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Máquinas, inteligencia artificial y el futuro del capitalismo

junio 18, 2018

ALEJANDRO NADAL 


La automatización preocupa a los economistas desde los albores de esa disciplina. La inquietud es que las máquinas roban o destruyen empleos, con todas sus implicaciones sociales. En su obra, David Ricardo introdujo un capítulo para descartar estos miedos afirmando que la destrucción de empleos se acompañaba a la postre de una mayor creación de puestos de trabajo.

Mucho tiempo después, John Maynard Keynes escribió en su ensayo sobre las Posibilidades económicas de nuestros nietos que el progreso técnico en la economía llevaría a un incremento sin precedente en el bienestar de la población mundial. Según él, en unos cuantos años la semana de trabajo podría reducirse a unas 15 horas. En las sociedades humanas habría más tiempo para el cultivo de las bellas artes y las disciplinas de la ciencia. Pero, cuidado, advertía Keynes: durante algunos años todavía necesitaremos que la avaricia y la usura sigan siendo nuestros dioses, pues sólo así podremos salir del túnel de la necesidad económica y descubrir la luz del día.

Pero las máquinas no se construyen por la naturaleza, señaló Marx en los Grundrisse. En respuesta a las ingenuas consideraciones de John Stuart Mill (y de Keynes) explicó que tampoco tienen por objeto reducir el esfuerzo físico que realizan los seres humanos. Su destino es extraer la mayor cantidad de plustrabajo bajo el sistema de explotación capitalista.

Hoy estamos frente a una nueva oleada de innovaciones que está remplazando fuerza de trabajo con máquinas a un ritmo inusitado. Esta automatización toma la forma de la robotización en las actividades más disímbolas, desde la aplicación de una soldadura ultra fina hasta la preparación de una hamburguesa, pasando por el cambio de pesados troqueles en una prensa o el uso de algoritmos en la especulación financiera. Se calcula que en Estados Unidos están amenazados más de 50 millones de empleos directos por la creciente robotización. Eso es equivalente a un tercio de la fuerza de trabajo. Las cifras a escala mundial son también sobrecogedoras: los escenarios contemplan el remplazo de entre 400 y 750 millones de puestos de trabajo en el próximo decenio. En un proceso en el que buena parte de la fuerza de trabajo se hace redundante, ¿qué le sucederá a países como China?

La generación de empleo para una economía capitalista es clave por varias razones. La primera tiene que ver con la creación de valor, pues por sí solas hasta las máquinas más sofisticadas son incapaces de crear algo. Pero si bien el trabajo directo sigue siendo un componente clave en el proceso de producción, cada vez lo es menos en la automatización. Y aquí surge la segunda razón que está relacionada con lo que Marx llamaba la “pequeña circulación”: los salarios adelantados por los capitalistas regresan a sus manos cuando los trabajadores en su conjunto compran las mercancías que han producido. O como dice un aforismo atribuido a Kalecki, cuando los trabajadores gastan lo que reciben, los capitalistas reciben lo que gastan. El problema es que si los trabajadores intervienen cada vez menos en el proceso de trabajo, ¿quién va a comprar las mercancías producidas por la economía capitalista? Se puede pensar que este problema podría resolverse con un mecanismo que distribuya poder de compra a la población para garantizar una demanda agregada suficiente y ganancias adecuadas para los capitalistas. Pero todo esto requiere una arquitectura macroeconómica distinta. Sin duda, el futuro del capitalismo se anuncia complicado.

Hoy, la llamada inteligencia artificial no rebasa la fase en que una computadora realiza millones de operaciones en un milisegundo. Eso sirve para la especulación financiera, para distinguir visualmente la forma de un objeto para manipularlo o para identificar la ruta más rápida dadas las condiciones de tráfico. Pero eso es suficiente para remplazar a millones de operadores humanos en funciones muy disímbolas. Sin embargo, está muy lejos el día en que podamos tener una discusión significativa con una máquina. Se puede fantasear sobre la llegada en el futuro de la singularidad, palabra acuñada por Von Neuman para denotar el momento en que las computadoras/máquinas tengan conciencia de sí mismas, pero el proceso puede tardar cientos o miles de años. ¿Existirá el capitalismo todavía ese día?

Para abordar esa pregunta vale la pena considerar lo que sucederá cuando se profundice el proceso de producción de máquinas por máquinas. Marx señala en los Grundrisse que cuando la mayor parte de la riqueza sea producida por máquinas, entonces la apropiación del tiempo de trabajo ajeno aparecerá como una base insignificante de la riqueza frente a esta nueva fuente que es el complejo de máquinas creada por la gran industria. En ese momento, continúa Marx, cuando el trabajo en su forma directa deje de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo dejará de ser la medida del valor de cambio. Pero, en ese caso, ¿existirá la explotación todavía? Y si la ley del valor de Marx desaparece, ¿eso acontecería antes o después de haber desaparecido el capitalismo?


[Twitter: @anadaloficial]


Hegemonía monetaria: el costo de la transición

junio 11, 2018

ALEJANDRO NADAL 


Antes de aclarar una mañana de julio 1974, en la base Andrews de la fuerza aérea estadunidense –cerca de Washington–, un avión se aprestaba a despegar hacia Arabia Saudita. A bordo la atmósfera era tensa. El pasajero principal era el nuevo secretario del Tesoro de Nixon, William Simon, y su misión tenía dimensiones históricas: llegar a un acuerdo con la casa real de los saudíes para que las ventas de petróleo se cotizaran y pagaran exclusivamente en dólares estadunidenses. A cambio, Washington daría garantías de protección a Riad contra cualquier amenaza externa.

El acuerdo también buscaba impedir que Arabia Saudita volviera a usar el petróleo como arma económica contra Estados Unidos. El embargo petrolero después de la guerra del Yom Kippur, en 1973, estaba fresco en la memoria en Washington. Pero la finalidad principal era garantizar la demanda artificial de dólares para volver a cimentar el papel hegemónico del dólar estadunidense después de que Washington había terminado con el acuerdo de Bretton Woods. En lugar de ligar el dólar con el oro, el nuevo esquema lo vincularía con el crudo: cualquier país o empresa que necesitara comprarlo tendría que obtener dólares para llevar a cabo esa transacción. La era de los petrodólares proporcionaría la arquitectura del nuevo sistema monetario y financiero internacional.

Desde entonces el mundo ha seguido utilizando el dólar como medio de pago preferencial en las transacciones comerciales y como reserva internacional. Los beneficios para la economía estadunidense son múltiples y bien conocidos. Quizás el ejemplo más reciente es que ese país ha podido exportar al resto del mundo buena parte de los costos del ajuste macroeconómico emprendido para enfrentar la crisis financiera de 2008.

En años recientes el uso de otras divisas como medio de pago y reservas se ha incrementado, pero en el horizonte económico internacional no existe hoy día un contendiente que amenace el papel hegemónico del dólar de Estados Unidos. El euro fue duramente castigado por la crisis financiera, y hasta la unión monetaria estuvo en peligro mortal. En el caso del renminbi hay que observar que mientras no adquiera plena convertibilidad no representará un desafío para la hegemonía del dólar.

Mucho se ha escrito sobre los acuerdos con Arabia Saudita como instrumento para consolidar la hegemonía del dólar. Y no cabe duda de que durante años ese arreglo pudo mantener efectivamente una posición privilegiada para el dólar. Aunque muchos otros mercados de productos básicos y commodities estaban igualmente cotizados en dólares, el vínculo del dólar con el petróleo fue la piedra de toque de la arquitectura monetaria internacional. Para Washington el binomio petróleo-dólar sigue siendo vital: si un país exportador de crudo quiere salir de la esfera del dólar, lo único que tiene que hacer es ver el ejemplo de Irak.

En años recientes es posible que haya disminuido la importancia del petróleo como puntal del sistema monetario internacional. Para comenzar, se han diversificado las fuentes de aprovisionamiento de crudo. Incluso Estados Unidos ha regresado a ser uno de los principales productores de crudo en el mundo, gracias a las nuevas tecnologías de perforación (que hicieron posible el fracking hidráulico). Y con la actual estructura y dinámica de precios del petróleo, es concebible que gigantescos yacimientos de crudo pesado, como los de la cuenca del Orinoco, puedan entrar en operación. Por cierto, no parece que las consideraciones sobre la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero vayan a frenar la explotación de estos y otros campos. Pero queda por ver si las cotizaciones de petróleo y gas natural seguirán siendo dominadas por la divisa estadunidense.

Es posible que en la actualidad la dominación del dólar de Estados Unidos se mantenga más por el hecho de que la economía mundial se encuentra atrapada en un complejo entramado de relaciones financieras y económicas que hacen muy difícil transitar hacia otro sistema monetario internacional. Es claro que los países que detentan reservas en dólares o títulos denominados en dicha moneda tienen todo el interés del mundo en mantener el statu quo de la actual arquitectura monetaria global. Lo mismo se aplica a los grupos corporativos que tienen en su tesorería ese tipo de instrumentos.

La transición a una hegemonía monetaria distinta podría hacerse de manera gradual; por ejemplo, en la medida en que se vaya erosionando el predominio estadunidense en el plano económico y financiero. Pero la historia nos enseña que las transiciones de una moneda hegemónica a otra no se llevan a cabo sin sacudidas tectónicas. La vez más reciente que la economía mundial transitó de una moneda hegemónica a otra (de la libra esterlina al dólar) fueron necesarias dos guerras mundiales y una Gran Depresión. Parece que sólo así, con terremotos geoestratégicos de primera magnitud, es concebible la destrucción del entramado institucional, económico y financiero que soporta un régimen de hegemonía monetaria.


[Twitter: @anadaloficial]



España: Operación salvar el Régimen

junio 04, 2018

TEODORO SANTANA 


¿Cómo no alegrarse por la caída de M. Rajoy? Este infausto personaje ha conseguido concitar todo el desprecio, el dolor y el asco de la mayoría, sojuzgada por su altanería, su despotismo represor y sus recortes salvajes. Desde quitarle los medicamentos gratuitos a los pensionistas a acabar con cualquier derecho laboral digno de tal nombre. Desde echarle cara de cemento al latrocinio permanente de las arcas públicas al encarcelamiento de huelguistas, cantantes, tuiteros y políticos demócratas.

La moción de censura hace que la correlación entre las distintas fuerzas políticas operantes aparente cambiar. En una “luna de miel” impensable hasta hace unos días, la izquierda burguesa (PSOE) y pequeño burguesa (Podemos) parecen entenderse frente a los “novios de la muerte”, y todos despedimos con exabruptos y divertidos memes al registrador de la propiedad.

Pero, desgraciadamente, ese cambio va a ser bastante superficial, y no afectará a las relaciones de poder –esto es, del verdadero poder–, que permanece intocado.

Las leyes represivas que habían contribuido a desfondar las movilizaciones, ya no conseguían frenar la nueva ola de protestas. La putrefacción del viejo partido fascista (PP), ahogado en corrupción e inoperancia, abría paso al ascenso del nuevo partido falangista (C's), aupado en millones de las grandes corporaciones y su propaganda televisada, dispuestas a promocionar a un nuevo valedor de sus inmensos beneficios y a endurecer aún más la explotación de los asalariados.

Pero, a la vez, la descomposición del régimen se había acelerado. La administración de “justicia”, intocada desde el franquismo, ha resultado cada vez más odiosa y quedado cada vez más desenmascarada. Las policías, con su ola de multas arbitrarias amparadas en la "ley mordaza", están desacreditadas. La situación en Cataluña fuera de control, con una lectura internacional crecientemente desfavorable. Y la operación "relevo" con C's no iba a llegar a tiempo.

La oligarquía española, muy baqueteada en estas lides, necesitaba un recambio antes de que la cosa fuera a más. La sentencia del primer juicio del caso Gürtel ha dado la excusa perfecta. Inservible ya como presidente del gobierno, la patada a M. Rajoy propicia un lavado de cara de las instituciones del régimen y una válvula de escape a la indignación popular.

Pedro Sánchez, líder en precario de un partido oligárquico, monárquico y cómplice del estado de excepción en Cataluña, se nos presenta ahora como abanderado de la “democracia” y de las políticas progresistas, aunque en realidad no se ha comprometido a nada.

¿Saldrán los presos políticos de las cárceles? No parece probable. ¿La "ley mordaza"? Ya ha dicho que sólo retocará "algunos aspectos". ¿Derogación de las reformas laborales y de la contrarreforma de las pensiones? También ha explicado que no va a hacer nada al respecto en lo que queda de legislatura. ¿Referéndum en Cataluña? Impensable. ¿Depurar el aparato judicial franquista? Ni se le ocurre.

¿Qué va a hacer Pedro Sánchez? Con el añadido de algún gesto cara a la galería, nada más y nada menos que “consolidar las instituciones” –copadas antes, durante y después, por los sectores más reaccionarios–, neutralizar a la izquierda pequeño burguesa –entregada de pies y manos al "nuevo Ché Guevara"–, y desmovilizar por muy largo tiempo las protestas populares.

[Mención aparte merecen los representantes de la burguesía criolla canaria (CC y NC). Al colonialismo hay que añadir la humillación. ¡Qué vergüenza que tales toletes se presenten como “representantes de los canarios”!].

El régimen ha conseguido, una vez más, sobrevivir sin despeinarse. El teatrillo sigue con su función. Sin partido propio, las trabajadoras y los trabajadores tenemos un difícil camino por delante. Mientras tanto, resistir, organizar todo lo que se pueda, paso corto y mirada larga.

Día del Pacto Colonial

mayo 28, 2018

PEDRO BRENES 


El 30 de Mayo de 1983, festividad de San Fernando según el santoral católico, se reunió por primera vez, como expresión de una más de las recomposiciones y actualizaciones del Pacto Colonial, y después de varios años de irrelevante existencia como parlamento provisional o “preautonómico”, el Parlamento Autónomo de Canarias.

Primera e histórica asamblea de colaboracionistas que todavía se recuerda por la trifulca monumental que se organizó entre los representantes de las distintas familias y sectores de la burguesía terrateniente, importadora y comisionista de Canarias encuadrados, por aquel entonces, en la UCD de Adolfo Suárez, la Alianza Popular de Fraga y el PSOE de Felipe González.

Justo cinco siglos antes, el 30 de Mayo de 1483, se celebraba en la villa residencia real de Calatayud, en el reino de Aragón, el bautizo de Tenesor Semidán conocido a partir de entonces como Fernando Guanarteme.

Coincidencia nada casual, que demuestra la lucidez histórica de nuestra burguesía y su intención de celebrar y conmemorar como “Día de Canarias” su primer acuerdo, sucesivamente adaptado a las cambiantes condiciones históricas, con los invasores extranjeros.

Acuerdo destinado a compartir la dominación sobre el pueblo de las Islas y a repartir, como buenos socios, los beneficios de la explotación de los trabajadores de Canarias.

La solemne ceremonia de Calatayud, presidida por el rey Fernando de Aragón, que oficiaba de padrino del neófito, sellaba en su aspecto religioso el Pacto ya negociado entre el guanarteme traidor y los capitanes de la conquista de Gran Canaria, después de la cautividad fingida por el esclavista canario, y rubricaba la vergonzosa componenda de la nobleza terrateniente isleña con los invasores extranjeros.

Con la firma del Pacto de Calatayud el guanarteme y la nobleza de la isla se aseguraban la conservación y la perpetuación de sus privilegios como clase dominante sobre los siervos y esclavos canarios, y obtuvieron también el reconocimiento de su propiedad sobre grandes extensiones agrícolas y amplias zonas de pastos, así como de los nacientes y cursos de agua necesarios para su explotación.

Los miembros de la familia real de Gáldar y los nobles traidores a su patria y colaboracionistas con los europeos consiguieron, además, derechos sobre la venta de esclavos en los prósperos mercados de seres humanos de Sevilla, Valencia y Barcelona, y la licencia para capturar moriscos en la cercana costa de Berbería para explotar el negocio, entonces muy floreciente, del tráfico de “infieles” bendecido por la alta jerarquía vaticana.

La decisiva participación de las huestes de Fernando Guanarteme, Pedro Maninidra y otros miembros destacados de la clase dominante de Gran Canaria en el segundo y definitivo intento de conquista de Tenerife, como aliados de Alonso Fernández de Lugo, les permitió también participar en los repartimientos de tierras y aguas en esa isla.

Y también en Tenerife, como continuación y reedición del pacto grancanario, los menceyes traidores de los Realejos se unieron a las tropas invasoras para combatir conjuntamente a los alzados y mantener así, con la ayuda del poder militar colonialista, sus privilegios de clase seriamente amenazados por las reivindicaciones de los siervos que, desde antes del desembarco del de Lugo en las playas de Añaza, exigían la abolición del régimen de servidumbre que imperaba en la isla.

Tanto en Tenerife como en Gran Canaria, la clase dominante indígena se apresuró a fundirse, por medio de alianzas matrimoniales y asociaciones mercantiles, con los conquistadores que, habiendo recibido “repartimientos” de tierras y aguas, se convirtieron también en terratenientes esclavistas “canarios”.

Cristianizados, transculturados y asimilados, emparentados con los conquistadores, renegando de su origen, de su cultura y de su patria, tratando desesperadamente de distanciarse y distinguirse de los infieles, moriscos, alzados, magos y maúros.

Furibundos conversos intentando ser más españoles que los propios hispanos, imitando servilmente todo lo que llegara de la “Península”, desde la vestimenta hasta el acento, la total coincidencia de intereses de esta nueva casta mestiza, erigida en clase dominante como burguesía terrateniente y capitalista, se dedicó inmediatamente, durante casi todo el siglo XVI, a explotar y enriquecerse con el negocio del azúcar, primer monocultivo de Canarias, empleando grandes masas de mano de obra esclava.

Por su parte, los siervos indígenas, que antes de la conquista formaban la clase oprimida y explotada por los nobles aborígenes, pasaron progresivamente a la condición de aparceros o medianeros o, en el mejor de los casos, de pequeños propietarios de minifundios agrícolas.

Los asalariados de hoy somos, en lo fundamental, descendientes sociales de aquellos siervos y esclavos que cortaban la caña y hacían funcionar los ingenios en los que se fabricaba la melaza y el azúcar. Tierras de cultivo, aguas, trapiches y esclavos propiedad de las familias descendientes de los conquistadores y de los nobles traidores que se unieron a ellos para combatir y sojuzgar a su propio pueblo.

Por eso la falsa visión, bucólica y reaccionaria, de una sociedad guanche libre, igualitaria y sin contradicciones sociales, derrotada por los malvados invasores de otra raza enemiga, no es más que el reflejo y la manifestación de la concepción pequeñoburguesa, que trata siempre de ocultar la realidad de la lucha de clases antes y después de la conquista, y el papel de colaborador necesario de la colonización que ejerció, y sigue ejerciendo, la clase dominante en la sociedad canaria.

Y del carácter colaboracionista y la condición de aliado indispensable y cómplice del colonialismo de la burguesía canaria, que siempre busca la componenda con el imperialismo a costa del pueblo, se deduce que sólo el derrocamiento de los explotadores capitalistas y la instauración del Poder de los trabajadores, con la creación de la República Socialista de Canarias, puede llevarnos a la verdadera independencia nacional.

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