HO CHI MINH


A fines del siglo xix y a principios del siglo xx el capitalismo alcanzó su más alto y último desarrollo del imperialismo y entró en la era de la revolución proletaria. El hombre que continuó la gran labor de Marx y Engels en las nuevas condiciones históricas fue V. I. Lenin.

Luchando sin tregua con los reformistas y todo tipo de distorsionadores del marxismo, Lenin llevó el socialismo científico a una nueva etapa. Enriqueció el marxismo, la gran arma ideológica del proletariado, y contribuyó grandemente a formular la teoría de la dictadura del proletariado. Desarrolló el principio marxista en la alianza obrero-campesina en la cuestión nacional y colonial, en el internacionalismo proletario, en la construcción y fortalecimiento de un nuevo tipo de partido proletario que es la única organización capaz de dirigir la lucha multiforme de la clase obrera y de los pueblos esclavizados. Lenin estableció una nueva teoría de la revolución socialista y demostró las posibilidades de triunfo del socialismo en un solo país.

Lenin ayudó a los trabajadores que sufrían por la opresión imperialista a realizar en una forma más comprensible la ley del desarrollo social, los requisitos y las condiciones objetivas de la lucha política en cada etapa de la revolución proletaria y todo el movimiento de liberación. Permitió a las masas oprimidas que se enteraran de los intrincados y complejos desarrollos de nuestro tiempo, les dio una arma milagrosa para luchar por su emancipación: la teoría y tácticas del bolchevismo.

El Partido Comunista ruso, fundado por Lenin, dio un luminoso ejemplo a los pueblos del mundo. Balo la dirección esclarecida del gran Lenin, el talentoso estratega y táctico, el Partido Comunista llevó al proletariado ruso a la toma del poder y estableció el primer Estado de las masas trabajadoras; la fundación de este Estado llevó la historia de la humanidad a una nueva era. Para los pueblos amantes de la paz y de la democracia, la Unión Soviética es un baluarte inamovible de la independencia y de la libertad. Después de la segunda guerra mundial el todo poderoso campo de paz, democracia y socialismo, dirigido por la Unión Soviética, tomó forma en oposición al imperialismo.

La popularidad y la doctrina de Lenin están estrechamente ligadas a todos los éxitos del campo de la paz y de la democracia, que se extiende del río Elba al océano Pacífico, y del polo Ártico a los Trópicos. Por eso, todos los pueblos oprimidos y desafortunados miran el estandarte de Lenin, que los comunistas de todos los países del mundo sostienen en alto como un símbolo de fe y una antorcha de esperanza.

La heroica lucha sostenida por el pueblo soviético para construir el comunismo da ahora ánimos a todos los pueblos y les muestra el camino para obtener un modo de vida digno del hombre.

La consistente política pacífica del gobierno soviético, claramente formulada en el decreto firmado por Lenin, y promulgada inmediatamente después del triunfo de la revolución socialista, estimula ahora a las amplias masas a luchar para defender y fortalecer la paz y contra los traficantes de la guerra dirigidos por los imperialistas de Estados Unidos.

Los principios establecidos por Lenin acerca de los derechos de los pueblos a la autodeterminación, a la coexistencia pacífica, la no intervención en los asuntos internos de otros países -la igualdad y las relaciones benéficas para las partes interesadas, principios que son la base de la política extranjera de la Unión Soviética- señalan ahora a los pueblos de los países coloniales independientes el camino de la lucha para la reunificación nacional y la independencia.

Para los pueblos de Asia, así como para los pueblos de todo el mundo que luchan por la paz, la independencia, la democracia y el socialismo, el leninismo es como el sol que trae consigo una vida alegre. Lenin atribuía siempre una gran importancia al movimiento de liberación nacional sostenido por los pueblos de Asia y lo consideraba parte de la lucha emprendida por las masas trabaja-doras de todo el mundo contra los opresores imperialistas. Lenin señaló que el despertar de Asia y la primera lucha sostenida por el proletariado avanzado en Europa para la toma del poder marcaba una nueva era en la historia del mundo, una era que principió con el siglo xx.

En 1913, V. I. Lenin escribió: “Toda Europa toma el papel preponderante; toda la burguesía de Europa está coludida con todas las fuerzas reaccionarias y medievales en China. Pero toda la parte joven de Asia, o sea, cientos de millones de masas trabajadoras en Asia, tienen como firme aliado al proletariado de todos los países civilizados. No existe fuerza en el mundo capaz de impedir la victoria del proletariado en la liberación de los pueblos europeos y asiáticos”.

Ahora, a mediados del siglo XX, la “joven Asia” a la cual se refería Lenin es precisamente la República Popular de China, la República Popular de Mongolia, la República Democrática Popular de Corea y la República Democrática de Vietnam. En otras regiones de Asia se están alzando jóvenes fuerzas similares para luchar por la liberación nacional. Estas previsiones científicas del gran estratega revolucionario se han verificado tan rápidamente que el campo imperialista se ha vuelto ansioso y temeroso.

Si los pueblos esclavizados de Asia, bajo la dirección de los partidos marxista-leninistas, han logrado éxitos prácticos, es porque han seguido las enseñanzas de Lenin.

En su llamamiento a los revolucionarios de Oriente Lenin escribió: “Tienen ante ustedes una tarea desconocida para los comunistas del mundo: apoyados en la teoría y la práctica común del comunismo y aplicándolas a condiciones específicas que no existen en Europa, deben saber cómo usarlas en las condiciones específicas donde el campesinado es la masa básica y la tarea no es la lucha contra el capitalismo sino contra los vestigios medievales”.

Se trata de una enseñanza muy valiosa para un país como el nuestro, en el cual 90 % de la población vive de la agricultura y donde todavía existen una gran cantidad de vestigios del feudalismo decadente y del mandarinato.

Bajo la dirección del glorioso Partido Comunista chino y del camarada Mao Tse-tung, su dirigente esclarecido, la victoria de la gran Revolución en China fue el triunfo del pensamiento leninista. Es precisamente por esta razón que el camarada Mao Tse-tung dijo que la cañonera de la Revolución de octubre había llevado el marxismo-leninismo a China y liberado de una vez por todas a 600 millones de personas de las garras del imperialismo.

Aplicando el leninismo al internacionalismo, la Unión Soviética, donde ha triunfado el socialismo, ha dado constantemente una gran asistencia moral al movimiento de liberación nacional en los países coloniales y dependientes En particular con su política consistente de paz y debido a su gran prestigio en el mundo, la Unión Soviética hi ayudado enormemente a los pueblos de Corea y Vietnam en la defensa de sus patrias contra el peligro forjado por los imperialistas de Estados Unidos y sus aliados. Las actividades diplomáticas de la Unión Soviética fueron un factor decisivo para llevar a su término las guerras en Corea y Vietnam.

El pueblo vietnamita, educado en el espíritu del internacionalismo proletario, aprecia altamente el apoyo moral de los pueblos de todo el mundo, incluyendo el de los trabajadores franceses que han luchado para poner término a la guerra en Indochina.

Lenin nos legó, como a todos los partidos comunistas y obreros, el inapreciable tesoro de su ideología: los principios organizativos, la teoría y la táctica de un partido revolucionario. El leninismo es una poderosa fuerza ideológica que guía nuestro partido y hace posible que éste sea la máS alta organización de las masas trabajadoras y la personificación de la inteligencia, la dignidad y la conciencia d nuestro pueblo.

Bajo la bandera del leninismo, el Partido de los Trabajadores dé Vietnam ha ganado la confianza de nuestro pueblo y está considerado como su partido de vanguardia Nuestro partido ha sabido cómo utilizar las capacidades y la iniciativa creadora de nuestro pueblo, que nunca resignó a soportar la esclavitud y el colonialismo.

Lenin personificó la unidad de mente dentro del partido , la solidaridad de sus filas, el respeto a la disciplina revolucionaria, la fe inquebrantable en la gran causa del comunismo y la firme confianza en la victoria final. Todo esto es ahora un estímulo para el Partido de los Trabajadores de Vietnam, que ha aplicado día tras día y hora tras hora el principio de la crítica y la autocrítica, y lo ha considerado como el método milagroso para corregir los error y debilidades y para luchar contra las manifestaciones del subjetivismo y de la complacencia. Nuestro partido no tiene otros intereses que los de nuestro pueblo y de nuestra patria por eso da una gran importancia a elevar el nivel de su trabajo. Nuestro partido, mientras hace lo indecible para cumplir con sus tareas, estudia constantemente e. leninismo para mejorar su combatividad, su dinamismo político, la unidad en la organización y el nivel ideológico de los miembros del Partido.

Nuestro pueblo y los miembros del partido fueron forjados en el fuego de la larga y dura lucha para la salvación nacional y soportaron penalidades y sufrimientos indescriptibles. Por mas de 8 anos nuestro pueblo y nuestro partido sostuvieron una lucha heroica que terminó victoriosamente a favor del pueblo vietnamita y del restablecimiento de b paz en Indochina. Los acuerdos de Ginebra demostraron que la lucha de liberación nacional sostenida por el pueblo< vietnamita y por los pueblos hermanos de Laos y Camboya y su alto sacrificio y heroísmo han sido reconocidos internacionalmente. Nuestro partido puede estar orgullos de haber sido durante estos anos resuelto y perseverante y de haber llevado el pueblo a la lucha con un gran espíritu de sacrificio.

Actualmente, al tiempo que se restaura la paz, seguimos luchando para la instrumentación correcta de lo acuerdos de Ginebra. De acuerdo con números ya rectificados, hemos afirmado recientemente que el bando contrario ha violado los acuerdos 2.114 veces, incluyendo 46 veces en el sur de Vietnam. He aquí unas cifras asombrosas: 806 muertos, 3.801 heridos y 12.741 personas detenidas sin motivo.

En septiembre del año pasado el Partido de los Trabajadores de Vietnam tomó muchas resoluciones sobre la acción de nuestro pueblo, con el propósito de instrumentar estrictamente los acuerdos de Ginebra y oponiéndose a todas las maniobras de sabotaje. Nuestras principales tareas son: consolidar la paz, completar la reforma agraria, trabajar con todos nuestros esfuerzos para mejorar nuestro nivel económico, estabilizar nuestro nivel de vida en todos los aspectos en el territorio al norte del paralelo 17 y seguir adelante la lucha política sostenida por todo el pueblo. Hemos lanzado las siguientes consignas para nuestra lucha: consolidar la paz, lograr la reunificación nacional, obtener la independencia total y extender la democracia a todo el país.

En la actualidad, estamos luchando para llevar a cabo estas tareas fundamentales. Al mismo tiempo, no podemos ignorar que después de las conferencias celebradas por los imperialistas en Manila y Bangkok ha surgido una nueva situación en Asia. En la actualidad, Estados Unidos ha intervenido abiertamente en los asuntos de Indochina y ha llevado a cabo muchas otras maniobras para torpedear los acuerdos de Ginebra.

Para realizar su meta, los imperialistas y sus lacayos de todos tipos están fomentando el oscuro plan de dividir permanentemente nuestro país, colocando el sur de Vietnam bajo su influencia, controlando todas las fuerzas democráticas y saboteando las elecciones generales de 1956.

En estas condiciones, nuestra lucha se traslada ahora de la etapa de armisticio a la de lucha política, a fin de controlar el complot del enemigo para reanimar la guerra y lograr la reunificación nacional con las elecciones a nivel nacional planeadas para julio de 1956.

La paz, la reunificación, la independencia nacional y la democracia son problemas estrechamente ligados entre sí. Si no se consolida la paz, no hay posibilidad de reunificar a Vietnam a través de las elecciones generales. Inversamente, si no hay reunificación nacional por medio de las elecciones generales no hay posibilidad de establecer una base firme para la paz.

Los recientes desarrollos y la consideración de la situación política permiten a nuestro partido ver claramente que la lucha por la paz, la independencia y la democracia sostenida por el pueblo vietnamita será dura, y que sobre este camino el pueblo vietnamita encontrará muchas dificultades. Sin embargo, nuestro partido tiene una firme confianza en la victoria final.

Obtenemos una gran fuerza de la todopoderosa doctrina leninista para cumplir nuestra tarea sagrada de asegurar la paz, la reunificación, la independencia y la democracia y de ganar para el socialismo la victoria.

[Pravda, 18 de abril de 1955]

TEODORO SANTANA 



Cuando los comunistas preconizamos la necesidad de una revolución socialista, lo hacemos desde el convencimiento de que esta revolución hará que la gente viva mejor. Sería criminal involucrar a millones de personas en un esfuerzo y un sacrificio de tal magnitud para vivir peor. Y cuando hablamos de vivir mejor no nos referimos sólo a una mejora espiritual, sino material: liberando las fuerzas productivas que el capitalismo constriñe y destruye y poniéndolas al servicio y en beneficio de la mayoría de la sociedad.

A diferencia de otros tipos de “socialismo”, el fundamentado en la ciencia y desarrollado principalmente por Marx y Lenin, no parte de lo que a nosotros nos gustaría que fuera la sociedad, de la “utopía” o “debe ser”. Por el contrario, parte de la realidad del capitalismo y de las leyes económicas que le son inherentes. No es casual que la obra principal de Marx no se llame “El Socialismo” sino “El Capital”.

De la misma manera, tenemos claro que el paso del capitalismo al socialismo no se produce de la noche a la mañana ni por decreto. Se trata de un largo periodo histórico de transición en que, al igual que en el capitalismo existen formas de propiedad socialistas (empresas públicas, sociedades anónimas laborales, cooperativas, etc.), subsistirán por un largo tiempo formas de propiedad capitalistas. Lo importante es en manos de qué clase social está el Estado, como se distribuye la riqueza y en qué dirección se avanza.

Igualmente, en aquellos países con unas fuerzas productivas muy atrasadas, las revoluciones socialistas tendrán que apoyarse durante un prolongado periodo de tiempo en el “bastón” de las inversiones de capital y tecnología extranjeras, hasta poder caminar únicamente sobre sus propios pies teniendo un desarrollo de las fuerzas productivas superior a las del capitalismo. Lo importante es que durante todo este proceso, las fuerzas revolucionarias mantengan el poder político, la defensa de los intereses populares y la claridad de la estrategia de avance al socialismo.

A diferencia de las sociedades de economía natural (es decir, en las que el grueso de la producción es para el autoconsumo), como el feudalismo, el capitalismo es una economía mercantil: se produce para la esfera de circulación de mercancías, para el mercado. En el socialismo también se produce para el intercambio, para el mercado. Como demuestra Marx en El Capital, es en el mercado donde se determina el valor de uso de las mercancías y la magnitud de su valor (de cambio). Quiere esto decir que el valor de las mercancías no se establece en un plan quinquenal ni por inspiración divina.

Por lo tanto, en el socialismo habrá mercado, y el socialismo habrá de ser, necesariamente, socialismo de mercado. Quienes niegan el mercado son como los que negaban la ley de la gravedad aduciendo que las cosas no caían por la gravitación sino “por su propio peso”. Al final la realidad se impone por sí misma, bien como mercado reconocido, bien como mercado negro.

Lógicamente, el mercado nunca es “libre”: siempre está regulado. Bajo el capitalismo se regula a favor de los intereses de los grandes capitalistas. Bajo el socialismo se regula a favor de los intereses del proletariado. Quienes identifican mercado y capitalismo, y mercado con “libre” mercado, actúan de hecho como verdaderos ignorantes y como “tontos útiles” de la ideología burguesa.

De la misma forma, no existe contradicción entre planificación y mercado. Las grandes (y las pequeñas) empresas capitalistas trazan planes a cinco, diez o veinte años. Los Estados capitalistas trazan también planes. En esos planes se tienen en cuenta, en la medida de lo posible, las fluctuaciones de los mercados. En el socialismo se trazan planes también. Si se tienen en cuenta las leyes económicas y el mercado, serán planes atinados. De lo contrario, serán planes que conducirán al fracaso.

Y, desgraciadamente, conocemos bien esos fracasos.

Si quienes nos reclamamos del marxismo decimos defender un “socialismo científico”, habrá que tratarlo como una ciencia. Y si se trata de una ciencia habrá que estudiar. No consiste, por lo tanto, en emitir opiniones, pareceres o gustos. Quién no analiza lo que pasa desde el conocimiento, lo hace desde la ignorancia. Quién no estudia la ciencia marxista-leninista puede ser cualquier clase de “socialista” o “comunista”, pero no un comunista científico. Más bien será un idealista atrapado en iconos, banderas y consignas simplonas, y no un revolucionario proletario.

De esta manera se explica la reticencia de cierta “izquierda” ante las manifestaciones de riqueza en países como Vietnam y China -y ahora Cuba con sus nuevos “lineamientos”-. Personalmente, recuerdo que hace treinta años había compañeros que me recriminaban que los chinos vistieran “todos iguales”. Cuando se iniciaron las reformas, esas mismas personas me recriminaban que se hubiese introducido la moda en el país porque “se están aburguesando”.

Para este tipo de personas el socialismo es un estado de rapto místico colectivo, una profesión de fe revolucionaria, de austeridad y sacrificio. Que los obreros tengan de repente ropa variada, televisiones, teléfonos móviles, neveras o coches, es una clara manifestación de haberse pasado al capitalismo. En sus mentes ha prendido el lavado cerebral burgués: capitalismo es igual a riqueza y socialismo es igual a pobreza.

Lógicamente, en situaciones excepcionales de agravamiento de la lucha de clases o de garantizar la supervivencia de la revolución, hay que recurrir a la determinación, el entusiasmo y la capacidad de sacrificio del proletariado. Pero lo excepcional no puede convertirse en regla, ni la excepción puede durar cincuenta años.

Pero para los pequeñoburgueses europeos, acomodados en la barra de un bar de Berlín o de Madrid, es muy fácil pontificar a “esos muchachos” del tercer mundo para que se mantengan en la pobreza y no se “aburguesen”. Desde sus televisores, sus playesteisions, sus ipods y su ropa de marca, con la barriga llena y el espíritu vacío, se indignan porque esos bárbaros no sigan sus sesudos consejos sobre un socialismo monacal y franciscano.

¿Es de extrañar que los obreros no se sientan atraídos ni por esos “líderes” ni por ese socialismo fantástico? Si queremos avanzar, tenemos que barrer de nuestras mentes (y de nuestras filas) el “socialismo de la miseria”. Y volver a Marx, a El Capital y al socialismo científico.



CHU YIN 


A los investigadores del sistema multipartidista les resulta difícil comprender el fenómeno de gobierno de un solo partido a largo plazo. Influenciados por la ideología del liberalismo, la mayoría de los críticos creen que la gobernanza de un partido durante largo tiempo engendra la corrupción severa, burocracia y dogmatismo y, como resultado, produce el estancamiento social o incluso el colapso.

Esta es, de hecho, la base común de las diversas clases de teoría sobre el “colapso de China”. Sin embargo, los hechos en las últimas décadas han demostrado que el Partido Comunista de China (PCCh), en lugar de volverse rígido y decaído, como aquellos críticos imaginaban, obtuvo vitalidad con el tiempo en el proceso de reforma, en consonancia con el rápido ascenso de China.

RESPONSABILIDAD UNIVERSAL PRAGMÁTICA

En primer lugar, el “gen cultural” del PCCh ha ayudado con éxito a evitar el dogmatismo. En muchos estados de partido único, la solidificación de la jerarquía y la consiguiente osificación ideológica son, de hecho, problemas graves. La mayoría de los países comunistas de Europa Central y Oriental y del Tercer Mundo, con la Unión Soviética (URSS) como representante, cayeron en tales predicamentos después de lograr la victoria de sus revoluciones.

Al tener perdido el ideal de la emancipación de toda la humanidad, los líderes comunistas se degeneraron en doctrinarios que solo se conformaban con monopolizar el poder, y encubrir las contradicciones sociales con consignas ideológicas, lo cual dio como resultado el fracaso del movimiento comunista en estos países.

Lo que hace que el PCCh sea excepcional en este sentido es que, a diferencia de algunos rebeldes que solo buscan ejercer el poder, el de China es un partido pragmático con un fuerte sentido de responsabilidad universal, cuyo gobierno beneficia a las personas.

Desde el nacimiento del PCCh, líderes como Li Dazhao, Chen Duxiu, Mao Zedong, Zhou Enlai y Deng Xiaoping han puesto mucha importancia en mantener el equilibrio entre los principios éticos y la vida real. Para los occidentales, la oposición binaria de la conciencia y el materialismo a menudo crea divisiones ideológicas y sociales, pero para los chinos, la unidad de los contrarios es el medio para lograr un equilibrio adecuado.

Gracias a este gen cultural, el PCCh evitó, afortunadamente, el estancamiento ideológico y ha formulado un principio de supervivencia impregnado de la sabiduría oriental, que consiste en que “la práctica es el único criterio para comprobar la verdad”. En otras palabras, esta cultura ayudó a los miembros del PCCh a prestar constantemente atención a la práctica social en su búsqueda del comunismo, lo que ha permitido que sus políticas no se convirtieran en dogmas rígidos muy alejados de la vida real. Durante la revolución y en el poder, aparecieron doctrinarios y se cometieron errores graves, pero estas desviaciones nunca han sido fenómenos prolongados o continuos.

En los momentos críticos, el espíritu pragmático siempre ha ayudado al PCCh a volver al camino de “buscar la verdad en los hechos”. La rectificación del radicalismo de Wang Ming en tiempos de la revolución, y la corrección de los errores de la “Gran Revolución Cultural” durante el período de reforma y apertura, son muestras de este espíritu pragmático. En la actualidad, la reforma orientada a la oferta llevada a cabo por el nuevo grupo dirigente del PCCh encabezado por Xi Jinping constituye otro ejemplo de ello.

ACTUAR EN SITUACIONES COMPLEJAS

La diversidad y la complejidad de China, junto con la capacidad de aprendizaje del PCCh, han garantizado la vitalidad del Partido. En comparación con otros gobiernos de partido único que se degeneraron, el PCCh ha podido aprender de los errores y adquirir conocimientos en nuevas situaciones complejas. Esta es, sin duda, la clave de su exitoso gobierno a largo plazo.

China es un país con vasto territorio y una constitución social complicada, y mantiene estrechas conexiones con el mundo, lo cual ha determinado su ambiente de gobernanza muy complicado y diverso. En comparación con otros partidos comunistas foráneos, el éxito del PCCh depende principalmente de su adaptación a un entorno complejo. Esto fue evidente en las estrategias y líneas de pensamiento que se practicaban en distintas bases de apoyo revolucionario durante los períodos de la Guerra Antifascista y la Guerra de Liberación. También se manifestó en las innovaciones institucionales y en programas de desarrollo para diferentes regiones durante el período de la reforma y apertura. Las Zonas Económicas Especiales, con la de Shenzhen como representante, fueron ejemplos ilustres de estas innovaciones en ambientes diversificados.

La integración profunda en el mercado global, la amplia participación en los asuntos mundiales, y una respuesta proactiva al complejo mundo moderno son ahora las misiones obligatorias para el Partido. Durante este curso, es imprescindible para el PCCh aprender de las tecnologías, sistemas y conceptos avanzados, con el fin de mejorar la competitividad de China.

El sistema de selección de talentos y preparación del PCCh junto con su modelo de democracia actúan como garantías internas de vitalidad. Por un lado, en comparación con partidos comunistas de otros países, no hay rastro de nepotismo en la selección de los talentos del PCCh. La cultura tradicional china hace hincapié en la justicia y se opone a la herencia y el favoritismo en la selección de capacidades, y esto también es una tradición establecida entre los primeros líderes revolucionarios altruistas del Partido. Los máximos dirigentes siempre han llegado a asumir altos cargos a través de trabajos y prácticas desde puestos de base, en lugar de ser promovidos debido a la reputación o las relaciones.

Por otro lado, la selección de los cuadros de base siempre se ha llevado a cabo estrictamente tomando en cuenta la evaluación del desempeño. Sin logros sobresalientes, es difícil destacarse en medio de una competencia feroz. Para evitar factores debido a disparidades regionales, los cuadros de base deben demostrar su capacidad de adaptación y de gobierno a través de intercambios de asignación o trabajo en otras áreas.

Además del mecanismo de selección justo y competitivo, la formación sistemática de los cuadros del PCCh es más avanzada que la de otros países. A diferencia de la dependencia de lazos sociales relativamente sueltos de otros partidos políticos, el PCCh ha establecido desde el principio un sistema preciso y consistente del cultivo de talentos, el cual está estrechamente relacionado con las organizaciones sociales y los centros docentes superiores. Lo interesante es que mantienen su ideología y valores distintos.

El sistema de formación del PCCh puede mantener una fuerte capacidad de movilización por la rápida aplicación de la voluntad del Comité Central, y al mismo tiempo proporcionar un relevante equipo de talentos de valiosos conocimientos obtenidos de las prácticas de base.

DEMOCRACIA INTERNA DEL PARTIDO Y APERTURA AL EXTERIOR

La democracia interna del Partido constituye una garantía sistémica significativa para reflexionar las lecciones y resolver problemas del PCCh. Aunque la disciplina estricta y el sentido de la organización inhiben, en cierta medida, la confrontación y dramatismos, no se afectan los debates constructivos en materia de teorías y prácticas importantes. Incluso, el líder supremo debe ser objeto de la supervisión y la crítica de la democracia interna del Partido, y no se permite que prevalezca su voluntad individual por encima de la voluntad de la organización. Es la democracia interna del Partido la que ayudó al PCCh a corregir rápidamente los errores y lograr mejoras a través de la reflexión.

La política de reforma y apertura constituye las condiciones externas que permiten al PCCh mantenerse activo. En un Estado de partido único, aunque el partido gobernante no encuentre dentro del país retos suficientes que le desafíen el poder, la feroz competencia internacional le es más que suficiente para su constante autoaprendizaje y automejora. La legalidad del PCCh no solo tiene que ver con la superioridad y la justicia del sistema socialista, sino también se relaciona estrechamente con el proceso de modernización del país y la gran revitalización de la nación china. Ello significa que impulsar el desarrollo y el progreso de China se ha convertido, de hecho, en uno de los componentes cruciales del fundamento legítimo del PCCh. Por tanto, es imposible que el Partido elija el aislamiento para mantener la seguridad de su régimen.

Lo más importante es que, desde la aplicación de la política de reforma y apertura al exterior, ha cambiado radicalmente la sociedad y mejorado en gran medida el nivel de vida del pueblo chino. Esta política ha sido en general aceptada por el país. La reforma es, por lo tanto, no solo un método, sino también un objetivo. El PCCh debe persistir en el camino de la reforma y apertura y adquirir nuevos conocimientos y conceptos a lo largo de ese recorrido. La colisión y la integración entre el país y el mundo finalmente han sentado las bases dinámicas para el socialismo con características chinas.

Cuando la legalidad del Partido Comunista reside en la gran revitalización de la nación china por medio de la reforma y la apertura, concatenado con el proceso de satisfacer las crecientes necesidades materiales y espirituales de las personas, el Partido tiene que actualizarse con los tiempos. En otras palabras, el PCCh no puede negarse a avanzar, pues obtendrá la vitalidad sin límites a través de su gobierno de asuntos nacionales e internacionales.


* Chu Yin es profesor asociado de la Universidad de Relaciones Internacionales.


MACIEK WISNIEWSKI



El neoliberalismo nació como un “proyecto de clase” (D. Harvey dixit). Un proyecto de clases altas que ante la caída de los niveles de ganancia desde las décadas de los 60 y 70 querían suprimir a los trabajadores y revertir esta tendencia desmantelando todo lo colectivo y social organizado.

Desde sus inicios fue una “guerra de clases desde arriba”. Para tapar su verdadera naturaleza se ideó toda una campaña de simulaciones ideológicas. Los neoliberales, como los “nuevos conquistadores del mercado” de los que escribía alguna vez J. Berger –que son básicamente los mismos–, “invertían los signos y falseaban las direcciones para confundir a la gente” (Hold everything dear, 2008, p. 122).

“Las divisiones de clases y su lucha ya son cosas del pasado”, decían; “las únicas divisiones que importan ahora son las ‘identitarias’”. Así –secundados intelectualmente por algunos post-marxistas– buscaban despolitizar lo público y dejar a los trabajadores confundidos y aferrados a las únicas identidades “disponibles”: étnica, nacional y religiosa.

Una cosa bastante astuta en medio de una guerra de clases, ¿no?

En Francia, como en otros países, fue una narrativa que abrazó no solo la derecha –y de la que en la misma medida que de sus raíces protofascistas se nutre la xenofobia del Frente Nacional (FN)–, sino también los “socialistas” (PS) e incluso la izquierda “radical” (PG).

Lo mismo pasó con el trabajo. “El trabajo ya es cosa del pasado”, decían los neoliberales –secundados intelectualmente por algunos post-marxistas– y “ya no importa tanto”, cuando en realidad estaban obsesionados con él y con la idea de flexibilizar su “rígido marco legislativo” (“factory legislation”, de la que hablaba Marx en El capital).

Una cosa bastante astuta en medio del despliegue de un brutal rollback hacia los trabajadores, ¿no?

Una vez consumado el golpe en Chile –un paradigmático caso de la “diseminación” del neoliberalismo mediante el shock–, Pinochet impuso a los trabajadores chilenos un represivo Código de Trabajo que –entre otros– daba prioridad a los acuerdos laborales y salariales por empresa sobre los tradicionales, por sectores.

Más de 40 años después en Francia, Hollande –en una maniobra digna de volverse otro paradigma neoliberal– acaba de hacer lo mismo. Los acuerdos por empresa y la nueva primacía del contrato particular por encima de la vieja ley general son puntos centrales de la ya aprobada (Libération, 21/7/16) “reforma” de Loi Travail (la ley El Khomri).

Sus críticos –con razón– hablan de “la inversión de la jerarquía de normas”.

Hasta ahora eran los trabajadores los que –gracias a los acuerdos “paritarios” que establecían estándares mínimos en cada sector productivo– tenían una ligera ventaja en la relación laboral.

La “reforma” del gobierno “socialista” cambia este balance a favor de los empresarios. Siguiendo la vieja ideología neoliberal de que “la causa de los problemas en la economía (‘falta de competitividad’, desempleo) es la ‘sobreprotección’ de los trabajadores, que ‘distorsiona’ el funcionamiento ‘natural’ del mercado”, le da más poder al capital.

El poder de individualizar las relaciones laborales y a atomizar a los trabajadores. El poder de realizar su sueño principal: que no haya nada más frente a él que “entes desnudos”, sujetos a una competencia voraz y una profunda inseguridad.

Contra sus supuestos fines, la “reforma” no viene a “combatir al desempleo”. Viene a “asentarse” en él. Es pieza clave en un modelo de control social que, haciéndose de la existencia de un vasto “ejército industrial de reserva”, domestica a los trabajadores mediante su precarización y sustituye la solidaridad gremial por el miedo individual (al despido arbitrario, a la rebaja salarial, al aumento de horas de trabajo).

Francia hasta ahora era un caso atípico en la constelación neoliberal.

Si bien desde los 80 sus tecnócratas –los “socialistas” (¡sic!) como Delors o Chavranski– eran los principales “arquitectos” detrás del desmantelamiento del “modelo social” de la UE, las mismas “reformas” en Francia avanzaban con menos vigor (pero avanzaban).

Aun así, a ojos de algunos –sobre todo a raíz de la crisis– el país, en comparación con sus vecinos, destacaba como “un (mal) ejemplo de conservación de privilegios sociales retrógrados” y/o “un peligroso caso de falta de ‘ajuste a la globalización’ que ya ocasionaba en un caos” –¡sic!– (The Guardian, 27/5/16).

Las élites europeas y francesas decidieron que “ya no había de otra”: “reformar” o “reformar” la Loi Travail, apremiando al dúo Hollande/Valls a “mantenerse firmes hasta el final”.

Así, de manera tardía, pero con estilo, Francia –y en particular su gobierno “socialista”– llegó a merecer su propio capítulo en La doctrina del shock (2007), el clásico de N. Klein, junto con casos como los de Chile o Polonia:

• Por retomar de Sarkozy el “giro securitario” que desde hace unos años marca la creciente “despotización de la política” y “autoritarización del neoliberalismo” (S. Kouvelakis dixit) y plasmarlo en “estado de emergencia” que a lo largo de los meses no sirvió para prevenir ataques terroristas (Niza, Rouen, etcétera), sino para proteger al gobierno y sus políticas criminalizando a los oponentes a la ley El Khomri.

• Por un impecable, creativo y combinado uso de violencia, miedo y “shock” para empujar la “reforma”: desde la brutal represión policial, uso de la “amenaza terrorista” para desmovilizar protestas, hasta mandarla a la Asamblea Nacional para su aprobación final... cuatro días después de la masacre en Niza (¡sic!).

• Por confirmar por enésima vez que el neoliberalismo no necesita de la democracia y hará todo para saltársela: allí está el triple (¡super-sic!) uso del artículo 49.3 de la Constitución que –al no contar con una mayoría necesaria– le permitió al gobierno aprobar la “reforma” por decreto (¡sic!), sin debate ni voto parlamentario.

¿Y la lucha de clases? Sólo dos mensajes. Uno para la izquierda: allí está. ¡Articularla! (por si se olvidaron).

Otro para los neoliberales disgustados hoy con el auge del FN, pero que ayer la silenciaban, confundiendo a los trabajadores, precarizándolos, empobreciendo y durmiendo con cuentos “identitarios”, hasta el grado de que muchos ya solo saben identificarse con el lenguaje neo-fascista: cosechan lo que sembraron.


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco [Twitter: @periodistapl]


Roberto ZURBANO 


Frantz Omar Fanon es uno de los pensadores más originales del siglo XX; a pesar de su corta vida nos dejó una obra ensayística marcada por las luchas políticas, descolonizadoras y antirracistas. Su breve itinerario es el de la segunda generación de intelectuales negros (africanos y caribeños) que se forman en Europa en el período de posguerra y estuvieron muy ligados al proceso de descolonización comenzado en Ghana, en 1956. Nació el 20 de julio de 1925, en la isla de Martinica, colonia francesa, donde tuvo como profesor y mentor al poeta Aime Cesaire, uno de los padres del movimiento de la Negritud. A los 18 años viaja a la isla de Dominica para incorporarse a las Fuerzas de Liberación Francesa, de donde pasa al ejército de ese país metropolitano entonces en guerra contra los nazis, destacándose en la Batalla de Alsacia, por lo cual recibe en 1944 la medalla Croix de Guerre. Luego de la derrota alemana, el Ejército francés en un gesto de arrogancia colonial, decide enviar todos los soldados no blancos de aquel destacado regimiento a Toulon, en Provenza y Fanon regresa a Martinica por una corta y provechosa temporada donde trabajó en la campaña electoral del candidato comunista a las elecciones de la Cuarta República francesa: su antiguo profesor y amigo Aime Cesaire. A mediados de 1946 regresa a Francia a estudiar Medicina en Lyon, hasta graduarse de psiquiatra en 1951.

Al año siguiente es que aparece este, su primer libro, Piel negra, máscaras blancas, que constituyó un grito en el pensamiento psicoanalítico por la argumentada descripción y descarnada denuncia de la persistencia del colonialismo racista y sus consecuencias en los sujetos negros colonizados por Francia. Hasta ese momento el psicoanálisis era una práctica exclusiva para las clases media y alta; era un novedoso enfoque donde la elusiva posición de poder del terapeuta le convertía, muchas veces, en un manipulador de su paciente. Con la publicación de este libro Fanon subvierte tales presupuestos, pues rompe la exclusividad de esa práctica al ponerla al servicio de los negros inferiorizados y asume una posición más cuestionadora del poder colonial, al indagar en las causas de la alienación de ese sujeto colectivo, colonizado, víctima de manipulaciones históricas, culturales y racistas. Su libro abre un debate sobre las fronteras de la ciencia, el rol del científico, la situación crítica del sujeto subalterno, los límites de la empresa colonial y su capacidad de renovarse a través de nuevas formas culturales de dominación.

A partir de ese momento cambia la perspectiva crítica de Fanon e incorpora a su pensamiento crítico y a sus abordajes teóricos el conocimiento de la realidad colonial desde la práctica; un lugar donde aplicar las investigaciones que venía realizando. En 1953 llega a Argelia y se destaca como Jefe de Servicio en el Hospital Psiquiátrico de Blida-Joinville, donde comienza aplicar novedosas prácticas de terapia social, verificando la trascendencia de las prácticas culturales en las psicopatologías. En esa labor le sorprende la Guerra de Liberación de Argelia, a finales de 1954. Se incorpora secretamente al Frente de Liberación Nacional y utiliza su condición de médico e investigador para moverse por toda la geografía argelina cumpliendo tareas clandestinas; pero en 1956 la situación ya es insoportable y renuncia públicamente a su responsabilidad médica; así es expulsado de Argelia en enero de 1957.

Regresa a Francia y casi de inmediato viaja a Túnez donde integra el equipo editorial de El Moudjahid, allí publica varios textos, recogidos póstumamente en Hacia la Revolución Africana. Luego de atravesar el Sahara con el objetivo de abrir un tercer frente en la lucha por la independencia, Fanon es diagnosticado de una fatal enfermedad: leucemia. Viaja a la Unión Soviética para su tratamiento y alcanza una leve mejoría que le permite regresar a Túnez, allí dictó su testamento político: Los condenados de la tierra, su obra cumbre, publicada póstumamente el mismo año que muere, y prologada por su amigo Jean Paul Sartre, a quien visita en Roma por última vez en 1960. Al año siguiente, bajo falsa identidad, logra entrar a los Estados Unidos para tratar su avanzada enfermedad. Muere en un hospital de Maryland la mañana del 6 de diciembre de 1961, a los 36 años de edad. Recibió un merecido funeral de honor en Túnez y finalmente fue enterrado en el Cementerio de los Mártires en Argelia.

La guerra de Argelia, la independencia de antiguas colonias europeas en África y el Caribe, más el impacto de la Revolución cubana en el campo intelectual de los años sesenta, marcaron el pensamiento tercermundista, a pesar de los cruentos vientos de la Guerra Fría y la rivalidad de las grandes potencias de la época: La Unión Soviética y los Estados Unidos de América. Por encima de aquella ceremoniosa confrontación “primermundista”, seguía existiendo un Tercer Mundo, nada homogéneo con problemáticas muy propias, no siempre observadas por las grandes potencias. Los artistas e intelectuales de esta parte del planeta que el economista y demógrafo francés Alfred Sauvy denominara en 1964 como Tercer Mundo (y rectificara en 1989 como Sur Global), comenzaron a cuestionarse viejas y nuevas teorías del pensamiento social y político de la época, apropiándoselos de modo singular, reelaborándolos desde una visión más radical, desde un discurso crítico más contextualizado desde el cual se cuestionan patrones eurocéntricos, pretendidamente universales y van a la búsqueda de un modelo propio desde un saber aportado por historias locales, por conflictos nacionales y situaciones histórico-culturales muy concretas como las estructuras económicas dependientes, las burguesías nativas, los modelos educacionales, los conflictos lingüísticos, la religiosidad o la configuración étnica y/o racial de un país.

Fanon es un pensador del mundo postcolonial. Quizás por eso no es sólo un gran crítico del pensamiento eurocéntrico, sino también del pensamiento caribeño, africano y afroamericano de la época, particularmente de la negritud esgrimida por su maestro Aime Cesaire, de quien difiere en lo ideológico, pero distingue sus valores históricos. Muchas páginas se han escrito sobre tal controversia. Lo que vale decir es que Fanon aprehende dialécticamente la cuestión racial en el nuevo contexto de la descolonización recién comenzada en África y el Caribe, pocos años antes de su muerte en 1961. Los tres títulos más importantes de Fanon, están sostenidos por esta necesidad de las nuevas luchas descolonizadoras, para que las independencias no carezcan del fundamento emancipatorio que las haría verdaderamente plenas y no meros cambios de gobiernos. Piel Negra, máscaras blancas, Los condenados de la tierra y Hacia una revolución africana están marcados por una fuerte impronta revolucionaria, una evidente intención programática y unas perspectiva crítica y autocrítica poco comunes en el pensamiento de la izquierda hasta nuestros días.

Piel negra, máscaras blancas (París, 1958) se publica por primera vez en Cuba en 1968, esta segunda edición llega en un contexto muy diferente y, quizás, más provechoso para aquilatar su valor. Sin dudas, este libro es uno de los grandes manifiestos tercermundistas que se produjeron en el siglo XX. Su particularidad, como la de muy pocos manifiestos, consiste en que logra multiplicar su alcance no sólo a los interlocutores de la misma trinchera, a quienes pretende servir y rebelar, sino que también dirige su mensaje a la emancipación de aquellos a quienes combate. Aun cuando les asuste un poco, también les tiene en cuenta, a la vez que les critica y apunta sus errores con un dedo exaltado, sediento de justicia.

Es una crítica agresiva con aquellos sujetos portadores de la ideología racista; pero además de apuntarle a aquellos otros, Fanon coloca ante el propio sujeto negro el itinerario de su sufrimiento, las causas y el diagnóstico de una enfermedad neurótica e histórica que corroe cuerpo y alma de cada víctima que sufre la discriminación racial. En este libro, resultado de siete años de observación e investigación, Fanon describe y evalúa la baja autoestima, la invisibilidad, la devaluación constante, el hábito servil, el miedo a levantar la mirada y la imposibilidad de ser, en lo personal, un individuo pleno: un hombre o mujer comunes que canten en el cotidiano de sus aspiraciones, luchen en lo agónico de su historia y posean un horizonte utópico, como cualquier ser humano. Todo ello les está negado en un entorno racista, por muy culto que sea (o parezca) dicho entorno. Y en lo colectivo, deben sufrir la fatalidad de un grupo empujado a ser inferior moral, religiosa y estéticamente; en fin, que no merecen un lugar en el mundo.

Piel negra, máscaras blancas es el desmontaje psicoanalítico e ideológico del racismo; sus argumentos están sustentados en las grandes discusiones que atravesaban las diversas tendencias del psicoanálisis freudiano-lacaniano y su relación con el marxismo: “De cualquier manera que hubiésemos abordado la alineación psíquica del negro, no podíamos silenciar algunos elementos que, por muy psicológicos que fuesen, engendraban efectos que nos remitían a otras ciencias” , nos advierte Fanon en el segundo capítulo de este libro, pero en el cuarto ya nos indica: “En tanto que psicoanalista debo ayudar a mi cliente a que haga consciente su inconsciente, a no intentar más una lactificación que es alucinación, pero también debo actuar en el sentido de un cambio de las estructuras sociales” (El comillado-bastardilla es mío: R.Z). Aquí veremos moverse simultáneamente al psiquiatra y al político en busca de un sujeto que ha extraviado su lugar en la Historia al enajenar su condición racial y cultural a través de pequeños actos retóricos o sexuales condicionados con los cuales reproduce esa imagen devaluada de sí, fabricada por la subjetividad racista europea e impuesta por una estructura dominante (religiosa, económica y cultural) ya secular.

En este libro Fanon dialoga muy críticamente con sus grandes maestros: su coterráneo el gran poeta y también político Aime Cesaire y el filósofo y novelista francés Jean Paul Sastre. De ambos rechaza la historicidad contenida en sus poéticas: la militancia ortodoxa en la negritud del martiniqueño la considera esencialista e insuficiente y a la del francés le señala su excesivo entusiasmo en que el marxismo de la época –tan eurocéntrico también- podría superar (o al menos comprender) la complejidad del racismo. Fanon fusiona ambas críticas y las sigue elaborando más allá de este libro, en su también clásico y póstumo ensayo Los condenados de la tierra, nos alcanza a decir: “esta obligación histórica en la que se han encontrado los hombres de cultura africana, de racializar sus reivindicaciones (…) va a conducirlos a un callejón sin salida”. Piel negra, máscaras blancas dibuja un triángulo entre las posiciones de Cesaire, Sartre y Fanon ante el sujeto colonial, que Fanon describió como fragmentado y que cada uno de ellos aborda desde un ángulo distinto. Fanon prefiere hacer la radiografía del prejuicio, del acto discriminador y ahonda en la recepción e impacto del hecho racista sobre los sujetos negros, describe sus reacciones típicas y propone un diagnóstico, quizás un tanto retórico, pero consciente de que la político a mediano y largo plazo.

Fanon construye un espejo donde mirarse tal y como estos sujetos discriminados y victimizados se ven; proponiéndoles en esa mirada la necesaria catarsis, para después exigirle cierta distancia crítica, aun cuando sean sujetos en avanzada crisis de identidad, muchos ya enajenados, aceptando su condición de no-personas. Su última propuesta es romper ese espejo, rebelarse. Por eso es también un libro lleno de rabia, unas veces contenida y otras no; una rabia que el sabe conduciría estos sujetos a un acto de violencia; violencia que puede convertirse en revolucionaria, si logran recuperar sus identidades pisoteadas.

Uno de las contribuciones metodológicas y políticas más significativas de este libro es el lugar desde el cual su autor construye su discurso; Fanon habla desde la diferencia de lo racial oprimido, convirtiendo este dato en un posicionamiento abiertamente político e históricamente contextualizado en el entorno de lo que décadas después se nombraría la diáspora africana. Y habla del lenguaje como el instrumento por excelencia de la dominación colonial al cual hay que enfrentarse con una alta conciencia identitaria. Es un libro que se comporta como un guerrero zulú, discursa como un griot [1] y abarca un amplio espectro interpretativo y contrapuntístico como el de cualquier agrupación vocal centroafricana. Es un libro de estrategias y tácticas desplegadas a través del lenguaje y su crítica, del pensamiento descolonizador, el psicoanálisis, el marxismo menos ortodoxo, la crítica literaria, la lingüística, la revisión historiográfica y la vindicación de modelos culturales de orígenes afro, discutidos una y otra vez, para ser insertados y entendidos en los nuevos contextos de la diáspora africana.

Es un libro sobre la naturaleza de la terapia social que Fanon propone convertir en acción consciente, para transformar el inconsciente político (personal y colectivo) de cada sujeto negro que interpela. Esta lectura-propuesta no resultó tan bien recibida en su momento: pequeñas resistencias, pretextos..., en fin, prejuicios, no le ubicaron en el arsenal teórico revolucionario más visible de la época y esa reserva le convirtió en lectura de capillas. Quizás por esta razón la publicación en Cuba de las obras de Fanon se deben al interés del Comandante Ernesto Guevara; protagonista herético y controversial de la Revolución Latinoamericana, quien seguramente también fuera un lector crítico de Fanon. Y esa es la posición desde donde puede mejor aprovecharse este importante pensador caribeño medio siglo después de su muerte: desde una lectura profundamente crítica que nos permita replantearnos aquellos presupuestos justicieros y desafiantes con que denunció las máscaras racistas y colonizadoras de su época.

Justo en la combinación de ambos enfoques es donde este libro se adelanta a algunos presupuestos de los estudios potsmodernos, postcoloniales, subalternos y decoloniales que cerraron el siglo XX, pues Fanon se propuso una cruzada transdisciplinaria que le permitió acercarse, dialogar y explicarse a sí mismo (y a los suyos) las causas que convierten a la víctima del racismo en un hombre alienado, desmovilizado políticamente, reproductor de la misma violencia (simbólica y real) que lo oprime y le anula su identidad. Fanon habla desde el lugar y la voz de quien es discriminado, acepta esa condición y le es difícil romper esa cárcel psicológica que también es el racismo. Su escritura localiza el espacio del sufrimiento y el momento (histórico o eventual) en que se produce el acto racista; logrando describir un pensamiento marginalizado a través de posturas, conductas y otros gestos de auto- marginación con que describe, estructura y desestructura un entorno lleno de fatalidad, violencias y temores repetidos simultanea e interminablemente como causa y efecto.

En este libro Fanon prefigura una de las discusiones más provechosas del Caribe en décadas posteriores: es aquella que se mueve alrededor de un personaje que termina siendo, al decir de Roberto Fernández Retamar, un concepto-metáfora; me refiero a la presencia de Caliban, el personaje de La Tempestad de William Shakespeare, a quien importantes intelectuales caribeños van a dedicar grandes obras como las de George Lamming (ensayo) en 1960, las de Aime Cesaire (teatro) y Kamau Braithwaite (poesía) en 1969 y el ensayo del propio Retamar en 1971, para sólo señalar los abordajes más significativos a este importante representación del sujeto colonial que es Caliban.

Este libro, cuyo título posee una evidente raíz poética, es un singular ejercicio de denuncia a una de las grandes instituciones desde la cual esa parte sórdida de la Humanidad ha construido una filosofía, diversas estructuras socioeconómicas y varios modos de enraizarse en lo cotidiano: la esclavitud; particularmente la que fomentara la trata negrera que desde el siglo XVI convirtió el Atlántico en un cementerio y al Nuevo Mundo en el Purgatorio que bien conocemos. Desde entonces, ha tomado cuerpo en los centros dominantes y se ha expandido, enraizándose en la mentalidad social contemporánea una de las formulas ideológicas fundamentales de la esclavitud: el racismo. Hoy, siguen creciendo los argumentos para impedir que esta penosa situación siga mancillando el alma de millones de seres humanos; sin embargo, en lo cotidiano el peso de cinco siglos confirman la persistencia de un proceso histórico-social donde los negros africanos y en cualquier otro rincón del mundo siguen siendo condenados por su condición racial; negros y mestizos que en este minuto y dentro de 24 horas seguirán soportando, con los más pueriles argumentos, la humillación y el desprecio a su dignidad, sus culturas, sus propios cuerpos y sus futuros posibles.

A los cincuenta años de la muerte de Franz Fanon [2], Piel negra, máscaras blancas continúa siendo un documento vivo, denuncia palpable de una realidad que se ha mutado, pero no ha desaparecido. El racismo de hoy se ha sofisticado y va atravesando el planeta: todas las tendencias políticas, culturas y naciones, hoy más diversas y mezcladas que nunca, pero aun divididas por el odio, las desigualdades y la falta de diálogos, son reservorios de este cruel fantasma.

Piel negra, máscaras blancas sigue siendo una pregunta descarnada, incómoda y comprometida con nuevas formas de lo emancipatorio, pues actualiza los debates inconclusos que la temprana muerte de su autor, a los treinta y seis años, interrumpiera: son discusiones necesarias en el contexto cultural, religioso e histórico de Cuba y de todo el Caribe; se trata de profundizar en la experiencia negra, en las consecuencias actuales de la esclavización y el racismo, a través de la reparación del yo negro configurado y pensado desde la pretendida universalidad blanco-europea, que en nuestras tierras se ha reproducido con otras distorsiones y aportes locales. En dicho debate la presencia culposa del marxismo ante la discriminación racial debe ser asumida, discutida y puesta en función de realidades más complejas.

Rescatar este libro y retomar los presupuestos de su autor en un nuevo contexto será de una utilidad incalculable para quienes combatimos el racismo anti negro en las sociedades contemporáneas del Caribe y América Latina. Si la Asamblea General de la ONU, ha declarado el 2011 como Año Internacional de los Afrodescendientes, celebremos también que este libro abrió una manera diferente de pensar la descolonización, combatir el racismo y convertir al propio sujeto negro colonial en un sujeto capaz de reconocerse, asumir y transformar la Historia. Re-visitar el pensamiento de Fanon, dialogar críticamente con sus propuestas y actualizar sus interrogantes, nos ayudaran a desenmascarar nuevas formas de la discriminación en el siglo XXI y alcanzar, dignamente, la plenitud de la condición humana.

Diciembre 15 y 2010.

En el Callejón de Hamell.


(*) El escritor cubano Roberto Zurbano fue director del Fondo Editorial de Casa de las Américas hasta abril de 2013.

NOTAS

[1] Un griot o jeli (djeli o djéli en francés) es un narrador de historias de África Occidental. El griot cuenta la Historia de la forma que lo haría un poeta, un cantante de alabanzas o un músico vagabundo.

[2] Frantz Fanon murió el 6 de diciembre de 1961, hace ya más de 54 años.

[Publicado en la revista CEPA Nº14, febrero/junio de 2012. Colombia.]