en cambio, con tanta frecuencia, en la gran potencia? Ello es consecuencia de climas culturales que no es posible dejar de tener en cuenta. La sociedad estadounidense, en su conjunto, es tremendamente violenta. Su clase dirigente -hoy por hoy clase dominante a nivel global- la integra un grupo de poder con tal ansia de dominación como jamás se había registrado en la historia. El grueso de la sociedad no escapa a ese clima general, entronizado y asumido como un derecho propio.
Exultante, y sin la más mínima sombra de duda o recato, el representante de Washington ante Naciones Unidas, en 2005 -ahora un alto dirigente de la Casa Blanca-, en medio del clima de “guerras preventivas” que echó a andar tras los atentados a las Torres Gemelas, sostuvo: cuando Estados Unidos marca el rumbo, la ONU debe seguirlo. Cuando sea adecuado a nuestros intereses hacer algo, lo haremos. Cuando no lo sea, no lo haremos.

Es decir, la gran potencia se arroga el derecho de hacer cuanto le plazca en el mundo y, si para ello tiene que apelar a la fuerza bruta, lo hace. Es decir, el vaquero “bueno” matando a los indios “malos” cuando lo desee: así de simple.

Como todos los imperios en cuya base prima siempre un saqueo, Estados Unidos ha construido su prosperidad sobre los cimientos de una violencia monumental y extrema. La conquista del Oeste, la matanza indiscriminada de indígenas americanos, el despojo de tierras a México, la expansión sin límites, a punta de balas; el racismo feroz de los anglosajones blancos contra los afrodescendientes -con linchamientos hasta hace poco más de 50 años-; el Ku Klux Klan, aún activo hoy día, o el racismo imperante, en la actualidad, contra los inmigrantes hispanos, legalizado con leyes fascistas. Toda esa carga permea su cultura.

Estados Unidos es el único país del mundo que utilizó armas nucleares contra la población civil. Japón ya había perdida la guerra, en agosto de 1945, cuando éstas fueron disparadas.

País presente de modo directo o indirecto en todos los enfrentamientos bélicos que se libran actualmente en el mundo; productor de más de la mitad delo armamento que circula en el planeta; dueño del mayor arsenal de la historia -con un poder destructivo que permitiría hacer pedazos la Tierra en cuestión de minutos- ,y productor de alrededor del 80 por ciento de los mensajes audiovisuales que inundan el globo terráqueo -con la versión maniquea de “buenos” versus “malos”-, Estados Unidos es la representación por antonomasia de la violencia imperial, el desenfreno armamentista, el ideal de supremacía. Las declaraciones de Bolton -antes citadas-, no pueden ser más elocuentes.

Su símbolo patrio, el águila de cabeza blanca, lo ilustra de forma cabal. Ave rapaz, por excelencia, en muchas ocasiones se alimenta de carroña o robando las presas de otros cazadores, lo cual indujo a Benjamin Franklin a oponerse con vehemencia a utilizarla con tal fin. [El águila blanca] “no vive honestamente. Por haraganería no pesca por sí misma. Ataca y roba a otras aves pescadoras”, escribió indignado, al fundamentar por qué no debía ser elegida como símbolo nacional. Obviamente, sus ideales no triunfaron.

Lo que ocurre, casi con regularidad con las masacres de civiles a manos de otro(s) civil(es) desquiciado(s), es consecuencia natural y obligada -cabría decir- de una historia en que la apología de la violencia y las armas de fuego subyace en los cimientos de la sociedad. “El derecho a poseer y portar armas no será infringido”, establece tajante la segunda enmienda de su Constitución.

Para salvaguardar ese derecho y “promover y fomentar el tiro con rifle con una base científica”, se fundó en 1871 la Asociación Nacional del Rifle -hoy día la más antigua de su tipo en el país-, con cuatro millones de miembros y 30 millones de allegados y simpatizantes. Por lo que puede apreciarse, la pasión por las armas (¿por la muerte?) no es nueva. Las masacres son parte fundamental de la historia de Estados Unidos.

De acuerdo con informaciones de la organización Open Secrets, en los últimos años diferentes instancias que abogan por restringir las armas de fuego, han invertido unos dos millones de dólares en sus campañas, en tanto la Asociación Nacional del Rifle -en ese mismo período- ha cabildeado e invertido más de 10 millones para mantener intocable la segunda enmienda que lo refrenda.

Si es cierto -como afirmara Sigmund Freud- que no hay una real diferencia entre psicología individual y social -ya que en la primera está contenida la segunda-, la “locura” de cualquier asesino que masacra a personas en una situación de aparente calma no es sino la expresión de una cultura de la violencia que permea toda la sociedad estadounidense, convirtiéndola en portadora de un “destino manifiesto”.

En el medioevo europeo se alucinaba con vírgenes; en el siglo XX con platillos voladores, en Estados Unidos con Rambos impunes. Pero ¡cuidado!…: la realidad es infinitamente más compleja que la de vaqueros “buenos” contra indios “malos”.


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