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España: la imposible reforma constitucional

enero 15, 2018

TEODORO SANTANA 


La progresiva descomposición política del régimen español ha venido acompañada de continuas menciones, cual bálsamo de Fierabrás, a una hipotética reforma de la Constitución de 1978, pactada en su día con los poderes del fascismo bajo la vigilancia de los cañones del ejército. Precisamente por ello, tal constitución se redactó para que fuera irreformable en todo aquello que pudiera afectar al poder omnímodo de la oligarquía española y de sus mecanismos de control absoluto.

Aunque la Constitución española es fácilmente reformable en algunos aspectos –y, de hecho, ya se han realizado un par de cambios–, si se quieren tocar cuestiones importantes (monarquía, concepto de soberanía y administración territorial, poder judicial, derechos, etc.) ha de hacerse por el llamado “procedimiento agravado”.

Esto supone que la reforma necesita, primero, una mayoría de dos tercios tanto en el Congreso como en el Senado. A continuación se procedería a la inmediata disolución de las Cortes y a la celebración de elecciones generales. El nuevo Congreso deben ratificar la reforma por mayoría simple, pero el Senado tiene que hacerlo por mayoría absoluta. Pero ahí no queda la cosa. Tras todo este lío, ambas cámaras han de debatir de nuevo la reforma y volver a aprobarla cada una de ellas por mayoría de dos tercios. Para finalizar, ha de ser sometida a referéndum para su ratificación.

“Todo atado y bien atado”, como se ve. Desde luego, es impensable que la oligarquía imperialista española vaya a permitir la más mínima grieta en su poder absolutamente blindado. No es, precisamente, una burguesía acostumbrada a las negociaciones y los compromisos. Lo quieren todo, absolutamente todo y en todo momento. Y para los demás, “obedecer y callar” o atreverse a las dentelladas de la falange judicial.

Pero imaginemos que, por alguna misteriosa debilidad, a los partidos del régimen se les ocurre una reformita constitucional y que tengan que someterla a referéndum, bien por alguno de los artículos a los que afecte, bien porque haya un diez por ciento de diputados que lo exijan. ¿Se arriesgarían?

Permítanme que lo dude. Sin república, sin derecho a la autodeterminación y sin desmantelamiento de la administración judicial franquista, muchos aprovecharían (aprovecharíamos) para votar “No” a tal reforma. Y no parece que la oligarquía española esté por medir abiertamente el apoyo popular al régimen. Así que, aunque tal vez fuera hasta divertido, es improbable que se corriera semejante riesgo.

Mientras tanto, la supuesta “reforma constitucional” seguirá siendo la zanahoria para engatusar a los descontentos. El palo ya lo ponen ellos.




Tres despachos sobre la cuestión nacional

enero 08, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 


I

Lenin. Lo primero es lo primero: el máximo dirigente bolchevique y el fundador de la URSS –ojo: el único país en la historia cuyo nombre no hace referencia a un territorio ni un pueblo en particular– es ante todo un internacionalista. La mayor parte de su vida pasa en el exilio (Múnich, Londres, París, Kraków, Zúrich, Helsinki). La Revolución Francesa, la Comuna de París forman parte más de su imaginario que la historia de Rusia (goo.gl/vrb1Zm). En 1914, mientras otros socialdemócratas adoptan la “línea patriótica”, él no entiende cómo los obreros pueden matarse entre ellos en vez de luchar contra el capital o sus burguesías nacionales. Llama a una “tregua de clase”, a su regreso de Finlandia, a “fraternizarse con los enemigos” y al tomar el poder, a “darle la paz a todos los pueblos”. Su objetivo: extender la Revolución más allá de todas las fronteras. No obstante tras el desdeño inicial –y el camino sinuoso a ella (1912-1922)– abraza la “cuestión nacional”. Rusia zarista es un imperio multinacional –“la prisión de las naciones”– y él necesita “aliados nacionales”. Se distancia del “internacionalismo abstracto” (Bujarin/Radek). Distingue entre nacionalismos de los oprimidos y los de los opresores. Pregona el derecho de autodeterminación. Es en la “cuestión nacional” donde mejor se refleja el carácter antimperialista y anticolonial de la Revolución que inspira la mayor insurrección de pueblos dominados desde la era de los libertadores en las Américas (y luego inspirará la ola de descolonización después de la Segunda Guerra). Lenin –apunta T. Krausz– es el primer marxista que entiende bien la “cuestión colonial”: va más allá del eurocentrismo (Segunda Internacional), basa su enfoque en un modelo teórico de la división tripartita del sistema mundial y su “ley de desarrollo desigual” (Reconstructing Lenin, 2015, p. 165). Aun así E. Blanc tiene razón: los bolcheviques llegan a entender la “cuestión nacional-colonial” –mejor así– en las periferias del zarato demasiado tarde; otra razón por la que la Revolución no se extiende y empieza degenerar (goo.gl/hFKie6).

Rosa. Si hay una frase sobre R. Luxemburgo repetida sin fin es ésta: “Mientras mucha parte de su pensamiento sigue vigente, su mala valoración de la ‘cuestión nacional’, algo que demuestra por ejemplo la descolonización, no sobrevive la prueba del tiempo...”. Después de Fanon todos somos sabios. Pero lo que –en esencia– dice Rosa es que el capitalismo es necesariamente global (no “nacional”) y que la lucha debe ser contra el capital (no por los “estados independientes”). El lugar desde dónde habla también cuenta: no es sólo que su Polonia natal está repartida entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia, y así “mejor afianzar el sentimiento internacionalista”. Es que conoce el “tóxico” nacionalismo polaco –típicamente centroeuropeo, “étnico/exclusivista”– que considera “intrínsecamente reaccionario”. Por eso se distancia del propio Marx (independencia de Polonia era su idée fix) y –desde el principio (goo.gl/3twNki)– de otros socialistas polacos obsesionados con lo que hoy sería “identitarismo”, pero desinteresados en cuestiones de clase. Cuestiona incluso el “derecho de autodeterminación”. ¿Polonia independiente? Bien. Sólo si la Revolución triunfa en Rusia, Austria, Hungría, Alemania (a lo que Lenin le reprocha no distinguir entre guerras imperiales y las de liberación nacional). Pero cuando en 1918 Polonia recobra la independencia bajo el “derecho de autodeterminación” propuesto por... las potencias occidentales y se “autodetermina” tal como siempre le gusta más –reaccionaria y autoritaria– el líder bolchevique acaba comiendo –hasta cierto punto– la sopa de su propio chocolate. Sin otra opción para ayudar a la revolución alemana que mandar el Ejército Rojo a través de Polonia acaba derrotado por el triunfante nacionalismo polaco. Esto se llama realmente la “mala valoración de la cuestión nacional”.

Austromarxismo. Curioso: desde el principio uno de los bolcheviques dice que aquella empresa –la invasión de Polonia (1920)– “está destinada a fracasar”. ¿Quién? Stalin, no en vano “experto en nacionalismos”. Es georgiano –mientras sus camaradas mayoritariamente rusos–, encima autor de una simplista pero “instructiva” obra sobre el tema: El marxismo y la cuestión nacional (1913). Para escribirla el mismo Lenin lo manda incognito a Viena (como no habla alemán se lleva de traductor al pobre Bujarin). Los austromarxistas –O. Bauer y K. Ranner– son los teóricos más avanzados en temas culturales –algo inusual para su época– y el multinacional Imperio de los Habsburgo –liberal comparado con el de los Romanov– el centro del debate sobre esto. Su idea principal –recuerda G. M. Tamás– es “contener” lo nacional/étnico en los márgenes del imperio promoviendo autonomías culturales (en lugar de “autodeterminación”) y mantener la política libre de estas tensiones, centrada –de preferencia– en cuestiones clasistas y universales (goo.gl/WoDz93). Los bolcheviques quedan atraídos por este modelo –tomando una posición intermedia entre Bauer que tiende a sobrevalorar la cultura y Rosa que la ignora– hasta el repentino giro de austromarxistas hacia el “socialpatriotismo” (1914). ¡Tanto que escribían sobre los peligros del nacionalismo y de cómo neutralizarlo que acabaron abrazándolo! Años más tarde Stalin abandonando la inicial política bolchevique de más apertura a la “cuestión nacional-colonial” y retrocediendo al chovinismo gran-ruso –¡Ucrania!– sufre un giro parecido.

Coda. Si alguien ya dijo “Fanon”, que pensar en él sea un pequeño addendum:

“La ‘conciencia nacional’ que no es nacionalismo, es la única que nos puede dar una dimensión internacional” (F. Fanon, Los condenados de la tierra, 1961, p. 226).

“Es el primer gran teórico antimperialista al notar que el nacionalismo ortodoxo hace el juego al imperialismo que concediendo la autoridad a las burguesías nacionales extiende su hegemonía” (E. Said, Culture and imperialism, 1994, p. 326).

Y también “el primer pensador radical al apuntar a los peligros del ‘nativismo’ para los movimientos descolonizadores que pasan del nacionalismo al chovinismo, racismo y tribalismo” (goo.gl/QZD3P7).

Si con la Primera Guerra “la violencia colonial llega a casa” (R. Luxemburgo dixit), con la crisis y la ola de neo-nacionalismos lo hace también “el tribalismo postcolonial” (miren la Europa Central, miren a Trump).


II

Cataluña. ¿Casualidad? ¿Pura “cosa de fechas” (100 años de la Revolución 1917-2017)? Mirar la crisis catalana desde autodeterminación o colonialismo interno –que igual no es todo el espectro (goo.gl/RPyiAF)– y pensar en Lenin es mucho más. ¿La mejor muestra de la diferencia entre un “nacionalismo opresor” y un “nacionalismo oprimido”? El choque “‘chovinismo gran-español’ vs independentismo catalán”. Mientras el primero –diría Lenin y sabría a cuál apoyar– se asienta en la dominación –¿”España, la prisión de las naciones”?– e ideas (post)imperiales –“España, una patria, una bandera, un idioma”, porque “el idioma es el compañero del imperio” (sic)–, el segundo tiene un potencial emancipador (pero no es ninguna garantía). De hecho la posición de Lenin hacia autodeterminación frente a un rotundo “no” de Rosa tampoco es un “sí” a cualquier secesión (hay que ver condiciones específicas, sopesar intereses del proletariado nacional e internacional, no todas naciones quieren formar un Estado). Además, la independencia –y eso es puro pensar en Cataluña mediante Lenin– significa diferentes cosas para diferentes clases: para la clase media catalana, “mejor marco económico”; para la clase trabajadora –muy dividida, igual que la izquierda, en este asunto (sic)– chance de posicionar las demandas sociales (goo.gl/AcYXfr). Sea como fuere la izquierda institucional que se niega a abrazar la independencia catalana –bien apunta G. López y Rivas– simplemente ignora las lecciones concretas de Lenin (goo.gl/q1r1bs). S. Zizek apunta también a un lamentable “correlacionismo político” en obra: una vez uno se entera de la posición de su enemigo, toma la postura contraria. O sea: Putin –que de hecho odia a Lenin “por dejar la puerta a autodeterminación y facilitar la desintegración de la URSS”– está en favor (sic), así que según la izquierda liberal europea hay que estar en contra, un “infantilismo” que en su época el mismo líder bolchevique rechaza. En fin: mientras apoyar los separatismos que afecten a Rusia está bien, “atentar contra la integridad de España está mal” (goo.gl/PHm2Y9).

Ucrania. Lenin –ya se dijo– no tiene estos problemas. A pesar de que la independencia de Ucrania es la idée fix de potencias centrales y parte de su estrategia para debilitar la Revolución, también él quiere que sea independiente si así lo desea. El país –a pesar de haber intentado– al final no se independiza, pero gracias a la concedida por él “soberanía de unidades nacionales” de la URSS evita su absorción por Rusia y en 1991 por fin sale por la puerta de autodeterminación. Su “conciencia nacional” y cultura nacen, crecen y florecen de hecho en tiempos de la inicial apertura bolchevique a la “cuestión nacional”. Tanto Lenin (goo.gl/S6Gmro) como Stalin (goo.gl/KFd44o) pueden reclamar el crédito por ello, si bien este último abrazando luego el “chovinismo gran-ruso” hace todo para borrar “lo nacional” en Ucrania (actitud –subraya S. Zizek– emulada hoy por Putin). Ciertos paralelismos con Cataluña aparecen –otra vez– en grietas entre la izquierda (con unos que abogan por la independencia catalana invocando a Lenin, pero que piensan en Ucrania –sobre todo tras la crisis de 2014– como “zona de legítima influencia rusa”, ignorando que sus lecciones se referían a... ella) y en la historia. Allí está V. Antónov-Ovséyenko, un militar y bolchevique étnicamente ucranio de corriente “internacionalista” más cercano a Trotsky, que el 7 de noviembre comanda el asalto final al Palacio de Invierno (!), luego dirige el frente ucranio en la Guerra Civil y acaba como cónsul soviético en la sumergida en la Guerra Civil Barcelona –con todo lo nefasto que Stalin hace allí...– donde aplaude el soberanismo de L. Companys, habla de Cataluña como “Ucrania española” (sic), es “más catalán que los catalanes” (J. Negrín dixit), pero que... al independentismo ucranio trata como una anatema.

Europa. Si “un fantasma recorre Europa –parafraseando por enésima vez aquel inmortal pasaje–, el fantasma de los ‘neo-nacionalismos’”, entonces son los austromarxistas (véase: parte I) –y no por ejemplo Lenin–, que al final tienen la razón. Contrario a los bolcheviques que aludiendo al propio Manifiesto Comunista creen que el capitalismo “paulatinamente irá diluyendo ‘lo nacional’”, O. Bauer insiste que sólo lo fortalecerá. Encima, a 100 años de la Revolución los gobiernos neoautoritarios en Mitteleuropa, herederos políticos de los Blancos –Kaczynski, Orbán, Babiš et al.– hacen justamente lo contrario que ante la amenaza nacionalista “recetaban” los austromarxistas: sacan “‘lo nacional’/étnico” al frente convirtiéndolo en el principio rector de la política. Con el paso del neoliberalismo –subraya G. M. Támas– en Europa Central el “etnicismo” (ni siquiera el nacionalismo que tiene una dimensión cívica) se convierte en la principal (y falsa) oposición al sistema, que “convoca a los que resienten el neoimperialismo de las multinacionales y la subyugación ante organizaciones internacionales” (goo.gl/WoDz93). También los secesionismos en la era neoliberal tienen menos que ver con anticolonialismo y antimperialismo verdadero y más con “chovinismo económico” (y cultural). El independentismo catalán –el “menos nocivo”– no es diferente. B. Kagarlitsky exagera (un poco). Pero a la vez tiene razón al apuntar a un robusto componente independentista (centro-derecha/clase media) que se siente “oprimido” porque “tiene que pagar a la caja central en Madrid”, “financiar a los andaluces perezosos” y sueña con “liberarse y ser una ‘Suiza ibérica’”, propinándole un golpe final a los restos del Estado redistributivo, algo parecido a lo que describía Rosa advirtiéndole a la izquierda de” no aliarse con la pequeña burguesía de las pequeñas naciones” (goo.gl/XZUNue).

Coda. A pesar de algunos prejuicios por fortuna no todas las explosiones de “sentimientos nacionales” son lo mismo –¡viva el “diagnóstico diferencial”! (goo.gl/ndjgx2)– a pesar de sus contradicciones:

responden a impulsos legítimos (la crisis, la austeridad), aunque se revisten de racismo, xenofobia e islamofobia (UE);

tratan de liberarse de un imperialismo, aunque caen en otro (Ucrania);

recogen demandas legítimas (autodeterminación, anticolonialismo), aunque bordean con “tribalismo codicioso” (Cataluña).

A 100 años de la Revolución la “cuestión nacional-colonial” es tan diferente y sin embargo tan igual.


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco [Twitter: @MaciekWizz]


Ejército de EEUU, Gates y Monsanto detrás de transgénicos para extinguir especies

enero 01, 2018

SILVIA RIBEIRO 


Mediante pedidos de acceso a información pública, un grupo de organizaciones de la sociedad civil, entre ellas la Red del Tercer Mundo y el Grupo ETC, obtuvo más de 1200 correos electrónicos de investigadores de universidades públicas de Estados Unidos que revelan que el Ejército de ese país es actualmente el principal financiador global de la controvertida tecnología de impulsores genéticos –gene drives en inglés (https://tinyurl.com/ybusbtxq). Se trata de una forma de ingeniería genética para “engañar” las leyes de la herencia, de forma que un rasgo transgénico se trasmita por fuerza a toda la descendencia de plantas, insectos o animales. Se propone para extinguir especies enteras consideradas plagas, como mosquitos, ratones y malezas. Entre los consultores del ejército sobre esta tecnología aparece un alto ejecutivo de Monsanto (http://genedrivefiles.synbiowatch.org/).

La tecnología entraña enormes riesgos para la naturaleza y las personas, ya que eliminar totalmente una especie tendría impactos sobre muchos otros elementos del ecosistema. Es la primera vez que se desarrollan organismos manipulados con ingeniería genética (en este caso con la tecnología CRISPR-Cas9) para manipular la vida silvestre. A diferencia de los transgénicos cultivados –que aunque contaminan otras plantas, hay que sembrarlos y encuentran algunas barreras evolutivas naturales– los organismos con impulsores genéticos están intencionalmente diseñados para reproducirse y diseminarse agresivamente en la naturaleza, trasmitiendo a toda su progenie el rasgo transgénico (no en 50 por ciento como sería normal). Con pocos individuos manipulados se podría afectar toda una población o hasta una especie entera. Si eso fuera posible ¿quién puede definir qué especies son dañinas y deben ser eliminadas? Para Monsanto, por ejemplo, todo lo que no sean sus propias semillas en el campo, son “plagas”. Para los campesinos y la agroecología nada sobra y todo es parte de una totalidad funcional que debe estar equilibrada para que no se convierta en plaga.

Pensar que esta tecnología tan riesgosa está en manos de una trasnacional que sólo piensa en el lucro es muy preocupante. Saber que esta tecnología se desarrolla a partir de intereses militares de Estados Unidos es aterrador y debería motivar su inmediata prohibición. Por estas preocupaciones, 160 organizaciones de todo el mundo plantearon en el Convenio de Diversidad Biológica en 2016, durante su reunión en Cancún, México, que se debía establecer urgentemente una moratoria (https://tinyurl.com/yakgwsbz).

Los correos obtenidos muestran también que la Fundación Bill y Melinda Gates, el más importante financiador privado de esta nociva tecnología, pagó 1.6 millones de dólares a una organización de cabildeo –Emerging Ag– para descarrilar la aprobación de la moratoria sobre impulsores genéticos en el Convenio de Diversidad Biológica (CBD) en su 13ª reunión en Cancún, y para promover que 65 científicos y funcionarios favorables a la tecnología, actuaran como asesores “independientes” en los foros y otros trabajos actuales del CBD en este tema (https://tinyurl.com/ycnadxqj). Algunos de estos investigadores fueron aceptados en el Grupo de expertos del CBD sobre biología sintética (AHTEG), sin declarar que están pagados para desarrollar la tecnología, incluso por agencias militares estadunidenses. La Fundación Gates y los institutos de Salud de Estados Unidos han invertido 75 millones de dólares en el proyecto Target Malaria, que propone extinguir el mosquito que trasmite la malaria con esta tecnología.

El ejército de Estados Unidos, por medio de su Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Defensa (DARPA, por sus siglas en inglés) creó el programa Safe Genes, que está enfocado a la edición genómica, principalmente en impulsores genéticos, “tanto para desarrollar usos benéficos, como para atender potenciales preocupaciones de salud y seguridad por su mal uso intencional o accidental”. Según revelan los correos obtenidos, la agencia estaría financiando proyectos y varios investigadores por hasta 100 millones de dólares. Anteriormente ya se conocía que financiaba siete proyectos por 65 millones de dólares (https://tinyurl.com/yc5s7oed). El dato nuevo no es solamente la mayor cantidad de dinero, sino que DARPA está financiando proyectos y/o investigadores en todas las instituciones que trabajan con impulsores genéticos, no sólo en Estados Unidos, también en Australia y Reino Unido, algunas de las cuales planean hacer ensayos de campo en países africanos. Estos ensayos serían a su vez parte del programa Target Malaria financiado por la Fundación Gates. El involucramiento militar coloca el experimento –ya señalado como de alto riesgo– bajo una óptica geopolítica nueva y muy preocupante. DARPA financia también a los dos laboratorios que tienen las patentes mundiales sobre CRISPR-Cas9 (en UC Berkeley y Harvard/MIT), además de ser el financiador del proyecto GBIRD (Biocontrol genético de roedores), coordinado por una ONG conservacionista, que trabaja en crear ratones que no puedan procrear hembras, para extinguir la especie.

Hasta ahora, el argumento de sus proponentes es que la tecnología se desarrolla para fines de conservación o salud, pero ha eludido la discusión de que la misma tiene además usos hostiles y militares. Aunque DARPA asegura que sus proyectos son para “defensa”, la línea entre uso hostil o defensivo es virtualmente inexistente: es la misma tecnología. Lo cual la convierte en una amenaza inaceptable y reaviva la necesidad de medidas urgentes y enérgicas de parte de Naciones Unidas para prohibir su uso, lo cual quizá no pueda controlar su desarrollo militar que podría seguir en secreto, pero sí impedirá que se siga desarrollando por agentes públicos y privados.


(*) Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC

Anatomía ideológica de Disney

diciembre 31, 2017

FERNANDO BUEN ABAD DOMÍNGUEZ 


Hace rato que Disney se consolidó como una de nuestras más grandes derrotas ideológicas en la política, la ética y la estética. Como con otras muchas mercancías hiperventiladas publicitariamente, un “público” masivo y mundial decidió sepultar toda razón crítica frente al discurso Disney y le cedió territorios nodales haciéndolo carne de sus ilusiones y de sus afectos. Los hijos como primeras víctimas. Hasta los más recalcitrantes socialdemócratas visten a sus niñas de princesitas. Y hay que oír las, no poco irresponsables, justificaciones.

Hoy el imperio Disney ha dado pasos enormes en su aventura monopolizadora del reino mediático global. Anuncia la prensa monopólica, también, (como si fuese un logro moral) la compra que Disney hace de un porcentaje de acciones a la empresa Fox: “La compra por parte de Disney de la división de entretenimiento de Fox por 52 mil 400 millones de dólares vaticina un sacudón en el mundo del consumo digital y audiovisual”. Pero no todo es dinero para estos “hombres de negocios”. Ya lo decían Ariel Dorfman y Armand Mattelart (1972) históricos analistas de Disney.

En el epicentro del problema que esto implica para la humanidad, no sólo está el protagonismo descontrolado del imperio económico anglosajón-israelí sobre los medios de comunicación y cultura planetarios; no sólo está el peligro de la uniformación de los gustos y de los consumos; no sólo está la cancelación de la diversidad y de la libertad de expresión de los pueblos… está el colonialismo de la mentalidad belicista empeñado en convencernos de aceptar la industria de las guerras como un hecho natural y darwiniano ante cual sólo nos queda resignarnos, consumir y aplaudirles.

Y para que lo aceptemos mansamente, es decir consumidoramente, ellos cuentan con sus noticieros, sus películas, sus series televisivas, sus héroes, sus dibujos animados y sus valores mercantiles farandulizados. Y también cuentan con las fiestas, los disfraces, la música, las canciones y la navidad. Han infiltrado la propaganda sus bastiones ideológicos con personajes emblemáticos hasta en las cunas de los bebes. Dominación amplísima de los territorios simbólicos. “Esta adquisición que antes habría sido impensable promete transformar Hollywood y Silicon Valley. Es el contrataque más grande de una compañía de medios tradicional en contra de los gigantes tecnológicos que se han metido de forma agresiva en el negocio del entretenimiento, señaló en un análisis el diario The New York Times… Ahora Disney tiene suficiente músculo para convertirse en un verdadero competidor de Netflix, Apple, Amazon, Google y Facebook en el mundo de acelerado crecimiento del video en línea” [1].

El papel de Disney en la historia del belicismo mundial no es nuevo ni es ingenuo. Jugó el rol de una agencia de propaganda que fue capaz de seducir a “chicos y grandes” con los néctares de una cursilería facilona, un razonamiento mercantilista “linealizado” al máximo y una moral maniquea que se adueñó del reino del “bien” mientras se adueñaba de los avances tecnológicos y comunicacionales de su tiempo. “En cuanto a Disney, su participación de este proyecto durante la guerra se tradujo en ganancias económicas y obviamente en una consolidación empresarial, pero sobre todo en algo del todo impagable: en la asociación de la marca Disney (y de Mickey Mouse por extensión) al espíritu estadunidense de libertad dentro del imaginario colectivo de la población de la época, pero que de hecho, llega hasta nuestros días” [2].

En su base ideológica Disney contiene todos los ingredientes nazi-fascistas que se han “modernizado” en el curso de los años recientes. Se hacen evidentes no sólo en sus discursos explícitos sino en el alma misma de sus modelos organizacionales como empresas monopólicas trasnacionales. La gran emboscada radica en deslizar como inocentes las manías burguesas más insoportables. Desde el Tío Rico hasta la más infernal andanada de procacidades mercantiles y estereotipos conductuales que se despliegan contra niños, adolescentes y adultos bajo el manto sagrado de Disney. Y entonces se le “perdona” todo, incluso que sea uno de los aparatos de concentración mediática más grandes y más peligrosos del planeta. ¿Cómo puede ser tan maligno un consorcio que fabrica y vende personajes tan “angelicales” y “tiernos”? Se preguntarán algunos.

Una de las armas de guerra ideológica más poderosas actualmente es la industria mediática. El 96 por ciento de los medios de comunicación del mundo están bajo el control de seis compañías. Bajo la dirección de Robert A. Iger, empresario estadunidense de origen judío, director de Disney desde el año 2000 ha radicado en su habilidad comercial y estratégica en un mundo en el que las guerras son un gran negocio, en leer los contextos para insertar sus productos, valores, ideologías y sensaciones de “seguridad y bienestar” tan necesarias para que la burguesía invierta tranquilamente sus ahorros en destruir o reprimir a la competencia comercial o a sus enemigos de clase. Para eso sirve el potencial propagandístico inmenso capaz de operar lavados de cerebro masivos utilizando todo tipo de inventos de guerra sicológica. La lista de los dueños de semejante armamento ideológico es: Sumner Redstone (Murray Rothstein, Viacom, MTV), Robert Iger (Disney), Roger Ailes (Fox), Stanley Gold (Shamrock ABC/Disney), Barry Meyer (Warner Bross), Michael Eisner (Disney), Edward Adler (Time Warner), Danny Goldberg-David Geffen (Dreamworks, Elektra/Asylum Records), Jeffrey Katzenberg (Dreamworks, Disney), Jean-Bernard Levy (Vivendi, Francia), Joe Roth, Steven Spielberg, Ron Meyer, Mark Zuckerberg (Facebook), Mortimer Zuckerman, Leslie Moonves (CBS).

Pero hacer retratos del poder colonizador es apenas una parte muy básica. Hace falta delinear el qué hacer. Tomar recaudos y disponerse a crear las fuentes culturales y comunicacionales transformadoras sin imitar los formatos hegemónicos, sin rendir pleitesía a sus modos alienantes, si repetir sus vicios. Hace falta claridad política y decisión organizada, hace falta que las luchas todas pongan en sus agendas la batalla de las ideas y la batalla comunicacional en un escenario de disputa simbólica en el que nos va la identidad, nos va la palabra, nos va la vida. Nada menos.


(*) Fernando Buen Abad Domínguez es director del Centro Universitario para la Información y la Comunicación Sean MacBride de la Universidad Nacional de Lanús


NOTAS

[1] http://www.bbc.com/mundo/noticias-42359905

[2] Raquel Crisóstomo Gálvez: https://www.academia.edu/1778128/Walt_Disney_en_el_frente_propaganda_b%C3%A9lica_y_animaci%C3%B3n

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