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Ejércitos privados: mercenarios legales

marzo 25, 2019

MARCELO COLUSSI 


Con el surgimiento del mundo moderno que trae capitalismo y afianzamiento de Estados, defensa de la soberanía cada vez más fue confiándose a ejércitos bien entrenados.

De tal forma, los mercenarios —figura histórica, legendaria, que existió desde la antigüedad en todos los contextos (psicópatas hubo siempre)— fueron desapareciendo. La sistematización de los ejércitos modernos inspirados en el modelo prusiano decimonónico terminó definitivamente con los combatientes mercenarios (no así con los psicópatas). Pero el neoliberalismo de fines del siglo XX los trajo nuevamente.

Desde la última década del pasado siglo, la proliferación de estas empresas militares privadas, habitualmente conocidas como “contratistas”, ha tenido un aumento exponencial. Si bien muchas potencias las poseen, es en Estados Unidos donde se registra el mayor crecimiento. Entre otras pueden mencionarse: Academi (la más grande del mundo, anteriormente llamada Blackwater —nombre que debió cambiar por cuestiones de imagen al haber sido denunciada por tremendos excesos en las operaciones en que participó—, “Una prolongación patriótica de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos”, según dijera uno de sus fundadores), DynCorp, Aegis Defense Services,G4S, CACI, Titan Corp,Triple Canopy, Unity Resources Group, Defion International. La gran mayoría de ellas son de origen estadounidense, pero el fenómeno se expandió por todo el mundo. Incluso Rusia, retornando al sistema capitalista, también presenta estos “contratistas”.

Varios son los motivos que explican este impresionante crecimiento: por un lado, el fabuloso negocio que representan. En la actualidad estos ejércitos privados mueven más de 100 000 millones de dólares al año. Como dice el epígrafe de Scahill: “La guerra es un negocio y el negocio ha ido muy bien”.

Las guerras de Irak y Afganistán, formalmente desplegadas por coaliciones multinacionales, pero en verdad lideradas por las fuerzas armadas de Estados Unidos, marcaron el uso abierto de ejércitos privados (mercenarios), pagados con dineros federales por Washington. Para inicios del 2008 había en Irak más contratistas privados (se calculan 190 000) que tropas regulares del ejército. Según un informe del Congreso de ese país, en la guerra del Golfo Pérsico se pagaron 85 000 millones de dólares en el período 2003-2007, lo cual representa el 20% de todo lo desembolsado por Estados Unidos en esa contienda.

Otro gran motivo que fundamenta este crecimiento es de orden político: resentida aún del síndrome de Vietnam (con alrededor de 60 000 muertos), la clase dirigente estadounidense y su administración federal prefieren ocultar el número de bajas en sus aventuras bélicas. Los contratistas, al no ser soldados regulares de sus fuerzas armadas, pasan más desapercibidos para lo opinión pública.

Existe otro motivo más, no muy explícito, pero de gran peso: los mercenarios, por no ser miembros de una fuerza regular sino personal “independiente”, no están sujetos a regulaciones internacionales que norman las guerras, como las Convenciones de Ginebra. Si bien Estados Unidos firmó esos tratados, no los ratificó, por lo que no se somete a ellos. De esa cuenta, los ejércitos privados están en un cierto limbo legal, lo cual les excluye del Derecho Internacional. Así, las tropelías y excesos que puedan cometer (y que de hecho cometen) quedan relativamente fuera de toda normativa. Ejemplos al respecto hay numerosos. La tristemente célebre empresa Blackwater, ahora rebautizada Academi para borrar su anterior mala imagen, está asociada a los peores crímenes de guerra, pero pese a ello, el gobierno federal de Estados Unidos sigue asignándole millonarios contratos. La corrupción y la impunidad, como se ve, no son patrimonio de los “atrasados” países del Sur. (A título complementario: Donald Trump insiste enfermizamente en la construcción del muro en la frontera con México… ¡porque está ligado a empresas constructoras!).

Las empresas contratistas militares se especializan en todo tipo de servicio que tenga que ver con una avanzada bélica; se encargan de aspectos logísticos y aprovisionamiento de la tropa, de telecomunicaciones, tareas de enlace, vigilancia, adiestramiento de combatientes y, por supuesto, de combate abierto (las torturas o acciones “oscuras” no se declaran, pero también las hacen, como fue el caso de la famosa cárcel de Abu Ghraib, en Irak, o las operaciones encubiertas para provocar a Venezuela realizadas desde territorio colombiano, donde participan “paramilitares” de difusa procedencia). En lo tocante a lucha frontal, la experiencia de numerosas intervenciones en distintos puntos del globo muestra que efectivamente tienen una gran capacidad operativa, pues actúan al lado de las fuerzas regulares, en muchos casos con vehículos blindados, helicópteros artillados y armamento de asalto de alta tecnología.

El personal que contratan está dado, en general, por ex miembros de ejércitos con alta capacitación y experiencia de combate; muchas veces son comandos especializados, soldados de élite (a tal punto, que muchos cuerpos de estas unidades regulares de lujo se han visto afectados, dado que sus integrantes prefieren la paga de una empresa privada a la recibida en su puesto estatal). Un mercenario en algunas de estas contratistas puede llegar a cobrar 1000 dólares diarios. El negocio de la muerte paga bien, sin dudas. ¡Eso es el capitalismo!

Dentro de las fronteras estadounidenses, después de la fiebre paranoica desatada con la caída de las Torres Gemelas en el 2001, proliferaron estas empresas privadas ofreciendo “seguridad”. De ahí que hoy es común ver a contratistas custodiando puertos, aeropuertos, cárceles y centrales nucleares. Salvando las distancias, sucede lo mismo que en un “pobre paisucho atrasado” como Guatemala; allí, ante la proliferación fabulosa de agencias de seguridad privada (¡que no pagan 1000 dólares diarios a sus agentes contratados!), es aleccionador lo dicho por un ex pandillero: “No soy sociólogo ni politólogo, pero me doy cuenta que hay una relación entre un chavo marero al que le dan la orden de cobrarle extorsión a todas las tiendas de una comunidad y el diputado que tiene una agencia de seguridad, y al día siguiente está ofreciendo sus servicios”.

El negocio de la guerra, o si se quiere, el negocio de la violencia —que se alimenta del miedo de la gente— da muy buenas ganancias. Palabras altisonantes como libertad, democracia, derechos humanos y otras preciosuras por el estilo, quedan perforadas por los disparos. “Donde hay balas sobran las palabras”, rezaba una pinta callejera en algún arrabal latinoamericano. Lamentablemente, es cierto.



Cuando la prensa también blanqueaba a los nazis

marzo 20, 2019

LAYLA MARTÍNEZ 



Aquella tarde de finales de enero las calles de Londres se llenaron de periódicos ardiendo. Militantes laboristas, comunistas y sindicalistas quemaron miles de ejemplares del Daily Mail en una acción espontánea que pronto se extendió por toda la ciudad. Por entonces, el periódico llevaba más de una década apoyando abiertamente los partidos fascistas que se extendían por Europa, pero aquel día su dueño había decidido dar un paso más. En un editorial que ocupaba toda una página, Harold Harsworth se deshacía en elogios con la Unión Británica de Fascistas (BUF por sus siglas en inglés) y llamaba a los jóvenes a ingresar en sus filas, proporcionando incluso la dirección a la que debían dirigirse para afiliarse. El titular, en grandes letras negras, no dejaba lugar a dudas: “Hurra por los camisas negras”.

Ese año, 1934, la Unión Británica de Fascistas alcanzaría los 50.000 militantes. El apoyo constante de las principales cabeceras del país consiguió que la organización creciese enormemente en un solo año, logrando cotas enormes de presencia pública y convirtiendo a su líder, Oswald Mosley, en uno de los actores políticos clave del momento. Mosley no era ningún recién llegado. Antes de la fundación de la BUF había formado parte del Partido Conservador y del Laborista, y había fundado una primera organización de ultraderecha, el Partido Nuevo. Sin embargo, el poco éxito en las urnas y los ataques constantes a sus actos por parte de militantes antifascistas habían dejado a Mosley sin presencia pública.

En los primeros momentos, la recepción de la Unión Británica de Fascistas no fue mucho mejor. Sus mítines se encontraron con la oposición de militantes antifascistas de diferentes procedencias, incluida la comunidad judía, que saboteaban los actos e impedían su celebración mediante enfrentamientos físicos en las calles. Sin embargo, el apoyo de la prensa y la financiación de algunas de las grandes fortunas del país lograron que las cosas cambiasen y la BUF saliese de su posición marginal en el espectro político. Eso no impidió que los antifascistas siguieran oponiéndose a los camisas negras en las calles, pero ahora se enfrentaban a una organización mucho más grande y a una fuerte criminalización por parte de la prensa, además de a la persecución policial.

EL APOYO MEDIÁTICO

El Daily Mail no era un periódico cualquiera. A principios de los años 30 tenía una tirada de casi un millón de ejemplares, lo que le convertía en el diario más leído del país. Sin embargo, su enorme influencia no se debía únicamente a su gran cantidad de lectores. Llevaba más de tres décadas liderando la prensa británica gracias también a su apuesta por un periodismo diferente, que había cambiado las reglas del juego. Antes de su aparición, la mayoría de los periódicos británicos estaban dirigidos a lectores de clase alta, con un nivel educativo elevado y que disponían de tiempo para interesarse por artículos largos, de letra apretada y sin apenas edición ni imágenes. Sin embargo, los hermanos Harmsworth pensaron en algo distinto, al estilo de lo que estaba empezando a hacerse en Estados Unidos: artículos cortos, prosa ágil y editoriales que marcasen la línea ideológica del periódico y diesen contexto a las noticias. Es decir, un periódico que pudiese leerse en el tranvía de camino al trabajo o en el pub después de la faena, que cualquiera pudiese entender. Un periódico dirigido a la clase trabajadora, aunque no al servicio de sus intereses.

La posición de liderazgo del Daily Mail había hecho que su dueño, Harold Harmsworth, tuviese una enorme influencia política, y este no la había desaprovechado. Desde los años 20, su periódico había difundido el ideario fascista y proporcionado un gran apoyo a Mussolini y Hitler, que agradecían públicamente la implicación del periódico en su causa. Además, Harmsworth se había convertido en una importante fuente de financiación para el Partido Nazi y su dinero resultó crucial para la preparación de las elecciones de 1933, cuando se convirtieron en la segunda fuerza política del Parlamento alemán.

La aparición de la Unión de Fascistas Británicos ese mismo año había atraído la atención de Harmsworth, que veía en Mosley el líder que necesitaba. Los tiempos estaban cambiando y el fascismo debía convertirse en una fuerza importante también en Gran Bretaña. Harsworth puso toda la maquinaria mediática que poseía al servicio de la causa, además de una importante suma de dinero. Esta maquinaria no incluía solo al Mail, sino también otras cabeceras en las que Harsworth tenía intereses económicos, como el Daily Mirror o el Sunday Pictorial. Mientras el primero pedía en sus titulares ayudar a los camisas negras, el segundo publicaba con frecuencia reportajes donde se podía ver a los miembros de la BUF jugando al tenis y tocando el piano. Ese mismo año, además, las dos publicaciones organizaron un concurso para encontrar a la mujer fascista más guapa de Gran Bretaña.

Sin embargo, esta campaña de promoción no se limitó únicamente a las publicaciones en las que Harmsworth tenía intereses económicos. El apoyo al fascismo se podía ver en toda la prensa británica, también en publicaciones como el Daily Express, otro de los periódicos más importantes del país en ventas. Ese año, el Express había informado de la campaña de boicot a los productos alemanes con un titular que no dejaba lugar a dudas sobre su posicionamiento: “Judea le declara la guerra a Alemania: los judíos de todo el mundo se unen en la acción”. Por su parte, el resto de periódicos, como The Times, se movían en posiciones tibias que justificaban por la necesidad de evitar la guerra en Europa.

LA ESTRATEGIA DE NORMALIZACIÓN

Los resultados del apoyo mediático a la causa fascista generaron un enorme incremento de la militancia y la visibilidad pública de la BUF, que en solo unos meses pasó a ser un actor político muy importante en la política británica. Este apoyo se realizó a través de varias estrategias que actuaron de forma combinada. La más frecuente fue la normalización de la ideología fascista. A pesar de que su ideario incluía la eliminación física de determinados grupos sociales en función de su raza o su orientación sexual, estas ideas nunca fueron cuestionadas y se presentaban como una opción ideológica más dentro del espectro político. Esta normalización se extendía incluso a los delitos y asesinatos cometidos por militantes de estas ideologías: después de la noche de los cuchillos largos, cuando miembros de las SS asesinaron a más de cien oponentes políticos, la noticia del Daily Mail sobre los hechos comenzaba afirmando que “Hitler había salvado a su país”.

Otra estrategia a la que recurría con frecuencia la prensa era la de presentar como atractiva la militancia fascista. Los miembros de la BUF eran retratados con uniformes impecables y participando en actividades divertidas, como fiestas y excursiones. Mientras la clase obrera británica se moría literalmente de hambre por los efectos de la Gran Depresión, los periódicos que iban dirigidos a ellos mostraban a jóvenes bien alimentados y bien vestidos que se divertían jugando al tenis y tocando el piano. Si querías todo aquello, bastaba con afiliarte en la dirección que el mismo diario te proporcionaba.

Mientras, los antifascistas que confrontaban físicamente a los miembros de la BUF en la calle eran presentados como sujetos violentos y peligrosos que ni siquiera estaban motivados por razones ideológicas, sino simplemente por las ganas de bronca o el exceso de alcohol. A esto se añadían las noticias falsas protagonizadas por miembros de los grupos perseguidos por los fascistas, acusándoles de falsas conspiraciones o de actos violentos que en realidad nunca se produjeron. El objetivo de estas noticias falsas era presentar a los seguidores de Mosley como víctimas de la violencia y la intolerancia de los antifascistas, además de contribuir a crear una atmósfera de miedo en la población. Periódicos como el Evening Estándar afirmaban que “Los camisas negras del East End se enfrentan a un peligro muy real de violencia física. Hay algunas calles en Whitechapel por las que no pueden pasar por la noche sin llevarse una paliza”.

Aunque el contexto es diferente, resulta inquietante comprobar que varias de estas estrategias informativas pueden verse hoy también en la cobertura que hace una buena parte de la prensa a los actos de Vox. La normalización de sus propuestas se advierte en la invitación de sus miembros a tertulias y entrevistas en las que pueden presentar su ideología y programa político en igualdad de condiciones que otras formaciones políticas, como si el racismo o el machismo fuesen opciones debatibles. La estrategia de presentar la militancia fascista como atractiva también la hemos visto recientemente en la cobertura de los medios a la fiesta de Vox en el teatro Barceló. Un acto que no significa nada ni cualitativa ni cuantitativamente se convierte en un acto de propaganda, no por la gente que ha ido, que ya son convencidos, sino por la forma en que los medios utilizan ese acto para hacer atractivo el programa político del fascismo. Si en los años 30 los fascista aparecían retratados tocando el piano y paseando por el campo, ahora vemos a Santiago Abascal pinchando, montando a caballo y fotografiándose con jóvenes vestidos con náuticos y chaleco acolchado.

El resto de estrategias tampoco nos resultan desconocidas. Los militantes antifascistas han sido presentados siempre por la prensa como una tribu urbana que se enfrenta a los neonazis por un simple ejercicio de violencia, no porque defiendan con ello a grupos sociales vulnerables o por su compromiso con unos ideales de igualdad y justicia social. En los últimos meses hemos visto cómo las acciones que trataban de impedir mítines de Vox eran aprovechadas para victimizar a los fascistas, acusándolas de vulnerar la libertad de expresión. Esta misma acusación la recogieron los periódicos británicos después de la batalla de Cable Street, cuando más de 100.000 militantes antifascistas impidieron la celebración de un mitin de la BUF en octubre de 1936, al grito de “¡No pasarán!”. A pesar del apoyo mediático, aquel día Mosley no pasó, y su estrella ascendente comenzó a declinar. De nosotros depende que los paralelismos en esta historia lleguen también hasta ahí.



[Imagen: Página del Daily Mail del 15 de enero de 1934 en la que está publicado el artículo de Lord Rothermere “Hurrah for the Blackshirts”. El Salto.]

Derechos humanos: un buen invento… ¿para distraer?

marzo 18, 2019

MARCELO COLUSSI 


En estas últimas casi tres décadas, caído el muro de Berlín y reconfigurados los poderes globales, el mundo ha cambiado mucho.

Cambios, de todos modos, que en absoluto han sido para beneficio de las grandes mayorías. Se han perdido conquistas históricas en el campo popular en lo tocante a aspectos laborales, se acentuaron más aún las diferencias Sur-Norte, se remilitarizó el planeta, siguió creciendo la catástrofe medioambiental. Hoy día, incluso, asistimos a un endurecimiento de las posiciones de derecha, rayanas ya en el neofascismo, con planteos racistas y supremacistas, dando como resultado una sucesión de pueblos que democráticamente optan por presidentes extremistas, neonazis, que mantienen furiosos discursos xenófobos y moralistas. Dicho de otro modo: poblaciones que alegremente eligen a sus verdugos. Si a ello se suma que los embates de la crisis financiera desatada en 2008 aún no han revertido, siendo ya tan aguda como la de 1930, todo indica que tenemos un escenario prebélico similar al que desató la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que ahora los “juguetes” militares tienen un poderío infernalmente superior a los de aquel entonces, y una aventura bélica puede degenerar en el fin de la humanidad completa.

En otros términos: hoy por hoy, caídos –que no extinguidos– los ideales socialistas que condujeron las luchas populares durante buena parte del siglo XX, triunfaron ampliamente las fuerzas del capital en su versión más ultraconservadora. Todo indica, sin dudas, que ese triunfo cambió las cosas para largo. No “terminó la historia”, como se pretendió algunos años atrás (Francis Fukuyama tuvo la desfachatez de proponerlo); pero la naturaleza del cambio en juego es, definitivamente, muy profunda, y revertirla se ve como algo muy lejano en estos momentos. La revolución socialista, tal como están hoy las cosas, está aún en espera (larga espera).

Como parte de ese triunfo, en estos momentos inapelable, se da un proceso muy particular consistente en la apropiación, por parte de las fuerzas vencedoras, del discurso que unos años atrás fuera patrimonio de las izquierdas políticas. Pero de ninguna manera esto tiene lugar por una evolución progresista de la situación internacional, por un mejoramiento de las condiciones humanas generales. Este cambio, sutilmente, puede terminar funcionando como una mordaza contra cualquier forma de descontento, de protesta. Los discursos de género y étnico, por ejemplo –sin con esto quitarles en absoluto su inestimable valor transformador– en buena medida pasaron a ser “moda” aceptada por el establishment. Hablar de derechos humanos no es peligroso; al contrario, es “políticamente correcto”.

CULTURA DE DERECHOS HUMANOS

Los derechos humanos, en tanto forma de reivindicación de los principios que fundamentan la igualdad entre todos los miembros de la especie humana, tienen ya una larga historia, y no son, en realidad, patrimonio del pensamiento de izquierda, del socialismo en ninguna de sus versiones. Surgieron con la burguesía moderna. El mundo moderno, la concepción política y social de la industria capitalista, tiene como punto de partida justamente los derechos humanos. Claro que –valga la salvedad– estos derechos (los llamados “de primera generación”) son de carácter individual, atañen al ciudadano, a la figura de un ente personal. Los ideólogos de ese momento tan fecundo en la historia –los iluministas franceses (Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot), los padres fundadores norteamericanos (Washington, Jefferson, Franklin), ubicados todos en los finales del siglo XVIII– concibieron un mundo de las libertades del individuo, superando así los lastres todavía feudales, monárquicos y teocéntricos con que se movían las sociedades europeas de ese entonces, y sus respectivas colonias al otro lado del Atlántico (lastres que, en muchos casos, persisten aún en algunos países, no los llamados “centrales” sino en los “periféricos”, en el Tercer Mundo, donde la idea de derechos humanos sigue siendo vista como una bandera de la izquierda).

Pero de ninguna manera estos derechos, la formulación teórica de esos principios, su visión fundamentalmente jurídica, pueden conectarse con lo que, un siglo más tarde estaría proponiendo el materialismo histórico y la profunda revolución teórica impulsada por sus fundadores, Marx y Engels. En ellos no se trata de “mejorar la sociedad existente” sino de “construir una nueva” aboliendo la preexistente. El socialismo no es “políticamente correcto”: es revolucionario, lo cual es muy distinto.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, surgida en la Revolución Francesa (machista, ni siquiera se menciona a la mujer, de ahí que dos años más tarde de su aparición Olympe de Gouges proclamó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana), no contempla como un eje fundamental la estructura económico-social. El acento estaba puesto totalmente en el ciudadano como ente político: libertad de expresión, de asociación, de locomoción. Debieron pasar años –y correr mucha sangre, con interminables listas de mártires que dieron su vida por cambiar esa sociedad– para que las diferencias económicas fueran consideradas igualmente como algo atinente al ámbito de los derechos humanos generales (los llamados derechos colectivos, derechos “de segunda generación”); y mucho más aún para que se consideraran los llamados universales (“de tercera generación”): derecho a la paz, a un medio ambiente sano. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contempla todas esas “generaciones”, agregándose luego una cuarta: los derechos de las minorías, indicando el respeto debido a los “diferentes” del colectivo, pero en todos los casos, lo económico-social es siempre visto en una perspectiva de “corrección política” (por ejemplo: derecho al trabajo, o a un salario justo), presuponiendo “natural” la explotación, es decir: la confrontación de clases sociales).

De todos modos, por su nacimiento, por cómo fue tejiéndose su historia, el campo de los derechos humanos sigue estando asociado fundamentalmente a la esfera político-civil. Si bien no es una especialidad jurídica, todo apunta a esa identificación. En una aproximación rápida –y sin dudas superficial– puede llegar a identificárselos con democracia –hoy día palabra ya muy desgastada, que a base de tanto manoseo significa todo y no significa nada. En su nombre, por ejemplo, puede invadirse otro país y matarse seres humanos–. Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) han invadido numerosas veces a naciones soberanas para “restablecer la democracia”. Incomprensible para un extraterrestre, pero esa es la dura realidad humana, con la que se nos bombardea a diario desde los medios masivos de comunicación con los que se moldea la opinión pública.

DERECHOS HUMANOS E IZQUIERDA

Si bien en los países latinoamericanos ha ido tomando en los años recientes un cariz de denuncia, el tema de los derechos humanos no necesariamente está ligado a los proyectos políticos de izquierda. De todos modos, su formulación puede conllevar algo de contestatario, en tanto abre una crítica contra una situación dada (cualquiera fuere, sin incluir allí forzosamente una lectura de la sociedad en términos de luchas de clases: denuncia cualquier tipo de discriminación, de injusticia). De acuerdo al contexto en que se haga, levantar la voz contra el Estado como violador de derechos humanos puede tener un sentido de profunda acusación y, por tanto, de proyecto de transformación. En Latinoamérica, más aún en las pasadas décadas cuando los Estados contrainsurgentes se constituyeron en los peores violadores de derechos humanos (Estados contrainsurgentes y terroristas en el marco de la Guerra Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional), violadores del derecho básico y primordial del derecho a la vida incluso, con masacres y desaparición forzada de personas, levantar la voz contra esas tropelías era profundamente subversivo. En esas latitudes los poderes dominantes criminalizaron los derechos humanos, y hoy no es infrecuente ver que se los liga –interesadamente, por supuesto– a la idea de “defensa de los delincuentes”, así como años atrás se los ligaba a “defensa de guerrilleros subversivos”. Pero los derechos humanos no tienen forzosamente el color de la izquierda.

Protestar, o incluso demandar al Estado porque permitió, por ejemplo, la construcción de un aeropuerto muy cerca de una ciudad dado que eso hace molesta la vida cotidiana de sus habitantes por el ruido excesivo (escenario posible en un país escandinavo, digamos), no conlleva ninguna semilla de transformación social. Es, simplemente, una protesta respecto a algo que atenta contra la calidad de vida. Como vemos, entonces, el campo de los derechos humanos es tremendamente amplio y puede dar para un enorme abanico de posibilidades. Más aún: en países como los escandinavos donde las necesidades primarias están totalmente resueltas, tiene pleno sentido preocuparse por la calidad de vida y atacar esos excesos del Estado; en la mayoría del mundo, el Sur, el Tercer Mundo, donde “la vida no vale nada”, seguir vivo cada día ya es un logro. Dada la pobreza crónica y la violencia demencial que les inunda, la calidad de vida (protestar por la cercanía de un aeropuerto, o por el no maltrato a los osos panda, por ejemplo) suena a chiste de mal gusto.

Plantear cambios profundos, o incluso plantear cualquier cambio, ha sido hasta ahora una afrenta intolerable para los poderes constituidos, que son siempre conservadores, en cualquier parte del mundo. Sin embargo hoy, en esta fase de triunfo absoluto del capital, se da este fenómeno del avance de un pensamiento que recoge la idea de derechos humanos; es posible decir en voz alta todo aquello por lo que hace algunas décadas se masacraban poblaciones completas. En ese sentido podríamos estar tentados de considerar que ha habido un progreso político, cultural. Tenemos el derecho a exigir respeto a la vida tanto como condiciones dignas de vida; por tanto todos podemos expresar abiertamente tener derecho a vivir en paz, a no ser discriminados por ningún motivo, a expresar sin temor nuestra opción sexual o nuestra preferencia religiosa. Cosas quizá impensable en el marco de la Guerra Fría, donde una visión maniquea de la realidad no permitía estos matices, importantísimos sin duda, y donde todo se reducía al modelo económico en juego: o se estaba con un bloque ideológico (derecha capitalista, liderado por Estados Unidos) o con el otro (izquierda socialista, comandado por la Unión Soviética). Lo demás no contaba.

SOBRE EL “PROGRESO” ÉTICO

Insistamos con la idea: podemos estar tentados de considerar que hay una sustantiva mejoría en la condición humana. Hoy, en medio de una ya extendida cultura de derechos humanos, no se podría linchar impunemente a una persona negra –como pocas décadas atrás todavía hacía el Ku Klux Klan en el sur de Estados Unidos–, y hasta, por el contrario, un afrodescendiente puede ocupar la Casa Blanca (Barack Obama); o nadie agrediría públicamente a un homosexual por su condición de tal –al menos en Occidente– sin consecuencias legales. Aunque se los siga explotando de manera inmisericorde, nadie se atrevería a mencionar en público algo insultante contra los pueblos originarios del continente americano, y en cualquier país de Latinoamérica ya no sorprende que su presidente sea una mujer, pese al machismo patriarcal todavía reinante. No hay dudas que se ha dado un paso adelante, por lo menos en lo declarado. Lo “políticamente correcto”, siempre de la mano de la idea de derechos humanos, se ha impuesto en forma universal.

Sin embargo –y esto es lo que debe puntualizarse con preocupación– en nombre de los derechos humanos (asimilándolos al discurso de la democracia) se pueden esconder situaciones de la mayor injusticia. En su nombre se puede hacer cualquier cosa. Sólo para ejemplificarlo con algo que ya hemos olvidado, pero que sigue siendo una herida abierta: en Kosovo, en plena Europa, hace apenas unos años se masacró a población civil llegándose a hablar con toda tranquilidad de “bombardeos humanitarios(sic) en nombre de los derechos humanos. O en su nombre, por ejemplo, se puede llamar a la “resolución pacífica de conflictos” (un conflicto gremial, digamos) allí donde en realidad no hay conflictos sino reivindicaciones legítimas.

El discurso de los derechos humanos es universal; pero por ello mismo es tan amplio que da lugar a todo. Es el Estado quien debe, en principio, garantizar su cumplimiento. Pero si las políticas impuestas por la globalización del capital van contra el Estado: ¿a quién se lo exigimos entonces? Si se toma al pie de la letra lo que los derechos humanos nos confieren como facultades para la población, y se exige en consecuencia –aunque no sepamos claramente a quién exigirle–, si se los pone en práctica, por fuerza se abren confrontaciones: si todos tenemos derechos a una vida digna, sin dudas alguien demasiado “afortunado” en la distribución de las riquezas tendrá que renunciar a sus derechos a la propiedad (pocas manos detentan el 50% de la riqueza total del mundo); si todos tenemos derecho a la paz, hay que terminar con la industria bélica y la hegemonía militarista estadounidense, que gasta 35 000 dólares por segundo en aprovisionamientos para la guerra (¿alguien sabe cómo hacerlo?); si todos tenemos derecho a un medio ambiente sano, ¿cómo cambiamos el modelo de desarrollo insostenible en curso que inexorablemente nos lleva a una catástrofe medioambiental global?, ¿a quién se le exige ese cambio?

Con todo esto, en definitiva, queremos decir que en la forma en que se concibe todo el campo de los derechos humanos existe el riesgo (insistamos: existe el riesgo, lo cual no significa que ello pase siempre) de quedarse en un discurso vacío, sin incidencia en la realidad. El epígrafe del presente texto lo dice de un modo tragicómico: el socialismo científico de Marx y Engels nos dan la pista de cómo es una sociedad y por dónde van las cosas para cambiarla. Los llamados derechos humanos son una pátina prometedora, pero que se queda inexorablemente en la promesa.


Intervención de Teodoro Santana en Radio Guiniguada

marzo 16, 2019

Este pasado viernes, el compañero Paco González, entrevistó en su programa "Viajando entre la tormenta", de la emisora comunitaria Radio Guiniguada, al camarada Teodoro Santana. Puedes oír el podcast aquí.
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