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Irán desafía a Donald Trump y su 'mafia de West Point'

enero 27, 2020

VICKY PELÁEZ

No hay mañana que no se convierta en ayer
(proverbio persa)

La obsesión de Estados Unidos con Irán ya tiene más de cuatro décadas, durante las cuales, Washington hizo todo lo posible e imposible usando en vano métodos cubiertos y encubiertos para que este país deje de existir.

El reciente asesinato de Qasem Soleimani uno de los más respetados generales iraníes en Oriente Medio, héroe de la lucha contra los terroristas del Estado Islámico, cuando este llegaba en misión de paz al aeropuerto de Bagdad, demuestra que los presidentes norteamericanos y su retórica cambia pero su política imperialista de dominar el mundo sigue intacta. Donald Trump, al igual que sus predecesores no tuvo ningún escrúpulo en ordenar el asesinato de un líder extranjero en otro país durante su visita oficial y así ignoró y se mofó de todas las leyes y autoridades internacionales.

La política internacional de EEUU sigue siendo dominada por los halcones de la guerra. Resulta que el asesinato de Soleimani fue planificado en junio del año pasado por el mismo John Bolton quien tuvo que abandonar su cargo de asesor de seguridad nacional del presidente por ser un fanático de guerra en Oriente Medio y Europa. Pero la política exterior de Norteamérica no ha cambiado con su salida del Gobierno, pues ya se formó alrededor de Trump un nuevo círculo íntimo de colaboradores y asesores con el poder de influir en las decisiones del presidente que se autoproclamaron como la 'Mafia de West Point'. Son seis hombres de la promoción de 1986 de West Point: secretario de Estado, Mike Pompeo; secretario de Defensa, Mark Esper; asesor de Pompeo, Ulrich Brechbuhl; exoficial de la CIA y actualmente subsecretario de Estado, Brian Bulatao; congresista de la Casa de Representantes, Mark Green; y cabildero político y comentarista político de la CNN, David Urban.

Fueron los miembros de esta 'mafia' que aseguraron a Donald Trump que es hora de ejecutar a Soleimani, uno de los más respetados líderes militares, tanto por sus amigos como enemigos, que era también partidario del desarrollo de armas nucleares en Irán como la única forma de sobrevivir el país y defenderse de Estados Unidos después de que el actual presidente de Norteamérica anuló unilateralmente el acuerdo nuclear, Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). Aquel acuerdo con Irán fue firmado en 2015 por EEUU, Alemania, el Reino Unido, Francia, China y Rusia. Donald Trump aclaró que tomó esta decisión porque "el acuerdo fue tan mal negociado que incluso si Irán cumple con todo, el régimen estará al borde de conseguir armas nucleares en un corto período de tiempo". (BBC Mundo, 8 de mayo 2018).

A pesar de que los líderes de Alemania, el Reino Unido y Francia (E3) no estaban de acuerdo con la decisión de Trump, pues están interesados en el petróleo iraní, ya que este país ocupa el cuarto lugar en el mundo por sus reservas del oro negro (157.000 millones de barriles), cambiaron de opinión inmediatamente al recibir amenazas del presidente norteamericano de imponer altos aranceles a la importación de automóviles de estos países.

La rápida sumisión de los países del E3 demostró que Europa ha dejado de jugar un papel importante en Oriente Medio convirtiéndose en un simple vasallo de EEUU, cediendo su lugar a Rusia y China.

También se puso en evidencia que el tratado JCPOA con Irán no ha sido usado como un mecanismo de paz y de seguridad, sino de subversión contra Irán. Como firmante del Tratado de No Proliferación (1970), el país persa ha tenido todos los derechos para el desarrollo de su industria civil nuclear sin restricciones. No obstante, los derechos, leyes y autoridades internacionales no existen para Estados Unidos, que en el transcurso de sus 244 años de existencia violó flagrantemente todas las leyes existentes internacionales cuando esto le convenía a sus intereses.

Lo más risible de todo es que Mike Pompeo y sus aliados aseguraron al presidente que Irán no tendría posibilidad de respuesta militar al asesinato del general Soleimani ya que, según ellos, no poseía el armamento moderno y sus misiles eran de la época de la Unión Soviética. Seguro de que no habría repercusiones y no se dañarían los intereses de EEUU en Oriente Medio, Trump ordenó la eliminación de Soleimani usando un dron cuyo misil mató también al máximo líder de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak (Hashd), Abu Mahdi Muhandis.

A los iraníes no les quedó otra alternativa que responder para no mostrarse débiles y vulnerables sabiendo que la ausencia de una respuesta adecuada daría una señal a los israelíes y estadounidenses de proseguir con sus agresiones y asesinatos. Irán tampoco podía hacer un ataque devastador contra los estadounidenses en Oriente Medio porque tal respuesta hubiera obligado a EEUU a atacar Irán masivamente para destruir los más importantes sitios en términos geopolíticos en el país.

Entonces, los iraníes tomaron una decisión bien pragmática lanzando tres misiles contra dos bases militares norteamericanas en Irak con el previo aviso al Gobierno iraquí para evitar víctimas humanas. Los misiles cayeron con una precisión tal que dejó perplejos a los militares norteamericanos destruyendo totalmente las instalaciones y produciendo solamente 11 heridos entre las tropas estadounidenses que se escondieron en los refugios. Las instalaciones del famoso escudo antimisiles Patriot curiosamente no detectaron los misiles iraníes y dejó mudos hasta ahora al Pentágono que permanece en silencio. Al recibir este 'mensaje' inesperado, Donald Trump decidió no atacar más a Irán por el momento, inclusive habló sobre la posibilidad de hacer negocios con Irán para bajar la tensión pero al mismo tiempo hizo aumentar la presión psicológica y económica contra el país y también las sanciones.

También el inquilino de la Casa Blanca habla de diplomacia pero no hay ningún indicio de ella. Mientras los presidentes predecesores de Trump hacían un juego con Irán exigiendo al país desistir de poner en marcha su programa nuclear a cambio de poner fin a las sanciones, el Gobierno norteamericano actual no ofrece nada y tampoco exige algo. Lo único que quiere es convertir a Irán en su satélite incondicional pero no sabe cómo hacerlo. No puede utilizar la Doctrina Bethlem (Daniel Bethlem fue asesor de Benjamín Netanyahu) que dice “los estados tienen derecho a la autodefensa preventiva en caso de un ataque inminente” porque Irán es una potencia militar regional.

Sus fuerzas armadas cuentan con 280.000 hombres y mujeres bien preparados como lo demostraron las recientes maniobras navales conjuntas de Irán, Rusia y China en el Golfo de Omán. También el movimiento Hezbolá que es aliado incondicional de Irán tiene 65.000 luchadores armados y bien entrenados. Recientemente su líder, Hasan Nasralá declaró que serán los aliados de Irán los que se encargarán de responder militarmente a EEUU. A la vez, en el caso de un conflicto bélico con EEUU, Irán tendrá apoyo del Hamás palestino que cuenta con 20.000 militantes armados y del Yihad Islámico que tiene 8.000 combatientes.

Por algo después del reciente asesinato del general Soleimani, el Gobierno de Kuwait aseguró a Teherán que el ataque contra el aeropuerto de Bagdad no fue realizado desde su territorio. Los Gobiernos de Arabia Saudí y de la Unión de Emiratos Árabes, que siempre han promovido guerra contra Irán siendo aliados incondicionales de EEUU, actualmente están en conversaciones secretas con Teherán. En Irak, el Parlamento votó por la expulsión de las tropas norteamericanas de su territorio.

Tomando en cuenta todas estas condiciones, podemos llegar a la conclusión de que las amenazas de Trump de convertir en cenizas 52 lugares culturales iraníes, de los cuales 24 fueron declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial, dos Patrimonio Mundial Natural, mayoría de los cuales tienen más de 1.000 años de existencia, es parte de una retórica en vísperas de las próximas elecciones presidenciales.

En realidad, todos los manotazos belicosos de Donald Trump y de su Mafia de West Point contra Irán están tratando de camuflar el interés desmesurado de las corporaciones energéticas norteamericanas por 157.000 millones de barriles de petróleo iraní y 148.900 millones de barriles del oro negro iraquí. La permanencia de las tropas norteamericanas en Siria también se debe al petróleo. El mismo presidente lo confirmó el 31 de octubre de 2019 ante su Gobierno diciendo: “Estamos en Siria e Irak porque queremos controlar el petróleo” (“We want to keep the oil”). “Posiblemente tendremos una de nuestras grandes corporaciones que lo hará apropiadamente”.

En agosto de 2019, el primer ministro iraquí de origen chiita, Adil Abdul-Mahdi habló ante el Parlamento sobre cómo los norteamericanos arruinaron el país y se negaron a reconstruir la infraestructura productiva y las centrales eléctricas si es que Irak no le ofrecía el 50% de las ganancias por el petróleo, es decir algo más de 55.000 millones de dólares anualmente. Pero en realidad, Washington no necesita exigir nada de Irak pues Bagdad guarda su dinero en el Banco Federal de Reserva de EEUU en Nueva York. Así de simple. Apenas el Gobierno iraquí firmó un contrato con China, 'petróleo por reconstrucción', comprometiéndose a exportar 100.000 barriles diarios a este país a cambio de la reconstrucción, se desató una ola de protestas en Irak exigiendo la oposición un cambio del Gobierno.

Ya se sabe que detrás de las protestas que se cobraron más de 600 vidas en Irak están la CIA y el Gobierno norteamericano… Después del derribo del avión de las líneas Internacionales Ucranianas, vuelo 752 en cercanías del aeropuerto de Teherán debido al posible 'hackeo' de radares, la oposición iraní salió a las calles a protestar. Ya se sabe que las protestas tanto en Irak como Irán han sido organizadas por el Departamento de Estado norteamericano que gasta anualmente 65,5 millones de dólares para el Internet Freedon Program cuya misión es promover protestas y actos terroristas utilizando internet.

La obsesión enfermiza de EEUU e Israel contra Irán hace enceguecer a los líderes de estos países que no quieren darse cuenta de que no están simplemente frente al conflicto norteamericano-iraní sino frente a un enfrentamiento relacionado con la seguridad regional en Oriente Medio que tendría sus consecuencias en el mundo entero.





Desigualdad, cambio técnico y robots

enero 27, 2020

ALEJANDRO NADAL


Durante muchos años buena parte de la comunidad de economistas cultivó la teoría de que la creciente desigualdad en Estados Unidos se debía a la presión que el cambio técnico ejercía sobre las remuneraciones de los trabajadores. Esta narrativa viene en varias envolturas, una más deficiente que otra, pero siempre le arregló muy bien a los poderes establecidos. De ahí su popularidad.

En una de sus presentaciones, el razonamiento es como sigue. El proceso de cambio técnico inherente al capitalismo hace que los trabajadores sean más productivos. Esto reduce la demanda de trabajadores, pero, como los trabajadores siguen teniendo necesidad de laborar, no les queda más remedio que moverse hacia sectores de baja productividad, menores salarios y peores condiciones en términos de precariedad. Es decir, el cambio técnico termina por imprimir un sesgo regresivo en la escala de remuneraciones, porque aumenta la demanda de trabajadores más calificados al tiempo que se castiga a los empleos de menores remuneraciones. En un giro que recuerda las viejas discusiones sobre el cambio técnico inducido, esta historia también afirma que los bajos salarios en las ramas más castigadas eliminan los incentivos a introducir innovaciones intensivas en capital. Todo eso vendría a explicar la creciente desigualdad que ya es motivo de escándalo en la sociedad estadunidense desde hace años.

Esta narrativa sobre las causas de la desigualdad se aplica en estos días a la introducción y difusión de robots de todo tipo en la economía. Ahora la presencia de éstos en casi cualquier rama de la industria manufacturera es común. Pero también lo está siendo cada vez más en el sector servicios, desde los procesos especulativos en el sector financiero hasta los sectores de hotelería, restauración y salud. Nadie va a quedar a salvo de esta oleada de cambio técnico. ¡Quizás hasta un día estas líneas podrían ser escritas por un robot!

Pero si bien la difusión de este proceso de difusión de innovaciones (la robotización) mantiene su ritmo acelerado, hay importantes críticas a esta narrativa cuando se le quiere utilizar para explicar la desigualdad. La primera es que la presencia de robots no es privativa de la economía estadunidense. Economías de un grado de desarrollo tecnológico comparable, como Japón y Alemania, tienen una presencia de robots en su economía similar o mayor que la que encontramos en Estados Unidos. Dicho sea de paso, la introducción de robots en esas economías es una respuesta al envejecimiento de la población y puede ayudar a mitigar su impacto sobre el crecimiento. En todo caso, esas economías no experimentaron el crecimiento en la desigualdad que hoy muestra la sociedad estadunidense. Esto indica que las causas de la desigualdad hay que buscarlas en otra parte.

La tasa de desigualdad en Estados Unidos comienza a crecer de manera patológica en la década de 1970. En esos años culmina un proceso de desintegración del entramado institucional construido durante la Gran Depresión y bajo el mandato presidencial de Roosevelt. Ese marco institucional (parte del New Deal rooseveltiano) había incluido legislación sobre condiciones de trabajo, negociaciones de contratos colectivos y remuneraciones. Por el lado fiscal, también introdujo esquemas impositivos progresivos (con altas tasas fiscales para los estratos de mayores ingresos). La reacción del capital en contra de ese marco institucional se manifestó desde los años 1930, en plena depresión, pero la fuerza de los sindicatos y su penetración en la economía estadunidense eran demasiado importantes.

En 1949 las tres grandes productoras automotrices y los sindicatos llegaron a un acuerdo (llamado por la revista Fortune el “Tratado de Detroit”) sobre mejores prestaciones y fondos para el retiro a cambio de una paz laboral. Ese acuerdo y la legislación laboral y fiscal explican la reducción de la desigualdad en la sociedad estadunidense durante la llamada época dorada del capitalismo. Las cosas comenzaron a cambiar rápidamente cuando por fin el capital pudo lograr revertir estas conquistas laborales. Los trabajos de Tomas Piketty, Emanuel Sáez y Gabriel Zucman muestran cómo el proceso de creciente desigualdad está más relacionado con cambios institucionales que con la introducción de nuevas tecnologías, los patrones comerciales con China o el uso de computadoras.

El resultado de todo este análisis es que la desigualdad está relacionada con el conflicto distribucional que yace en el corazón del capitalismo. Ese conflicto está ligado a la explotación de la fuerza de trabajo por el capital. La retórica podrá disfrazar esta realidad de mil maneras posibles, pero la realidad no se cambia con argucias de retórica. En países como México la desigualdad también proviene de este conflicto de clases que define al capital. Afirmar que la corrupción es culpable de la desigualdad puede ser un expediente útil para abordar un problema político. Pero al igual que la historia de los robots, esa narrativa no corresponde a la realidad.


[Twitter: @anadaloficial]


Guerras, asesinatos, sanciones y pactos: 40 años de fracasos de EEUU no logran contener a Irán

enero 25, 2020

PATRICIA LEE WYNNE


“Hago un llamado a todos los gobiernos para que se sumen a los esfuerzos para confrontar a Irán”, expresó Benjamin Netanyahu en el Foro Mundial del Holocausto frente a los mandatarios e invitados en Jerusalén, utilizando la conmemoración de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por el Ejército Rojo, para atacar al país persa.

La declaración del primer ministro israelí va a tono con el asesinato del general Qasem Soleimani por parte de EEUU. Ningún país digno del mundo puede mantenerse indiferente ante semejante ataque a su soberanía, uno más en la lista de 40 años de crímenes, guerras, atrocidades y rotundos fracasos de EEUU en Oriente Medio.

El objetivo es Irán porque es un país independiente. La revolución de 1979 que derribó al sha provocó la mayor derrota al dominio de EEUU en esa zona del mundo. Desde entonces, Washington no logra recuperarse y cada agresión le aliena aún más las simpatías del pueblo musulmán. Es parte de su decadencia global, a pesar de que la prepotencia de Donald Trump pueda indicar lo contrario.

LAS RAZONES INTERNAS

Sin lugar a dudas, existió un mezquino cálculo electoral en el asesinato de Soleimani. Para Trump, se trata de mantener cautivo a su público conservador, en especial de las Iglesias evangélicas, que observan con beneplácito el asesinato de un enemigo musulmán y que aplauden una nueva manifestación de "hacer a América grande otra vez".

El ataque es, obviamente, una respuesta de Trump al impeachment que adelanta la oposición demócrata en el Congreso en un año en que se juega su reelección.

Sin embargo, el ataque conlleva un riesgo político: Trump ganó las elecciones en 2017 prometiendo retirar a EEUU de las guerras inútiles, del gasto desmesurado y de las vidas de jóvenes norteamericanos perdidas en los desiertos árabes.

Su consigna América primero implicaba resguardarse y protegerse. Era una clara diferenciación de la retórica belicista de sus antecesores, incluyendo Barack Obama, quien, a pesar de haber ganado el Nobel de la Paz, alimentó durante sus ocho años de gestión la intervención en Irak, Afganistán, Siria y Libia.

DE FRACASO EN FRACASO

Pero la razón de fondo que llevó a Trump a cometer este crimen contra la nación iraní es internacional: tratar de recuperar el control perdido hace 41 años. Aunque el nuevo intento violento de Trump puede dar la impresión de fortaleza, está destinado a tener los mismos efectos desastrosos de todas las aventuras guerreristas de sus antecesores.

Desde febrero de 1979, cuando la revolución derribó al sha, Irán dejó de ser la base de apoyo de EEUU en la región. No solo eso, sino que la revolución, aunque bajo el sello religioso y clerical, expandió su influencia y radicalismo por todo Oriente Medio.

Uno tras otro, todos los presidentes de Estados Unidos, desde James Cárter en adelante, fracasaron estrepitosamente en su objetivo de contener a Irán y de recuperar el control de la región. El primer fracaso fue el de Carter, al intentar rescatar militarmente a los 52 rehenes en la Embajada de EEUU en Teherán ese mismo año.

En 1980, se inició la invasión de Irak a Irán, en un largo conflicto que duró ocho años y en el que EEUU apoyó al presidente iraquí Sadam Husein, a quien años después derribaría. Pero los iraníes rápidamente recuperaron la iniciativa y la revolución sobrevivió.

La operación de apoyarse en el Gobierno sunita de Husein le salió mal: en 1989, Irak invadió Kuwait, y George Bush padre desató la Tormenta del Desierto. Era la primera incursión militar directa de EEUU después de la espectacular derrota en Vietnam en 1975. Pero a pesar de su brutalidad, Sadam Husein se mantuvo en pie y EEUU no logró destruirlo.

En 2003, George W. Bush hijo lo volvió a intentar. Esta vez tuvo éxito: después de los ataques terroristas del 11S, invadió Irak y derribó a Husein. Pero así como se había apoyado en los árabes sunitas iraquíes contra Irán, ahora hizo lo contrario: depuso al Gobierno minoritario sunita y disolvió el Ejército de Husein y le entregó el poder a la mayoría chiita de Irak.

De esta manera, le dio a Irán el control que nunca tuvo sobre su vecino y rival. 17 años después, el supuesto éxito de haber derribado a Husein ha demostrado su rotundo fracaso: Washington no logra controlar Irak y los exsoldados sunitas del Ejército desbandado fueron la base del Estado Islámico que luego EEUU declararía su enemigo.

El modelo se repitió en Libia, donde en 2011 la OTAN asesinó a Muamar Gadafi. Desde entonces, Libia es una tierra de nadie, por donde cientos de miles de africanos se cuelan a Europa en medio de una guerra civil.

Luego, EEUU impulsó la lucha armada contra Bashar Asad en Siria fomentando a los terroristas. Pero el Estado Islámico fue derrotado por la acción del Gobierno de Asad y de Rusia. EEUU, que apoyó en un principio a los terroristas, se conformó con un papel secundario, y el resultado fue el fortalecimiento del Gobierno de Asad.

Como un elefante en el bazar, que solo deja caos y destrucción a su paso, EEUU tropezó de fracaso en fracaso logrando el efecto opuesto: mientras el rol de la potencia global disminuye, la influencia de Irán en la región crece, desde Persia hasta Arabia Saudí y el Mediterráneo.

En Líbano con Hizbulá, en Irak, con el Gobierno chiita, y hasta en Yemen, donde Irán respalda a los rebeldes hutíes contra la monarquía saudí.

El acuerdo de 2015 logrado durante el Gobierno de Barack Obama para frenar el programa nuclear de Irán fue algo así como una tregua: una concesión de EEUU y una concesión de Irán, que se veía cada vez más asfixiado por las sanciones económicas occidentales.

UN INTENTO DESASTROSO PARA RECUPERAR EL CONTROL

Donald Trump quiso cambiar este statu quo que en los hechos implicaba un reconocimiento a Irán como la potencia regional. Por eso uno de los primeros actos de su Gobierno, en 2018, fue retirarse del pacto nuclear y profundizar las sanciones contra Teherán.

El acoso causado por las sanciones económicas a Irán venía dando resultado, como lo demostraron las manifestaciones masivas de descontento contra el Gobierno de Rohaní en 2019 y las que sucedieron después de que las autoridades reconocieran haber derribado accidentalmente el avión de pasajeros ucraniano con 176 personas a bordo al día siguiente del asesinato de Suleimani.

Según el FMI, la economía se reducirá 9,5% este año y las exportaciones de petróleo han caído a la mitad del millón de barriles diarios que debería vender para sostenerse. Pero a pesar del descontento, el multitudinario entierro de Suleimani demostró que la nación persa se levantó unida ante lo que consideró un ataque a su soberanía, por más diferencias políticas y sociales.

La otra respuesta negativa la obtuvo EEUU de sus aliados de la OTAN que salieron a diferenciarse del ataque. Jens Stoltenberg, el secretario general de la organización, informó que la OTAN no había participado de la decisión, y el primer ministro británico, Ben Johnson, criticó la amenaza de Trump de bombardear los centros culturales históricos persas.

La consecuencia más importante de la última aventura punitiva de Trump se produjo, sin embargo, en Irak con la decisión del Parlamento iraquí de ordenar la retirada de las tropas de EEUU del país para terminar 17 años de ocupación. Si bien esta decisión depende ahora del Gobierno, se trata del hecho político central que se deriva de esta crisis.

De esta manera, con el asesinato de Suleimani, EEUU se puede enorgullecer de debilitar cada vez más su presencia en Irak y de fortalecer la influencia iraní. La respuesta de Teherán al asesinato, ordenando un ataque de misiles a bases de EEUU en Irak donde no murió nadie, es apenas simbólica. La verdadera respuesta, la más profunda y de consecuencias estratégicas, es la que dio el presidente Hasán Rohaní al advertir que la “respuesta final” de Irán consistirá en “expulsar a las fuerzas de Estados Unidos” de Oriente Medio.

Desde hace 41 años, EEUU intenta retomar el control de la región, pero a cada paso que da, se entierra cada vez más en los desiertos árabes, dejando a Israel, su aliado indeclinable, cada vez más solo y expuesto.


Cuestión de principios

enero 23, 2020

ROSA MIRIAM ELIZALDE


Tanques pensantes en Estados Unidos e investigadores cubanos coinciden en algo: la política de más sanciones y la extensión del bloqueo de Estados Unidos no cambiará el rumbo socialista de Cuba. En el caso de la isla, el castigo produce el exacto contrario de la debilidad. Ha sido así por más de 60 años y nada indica que cambiará, sólo porque Donald Trump quiera ganar la Florida en 2020 y contentar a la derecha cubanoamericana levantándole el puño al gobierno de Miguel Díaz-Canel.

“La reanudación por parte de la administración Trump de la presunción hegemónica que contempla castigos y políticas hostiles, no cambiará la política cubana. Por el contrario, polarizará nuevamente las relaciones exteriores con otros países, tanto dentro como fuera del hemisferio occidental, al tiempo que afectará negativamente los empleos tanto en Estados Unidos como en Cuba”, concluye un estudio que acaba de publicar el abogado estadunidense Bruce Zagaris para el Center for Freedom and Prosperity, donde aborda el uso excesivo de sanciones del gobierno de Estados Unidos y cómo producen consecuencias no deseadas.

Uno de los analistas mejor informados sobre las relaciones entre los dos países, el cubano Jesús Arboleya, reconoce que sucesivas administraciones en la Casa Blanca no han logrado que la revolución cubana ceda o traicione sus principios, y no lo hará ahora frente a la decisión de Washington de condicionar la relación de Cuba con Venezuela.

“A pesar del despliegue de fuerzas llevado a cabo –afirma Arboleya–, ni el poder inteligente de Obama ni el ‘contrainteligente’ de Trump han logrado el propósito de alterar la alianza de Cuba con Venezuela y, mucho menos, derrotar a sus respectivos procesos revolucionarios. Esto pone en duda la real capacidad de Estados Unidos para hacerlo.”

Añadiría una razón adicional al juicio de Arboleya. Ya el gobierno de Estados Unidos ha pasado por situaciones parecidas de chantaje y condicionamientos a la isla, y fracasó soberanamente. Por ejemplo, el gobierno de Gerald Ford puso fin a las conversaciones clandestinas con los enviados de Fidel Castro para normalizar las relaciones, cuando se conoció que tropas cubanas enfrentaban a los racistas sudafricanos, entonces aliados de Estados Unidos. Nelson Mandela recordaría que se enteró de la victoria cubana en Angola mientras estaba encarcelado en Robben Island: “Me encontraba en prisión cuando por primera vez escuché de la ayuda masiva que las fuerzas internacionalistas cubanas le estaban dando al pueblo de Angola. …Nosotros en África estamos acostumbrados a ser víctimas de otros países que quieren desgajar nuestro territorio o subvertir nuestra soberanía. En la historia africana no existe otro caso de un pueblo que se haya alzado en defensa de uno de los nuestros.”

En 1980 también el gobierno demócrata de Jimmy Carter propuso levantar el bloqueo si Cuba retiraba sus combatientes de Angola, como ha documentado el investigador de la Universidad Johns Hopkins, Piero Gleijeses. Cuba no cedió y la historia premió el sacrificio de cientos de miles de soldados cubanos que regresaron victoriosos y sin más recompensa que los restos de sus compañeros caídos en combate.

La presencia de las tropas cubanas en África no sólo garantizó la independencia de Angola y Namibia, sino que, en palabras de Mandela, “destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco y sirvió de inspiración al pueblo combatiente de Sudáfrica… La batalla librada por los cubanos en Cuito Cuanavale (Angola) marcó el viraje en la lucha para librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid.

Desde hace décadas el día a día arranca en el Caribe con una premisa: Cuba sigue decidida a no cambiar de sistema, no por tozudez, sino porque esta osadía ha sido y sigue siendo el motor que hace viable la existencia de la nación frente a la obsesiva hostilidad del poderoso vecino del norte. Se introducen modificaciones, como las que se hicieron recontentamente en la Constitución, pero son aquellas que quieren darse libremente las cubanas y los cubanos, en el ejercicio de su cultura, sus intereses, sus sueños, sus proyectos y su soberanía.

Para el ciudadano común el bloqueo significa que puedes pasarte una hora y media en una fila para comprar detergente o para subirte al transporte público, pero el socialismo garantiza el derecho a recibir gratis una educación y un trasplante de órgano que sólo un millonario podría pagar en cualquier otro lugar del mundo. La vida cotidiana en la isla pone en evidencia que es difícil salirse del molde capitalista, que es duro poner en marcha un sistema nuevo cuando se está a 90 millas de la costa de Estados Unidos. “No nos perdonan que este país ha intentado construir un ideal, que puede ser el que no quiere el gobierno de Estados Unidos, pero es nuestro ideal”, dijo esta semana el presidente Díaz-Canel en diálogo con la prensa extranjera acreditada en Cuba durante un recorrido por el oriente insular.

Cuando hacía la cola este miércoles para comprar el detergente en una tiendecita frente al puerto de La Habana, me llamó la atención una mujer que se mantenía muy erguida mientras cargaba una mochila abultada, con cosas que había comprado en algún otro lugar. En la hora y media de espera, jamás apoyó su equipaje en el suelo, como si fuera una cuestión de principios. Terminé preguntándole por qué. La respuesta fue brutalmente simple y viene al caso: “No sueltas lo que posees si tienes fuerzas para sostenerlo.


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