TEODORO NELSON 


La batalla política en Podemos concluye de momento. El origen de tal enfrentamiento no se debe a la batalla de ideas o posiciones, sino a su inequívoco carácter de clase. Este enfrentamiento es a su vez una forma específica de la división de la izquierda política.

Así, Errejón representaba a buena parte el aparato del partido puesto por su equipo, aquellos que a nivel local y central ya ocupaban cargos en la administración del Estado y que, por consiguiente, eran partidarios de asimilarse lo más rápido posible a las instituciones así como a los partidos de orden. Por otra parte, el sector de “Iglesias” representaba a los incondicionales de secretario general, de objetivos más a largo plazo.

De este modo, es la guerra por los sillones la que determina en última instancia la diferencia de ideas y por ende la división. Al verse aislado de una buena parte del aparato del partido, Iglesias adoptó una postura de “acercamiento” a las bases, aunque el programa así como la línea política sean las mismas; es un cambio de forma. Recordemos la moderación sufrida durante las elecciones por Podemos y por el propio Secretario. Proceso similar al de Pedro Sánchez, el cual no es más de “izquierdas” que Susana Díaz. Simplemente, al verse sin aliados, decide tornarse más cercano “a las masas” por el puro interés del cálculo personal.

Vemos entonces como la posición del partido viene determinada por sus intereses particulares. Pero dichos intereses vienen determinados por su posición dentro de la sociedad en la que viven, y dentro de la posición en cuanto a las relaciones productivas. Así pues, su comportamiento vendrá definido por el carácter de clase dominante en Podemos.

Siendo así, Podemos se comporta y es un partido de la pequeña burguesía, de la aristocracia obrera. Esta clase históricamente ha buscado una posición privilegiada dentro del Estado, puesto que a pesar de tener un status mayor que el de un trabajador, no posee medios de producción ni capital. En este sentido, dependen más del sistema que un capitalista, pues necesitan de él para no verse arrastrados social y económicamente a las clases “medias” o “bajas”.

Esta dependencia hace que necesariamente tengan que defender un “capitalismo de rostro humano”, es decir, un capitalismo donde las clases no existan o quedan amortiguadas. Donde coexistan plutócratas y masas explotadas, similar a soñar con un sistema esclavista donde el amo y el esclavo cohabiten. Esta visión del mundo refleja, si le damos la vuelta, su propia posición de clase, es decir, una posición intermedia entre el pueblo y la oligarquía económica. De ahí que en su forma política más desarrollada no sean ni de izquierdas ni de derechas, reflejando una vez más su posición social entre dos grandes clases.

Claro, esta diferencia puede estar simplemente en sus cabezas en cuanto a lo económico se refiere. Según Marx, que analiza brillantemente el comportamiento de la pequeña burguesía en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Lo que les hace representantes del pequeño burgués es que, mentalmente, no transcienden las fronteras que enmarcan la vida de aquél; que, por tanto, se ven teóricamente empujados a las mismas cuestiones y soluciones a las que, en la práctica […] empujan a aquél”.

Por eso la izquierda Europea, una izquierda pequeñoburguesa, asalariada pero alimentada gracias a los réditos del imperialismo, cae una y otra vez en los mismos problemas que ahora vemos en Podemos, porque sólo conciben una transformación “dentro de las fronteras de la pequeña burguesía”. Como clase, dependen en sí misma de sostener el statu quo actual. Catedráticos, académicos, ministros, tertulianos… Para diferenciarse de la indiferenciada masa, deben aceptar los límites impuestos. Por eso, una vez más, tienden a la moderación, como ha demostrado el eurocomunismo.

No pueden defender a Hugo Chávez abiertamente aunque antes lo hicieran, pues dependen de los grandes medios de comunicación. No pueden criticar al Estado ni pretender cambiarlo, pues ser presidente es su máximo objetivo. Acaban divididos en sectarismo y peleas porque predomina el personalismo, el interés egoísta de clase, el interés del político burgués clásico.

Este carácter de clase hace que todos estos partidos tiendan, naturalmente, hacia la moderación, hacia la aceptación del modelo imperante puesto que como hemos visto, su objetivo es ser valedores del capitalismo, y además dependen de él aunque puedan o traten de apoyarse en las masas (igual que los partidos bipartidistas). De ahí que carezcan de ideología, o que ésta quede relegada a un segundo plano. Lo que importa es el programa, es decir, las elecciones, o sea, el poder institucional. Como no hay ideología, las medidas cambian según las circunstancias. Esas circunstancias las determinarán los intereses personales o camarillescos. Su única forma es el “cretinismo parlamentario”. Es el oportunismo sin tapujos, que se deshace de toda ideología, revelando su propio interés descarnado: pisar moqueta. Aunque claro, se haga “por la gente”. No tener ideología es aceptar el sentido común dominante, la ideología dominante. Ser neutral significa pasivamente ponerse de parte del estado de cosas actual, ponerse de parte de aquellos que controlan las cosas. Así, la “transversalidad” es aceptar las condiciones, moral y tácticas del enemigo.

Pero esto no es nada nuevo. Así, en el Brumario, Marx expone que: “cuando por fin aparece el ‘fantasma rojo’ continuamente excitado, conjurado y espantado por los contrarrevolucionarios, no aparece con el gorro frigio anárquico en la cabeza, sino con el uniforme del orden”. ¿No es similar estas palabras al tranquilos, no soy comunista de Manuela Carmena? Es porque se trata, en esencia, de la misma clase social. Es imposible que Syriza no continúe con los recortes. A fin de cuentas, su objetivo de clase es administrar la explotación, subir en el escalafón de un sistema oligárquico. No puede hacer nada que se salga de los intereses monopolísticos del Estado y de la clase dominante.

John Reed definía aún mejor a la pequeña burguesía al hablar de la revolución Rusa. “Los socialistas ‘moderados’ necesitaban de la burguesía; pero la burguesía no necesitaba de los socialistas ‘moderados’. Los ministros socialistas se vieron obligados a ir cediendo, poco a poco, la totalidad de su programa, a medida que las clases poseedoras se mostraban lo más apremiantes. Y finalmente, cuando los bolcheviques echaron abajo todo ese hueco edificio de compromisos, mencheviques y socialrevolucionarios se encontraron en la lucha al lado de las clases poseedoras”. Estas palabras nos resultan increíblemente familiares, pues aunque hayan pasado ya 100 años, la pequeña burguesía sigue en Europa actuando como vanguardia de la izquierda, término que abandona en pro de la sacra conquista del poder electoral-mediático.

Terminamos con una frase de Lenin. “La ‘brillante’ juventud intelectual se lanza ‘hacia el proletariado’ en los períodos de ascenso social, pero que es incapaz de penetrar las concepciones de la clase obrera […]”. Solamente un partido que, sin tapujos, defienda los intereses de los trabajadores y los de nadie más, puede tener algún futuro en los tiempos que se avecinan.



ALEJANDRO NADAL


Una de las personas más influyentes en el gabinete de Trump es el economista Peter Navarro, hoy director del recién creado Consejo Nacional de Comercio. Es autor del libro intitulado Muerte por China, en el que acusa al gigante asiático de ser el factor determinante en la desindustrialización de Estados Unidos y, además, de manipular constantemente el tipo de cambio para promover sus exportaciones.

Pero el blanco del primer ataque de Navarro no ha sido Pekín, sino Alemania. Ya en su nuevo puesto, el economista señaló en una entrevista que el marco alemán implícito está fuertemente subvaluado. Según él, Alemania se ha visto beneficiada de manera injustificada por la subvaluación del euro. En 2015 el euro perdió más de 12 por ciento de su valor frente al dólar. Por su parte, el valor de la divisa estadunidense (comparado con una canasta de divisas) se incrementó 25 por ciento, lo que encareció las exportaciones estadunidenses y abarató las de sus competidores como Alemania.

Alemania tiene hoy el superávit en cuenta corriente más grande del mundo, superior a 9 por ciento de su PIB. Su excedente se mantiene desde 2011 y con eso basta para hacerse acreedora a las multas estipuladas en las reglas sobre estabilidad macroeconómica de la eurozona. Pero el órgano encargado de aplicar esas sanciones, la Comisión Europea, sólo ha sido capaz de amonestar a Berlín cada año.

El superávit alemán es uno de los desequilibrios más importantes en la economía global. Pero son varios factores los que explican este descomunal superávit: desde una deprimida norma salarial que incrementó la competitividad de las empresas del sector exportador, hasta la mezcla de productos de alta tecnología que constituyen la parte más importante de las exportaciones alemanas y para las cuales la subvaluación del euro no es un factor determinante.

Hay que reconocer que la combinación de políticas macroeconómicas a nivel de la eurozona y al interior de Alemania también explican el abultado superávit alemán. Por una parte, es bien sabido que Berlín impuso una regla de austeridad fiscal en la eurozona, lo que ha contribuido de manera decisiva a profundizar la crisis en Europa. Por otra, al mantener una política de presupuesto balanceado las autoridades en Berlín han impedido absorber el superávit del sector privado a través de un déficit del sector público. Esta combinación ha contribuido fuertemente al monumental excedente en la cuenta corriente de Alemania.

Aun así, no es evidente que Berlín pueda ser catalogado como país manipulador de la paridad cambiaria. La ley estadunidense fija cuatro condiciones para colocar a un país en esa categoría. Primero, debe tratarse de un socio comercial mayor de Estados Unidos (con un volumen comercial superior a 55 mil millones de dólares, mmdd). Segundo, ese país debe mantener un superávit comercial frente a Estados Unidos superior a los 20 mmdd. Tercero, debe tratarse de un país con un saldo positivo en la cuenta corriente superior a 3 por ciento del PIB. Cuarto requisito: dicho país debe intervenir de manera persistente y unilateral en los mercados de divisas para mantener la subvaluación.

Alemania cumple los primeros tres requisitos, pero no el cuarto. Por eso, en su respuesta a las declaraciones de Navarro, Ángela Merkel afirma sin pestañear que Berlín no influye en las decisiones del Banco Central Europeo (BCE).

Es cierto que la debilidad del euro ha sido impulsada por la política expansionista que ha seguido el BCE para reactivar la economía de la eurozona. No hay que olvidar que ese instituto también ha mantenido en cero su tasa de interés y ha aplicado su propia versión de la flexibilización cuantitativa (QE por sus siglas en inglés). En enero 2015 el BCE inició su programa de compras de títulos de los sectores público y privado que hoy se mantiene en 60 mil millones de euros (mmde) mensuales. Sin embargo, a la fecha los precios siguen en estado letárgico, con una tasa de inflación prevista para 2017 de sólo 1.3 por ciento. Es decir, el riesgo de deflación se mantiene latente y la recuperación sigue siendo peor que mediocre, con proyecciones de crecimiento de 1.7 por ciento para la eurozona en su conjunto. Pero los débiles resultados de la política monetaria no convencional del BCE no es lo que importa a Peter Navarro. Sólo le preocupa el tema del impacto sobre el tipo de cambio.

Al igual que la versión aplicada por la Reserva Federal, la postura del BCE apoya la especulación, fomenta la creación de burbujas y aumenta la desigualdad. Por eso esa política debe ser remplazada por una que incida sobre el nivel de actividad de la economía real y no sólo del sector financiero. Y ese cambio debe venir acompañado de una nueva visión para la política fiscal que hoy sigue secuestrada por los fanáticos de la austeridad. Sin duda, todo eso requiere redibujar el paisaje político en la eurozona para hacerlo más racional, algo que no se ve fácil y que además no interesa al nuevo ocupante de la Casa Blanca.


[Twitter: @anadaloficial]


MAO ZEDONG


Considero que es preciso reformar el método y el sistema de estudio en todo nuestro Partido, y lo es por las razones siguientes:

I

Los veinte años de existencia del Partido Comunista de China han sido veinte años en que la verdad universal del marxismo-leninismo ha venido integrándose cada vez más con la práctica concreta de la revolución china. Si recordamos cuán superficial y pobre era nuestro conocimiento del marxismo-leninismo y de la revolución china durante la infancia de nuestro Partido, veremos que actualmente este conocimiento es mucho más profundo y rico. Durante los últimos cien años, los mejores hijos de la atormentada nación china han luchado y entregado sus vidas, ocupando el lugar de los que caían, en busca de la verdad que salvara a nuestro país y a nuestro pueblo. Esto es algo que conmueve hasta el canto y las lágrimas. Sin embargo, fue sólo después de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución de Octubre en Rusia cuando encontramos el marxismo-leninismo, la gran verdad, la mejor arma para liberar a nuestra nación, y ha sido el Partido Comunista de China el iniciador, propagandista y organizador del empleo de esta arma. Una vez integrada la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución china, cambió totalmente la fisonomía de nuestra revolución. Desde el estallido de la Guerra de Resistencia contra el Japón, nuestro Partido, basándose en la verdad universal del marxismo-leninismo, ha progresado en el estudio de la práctica concreta de esta Guerra, de la China y el mundo contemporáneos, y en cierta medida ha comenzado el estudio de la historia de China. Todos éstos son fenómenos muy positivos.

II

No obstante, todavía tenernos defectos, algunos de los cuales son muy graves. A mi modo de ver, si no los corregimos, no podremos impulsar nuestro trabajo, ni seguir avanzando en la gran empresa de integrar la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución china.

Comencemos por hablar del estudio de la situación actual. Hemos logrado algunos éxitos en el estudio de la actual situación nacional e internacional, pero, para un partido político tan grande como el nuestro, el material que hemos reunido, relacionado con los aspectos político, militar, económico y cultural de la vida nacional e internacional, todavía es fragmentario y nuestra labor de investigación aún no es sistemática. Hablando en general, en los últimos veinte años no hemos realizado un trabajo sistemático y minucioso para reunir y estudiar los materiales relacionados con todos los aspectos enumerados, ni hemos creado un ambiente de entusiasmo por la investigación y el estudio de la realidad objetiva. Proceder como "un hombre que caza gorriones con los ojos cerrados" o como "un ciego que pretende coger peces a tientas", tratar las cosas superficialmente sin penetrar en sus detalles, entregarse a una verborrea jactanciosa y contentarse con conocimientos pobres y mal asimilados: tal es el estilo de trabajo, extremadamente malo, que aún se observa entre muchos camaradas de nuestro Partido, un estilo totalmente opuesto al espíritu fundamental del marxismo-leninismo. Marx, Engels, Lenin y Stalin nos enseñan que es necesario estudiar a conciencia la situación, partiendo de la realidad objetiva y no de los deseos subjetivos. Pero muchos de nuestros camaradas actúan en forma diametralmente contraria a esta verdad.

Pasemos al problema del estudio de la historia. Un número reducido de miembros y simpatizantes del Partido se han ocupado de este trabajo, pero no lo han hecho en forma organizada. La historia de China en los últimos cien años, así corno su historia antigua, es algo que sigue en las tinieblas para gran número de militantes del Partido. Muchos eruditos en marxismo-leninismo, siempre que hablan, lo hacen sobre la Grecia antigua; pero en cuanto a sus propios antepasados, desgraciadamente, ya los han olvidado. No hay un ambiente de estudio serio ni del presente ni del pasado.

Finalmente, nos referiremos al estudio de las experiencias revolucionarias internacionales, al estudio de la verdad universal del marxismo-leninismo. Al parecer, muchos camaradas estudian la teoría marxista-leninista no para satisfacer las necesidades de la práctica revolucionaria, sino simplemente por estudiar. Por lo tanto, no pueden digerir lo que han leído. Sólo saben citar frases aisladas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, pero son incapaces de adoptar su posición, puntos de vista y métodos para estudiar en forma concreta la situación actual y la historia de China, analizar concretamente y resolver los problemas de la revolución china. Tal actitud hacia el marxismo-leninismo es muy perniciosa y ocasiona un perjuicio particularmente grande a los cuadros de niveles medio y superior.

Los tres puntos que acabo de mencionar –negligencia en el estudio de la situación actual, en el estudio de la historia y en la aplicación del marxismo-leninismo– constituyen un pésimo estilo de trabajo, que, al extenderse, ha perjudicado a gran número de camaradas. En efecto, actualmente hay en nuestras filas muchos camaradas a los que tal estilo ha desviado del camino justo. Son reacios a realizar una investigación y un estudio sistemáticos y minuciosos de la situación concreta dentro y fuera del país, la provincia, el distrito y el territorio, y dan órdenes basándose exclusivamente en conocimientos pobres y mal asimilados y en aquello de "supongo que es así". ¿No existe aún entre muchos de nuestros camaradas este estilo subjetivista de trabajo?

Hay quienes no conocen en absoluto o conocen muy poco la historia de su país, pero no consideran esto una vergüenza, sino por el contrario, un orgullo. Y lo más grave es que muy pocos camaradas conocen realmente la historia de nuestro Partido y la historia de China en los últimos cien años desde la Guerra del Opio. Prácticamente nadie ha estudiado con seriedad la historia económica, política, militar y cultural de China en los últimos cien años. Algunos no tienen la menor idea de lo propio, y sólo saben historias de la Grecia antigua y de otros países, e incluso éstos son conocimientos muy pobres, recogidos al azar de la morralla de viejas obras extranjeras.

Durante los últimos decenios, muchos de los que han estudiado en el extranjero sufren de esta enfermedad. Al regresar de Europa, América o el Japón, sólo saben repetir lo que allí se han tragado entero. Actuando como gramófonos, han olvidado su deber de conocer y crear lo nuevo. Esta enfermedad ha contaminado también al Partido Comunista.

Estudiamos el marxismo, pero el método de estudio empleado por muchos de nosotros va directamente contra el marxismo. En otros términos, esas gentes violan un principio fundamental encarecido por Marx, Engels, Lenin y Stalin: la unidad de la teoría y la práctica. Al infringir este principio, han inventado uno opuesto: la separación de la teoría y la práctica. Tanto en las escuelas como en los cursos para cuadros en funciones, los profesores de filosofía no orientan a sus alumnos hacia el estudio de la lógica de la revolución china; los profesores de economía no los encaminan hacia el estudio de las particularidades de la economía de China; los profesores de ciencias políticas no los guían hacia el estudio de la táctica de la revolución china; los profesores de ciencias militares no los conducen hacia el estudio de la estrategia y la táctica adecuadas a las características de China, y así por el estilo. Como resultado de todo esto, los errores se propagan y causan no poco daño. Hay quienes no saben aplicar en Fusien [1] lo aprendido en Yenán. Cuando un profesor de economía es incapaz de explicar la relación entre el piempi y el fapi [2], es natural que sus alumnos tampoco puedan hacerlo. Esto ha engendrado en muchos estudiantes una mentalidad anormal: en lugar de interesarse por los problemas de China y conceder la debida importancia a las instrucciones del Partido, vuelcan su entusiasmo hacia los dogmas pretendidamente eternos e invariables, aprendidos de sus profesores.

Por supuesto, me he referido a los ejemplos más negativos que existen en nuestro Partido, sin que haya querido decir que ésta sea la situación general. Pero tales ejemplos existen realmente; además, son bastante numerosos y acarrean gran perjuicio. No debemos permanecer indiferentes ante ellos.

III

Para explicar aún más lo antes expuesto, quiero comparar dos actitudes opuestas.

La primera es la actitud subjetivista.

Los que tienen esta actitud no realizan un estudio sistemático y minucioso de las circunstancias que les rodean, trabajan movidos solamente por el entusiasmo subjetivo y no tienen más que una idea confusa de la actual fisonomía de China. Ellos rompen el hilo de la historia, sólo conocen la Grecia antigua e ignoran a su propio país, permaneciendo en la oscuridad más completa respecto a la China de ayer y de anteayer. Estudian la teoría marxista-leninista de manera abstracta, sin un objetivo determinado; no la estudian con el propósito de hallar en Marx, Engels, Lenin y Stalin la posición, puntos de vista y métodos para resolver los problemas teóricos y tácticos de la revolución china, sino con el único afán de estudiar la teoría en sí. En lugar de disparar la flecha teniendo un blanco, la disparan sin tenerlo. Marx, Engels, Lenin y Stalin nos enseñan que es necesario partir de la realidad objetiva y deducir de ella las leyes que han de guiar nuestras acciones. Para esto es preciso, como dice Marx, captar con todo detalle el material y someterlo a un análisis y una síntesis científicos [3]. Muchos de los nuestros actúan exactamente al revés. Unos se dedican a la labor de investigación, pero no manifiestan el menor interés por estudiar la China actual, ni la de ayer; todo su interés está concentrado en el estudio de "teorías" vacías, divorciadas de la realidad. Otros se entregan al trabajo práctico, pero tampoco prestan atención al estudio de la situación objetiva, con frecuencia actúan llevados solamente por el entusiasmo y substituyen la política del Partido por su propio parecer. Ambos tipos de personas parten de lo subjetivo y pasan por alto la realidad objetiva. Siempre que pronuncian un discurso, salen con una larga sarta de encabezamientos en el orden A, B, C, D, 1, 2, 3, 4, y cuando escriben un artículo, terminan produciendo un mamotreto lleno de cháchara jactanciosa. No les interesa buscar la verdad en los hechos, y lo único que desean es impresionar a la gente con su verborrea presuntuosa para ganársela. Son brillantes pero sin sustancia, frágiles e inconsistentes. Se consideran infalibles, creen ser la primera autoridad bajo el cielo y se pavonean por todas partes como si fueran "enviados imperiales". Tal es el estilo de trabajo de algunos camaradas en nuestras filas. Adoptar este estilo como norma de conducta es hacerse daño a sí mismo, adoptarlo para educar a los demás es causarles daño y adoptarlo para dirigir la revolución es perjudicarla. En resumen, este método subjetivista, anticientífico y contrario al marxismo-leninismo, es un peligroso enemigo del Partido Comunista, de la clase obrera, del pueblo y de la nación; es manifestación de un espíritu de partido impuro. Tenemos ante nosotros un enemigo peligroso, que debemos aplastar. Sólo cuando el subjetivismo sea aniquilado, prevalecerá la verdad del marxismo-leninismo, se fortalecerá el espíritu de partido y triunfará la revolución. Debemos indicar que la falta de una actitud científica, es decir, la falta de la actitud marxista-leninista que une la teoría con la práctica, significa que no existe espíritu de partido o que éste es incompleto.

Hay dos versos que retratan al tipo de personas que he mencionado. Dicen así:

Juncos en la pared: copa abundante, tallo débil, raíz superficial;
Retoños de bambú entre las rocas : lengua afilada, corteza gruesa , panza vacía.

Díganme si esto no les recuerda a esa gente que carece de una actitud científica, que sólo sabe aprenderse de memoria citas sueltas de las obras de Marx, Engels, Lenin y Stalin y que se hace pasar por sabia, pero en realidad no sabe nada. A quien de veras quiera curarse de tal enfermedad, yo le aconsejaría copiar estos versos y, si posee un poco más de valor, fijarlos en una de las paredes de su habitación. El marxismo-leninismo es una ciencia, y la ciencia es conocimiento que se adquiere sólo por medios honestos; aquí no valen astucias. ¡Seamos, pues, honestos!

La segunda actitud es la marxista-leninista.

Quien tiene esta actitud aplica la teoría y el método marxista-leninistas a la investigación y estudio sistemáticos y minuciosos de las circunstancias que le rodean. En vez de trabajar solamente movido por el entusiasmo, combina, como dice Stalin, el ímpetu revolucionario con el sentido práctico. Quien tiene tal actitud no rompe el hilo de la historia; no se conforma con el conocimiento de la Grecia antigua, sino que aspira a conocer a China; desea saber no sólo la historia del movimiento revolucionario de los países extranjeros, sino también la historia de la revolución china; conocer no sólo la China de hoy, sino también la de ayer y la de anteayer. Quien tiene una actitud así estudia la teoría marxista-leninista persiguiendo un fin determinado: integrarla con el movimiento real de la revolución china y encontrar en el marxismo-leninismo la posición, puntos de vista y métodos para resolver los problemas teóricos y tácticos de la revolución china. Esta es la actitud de disparar la flecha teniendo un blanco. El "blanco" es la revolución china, y la "flecha", el marxismo-leninismo. Nosotros, los comunistas chinos, buscábamos esta "flecha" porque queríamos dar en el "blanco": la revolución de China y la revolución de Oriente. Tomar esta actitud significa buscar la verdad en los hechos. Por "hechos" entendemos todas las cosas que existen objetivamente; por "verdad", la ligazón interna de las cosas objetivas, es decir, las leyes que las rigen, y por "buscar", estudiar. Debemos partir de las condiciones reales de dentro y fuera del país, la provincia, el distrito o el territorio, y deducir de ellas, como guía para nuestra acción, las leyes inherentes a esas condiciones y no leyes imaginarias, es decir, encontrar la ligazón interna de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor. Y para esto debemos basarnos en los hechos, que existen objetivamente, y no en nuestras ideas subjetivas, ni en un entusiasmo momentáneo, ni en la letra muerta de los libros; debemos captar con todo detalle el material y, a la luz de los principios generales del marxismo-leninismo, extraer de él conclusiones correctas. Estas conclusiones ya no serán una enumeración de fenómenos según el orden A, B, C, D, ni artículos llenos de la misma cháchara jactanciosa, sino conclusiones científicas. Tal actitud significa tener el deseo de buscar la verdad en los hechos, y no tratar de impresionar a la gente con una verborrea presuntuosa para ganársela. Tal actitud es una manifestación del espíritu de partido, es el estilo de trabajo marxista-leninista que une la teoría con la práctica. Tener esta actitud es lo mínimo que se exige al comunista. Quienes poseen una actitud como ésta ya no serán de "copa abundante, tallo débil, raíz superficial", ni de "lengua afilada, corteza gruesa, panza vacía".

IV

De acuerdo con lo antes expuesto, propongo lo siguiente:

1. Plantear a todo el Partido la tarea de estudiar de modo sistemático y minucioso las circunstancias que nos rodean. Ateniéndonos a la teoría y el método marxista-leninistas, investigar y estudiar detalladamente las actividades de nuestros enemigos, de los amigos y de nosotros mismos en los terrenos económico, financiero, político, militar, cultural y en la esfera de los asuntos de partido, y sobre esta base, sacar las debidas y necesarias conclusiones. Con este fin, es preciso dirigir la atención de nuestros camaradas a la investigación y el estudio de estos asuntos prácticos. Hacerles comprender que la tarea fundamental de los organismos dirigentes del Partido Comunista consiste en dos cosas importantes: conocer la situación y saber aplicar las orientaciones políticas. Lo primero significa conocer el mundo, y lo segundo, transformarlo. Es menester que los camaradas comprendan que quien no ha investigado no tiene derecho a opinar, y que la cháchara jactanciosa, los disparates y la enumeración de fenómenos en el orden 1, 2, 3, 4 no sirven para nada. Tomemos, por ejemplo, el trabajo de propaganda. Si no sabemos cómo hacen la propaganda nuestros enemigos y nuestros amigos, ni cómo la hacemos nosotros, no podremos determinar de manera acertada nuestra política en este terreno. En el trabajo de cualquier sector es preciso, ante todo, conocer la situación, y sólo entonces puede encontrarse una solución justa. La aplicación de planes de investigación y estudio en todo el Partido es el eslabón fundamental para transformar su estilo de trabajo.

2. Reunir personas competentes para que estudien en equipo y con una adecuada división del trabajo la historia de China en los últimos cien años, y de esta manera, superar la falta de organización en este terreno. Comenzar por el estudio analítico de la historia económica, política, militar y cultural de China. Sólo después de esto, será posible pasar al estudio de síntesis.

3. Establecer, para la educación de los cuadros en funciones y para las escuelas de cuadros, la orientación de tomar como centro el estudio de los problemas prácticos de la revolución china y corno guía los principios fundamentales del marxismo-leninismo, y descartar el método de estudiar el marxismo-leninismo en forma estática y sin conexión con la vida. Adoptar el Compendio de Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS como material principal para el estudio del marxismo-leninismo. Esta obra es la más alta síntesis y balance del movimiento comunista mundial de los últimos cien años, es un modelo de integración de la teoría con la práctica, hasta hoy el único acabado en todo el mundo. Viendo cómo Lenin y Stalin combinaron la verdad universal del marxismo con la práctica concreta de la revolución en la Unión Soviética y cómo sobre esta base desarrollaron el marxismo, sabremos cómo debemos trabajar en China.

Muchas veces nos hemos desviado del camino justo. Pero, los errores son con frecuencia precursores de lo correcto. Estoy seguro de que en las actuales circunstancias de la revolución china y de la revolución mundial, tan vivas y ricas, esta reforma de nuestro estudio dará sin duda buenos resultados.


Mayo de 1941

* Informe presentado por el camarada Mao Zedong en una reunión de cuadros celebrada en Yenán. Mao llamó a desplegar en todo el Partido una campaña por la rectificación del estilo de trabajo sobre la base de los principios ideológicos del marxismo-leninismo. 

NOTAS

[1] Distrito situado a unos setenta kilómetros al Sur de Yenán.

[2] Piempi, billetes emitidos por el Banco del Gobierno de la Región Fronteriza de Shensí-Kansú-Ningsia. Fapi, papel moneda puesto en circulación a partir de 1935 por los cuatro principales bancos del capital burocrático del Kuomintang, con el apoyo de los imperialistas anglo-norteamericanos. El camarada Mao Zedong se refiere aquí al problema surgido en ese entonces sobre la fluctuación del cambio entre el piempi y el fapi

[3] Véase C. Marx, Palabras finales a la segunda edición alemana del primer tomo de El Capital: "La investigación debe captar con todo detalle el material, analizar sus diversas formas de desarrollo y descubrir la ligazón interna de éstas. Sólo una vez cumplida esta tarea, se puede exponer adecuadamente el movimiento real".



FRIEDRICH ENGELS 


Tal ha sido la consigna del movimiento obrero inglés en los últimos cincuenta años. Esta consigna prestó un buen servicio en el período de ascenso de las tradeuniones [sindicatos], después de que en 1824 fueron abolidas las odiosas leyes de asociación; aún prestó un servicio mejor en el período del glorioso movimiento cartista, cuando los obreros ingleses iban a la cabeza de la clase obrera de Europa. Pero los tiempos cambian, y mucho de lo que era deseable y necesario hace cincuenta años, incluso hace treinta años, es ahora anticuado y estaría por completo fuera de lugar. ¿No es también ésta la suerte de esa vieja y desde hace tanto tiempo apreciada consigna?

¿Un salario justo por una jornada justa? Pero ¿qué es un salario justo y qué es una jornada justa? ¿Cómo los determinan las leyes bajo la acción de las cuales vive y se desarrolla la sociedad moderna? Para responder a esta pregunta no debemos acudir a la ciencia de la moral o del derecho y la equidad, ni tampoco a móviles sentimentales de humanitarismo, de justicia o siquiera sea de caridad. Lo que para la moral o inclusive para el derecho es justo, puede hallarse muy lejos de serlo en el aspecto social. La justicia o la injusticia social vienen determinadas únicamente por una ciencia, por la ciencia que trata de los hechos materiales de la producción y el cambio, la ciencia de la Economía política.

¿Qué es, pues, lo que la Economía política denomina salario justo y jornada justa? Simplemente, la cuantía del salario y la duración e intensidad de la jornada a que se llega como resultado de la competencia entre patronos y obreros en el mercado libre. ¿Qué son, pues, si partimos de esta definición?

Salario justo, en condiciones normales, es la suma precisa para asegurar al obrero los medios de subsistencia necesarios, de conformidad con el nivel de vida dentro de su situación y la del país, para conservar su capacidad de trabajo y para propagar su especie. La cuantía real del salario, atendidas las fluctuaciones de la producción, puede oscilar por encima o por debajo de esta suma; pero, en condiciones normales, dicha suma debe ser la resultante media de todas las oscilaciones.

Jornada justa es aquella que por su duración e intensidad no priva al obrero, a pesar de haber gastado por completo en ese día su fuerza de trabajo, de la capacidad de realizar la misma cantidad de trabajo al día siguiente y en los sucesivos.

La transacción, pues, es así: el obrero entrega al capitalista toda su fuerza de trabajo diaria, es decir, la cantidad que puede dar sin hacer imposible la constante repetición de la transacción. A cambio de ello recibe los objetos justamente necesarios, y no más, para la vida, lo que se necesita para que la transacción pueda renovarse un día tras otro. El obrero da tanto y el capitalista da tan poco como la naturaleza de la transacción admite. Tal es esta peculiarísima justicia.

Pero examinemos el asunto algo más a fondo. Considerando que, según los economistas, el salario y la jornada los determina la competencia, la justicia parece exigir que ambas partes sean puestas, desde el principio mismo, en igualdad de condiciones. Pero no sucede así. Si el capitalista no ha podido entenderse con el obrero, se encuentra en condiciones de esperar, viviendo de su capital. El obrero no. No tiene otros medios de vida más que su salario, y por eso se ve obligado a aceptar el trabajo en el tiempo, el lugar y las condiciones en que lo pueda conseguir. Desde el principio mismo, el obrero se encuentra en condiciones desfavorables. El hambre lo coloca en una situación terriblemente desigual. Pero, según la Economía política de la clase capitalista, esto es el colmo de la justicia.

Pero esto no son aún sino simples minucias. El empleo de la fuerza mecánica y de las máquinas en las nuevas industrias, así como la extensión y el perfeccionamiento de las máquinas en las industrias en que ya se empleaban, quitan trabajo a un número mayor y mayor de “brazos”; y esto ocurre mucho más de prisa que los “brazos” desplazados puedan ser absorbidos y encontrar empleo en las fábricas del país. Estos “brazos” desplazados forman un verdadero ejército industrial de reserva, del que se aprovecha el capital. Si los asuntos de la industria van mal, pueden morirse de hambre, pedir limosna, robar o dirigirse a la casa de trabajo; si los asuntos de la industria van bien, siempre están a mano para ampliar la producción; y mientras el último hombre, mujer o niño de este ejército de reserva no encuentre trabajo —lo que ocurre sólo en los períodos de frenética superproducción—, su competencia hará descender el salario, y su sola existencia vigorizará la fuerza del capital en su lucha contra el trabajo. En la emulación con el capital, el trabajo no se encuentra únicamente en condiciones desfavorables, sino que debe arrastrar una bala de cañón sujeta al pie. Mas eso es lo justo según la Economía política de los capitalistas.

Examinemos, sin embargo, de qué fondo paga el capital este salario tan justo. Del capital, se entiende. Pero el capital no produce valor. Quitando la tierra, el trabajo es la única fuente de riqueza; el capital no es otra cosa que producto acumulado del trabajo. Por tanto, el trabajo se paga con trabajo, y el obrero es pagado con su propio producto. Según lo que podemos denominar justicia común, el salario del obrero debe corresponder al producto de su trabajo. Pero, según la Economía política, esto no sería justo. Al contrario, el producto del trabajo del obrero se lo queda el capitalista, y el obrero no recibe de él más de lo estrictamente necesario para la vida. Así, como resultado de esta competición tan desusadamente “justa”, el producto del trabajo de quienes trabajan se va acumulando inevitablemente en las manos de quienes no trabajan, convirtiéndose en una potentísima arma para la esclavización de los mismos que lo produjeron.

¡Un salario justo por una jornada justa! Mucho podría decirse también de la jornada justa, cuya justicia es igual punto por punto a la justicia del salario. Pero habremos de dejarlo para otra ocasión. De lo dicho queda completamente claro que la vieja consigna ha cumplido su misión y que es difícil que se mantenga en nuestros días. La justicia de la Economía política, en la medida en que esta última formula acertadamente las leyes que dirigen la sociedad moderna, se halla toda a un lado: al lado del capital. Así, pues, enterremos para siempre la vieja consigna y sustituyámosla por otra:

LOS MEDIOS DE TRABAJO —MATERIAS PRIMAS, FÁBRICAS Y MÁQUINAS— 
DEBEN PERTENECER A LOS OBREROS MISMOS.


[Escrito el 1-2 de mayo de 1881. Publicado, como editorial, en el número 1 del periódico The Labour Standard (Londres), 7 de mayo de 1881]

TEODORO SANTANA 


Cuando los comunistas preconizamos la necesidad de una revolución socialista, lo hacemos desde el convencimiento de que esta revolución hará que la gente viva mejor. Sería criminal involucrar a millones de personas en un esfuerzo y un sacrificio de tal magnitud para vivir peor. Y cuando hablamos de vivir mejor no nos referimos sólo a una mejora espiritual, sino material: liberando las fuerzas productivas que el capitalismo constriñe y destruye y poniéndolas al servicio y en beneficio de la mayoría de la sociedad.

A diferencia de otros tipos de “socialismo”, el fundamentado en la ciencia y desarrollado principalmente por Marx y Lenin, no parte de lo que a nosotros nos gustaría que fuera la sociedad, de la “utopía” o del “debe ser”. Por el contrario, parte de la realidad del capitalismo y de las leyes económicas que le son inherentes. No es casual que la obra principal de Marx no se llame “El Socialismo” sino “El Capital”.

De la misma manera, tenemos claro que el paso del capitalismo al socialismo no se produce de la noche a la mañana ni por decreto. Se trata de un largo periodo histórico de transición en que, al igual que en el capitalismo existen formas de propiedad socialistas (empresas públicas, sociedades anónimas laborales, cooperativas, etc.), subsistirán por un largo tiempo formas de propiedad capitalistas. Lo importante es en manos de qué clase social está el Estado, cómo se distribuye la riqueza y en qué dirección se avanza.

Igualmente, en aquellos países con unas fuerzas productivas muy atrasadas, las revoluciones socialistas tendrán que apoyarse durante un prolongado periodo de tiempo en el “bastón” de las inversiones de capital y tecnología extranjeras, hasta poder caminar únicamente sobre sus propios pies teniendo un desarrollo de las fuerzas productivas superior a las del capitalismo. Lo importante es que durante todo este proceso, las fuerzas revolucionarias mantengan el poder político, la defensa de los intereses populares y la claridad de la estrategia de avance al socialismo.

A diferencia de las sociedades de economía natural (es decir, en las que el grueso de la producción es para el autoconsumo), como el feudalismo, el capitalismo es una economía mercantil: se produce para la esfera de circulación de mercancías, para el mercado. En el socialismo también se produce para el intercambio, para el mercado. Como demuestra Marx en El Capital, es en el mercado donde se determina el valor de uso de las mercancías y la magnitud de su valor (de cambio). Quiere esto decir que el valor de las mercancías no se establece en un plan quinquenal ni por inspiración divina.

Por lo tanto, en el socialismo habrá mercado, y el socialismo habrá de ser, necesariamente, socialismo de mercado. Quienes niegan el mercado son como los que negaban la ley de la gravedad aduciendo que las cosas no caían por la gravitación sino “por su propio peso”. Al final la realidad se impone por sí misma, bien como mercado reconocido, bien como mercado negro.

Lógicamente, el mercado nunca es “libre”: siempre está regulado. Bajo el capitalismo se regula a favor de los intereses de los grandes capitalistas. Bajo el socialismo se regula a favor de los intereses del proletariado. Quienes identifican mercado y capitalismo, y mercado con “libre” mercado, actúan de hecho como verdaderos ignorantes y como “tontos útiles” de la ideología burguesa.

De la misma forma, no existe contradicción entre planificación y mercado. Las grandes (y las pequeñas) empresas capitalistas trazan planes a cinco, diez o veinte años. Los Estados capitalistas trazan también planes. En esos planes se tienen en cuenta, en la medida de lo posible, las fluctuaciones de los mercados. En el socialismo se trazan planes también. Si se tienen en cuenta las leyes económicas y el mercado, serán planes atinados. De lo contrario, serán planes que conducirán al fracaso.

Y, desgraciadamente, conocemos bien esos fracasos.

Si quienes nos reclamamos del marxismo decimos defender un “socialismo científico”, habrá que tratarlo como una ciencia. Y si se trata de una ciencia habrá que estudiar. No consiste, por lo tanto, en emitir opiniones, pareceres o gustos. Quién no analiza lo que pasa desde el conocimiento, lo hace desde la ignorancia. Quién no estudia la ciencia marxista-leninista puede ser cualquier clase de “socialista” o “comunista”, pero no un comunista científico. Más bien será un idealista atrapado en iconos, banderas y consignas simplonas, y no un revolucionario proletario.

De esta manera se explica la reticencia de cierta “izquierda” ante las manifestaciones de riqueza en países como Vietnam y China. Personalmente, recuerdo que hace treinta años había compañeros que me recriminaban que los chinos vistieran “todos iguales”. Cuando se iniciaron las reformas, esas mismas personas me recriminaban que se hubiese introducido la moda en el país porque “se están aburguesando”.

Para este tipo de personas el socialismo es un estado de rapto místico colectivo, una profesión de fe igualitaria, de austeridad y sacrificio. Que los obreros tengan de repente ropa variada, televisiones, teléfonos móviles, neveras o coches, les parece una clara manifestación de haberse pasado al capitalismo. En sus mentes ha prendido el lavado cerebral burgués: capitalismo es igual a riqueza y socialismo es igual a pobreza.

Lógicamente, en situaciones excepcionales de agravamiento de la lucha de clases o de garantizar la supervivencia de la revolución, hay que recurrir a la determinación, el entusiasmo y la capacidad de sacrificio del proletariado. Pero lo excepcional no puede convertirse en regla, ni la excepción puede durar cincuenta años.

Pero para los pequeñoburgueses europeos, acomodados en la barra de un bar de Berlín o de Madrid, es muy fácil pontificar a “esos muchachos” del tercer mundo para que se mantengan en la pobreza y no se “aburguesen”. Desde sus televisores, sus playesteisions, sus ipads y su ropa de marca, con la barriga llena y el espíritu vacío, se indignan porque esos bárbaros no sigan sus sesudos consejos sobre un socialismo monacal y franciscano.

¿Es de extrañar que los obreros no se sientan atraídos ni por esos “líderes” ni por ese socialismo fantástico? Si queremos avanzar, tenemos que barrer de nuestras mentes (y de nuestras filas) el “socialismo de la miseria”. Y volver a Marx, a El Capital y al socialismo científico.