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Tres despachos sobre el colonialismo

abril 23, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 


La persistencia. Boaventura de Sousa Santos pone el dedo en la llaga: “las luchas de liberación anticolonial del siglo XX no pusieron fin al colonialismo: éste apenas cambió de forma”. “Lo que (casi) acabó con ellas fue una forma específica del colonialismo y no un modo de dominación”. Terminó (casi) el “colonialismo histórico”, el de la ocupación territorial cuyos últimos vestigios son el Sáhara Occidental, la colonia hispano-marroquí y la ocupación de Palestina por Israel, pero el modo de dominación colonial siguió bajo otras formas. Así, “el colonialismo hoy es tan vigente y violento como antes”. Su punto central: la degradación ontológica de los dominados por razones etnorraciales. Los cuerpos racializados son “inferiores”, “subhumanos”, sus vidas son “desechables”, con poco o ningún valor para quien los domina, habitan en “zonas de sacrificio” que en todo momento pueden convertirse en “zonas de no ser”.

Las nuevas formas del colonialismo –“insidiosas”, “invasivas” y “evasivas” a la vez– pasan no detectadas porque funcionan en un entorno regido por un –supuesto– antirracismo, igualdad y la no-discriminación: sólo así, por ejemplo, el supremacismo blanco en Sudáfrica enraizado por excelencia en la dominación colonial –con todas sus cuasi teorías del “genocidio blanco” y con amplios vínculos con grupos parecidos en el mundo– puede pasarse por un “movimiento de la defensa de las minorías” (bit.ly/2vbGCZC).

Hay también otra razón por la “invisibilidad” del colonialismo: la subsistencia de la misma “línea abisal” (geopolítica, ideológica, epistemológica) que separó una vez las metrópolis y las colonias y que no desapareció con el fin del colonialismo territorial y “hoy justifica, el racismo, la xenofobia, la islamofobia, el encarcelamiento masivo de los jóvenes negros en EU, el trato inhumano a los refugiados, la destrucción de Irak, Libia o Siria y la ‘solución final’ [sic] de Palestina, perpetrada por víctimas convertidas en agresores(http://bit.ly/2ISKEYQ).

La (falsa) negación. La negación –dice Hegel– es una forma de afirmación. Miremos a la derecha polaca gobernante. Una parte de su proyecto que responde a las agotadas promesas de la integración europea liberal es inspirada curiosamente –según ella misma– en el decolonialismo (o en su peculiar entendimiento). Sus políticos dicen: “Polonia tiene que dejar de ser una colonia del Occidente”. “No más al servilismo ante EU y la UE”.

El problema es que aunque tocan el dilema central –“¿cómo superar la dependencia, la condición periférica y alcanzar al centro?”– son incapaces de concebir un proyecto verdaderamente alternativo a la “vía europea mainstream”. Se centran sólo en la lucha en contra de las élites liberales autóctonas (“autocolonizadas” y “occidentalizadas”). Removerlos del poder fue –según ellos– una liberación nacional. La “repolonización del país” y el “retorno a lo nuestro”, una gran victoria. Así, su “decolonialismo” no sólo se queda corto –ofrece apenas una imaginaria “dignificación”–, sino que reproduce la misma dependencia que dice combatir: el apego al neoliberalismo, a EU y –a pesar de las objeciones– a la UE, a la cual, Polonia como una “colonia rebelde” le resulta funcional. Más que a un proyecto emancipador todo recuerda a Zaire de Mobutu –el autoritarismo tribal, anticomunista, supeditado a los poderes imperiales– que emergió tras la degeneración de la lucha anticolonial (bit.ly/2qzZPPn).

El retorno a los “particularsimos” fue justamente una trampa de la que advertía Frantz Fanon y en la que cayeron muchos movimientos. Un síntoma de como la vieja dominación regresaba bajo nuevas formas y disfraces. Una peculiar reinterpretación de la historia completa el cuadro: según uno de los intelectuales orgánicos de la derecha polaca, lo que pasó en Argelia en los años 50 y 60 fue un choque entre los “comunistas” e islamistas [sic] malos (FLN) y los buenos representantes de la “civilización europea” (los franceses). En esta narrativa desaparecen la dominación colonial, los dominados y los dominantes. Quedan legitimadas el racismo, el odio a los refugiados, el supremacismo blanco y la “defensa del Occidente” (del que supuestamente nos estábamos liberando). O sea, el colonialismo tout court.

El vestigio. Desde su incepción el sionismo es un proyecto colonial (bit.ly/2qK2vdg). O mejor, un “colonialismo de asentamientos”: settler colonialism (P. Wolfe). Como subraya Ilán Pappe desde el primer asentamiento en Palestina en 1882, el surgimiento de Israel en 1948, la guerra de 1967 que lo convirtió en un régimen de ocupación, etcétera, el sionismo es “una estructura de desplazamiento y remplazamiento”. Un proyecto en curso, lejos de ser concluido: “Palestina (aún) no es toda ‘demográficamente judía’ (...) el Estado de Israel sigue colonizando, construyendo nuevas colonias (...) desposeyendo a los palestinos y negándoles el derecho a vivir en su lugar de origen” (Ten myths about Israel, 2017, p. 13). Avanza implacablemente por un “doble carril” de: a) eliminación (“tomar la mayor cantidad de Palestina posible con la menor cantidad de palestinos”) y b) deshumanización (la sujeción de los dominados a los criterios etnorraciales y un régimen de apartheid de facto). El sufrimiento de Gaza –una quinta esencial “zona de sacrificio” y de “no ser”– poblada en 80 por ciento por los refugiados y sus familiares desplazados, víctima de un “genocidio incremental” (I. Pappe dixit) y diezmada periódicamente es la mejor muestra de esta estrategia.

Coda. La persistencia, la (falsa) negación y los vestigios del colonialismo, se juntan en un panorama en la cual:

1) La dominación colonial “es un fenómeno que se metamorfosea constantemente en algo que simultáneamente lo denuncia y disimula sin dejar de ser lo mismo” (B. de Sousa Santos dixit).

2) Los países colonizados –y colonizadores (vide: el papel de Polonia en Ucrania)–, incapaces de enfrentar su condición periférica y su historia de otro modo que no sea acriticismo o negación se hunden en las mismas fantasías identitarias, que crecieron en los escombros de los procesos anticoloniales.

3) Israel que en tiempos de la decolonización “recibió del mundo una carte blanche para su proyecto colonial como una ‘salida fácil’ al más grande exceso del antisemitismo en la historia [el Holocausto]” (Ten myths..., p. 75), sigue usando su tarjeta “salir libre de la cárcel” para ocupar la tierra palestina y masacrar los cuerpos de sus habitantes (bit.ly/2GW2z09).


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco

Miguel Díaz-Canel propuesto como presidente de Cuba

abril 18, 2018

El compañero Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez fue propuesto este miércoles como presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, tras la instalación de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Díaz-Canel nació el 20 de abril de 1960, en la ciudad de Placetas de la provincia Villa Clara. En 1982 obtuvo el título de ingeniero en electrónica e ingresó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en 1985. Fue profesor en la Universidad Central de Las Villas. En 1987 forma parte de la dirección de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) de la institución, organización política de la juventud del país.

Entre 1987 y 1989 cumplió misiones internacionalistas en Nicaragua, donde fue Comisario Político de la Sección UJC del MINFAR. A su regreso, se integró como dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en la provincia de Villa Clara. Elegido miembro del Comité Nacional de la UJC y posteriormente en 1991 como miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), fue designado segundo secretario del Comité Nacional de la UJC en 1993.

En 1994 fue designado primer secretario del Comité Provincial del PCC en la provincia de Villa Clara. Durante su etapa como máxima autoridad política en dicha provincia se caracterizó por impulsar importantes reformas dentro de la vida cultural en la provincia, entre ellas la apertura y apoyo al centro cultural El Mejunje en la ciudad de Santa Clara, vinculado al colectivo LGTBI.​ En 2003 fue designado primer secretario del PCC en Holguín y elegido miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba a propuesta de Raúl Castro.​

El 24 de febrero de 2013 fue elegido primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, en sustitución de José Ramón Machado Ventura, histórico dirigente cubano, quien había cedido su puesto "en favor de la promoción de la nueva generación".

En sus declaraciones ante los medios ha reiterado la importancia de defender el poder popular para impulsar el desarrollo del país.


(Agencias)

De Lula y Rosa

abril 16, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 


El sábado pasado vi a Luiz Inácio Lula da Silva y pensé en Rosa Luxemburgo. O más bien llevaba ya unos días leyendo unos textos de Rosa y me puse a escuchar al épico discurso de 54 minutos que Lula dio en la sede de su antiguo Sindicato de Metalúrgicos en São Bernardo do Campo ante miles de simpatizantes para anunciar su entrega a la policía para cumplir una condena por presunta “corrupción” (el haber recibido un departamento que... nunca fue suyo). Por un momento ambos personajes se me fundieron en uno.

Cien años de distancia.

Anatomías políticas opuestas (una revolucionaria que odiaba al parlamentarismo y luchaba para abolir el capitalismo y un sindicalista, dos veces presidente y reformista que quería “humanizar” al sistema).

Mismos tiempos canallas.

Sólo entre 1904 y 1906 Rosa estuvo tres veces en la cárcel: en Berlín “por insultar al Kaiser”, en Varsovia, dónde creció y volvió por un rato cuando en esta parte de Polonia anexada por Rusia estalló la Revolución de 1905, y de nuevo en Alemania por “incitar a la violencia” en un discurso público en el que habló de la huelga de masas.

En febrero de 1914 volvió a la cárcel por llamar a los soldados a la desobediencia ante la guerra que se avecinaba. Durante el proceso en Frankfurt pronunció un discurso en que le dijo al juez: “Señor, yo creo que Usted huiría, pero un socialdemócrata, no. Éste es fiel a sus principios y se ríe de sus veredictos. Y ahora, ¡senténcieme!” (P. Frölich, Rosa Luxemburg, 1972, p. 186).

En aquel entonces “ser socialdemócrata” –unos meses antes de que la SPD votara los créditos de guerra– aún significaba algo. Rosa se creía una. Lenin también.

Fue condenada por un año, pero no fue transferida a la prisión de una vez. De la corte se fue a un multidinario mitin político donde fue recibida con ovaciones –casi la llevaron en andas como a Lula...– y repitió toda la propaganda antiguerra por la que fue sentenciada.

En 1916 fue otra vez encarcelada y pasó el resto de la guerra en las prisiones en Berlín, Posen y Breslau (hoy Poznań y Wrocław en Polonia). Salió en noviembre de 1918. Tres meses más tarde, tras la derrota de la insurrección espartaquista, fue asesinada por los contrarrevolucionarios y protofascistas de los Freikorps, los embriones del nazismo. La orden vino de un gobierno socialdemócrata.

En aquel entonces –y más adelante– “ser socialdemócrata” ya no significaba nada. Vergüenza, quizás.

En su último escrito se burlaba de la victoria de los “guardianes del orden”, analizaba las razones de la derrota, pero a la vez subrayaba que la lucha tenía que seguir. Confiaba que las masas –“un factor crucial”– harían la Revolución otra vez posible (bit.ly/2HjpovX).

“¡Orden reina en Berlín!”, exclamaba irónicamente en alusión a las cínicas palabras (“L'ordre règne à Varsovie”) de un canciller francés tras la sangrienta sofocación de la insurrección nacional polaca por las tropas rusas en 1831.

Escuchando a Lula por ratos ya no sabía si aún hablaba él o ya era Rosa y al revés. Tal vez me dejé llevar demasiado cuando dijo: “Podrán matar una, dos o cien rosas [sic], pero jamás conseguirán detener la llegada de la primavera”. Pero no era sólo esto.

Era la misma dignidad que desafiaba al orden pervertido de los jueces (sean guillerministas o temeristas: “aquí estoy y no voy a huir”); la misma convicción que hay veces en que hay que aceptar la derrota para luego seguir adelante; la misma insistencia en la importancia de la huelga –por liderar una Lula en 1980 pisó la cárcel de la dictadura– como “una escuela” (bit.ly/2IA2AaH); la misma confianza en las masas (“Hay millones de Lula para andar por mí...”).

De hecho todo lo que ocurre últimamente en Brasil –el golpe policiaco-judicial y destitución de Dilma, la militarización de las favelas, los asesinatos selectivos de los líderes sociales como Marielle Franco por los Freikorps modernos, gatilleros a sueldo de gobiernos y finalmente lo de Lula– tiene que ver con las masas.

Las clases dominantes dicen: ¡Basta!

¡Hasta aquí con su empoderamiento!

¡Orden reina en Brasilia!

¿Será casualidad que –otra vez– en las primeras filas de la reacción están los “socialdemócratas” (PSDB)?

Lula tal vez facilitó un poco este backlash del odio de clase: para realizar sus grandes reformas sociales fortaleció al capitalismo brasileño, convirtió al PT en su gerente (bit.ly/2GMY7kk), titubeaba en cuestiones cruciales (la reforma agraria), le dio la mano libre al ejército y a la policía a ir reprimiendo a los pobres.

Pero igual que Rosa que a pesar de sus errores –teóricos, estratégicos– era “el águila de la Revolución” (Lenin dixit), Lula a pesar de sus errores y limitaciones es “el águila de los excluidos”.

Hace tiempo a los comentaristas les encantaba comparar –falsamente– a Lula con Lech Wałęsa, el campeón del anticomunismo, sólo por ser los dos antiguos sindicalistas vueltos presidentes (bit.ly/2H7Cmzb). Hoy –paradójicamente– un cierto paralelismo vuelve.

La extrema derecha polaca que, igual que la brasileña, basó su poder en la subordinación de los jueces y la “judicialización de la política”, hizo del igual derechista antiguo líder de Solidarność uno de sus principales villanos (por razones sectarias).

Recientemente una persona que gritó “Wałęsa” frente a un mitin de los políticos del partido gobernante –aparentemente para fastidiarlos– fue acusada por la policía de cometer “un acto prohibido” (art. 52, § 2, pt. 1 del Código de Infracciones).

Gritar “Lula” también pronto será un delito en Brasil (si ya no lo es...). Pero hasta aquí –otra vez– las comparaciones: contrariamente a Wałęsa, Lula nunca perdió su consciencia de clase. O más bien la tenía, para empezar. El discurso de São Bernardo fue la más reciente y la mejor prueba de esto.

Isaac Deutscher, un destacado marxista polaco-británico que igual tenía sus diferencias con Rosa pero nunca dejó de subrayar su grandeza, escribió en una ocasión: Con su asesinato la Alemania de los Hohenzollern festejó su último triunfo y la Alemania nazi su primero (bit.ly/2HfQqUX).

Con la encarcelación de Lula –no hay duda de que muchos felizmente lo verían muerto como a la propia Rosa o Marielle (una semana antes su columna fue baleada y los pilotos del avión que lo trasladaba a la cárcel “bromeaban” en una clara alusión a las heroicas tradiciones del Plan Cóndor de “ir a tirar la basura”...)– la dictadura brasileña festejó su último triunfo y el fascismo emergente en nuestros ojos en este país (bit.ly/2uSPvXS) su primero.


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco


Marx a 200 años: ¿Y qué es la economía?

abril 09, 2018

JUAN J. PAZ y MIÑO CEPEDA 


Karl Marx fue un erudito investigador, que supo combinar la economía y la historia como ejes para la elaboración de su teoría. Remontándose a los orígenes y primeros tiempos de la humanidad comprendió que el hombre tuvo que ocuparse de producir bienes para satisfacer sus necesidades y poder sobrevivir.

Con el desarrollo de las fuerzas productivas, los seres humanos diversificaron inevitablemente sus actividades y las relaciones sociales fueron complicándose. En cierto momento, esa complejidad provocó el surgimiento de clases sociales, con diferenciaciones jerárquicas, apropiación de riquezas por una élite dominante y explotación de otros grupos humanos mediante la esclavitud o la servidumbre.

Sobre esa base histórica, Marx encontró un hecho fundamental: por debajo de los fenómenos políticos, religiosos, clasistas o estatales estaba la economía. Y, con ello, formuló una tesis hasta entonces no destacada por otros investigadores: “la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política”, porque “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual, en general”.

Esta tesis de Marx fue expuesta en su genial Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Pese a su claridad, muchos marxistas no la comprendieron, al punto de considerar que solo la economía es la única determinante de las otras esferas sociales. Por eso Engels debió aclarar el asunto una y otra vez, insistiendo en que la economía solo es determinante en última instancia.

Marx recurrió, además, a la metáfora de un edificio, para puntualizar que la economía es la base sobre la cual se levanta la superestructura jurídica, política e ideológica de la sociedad. Ello también ha generado confusiones, porque los términos “base” y “superestructura” no son categorías teóricas poseedoras de un contenido científico, a pesar de que el propio Marx insistió en esa imagen: “al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”, escribió.

El materialismo marxista, como posición filosófica, inauguró otra forma de ver el mundo, que Marx igualmente resumió: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, es el ser social el que determina su conciencia”. Ese ser social es la economía. Y nuevamente Engels insistió en que el régimen económico determina el contenido general, el origen de los procesos jurídicos, políticos, ideológicos, etc.; pero en muchos casos, el modo en que surgen los conceptos espirituales de la sociedad, la forma de las teorías filosóficas, ideas religiosas, etc., están determinados por la propia conciencia social.

Lo económico no determina cada minucia histórica ni cada hecho particular, sino los contenidos más amplios, generales, de largo plazo. Tampoco cada hecho económico es el desencadenante de los procesos ni el determinante de las esferas sociales. Para Marx, el modo de producción de la vida material es el determinante social, el condicionante del “edificio”, un concepto asimilable al de sistema económico que hoy utilizan los economistas, pero que tiene otro ámbito, pues se refiere a una especial conjunción entre fuerzas productivas y relaciones de producción.

Marx reconoce que en la historia humana, la que estudió con mayor profundidad y en la que predomina Europa -eran escasos sus conocimientos sobre América Latina- se han sucedido distintos modos de producción, aunque se interesó por estudiar solo uno: el modo de producción capitalista.

Al poner en claro la interconexión de los sucesos y al descubrir su raíz económica determinante, es posible definir el curso general del proceso histórico, que obra como una ley social, es decir, como una tendencia, y no como una ley física. Quizás podría asimilarse a lo que hoy es común entre las ciencias sociales, y particularmente en la economía, cuando se trazan probables evoluciones sobre bases matemáticas, estadísticas y análisis socio-situacional, bajo la condición ceteris paribus, es decir, si las realidades estudiadas no cambian.

Solo que para Marx el asunto va mucho más lejos: es posible descubrir las leyes-tendenciales de la sociedad, que actúan a largo tiempo, solo sobre la base de las investigaciones más rigurosas y pacientes.

En otras palabras, no puede deducirse a priori lo que ocurre en la sociedad, no pueden entenderse sus lógicas ni sus mecanismos, ni sus últimas determinantes, si no se realiza la investigación más rigurosa y constante de la realidad, sujetándose a su materialidad empírica, y no a un hecho o proceso, sino al conjunto de los hechos y los procesos sociales.

El marxismo deviene así una teoría que convoca al estudio y a la investigación permanentes. No en balde lo definía Lenin como una guía para la acción y un método para el estudio. Y el propio Marx, al percatarse de la charlatanería y el dogmatismo de aquellos jóvenes que creían ser algo muy poderoso siguiendo su doctrina –pero sin tener en cuenta o estudiar la historia concreta– llegó a decir “todo lo que sé es que yo no soy marxista”.

Ahora bien, ser marxista tampoco asegura que la realidad sea descubierta en sus últimos determinantes y es posible cometer errores de interpretación. La rigurosidad tampoco es un patrimonio de los marxistas, de modo que hay investigadores no-marxistas que han realizado descubrimientos y aportes fundamentales a la comprensión de las sociedades del pasado o las del presente.

Los primeros partidos marxistas de América Latina (el pionero fue el Partido Socialista de Argentina, fundado en 1895 por Juan B. Justo, quien tradujo El Capital; en Ecuador el Partido Socialista surgió en 1926 y el Comunista en 1931), y los intelectuales marxistas de inicios del siglo XX movilizaron la teoría e interpretaron las realidades de su tiempo, procurando comprenderlas para trazar las líneas revolucionarias. Sin embargo, a raíz de la Revolución Rusa (1917), la III Internacional Comunista (Komintern, 1919) y luego la era de Stalin (1924-1953), los partidos comunistas latinoamericanos siguieron las directrices oficiales de la URSS, lo cual dogmatizó al marxismo.

Aún así, pensadores como el peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) realizaron aportes renovadores al marxismo, como la atención al mundo andino indígena que Marx no conocía. De aquella época al presente, los estudios marxistas avanzaron en todos los países latinoamericanos. En la década de 1970, y hasta mediados de los 80, tales estudios despegaron como nunca antes, a tal punto que los ejes intelectuales de la ciencia social de la región pasaban por la afinidad u oposición a la teoría marxista.

El contraste llegó con el derrumbe mundial del socialismo, que provocó una verdadera debacle del marxismo y de los partidos marxistas a partir de 1990. Sin embargo, fue el ciclo de los gobiernos progresistas, democráticos y de nueva izquierda el que propició su renacimiento.

Paradójicamente sectores del izquierdismo partidista tradicional y del marxismo, que encontraron un espacio de expresión que no tuvieron en las décadas finales del siglo XX, pasaron a ser fuerzas de oposición a esos gobiernos, a tal punto que en Ecuador surgió un marxismo pro-bancario inédito en la historia latinoamericana, al apoyar, en 2017, la candidatura presidencial de un multimillonario ex banquero, con el exclusivo argumento de que era necesario derrotar al “correísmo”, considerado como “enemigo fundamental”.

Más allá de estos episodios de coyuntura, la convalidación del marxismo abre en América Latina un nuevo momento para el desarrollo creador de la doctrina de Marx, que tiene la posibilidad de hacer énfasis en la investigación, la discusión teórica y el análisis académico. Las nuevas realidades que vive la región requieren de otras visiones marxistas, que no pudieron desarrollar sus adeptos tradicionales y que ya están lejos de los partidos clásicos que quedaron como reliquias de un pasado que necesariamente debió ser superado.


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