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El sistema socialista supone una ventaja para China en la guerra comercial con EE.UU.

julio 18, 2018

China confía en su capacidad para lidiar con la guerra comercial iniciada por Estados Unidos hace 10 días y sostiene que su reacción es la opción inevitable para salvaguardar los derechos al desarrollo sostenible del país y del pueblo y para mantener el mecanismo comercial multilateral global, según un comentario publicado en el Diario del Pueblo, el periódico oficial del Partido Comunista de China (PCCh).

El país asiático cuenta con una fuerte ventaja institucional en la organización y la movilización, según afirmó el secretario general del Comité Central del PCCh, Xi Jinping: "Nuestra mayor ventaja es que nuestro sistema socialista puede concentrar toda la potencia del país ante los eventos importantes".

Basándose en esa ventaja, una vez tomadas las principales decisiones, China tiene la capacidad de movilizar rápidamente recursos de todos los ámbitos no solo para hacer frente a la actual guerra comercial, sino también prepararse para los posibles cambios en el panorama macroeconómico global, subrayó el comentarista en la edición del pasado lunes del rotativo.

"Tenemos plena confianza en que ganaremos la batalla de evitar los principales riesgos y afrontar los posibles riegos externos, y el siguiente paso se dará de manera ordenada de acuerdo con el plan establecido", indica un comunicado del Comité de Estabilidad y Desarrollo Financieros del Consejo de Estado, el gabinete chino, difundido el 2 de julio.

Además, China tiene capacidad para ajustar sus políticas concretas ante el cambiante entorno, sobre la base de mantener la estabilidad del plan general.

Hasta el momento, la guerra comercial ha dado a China el beneficio de motivar efectivamente a toda la sociedad del país para que se esfuerce para intensificar la innovación de las tecnologías clave y luego aprovecharlas, destaca el periódico, que agrega que el país no solo puede responder de manera eficaz al presente desafío, sino que también dirige su mirada hacia el futuro.



La mentalidad de suma cero es una amenaza para el mundo

julio 16, 2018

Editorial de Diario del Pueblo 


La mentalidad de suma cero mostrada por Estados Unidos está en contra de las reglas comerciales. No sólo obstaculiza la cooperación económica y comercial entre China y Estados Unidos, sino que también aporta una gran incertidumbre a la economía mundial.
“El objetivo de Estados Unidos de reducir los déficits comerciales mediante medidas arancelarias fracasará en ese sentido”, “al margen de las normas de la OMC, las medidas arancelarias de los Estados Unidos dañarán el sistema de comercio internacional basado en reglas”, la guerra comercial iniciada por Washington ha sido ampliamente criticada por medios internacionales debido a sus consecuencias negativas.

La base para la cooperación económica y comercial es la complementariedad, no una mentalidad de suma cero. La cooperación económica y comercial entre China y Estados Unidos es un ejemplo vívido de la teoría de que la producción, los servicios y los mercados abiertos impulsan el crecimiento económico y fomentan la prosperidad de los países.

Como el país en desarrollo y el país desarrollado más grandes del mundo, China y Estados Unidos son países diferentes en términos de estructura económica y recursos. Estas diferencias crearon una relación altamente complementaria que se convirtió en un fuerte motor de cooperación.

Se ha construido una comunidad de intereses compartidos con una profunda integración e independencia, combinando las fortalezas estadounidenses en la creación de alto valor agregado e investigación con las ventajas chinas de producción y ensamblaje competitivos.

La realidad demuestra que la cooperación ha logrado resultados provechosos para ambas partes, mientras que la confrontación solamente induce a la fórmula perder-perder.

En 2017, el volumen comercial China-Estados Unidos alcanzó los 583,7 mil millones de dólares, lo que significa 233 veces la cifra de 1979 cuando los dos países establecieron relaciones diplomáticas. Un informe publicado por el Consejo de Negocios de Estados Unidos demostró que las exportaciones estadounidenses a China han apoyado, como mínimo, el establecimiento de un millón de empleos estadounidenses.

La experiencia del comercio internacional ha demostrado que el proteccionismo unilateral es un juego que ni ayuda a resolver los problemas estructurales del que inicia la contienda ni beneficia a los consumidores globales.

Las duras medidas arancelarias contra los productos chinos sólo redundará en que un mayor número de empresas estadounidenses pierdan el mercado chino y las oportunidades que surgirán en las nuevas rondas de reformas y apertura.

La cooperación económica y comercial no impulsa el desarrollo desequilibrado sino la prosperidad común. La cooperación China-EE.UU. es una parte importante de la globalización económica. En 2017, el volumen de comercio de productos básicos y servicios de China y Estados Unidos representó el 10,4 por ciento y el 11,4 por ciento del total mundial, respectivamente.

Actualmente, la estabilidad de la inversión y el comercio es esencial para la recuperación económica mundial. El proteccionismo comercial de Estados Unidos está destinado a perturbar el orden comercial internacional y obstaculizar la globalización económica.

La tendencia de la globalización implica que los intereses de los países estén interrelacionados y por lo tanto, la construcción de una comunidad de destino compartido es muy necesaria en el mundo de hoy.

Como la economía del país desarrollado más grande del mundo, los Estados Unidos debe sintonizar con la época actual y adoptar una actitud bilateral provechosa. Es anticuada la mentalidad que se oponga a la tendencia de los tiempos que corren. Los países se mueven en espiral hacia el futuro, por lo tanto, solamente un concepto de relación comercial que sea provechoso para ambas partes podrá garantizar el desarrollo sostenible de todas las economías.

Todos los seres vivos pueden saciar sus necesidades sin tener que herirse los unos a otros y todos los caminos se pueden recorrer en paralelo sin necesidad de lamentables interferencias. La mentalidad de suma cero, que ubica los intereses de Estados Unidos por encima de los intereses de todas las demás naciones, es un pensamiento retrógrada que urge declinar.

El planeta es lo suficientemente amplio para que todos los países se desarrollen y prosperen. Estados Unidos tiene que suprimir su actual mentalidad de suma cero y podrá construir un mejor sistema comercial con los demás países, proporcionar un mayor bienestar a las personas y crear más dividendos en los procesos de desarrollo.


‘La vida moderna’: tramoyistas de Google, ‘Commedia’ y cierre del ciclo abierto por el 15M

julio 08, 2018

EKAITZ CANCELA 


El régimen social queda expuesto en el espacio mismo en donde sus comediantes lo representan. Estas figuras —muchas veces disfrazadas, como por ejemplo de “Elvis canario”— se encuentran en una fase inmediatamente posterior a la de aquellos indignados que fueron trágicamente heridos unos cuantos años atrás, o al menos su capacidad para siquiera cuestionar el modo de producción capitalista, durante el ‘mayo español’.

Basta contemplar el timeline nacional desde entonces para comprobar que buena parte de las energías antisistémicas se han apagado o, efectivamente, la creatividad que debiera ser movilizada para espolearlas está siendo activada mediante canales de comunicación electrónicos, cuyos servicios de intermediación son ofrecidos por unos cuantos imperios de los datos; aquellos que, a su vez, han iniciado la renovación del anticuado ‘capitalismo a la española’, pauperizando aún más las condiciones materiales de aquella juventud sin futuro, expropiada ahora de su presente.

Antes de poner las cartas sobre la mesa, y disculpándose uno de antemano por caer en aquello que algunos han denominado vulgarmente como “la turra”, cabría señalar las palabras que César Rendueles recogiera en Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital: “(…) el capitalismo es imparodiable. Nada puede sorprender a un mundo que organiza el trabajo, el uso del dinero o la producción de alimentos a través de una especie de competición deportiva generalizada y obligatoria a la que llamamos mercado”. Yendo un poco más allá, esta afirmación recuerda a otra expresada por Walter Benjamin en la octava de sus tesis Sobre el concepto de la historia: “El asombro porque las cosas que vivimos sean ‘todavía’ posibles en el siglo veinte no es ningún [asombro] filosófico. No está al inicio de un conocimiento, como no fuese de que la representación de la historia de la cual proviene ya no puede sostenerse”.

Ciertamente, en el punto de fuga entre ambas afirmaciones se muestra la realidad existente en este presente momento histórico, y es fácilmente perceptible en aquello que se ha dado en llamar de manera kafkiana como La vida moderna, un ‘fenómeno cultural de masas’ donde transluce la manera en que la clase dominante hace efectiva su hegemonía; vale decir un telón, de apariencia cómica, desplegado gracias a las tecnologías de la información, como lo es YouTube, y sostenido por una serie de humoristas cuyo único cometido es mantener conectada a una generación durante prácticamente una hora al día a la plataforma de una empresa estadounidense.

O en otras palabras: atarles a una corporación privada para que esta extraiga valor (datos) de ellos al tiempo que los mantiene entretenidos durante el tiempo en que se produce esta desposesión. Ha nacido un nueva inventiva para penetrar en los individuos y que estos tomen parte activa en esta suerte de capitalismo digital ampliamente financiarizado, en lugar de pensar en transformarlo. Si acaso, además, estamos ante un buen ejemplo para ilustrar el componente creativo de la destrucción creativa schumpeteriana del sistema que está teniendo lugar.

Digamos que si “con la modernidad el mercado se convirtió por primera vez en una institución que impregna la totalidad de la realidad social”, como expresaba Rendueles, ello comienza a venirse abajo en este siglo XXI, cuando una empresa se eleva sobre este para administrar la producción y el consumo de conocimiento. La libre competencia en este ámbito desaparece cuando programas como La vida moderna deben asumir las reglas de una plataforma en propiedad de Google, en este caso YouTube, para alcanzar cotas tan elevadas de popularidad en una generación que debiera estar demandando que la política adquiera el primado sobre el marketing. Al igual que ocurre con Operación Triunfo u otros tantos productos cuyo público son los estratos más jóvenes, si este programa ha logrado que la gente los conozca, no ha sido gracias al poder de difusión que tiene una radio —pues hoy por hoy esta ofrece únicamente el estudio, lo que queda de su marca y el sueldo, imposible a su vez sin entender el accionariado de Prisa— sino gracias a Google.

Ciertamente, “un día mas en la puta SER”, como acostumbra a señalar este trío al inicio de su show, solo es una frase que esconde la pauperización de una radio que necesita de viagra digital para llegar a a las audiencias jóvenes mientras obliga a los mejores periodistas políticos de la casa, y de toda una generación, a buscarse la vida en programas del corazón para sostenerse económicamente. Al parecer, en este monopolizado mercado, el valor de intercambio de quienes difunden conocimiento por sus ondas radiofónicas para comprender la actualidad política no puede competir con quienes llevan una “mochillo” a una radio con el fin de que su espectáculo se viralice en YouTube, Facebook o cualquier otra red de comunicación privada. En palabras más claras: las voces de estos cómicos únicamente alimentan los mecanismos de formación de plusvalía de Silicon Valley.

Y todo ello ocurre mientras los humoristas sustituyen el libro de estilo de periodismo oral de esta radio, llamado En Antena, por el libro de estilo económico-político que dicta el capital tecnológico, aquel donde casi cualquier ofensa es válida siempre y cuando nadie se desconecte de Google. Llegados a este punto, tal vez debiéramos hablar de “El fin de la puta ser” del mismo modo en que el tal Ignatius Farray habla de “El fin de la comedia”, como contenido producido únicamente para adaptarse a las reglas de una corporación que domina buena parte de la vida social de los jóvenes, pues es ésta quien ha logrado conectar con ellos, introduciendo al mismo tiempo las lógicas mercantiles en la subjetividad de estos de una manera nunca vista. ¡Y todo gracias a La vida moderna!

Volviendo a lo afirmado por Benjamin, efectivamente, la historia no se sostiene y ha llegado a su fin. Sobre lo que realmente significa este mundo emergente donde todo es privado simplemente hemos de colocar las bromas que Farray destinaba a una figura como Felipe González en su correspondiente contexto histórico. Es este socialista, quien abandonara los postulados marxistas de su partido para inmediatamente abrir la puertas a la oleada de privatizaciones sobre buena parte de las principales industrias nacionales, quien está siendo parodiado algunos años después en una infraestructura, la de Google, que se alza sobre todas ellas. Un par de ejemplos bastan de momento: BBVA y Google han firmado una alianza en soluciones de pago digitales en todo el mundo y Repsol anunció recientemente otro acuerdo alianza con esta compañía para mejorar la eficiencia de las refinerías de petróleo.

Esto no significa que hayamos entrado en una fase posindustrial, ni de poshumor, sino que una corporación está conquistando la base sobre la que nuestra vida se despliega, determinando las relaciones de producción en esta nueva economía del conocimiento. Por eso, tampoco hablamos de una vida moderna, sino de una vida atada a la infraestructura digital de quien extrae datos sobre nuestras experiencias para fines comerciales, acabando también con todos los rastros de la cultura burguesa, de la cual la radio siempre fue un instrumento de referencia. Más que hombres —pues reproducen los mismos estereotipos patriarcales de ataño— de radio, son mediadores en un modo de producción donde la repetición constante de bromas o chistes elimina todo proceso de reflexión sobre el canal de comunicación al que nos encontramos conectados, cuya propiedad y los beneficios derivados de su explotación se concentran en las manos privadas de Silicon Valley.

Los espectadores, decenas de miles, se insertan dentro de estas nuevas relaciones sociales y, evidentemente, no adquieren ningún elemento para orientarse en el mundo moderno, como parecen creer, sino todo lo contrario: quedan despojados de cualquier noción económica o política. Los narradores no tienen ninguna otra vocación que mantener conectados a los usuarios a Google, para que le entreguen a este sus datos y liberen a través de sus canales toda la creatividad que en otro tiempo hubiera sido empleada para adquirir conciencia de la situación del individuo en el mundo y tratar de alterarlo. Probablemente, este programa sea el artefacto humorístico más perfeccionado que haya florecido nunca para legitimar el sometimiento a estas relaciones de propiedad.

Detengámonos durante un momento en ese lenguaje desprovisto de categorías políticas que utilizan estos cómicos de profesión, aunque activistas del mito tecnológico como único trabajo en la práctica. Si se trata, como decimos, de una jerga cuya única labor performativa es despolitizar a una generación, entonces debemos exponer algunos ejemplos. El uso de “looser” —por mucho que durante el tiempo que dura la broma se le atribuya a figuras de éxito notable como Cristiano Ronaldo o a enemigos comunes de quienes acostumbran a emplear la izquierda como marca, a saber, Albert Rivera— encuentra su opuesto en que el cometido social real de esta palabra es justificar que la crisis haya eliminado buena parte de las perspectivas no de futuro, sino de presente, en esa generación enganchada al consumo de productos audiovisuales en YouTube.

Ocurre que este mismo lenguaje es el que después pasa a formar parte de las conversaciones ordinarias de los jóvenes, introduciendo en su imaginario colectivo la idea de que realmente la generación a la que pertenecen debe pagar las consecuencias de la crisis de manera eterna y que, además, su única alternativa sea tomárselo con un poco humor.

Así acaban siendo todos “loosers”, “jóvenes confusos” —en lugar de jóvenes despojados de conciencia de clase— o en el mejor de los casos millennials, una criminalización de la clase obrera similar a la descrita por Owen Jones en Chavs solo que ahora se trata de una clase oprimida y condenada eternamente a condiciones materiales del digitalizado modo de producción capitalista.

A menos, claro, que sus espectadores se encuentren la escala más alta de la jerarquía social, aquella en la que, por otro lado, se encuentra el tal Héctor de Miguel (Quequé), quien protagonizara una intervención ante la cámara tan grandilocuente como memorable cuando señaló su preferencia por abolir el trabajo. En realidad, únicamente estaba ofreciendo todo el plusvalor que generaba su trabajo humorístico a Google. ¿O es que alguien accede a La vida moderna mediante Firefox, el motor de búsqueda que emula a un “zooorro”?

Ciertamente, este programa conecta con su audiencia a través de las tecnologías de información de Google al tiempo que la desconecta de sus preocupaciones materiales y elimina la que debiera ser una pulsión para encontrar formas de conectarse en términos culturales para subvertirlas. Estamos ante una parodia que se ha insertado completamente, y de manera silenciosa, dentro de los circuitos de producción del capitalismo. Como evidencia la descripción en YouTube del capítulo 89 de la temporada cuatro de este programa: “Por lo visto en Facebook si escribes ‘s_u_d_a_c_a’ te amonestan. Me han restringido el acceso porque Zuckerberg es un Flanders. Tengo que publicar las cosas del programa a través de otro perfil. Lo pongo así aquí, no vaya a ser que también se molesten en Google”. ¿Cómo integrar toda conciencia crítica, hasta la parodia, dentro los márgenes de este renovado sistema? La respuesta es monopolizando, gracias al servicio prestado por Silicon Valley, las infraestructuras a través de las que llegan a sus fans. Nunca la hegemonía cultural se desplegó de manera tan efectiva.


Pese a todo, el tal Ignatius osaba afirmar que “la comedia es la mejor arma para inventar la realidad y la verdad”. Y añadía, en declaraciones a los presentadores de No te metas en política, Facu Díaz y Miguel Maldonado, segunda generación de comediantes privados, comunistas de bulevar que atrapan audiencias para usufructo de cualquier empresa capitalista, ya sea esta Google, Movistar Zero o Atresmedia: “Cuanto más distorsionada está la realidad, más prologada debe ser la m de Commedia”. En realidad, frases como esta nublan la percepción sobre el mundo real existente. Por eso, cabría preguntarse si esta comedia tiene algún efecto más allá de banalizar la realidad o incluso de deformarla aún más.

Dos ejemplos son interesante para referirnos a ello: “Gora moderdonia askatuta?” y “Padre, lo de Wikileaks”. De un lado, aquello que se parodia es una lucha hace años superada por la fuerza del Estado. En este preciso instante, cuando la tradición vasca está siendo galvanizada por el capital global, por ejemplo, en Bilbao, este humor, sin ningún componente subversivo, no trata de reproducir una lucha contemporánea como pudiera ser la de “Ez da turismofobia, klase borroka da” (no es turismofobia, es lucha de clases), sino que prefieren cooptar las derrotas pasadas para insertarlas dentro del universo simbólico de lo cómico, transfigurando su naturaleza para que no se revele a la luz el escenario de lucha de clases vigente. Únicamente apoyan que las lógicas mercantiles se introduzcan en los sujetos, desarraigando sus experiencias y debilitando la posible transmisión de este conocimiento histórico revolucionario que haga posible una verdadera época de revolución social.

Claro que Silicon Valley no es un producto de la suerte. Precisamente, Julian Assange explicó en When Google met WikiLeaks cómo la inversión en inteligencia de la CIA financió las primeras pruebas del motor de búsqueda de Google, empresa que después desarrolló YouTube. Lejos de hacer visible cuestiones como estas, que colocan a las tecnologías de la información de la que se sirve este programa en la órbita del desarrollo histórico del capitalismo, prefieren crearse situaciones paródicas donde se desestima cualquier explicación sobre la utilidad de estas tecnologías, y mucho menos aquellas que pongan en tela de juicio su propiedad.

En suma, pareciera como si la juventud necesitara de la producción constante de nuevas palabras que consumir y de esta manera seguir conectada a las redes de Google. Y, además, no aburrirse, convirtiendo así el tiempo en algo extremadamente productivo para la empresa que tiene la propiedad de la infraestructura, y también quien la explota. En ello, desde luego, tienen buena parte de responsabilidad aquellos que dieron un giro lingüístico a la teoría sobre la hegemonía de Gramsci, como le recriminaba Perry Anderson a Podemos en La palabra H: Peripecias de la hegemonía: “Aquí el resultado ha sido separar completamente ideas y exigencias de amarres socio-económicos que, en principio pueden ser apropiadas por cualquier agencia para cualquier construcción política”.

Siguiendo esta dirección, no es casualidad que buena parte de las audiencias de este programa hayan dejado de estar representadas políticamente en lo que queda del cada vez más desmantelado, corrupto y pervertido sistema político del Estado español. Una vez entendido este contexto, y lejos de que las “fuerzas progresistas” hayan tratado de insertarlas en estructuras económicas socialistas, transformándolas de esta forma para ofrecer alternativas reales a la pauperización que viven, tampoco parece tan complicado comprender el éxito de un Estado ficticio, como Moderdonia. Como vimos en otro lugar, los productos de consumo han conectado con las clases populares de manera más eficiente que los movimientos de izquierda para eliminar sus pulsiones radicales.

Estas son cuestiones, añadamos, sobre las que pudiera haber reflexionado Juan Carlos Monedero en Los nuevos disfraces del Leviatán: el Estado en la era de la hegemonía neoliberal en lugar de dejarse “chupar pezones” por Ignatius Farray y seguir su estela haciendo su propio show o “late crítico” (¡si la Escuela de Frankfurt levantara la cabeza!), llamado En la frontera, esta vez mediado por Público en lugar de La Ser, aunque igualmente necesitado de canales de comunicación privados para difundirse. Ya se lo avisó Evgeny Morozov no hace mucho en su propio programa: “La izquierda de hoy tiene que reconocer que el capitalismo es muy diferente al de los 80”.

Llegados a este punto, ilustra correctamente Daniel Bernabé en La trampa de la diversidad: cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, lo políticamente incorrecto se ha convertido en algo rebelde. “Al hacer poshumor (…), Farray parece que utiliza la incorrección, cuando solo asume un papel conservador, aunque por otra parte explicita el hastío y el cansancio que existe, incluso entre los progresistas, por la sobrerepresentación de la diversidad”. Este fenómeno lo vemos de forma repetida con Ignatius Farray, o con su acérrimo seguidor, Juan Soto Ivars: dos caras de la misma moneda conservadora. Claro que en lugar de encontrarnos ante ese “mercado de la diversidad” del que habla Bernabé constantemente en su ensayo, y esto quizá sirva para exponer sucintamente algunas limitaciones de su análisis, estamos efectivamente ante una competencia descarnada pero dentro de la infraestructura de Google, empresa que administra mediante sus algoritmos la diversidad cultural. Ciertamente, las normas computacionales diseñadas por los ingenieros de Google ordenan el mercado mejor que las leyes de la oferta y la demanda.

Esta suerte de conversión de una corporación en una institución social misma, sumada a la crisis de las políticas de representación, ha posibilitado que Farray adquiriera un protagonismo como irreverente referente de toda una generación, hasta el punto de especular en su programa con la posibilidad de presentarse a las elecciones europeas. Ciertamente, nada tiene de original esta broma cuando el Parlamento Europeo lo componen personajes como Marine Le Pen o Nigel Farage. Y, al igual que Ivars, este cómico únicamente refuerza una visión que convierte la lucha por las libertades en algo mucho menos holístico e integral, como ser libres para transgredir las normas políticas siempre y cuando, claro, esto se haga dentro de los límites culturales establecidos por Google.

Estamos así ante una legitimación casi invisible del renovado sistema capitalista; igualmente a como ocurría con el barroco, que las obras transmitían la imagen del poder donde este ya no se encontraba, sucede en este programa, con la salvedad de que la misma base sobre la que se despliega su humor es ahora de propiedad privada. Qué lejos queda aquella afirmación de Gracián: “En España siempre hubo libertad de ingenio”.

En esta situación, como señalaba el teórico de referencia de la post-modernidad Frederic Jameson, deja de existir la vocación de la parodia: “Esa nueva y extraña cosa, el pastiche, viene a ocupar su lugar. El pastiche, como la parodia, es la imitación de una máscara peculiar, un discurso en una lengua muerta: pero es una práctica neutral de tal imitación, carente de los motivos ulteriores de la parodia, amputada de su impulso satírico, despojada de risas y de la convicción de que junto a la lengua anormal, de la que se ha echado mano momentáneamente, aún existe una saludable normalidad lingüística”.

Claro que incluso el pastiche deja de ser una categoría artística válida para entender el presente cuando la careta proyectada por estos humoristas únicamente sirve para maquillar la descarnada entrada del capital tecnológico en cada vez más áreas de nuestra vida. Ya lo expresó un tal C. Tangana, citando a Andy Warhol en una entrevista con casi un millón y medio de visualizaciones en YouTube: “El arte de los negocios es el paso que sigue al arte”.

Ocurre, como reconocía, que incluso el artista que quiera hacer negocios debe invertir su propio capital en producir aún más contenido para ser distribuido a su vez en las infraestructuras de Google. En lugar de denunciar en una rueda de prensa que nadie distingue su estilo, debieran entender que su incapacidad para distinguirse de otros productos de consumo deriva de una crisis de sobreproducción de contenido musical.

Estos son algunos motivos que muestran por qué ninguno de los cambios en la cultura son indisociables de dinámicas económicas y políticas más profundas, a lo sumo, su expresión. Y, en efecto, esta pauperización cultural solo es posible en una plataforma que convierte todo género en una melodía que suena con el único motivo de mantener conectados a los más jóvenes para desposeerles en una economía digital que ya está aquí. Ahí donde la socialdemocracia no termina de caer, y con ella su optimismo de futuro, emergen esas voces de ultratumba y su ‘commedia’ para alimentar el mito del progreso tecnológico ofreciéndonos una versión secularizada de la salvación.

Veámoslo en ese tal David Broncano, ídolo moderno a sueldo de Telefónica, que pone el capital para su programa La Resistencia y es también accionista de Prisa, editora de “La puta Ser”, donde dirige La Vida Moderna. Ambos difundidos a través de YouTube. Puede que El Hormiguero le definiera bajo el nombre de “el curioso caso del millennial capaz de llegar a fin de mes” porque denominarle como “quien ha acumulado más o menos medio millón de euros entreteniendo a los millennials para servir a Google” era demasiado largo.

Ahora bien, tal vez debiéramos hablar ya de la figura del humorista privado, aquel que arma una comedia cada vez que sale al escenario para camuflar cómo unas pocas empresas han conquistado la tierra toda sobre la que se despliega nuestro conocimiento.

Fijándonos en la historia reciente, si Bertín Osborne se hizo un héroe español, gracias en buena parte a la televisión pública, Broncano ha heredado su mito —convirtiéndose en una suerte de galán para sus contemporáneos— gracias a una plataforma privada.

Este último personaje mantiene a la audiencia conectada para que, efectivamente, la empresa de telecomunicación que le financia siga desplegando su hegemonía cultural al tiempo que él se posiciona como aquel encargado de administrar nuestro entretenimiento convirtiéndose en el ventrílocuo jefe del capital privado. A ello le llaman La Resistencia. Digamos en su lugar que la resistencia es el instante previo a que la mercancía cultural se inserte definitivamente en un modo de producción completamente distinto, cada vez más mediado por aquellas compañías que controlan nuestros datos.

Tengamos en cuenta una nota de prensa reciente: “Telefónica comercializará el servicio G Suite de Google que permite aumentar la competitividad de las grandes empresas”. Ambas compañías ofrecen una solución que “integra en la nube todo lo necesario para crear un puesto de trabajo adaptado a las necesidades del empleado digital, flexibilidad y movilidad”. En efecto, no es la vida moderna, sino una expresión cultural de la estructura económica misma. Despojados de la propiedad del medio de producción, incluso nuestra fuerza de trabajo requiere de la potencia imprimida por las tecnologías de la información de Google, del mismo modo en que estos programas dependen de que esta empresa les ceda derechos de manera gratuita para explotar su propiedad, llegar a una audiencia mayor y convertirse en un producto masivo de consumo gracias a los instrumentos de producción que esta empresa les facilita.

Reflejemos otro párrafo presente en la nota de Telefónica para terminar de redondear este argumento: “Las ventajas de los servicios de productividad como Google G Suite, alojados en la nube, son evidentes en un momento en el que el cliente demanda inmediatez por parte de las empresas y los límites del puesto de trabajo están cada vez más difuminados. Poder trabajar desde la nube supone mayor agilidad, dado que la información está accesible desde cualquier lugar, pero también mayor facilidad de trabajo para el empleado, que podrá realizar su actividad desde donde necesite en cada momento”.

La división entre trabajo y ocio converge en trabajo productivo para beneficio de una todopoderosa empresa a nivel mundial, en coexistencia pacífica con una de las pocas empresas del IBEX 35 que ha sabido adaptarse a la transformación digital, esto es, al modo de producción del capitalismo digital.

Ha llegado el momento de escapar de las ataduras culturales impuestas por este sistema: no es una vida moderna, sino una vida donde la sociedad es civilizada por el consumo y la producción, un suceso que ocurre cuando ambos se encuentran mediados de manera inteligente por aquellas empresas que tienen la propiedad de los datos.

Y este programa es solo su expresión, la cual nos ofrece una imagen que hemos de captar para anunciar que las condiciones están listas para transformar la sociedad española. Si aquellos que llenaron Vodafone Sol fueron pioneros en movilizarse dentro de los circuitos de producción del renovado sistema capitalista, La vida moderna (antes financiada gracias a la programación de Vodafone YU) nos dice que el ciclo que entonces se abrió ha quedado cerrado definitivamente, como nos indica también el reciente reagrupamiento mediático y político en torno al bipartidismo. Esto nos lo muestra que todos esos chistes ligeramente críticos con la izquierda tengan lugar mientras nuestros datos fluyen de manera libre hacia los centros privados de las empresas de Silicon Valley.

Bruce Ackerman, en quien se fijó Iñigo Errejón para describir la nueva fase de su partido, hablaba en We The People: Fundamentos de la Historia Constitucional Estadounidense de épocas calientes y épocas frías del sentimiento político. No nos dejemos guiar por quienes han demostrado que sus teorías están lejos de desembocar en un horizonte emancipador, esos que han firmado la unión definitiva entre política y mercancía.

Si en unas cuantas décadas esta generación quiere recordar el 15M como una época fría, previa a la transformación de las condiciones materiales —no en una nueva dirección capitalista, como está ocurriendo, sino de manera que lo haga arder—, debe atacar directamente la propiedad de los datos, convertidos en un nuevo medio de producción, en lugar de verse intoxicada por los productos culturales que han creado las empresas que los controlan. Y, de esta forma, servir como ejemplo para que el fantasma se extienda hacia el resto de Europa.



El fútbol como negocio y ‘cortina de humo’

julio 02, 2018

MARCELO COLUSSI 


“El espíritu amateur que se pusiera en marcha con la reedición moderna de los Juegos Olímpicos de la mano del Barón Pierre de Coubertin en 1896 en Atenas, ya no existe. El deporte, por cierto, no nació como actividad profesional; distintas sociedades, a su modo, lo han cultivado a través de la historia, siempre como culto a la destreza corporal.

“La profesionalización y su transformación en gran negocio a escala planetaria es algo que solo el capitalismo moderno pudo generar”
, declaró hace unos años un funcionario del Comité Olímpico Internacional. Por supuesto, le costó la expulsión.

Hablar hoy de “amateurismo” en el deporte puede ser motivo de risa o escarnio, por no decir una causa para ir directo al manicomio (una forma elegante de sacar de circulación a quien no encaje en los patrones normales, quizá algo menos violento que la cárcel). Es más: muchos jóvenes ni siquiera escucharon alguna vez, en toda vida, el término “deporte amateur”.

A una pregunta sobre el amateurismo y el deporte profesionalizado, seguramente la gran mayoría de la población mundial estaría de acuerdo con mantener la situación actual: agrada “consumir” deportes, aquellos practicados por atletas altamente preparados. O más aún: consumir espectáculos audiovisuales donde el deporte sea la estrella principal –en muy buena medida vía televisión u otros medios similares– azuzando nacionalismos.

La práctica deportiva, en tanto desarrollo sistemático de habilidades y destreza física, en tanto recreación sana, ocupa indudablemente un lugar importante entre los seres humanos, si bien secundario si se la compara con el peso específico que ha ido adquiriendo su profesionalización. El deporte, desde hace varias décadas –y cada vez más– ha devenido, en primer lugar un gran negocio, y un instrumento de control político.

En un mundo, donde absolutamente todo es mercancía negociable, no tiene nada de especial que el deporte, como cualquier otro campo de actividad, constituya un producto comercial más, generador de ganancias para quienes lo promueven. Tampoco estamos sosteniendo que ello, en sí mismo, sea reprochable en la lógica de mercado imperante. Simplemente reafirma el esquema universal que sostiene el mundo moderno capitalista, donde todo está en función del intercambio mercantil: recreación y salud, alimentos y vida espiritual, educación, pornografía, guerra, etc.

En este contexto, del que ya nada ni nadie puede escapar hoy, la práctica deportiva ha llegado a perder, en buena medida, su carácter de esparcimiento o pasatiempo. Esto trajo como consecuencia su ultra-profesionalización, con la aplicación de las más modernas tecnologías en sus respectivas esferas de acción, lo cual ha mejorado su alto nivel técnico y sigue haciéndolo a un ritmo vertiginoso. Cada día se rompen récords, se logran resultados cada vez más sorprendentes; se superan límites insospechados hasta ayer.

El fútbol es hoy el espectáculo deportivo más consumido, en un incremento constante (programas especializados, ropa afín, escuelas de fútbol para niños, sistemas de pronósticos de resultados multimillonarios, contratos por sumas impensables, etc.). Su presencia omnímoda, de monumental magnitud, en los medios de comunicación, en la cotidianeidad mundial, abre algunas interrogantes.

Su promoción no está acompañada por una genuina política de desarrollo deportivo. En todo caso, el sacrosanto dios-mercado debería regular sus movimientos, sus acomodaciones. Alguna superestrella podrá fichar por sumas astronómicas (de ahí que muchos padres vean en las escuelas de fútbol un pasaporte para una posible “salvación” económica, según los talentos de sus hijos). Pero las grandes mayorías están condenadas a ser receptores pasivos del gran espectáculo montado: opinando, repitiendo frases hechas; envidiando, quizás, la suerte de algún astro.

El fútbol, como todos los deportes –quizá más que todos– dejó hace mucho tiempo de ser un pasatiempo dominguero. Pretender desandar ese camino hoy, en un mundo globalizado –donde todo, absolutamente todo, siguiendo la lógica capitalista, se mide en términos de beneficio económico– es imposible. Pero al menos se puede intentar no perder de vista el fenómeno, en su magnitud global: el fútbol (este circo romano moderno), además de negocio fabuloso es una cortina de humo, un mecanismo de control social de una dimensión increíble.

Sería ingenuo pensar que el Campeonato Mundial, esa parafernalia mediática que cada cuatro años crea un escenario ilusorio de 30 días (hay propuestas, incluso, de realizarlo cada dos años) sirve a las clases dominantes para hacer o dejar de hacer sus planes geoestratégicos de dominación a largo plazo. No necesitan de eso para invadir países, fijar a su conveniencia los precios de la vida o desviar la atención sobre la catástrofe medioambiental en curso, debida al mismo modelo insostenible de desarrollo, sólo por citar algunos ejemplos.

Si hay “lavado de cerebro” por parte de las clases dominantes, ello no ocurre porque durante un mes se inunden las pantallas de televisión con partidos de fútbol y media humanidad hable sólo de los astros de moda, de cuánto ganan en cada fichaje o del nuevo modelo de ropa deportiva.

El proyecto es más insidioso: se trata de controlar en el día a día, abrumando con juegos y más juegos, campeonatos y ligas… ¿Cuántas horas diarias de fútbol consume por televisión un habitante promedio? ¿Mejora eso de algún modo su relación con el deporte? ¿Por qué ese crecimiento exponencial del fútbol profesional –amateur ya no existe, es casi una pieza de museo– en todo el mundo?

No hay dudas de que, al igual que todo gran evento de grandes proporciones, los mundiales puedan funcionar puntualmente como una distracción masiva, tal como también pueden serlo una boda de la realeza o la muerte de alguna estrella de la música pop, por ejemplo. No otra cosa fue el que organizó la dictadura militar argentina en 1978, con el que intentó lavar la cara de su sangrienta guerra sucia, o el de la Italia fascista de 1934, en que se buscaba a toda costa disciplinar y mantener ocupada a una clase obrera demasiado “rebelde” para la lógica capitalista.

De todos modos quedarse con la estrecha idea de que estos campeonatos son una cortina de humo de gobiernos dictatoriales, es ver sólo un lado del asunto. En todo caso, los Mundiales evidencian, de un modo especial, el papel que el fútbol profesional ha pasado a desempeñar en la moderna cotidianeidad.

Desde mediados del siglo pasado y sin detenerse –con un incremento creciente–, el negocio del fútbol sirve como “opio de los pueblos”. No es una decisión de quienes estamos condenados a consumirlo en forma pasiva –sentados ante el televisor–, sino de los grandes poderes que fijan el curso de lo ocurrido en el día a día del planeta.

El fútbol –o más bien su manipulación a través de los medios masivos de difusión– transmite la ilusión de igualar clases sociales (ricos y pobres, explotadores y explotados se abrazan tras la camiseta de la selección nacional o su equipo preferido).

De ese modo distrae, aleja las preocupaciones... o al menos lo pretende. Su condición de gran negocio es innegable (lo que mueve globalmente cada año representa la decimoséptima economía mundial). Lo que sí puede deducirse es que poderes globales de largo aliento, más allá de las administraciones gubernamentales de turno, también lo aprovechan como droga social, como anestesia.

El Mundial no es, si no, una dosis un poco más fuerte del “pan y circo” cotidiano al que nos someten, con tres, cinco o más juegos diarios durante los 365 días del año. ¿Cuántos millones de personas están pendientes de un televisor (o radio, o pantalla de computadora) siguiendo una transmisión futbolística, anestesiados, “embobados”, si queremos decirlo así?

¡Qué bueno que se practiquen deportes!..., pero el circo moderno que nos manipula no fomenta la práctica deportiva precisamente. Por el contrario: nos adormece.


(*) Marcelo Colussi es catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.

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