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Estados Unidos y la guerra

enero 13, 2019

MARCELO COLUSSI 


La historia nos enseña, al menos desde que hay registros confiables, que nunca faltan grupos que se sienten superiores a otros, que atacan a los más débiles, que ejercen un poderío basado en la fuerza, sojuzgando a quienes embisten. Esos movimientos, donde grupos dominantes toman los territorios de otros expandiendo su influencia militar, económica, política, cultural, y subordinando/esclavizando a los conquistados, se conocen como imperios.

A través de la historia ha habido muchos, diversos en sus características pero siempre similares en sus notas distintivas: son imperios porque se imponen brutalmente a partir de la fuerza, conquistan y dominan, saquean, se apropian de todo.

Persas, griegos, romanos, mongoles, chinos, españoles, mayas, incas, británicos, franceses, cada uno a su turno construyó vastos imperios, siempre mantenidos a sangre y fuego. En realidad, no hay otra forma de forjar, y mucho menos, de mantener un imperio, si no es apelando a la fuerza bruta. Nadie deja conquistarse ni que le despojen sus bienes o pertenencias por un diálogo consensuado: la violencia más atroz y sanguinaria está en la base de toda conducta imperial.

El siglo XX no fue la excepción, los Estados Unidos jugaron ese papel de potencia imperial. Quizá no fungió como imperio conquistando territorios en forma militar o, al menos, no fue esa su característica principal; su poderío económico –del que, por supuesto, se desprende también una hegemonía bélica– sirvió como ariete para conquistar buena parte del mundo.

Algo que hizo de diversas maneras: con una moneda (el dólar), devenido referencia económica universal obligada, o con más de 800 bases militares diseminadas por todo el planeta, que trajo consigo una avalancha de imposiciones políticas y culturales con lo cual su faceta imperialista marcó a fuego el siglo XX.

El siglo XXI, sin embargo, plantea una interrogante respecto a si ese país seguirá haciendo las veces de potencia hegemónica imperial, cómo y de qué manera. Todo indica que esa supremacía está en riesgo, abriendo una pregunta sobre las próximas décadas y el papel que seguirá jugando la potencia estadounidense. O si, inexorablemente, vamos hacia una nueva guerra mundial de proporciones dantescas, en la que Estados Unidos, quizá dando manotazos de ahogado, no querrá abandonar su posición dominante.

Si vemos su reciente rendimiento económico, el gigante no está en expansión, no está en crecimiento sostenido como lo estuvo durante décadas desde mediados del siglo XIX. Terminada la Segunda Guerra Mundial, su Producto Bruto Interno representaba el 52% de la producción total mundial; hoy es de apenas el 18%. Ello no significa que esté en franca caída, pero sí revela una tendencia: muy probablemente ha pasado su apogeo.

Ahora bien: en las oficinas de planificación estratégica, tanto de sus grandes corporaciones (el gobierno, de hecho), como gubernamentales (el de derecho), esto ya se sabe. La aparición de nuevos actores cargados de bríos –China fundamentalmente, también Rusia, la Unión Europea disputándole espacios económicos, los BRICS– son los factores que amenazan con destronar a Washington de su sitial de locomotora de la humanidad.

Apenas terminada la Guerra Fría, los sectores más conservadores de la clase dirigente estadounidense se dieron a la tarea de aprovechar esa coyuntura: habiendo salido ganadores de esa contienda con el rival socialista, el paso inmediato fue aprovechar el nuevo escenario para consolidar el liderazgo. Nace así el proyecto de dominación militar del mundo, a la cual el partido republicano le es perfectamente funcional. Con dos administraciones republicanas continuas del presidente George Bush, ese proyecto se consolidó, ofreciendo una visión unipolar sumamente belicista. Las guerras pasaron a ser su eje dominante.

Hoy por hoy, la fuerza de los Estados Unidos se basa en las guerras. En todo sentido: su economía doméstica está alimentada en un alto porcentaje por la industria de guerra, y su hegemonía planetaria (apropiación de materias primas e imposición de reglas de juego económicas y políticas a escala global) también depende de ellas.

Hoy día Washington necesita de las guerras, el país entero necesita de ellas para continuar viviendo. Sin las guerras, la potencia no sería potencia. La militarización va ganando paulatinamente todos los ámbitos: el económico, el primero. Y a ello siguen otras esferas: la política, la social, la cultural. La necesidad de las guerras se ha tornado imperiosa en el nuevo diseño geoestratégico de la gran potencia, del que se beneficia un monumental complejo militar-industrial.

Estados Unidos no está derrotado en absoluto. Pero ha iniciado un ciclo de regresión, de no expansión como proyecto de unidad nacional, con indicadores macroeconómicos que muestran insostenibilidad en el largo plazo: su déficit fiscal es impagable, su nivel de consumo es irreal (se gasta más de lo que se produce), su grandeza depende de la guerra. Y esto último es un elemento definitorio: no hay economía sana que esté en dependencia de la guerra. Eso, tarde o temprano, cae, tal como le ocurrió a todos los grandes imperios.

La estrategia en curso con el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano con el que las grandes corporaciones dominan la política de la Casa Blanca consiste en desplegar fuerzas ofensivas infinitamente superiores a todos sus contrincantes (de hecho, en la actualidad, las fuerzas armadas estadounidenses tienen un poder de fuego similar a la suma de todo el resto del mundo) y guerras preventivas como parte definitoria de la iniciativa.

A través de ellas (con la excusa que sea, por supuesto) Washington se asegura cuatro cosas: 1) recursos vitales –energéticos, agua, materiales innovadores–, 2) posicionamiento militar cada vez más amplio en todo el orbe, 3) movimiento en su economía interna con una formidable industria bélica que no se detiene, y 4) negocios.

La guerra para ellos es negocio, así de simple. Negocio para las grandes corporaciones fabricantes de armamentos (Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, Halliburton, BAE System). Negocio también para las empresas que dependen de los recursos saqueables (petroleras, las que manejan los recursos hídricos –futuro gran negocio del siglo XXI–, mineras, las que rapiñan biodiversidad, etc.), y negocio para toda la lógica que ha ido construyendo el imperialismo en esta última década, consistente en destruir militarmente para luego reconstruir.

Iraq es el ejemplo más ilustrativo, y seguramente el punto de partida del modelo de nuevas guerras por venir. Petróleo, agua, bases estratégicas, y ¡muchos negocios! Destruido un país hay que volver a ponerlo en pie, y ahí están los multimillonarios contratos que ofrece la administración federal a sus empresas (y en muy menor medida a sus socios) para hacer (rehacer) todo: servicios públicos, infraestructura básica, seguridad.

Incluso alimentación: los invadidos –eufemísticamente llamados "liberados"– iraquíes son forzados a consumir alimentos transgénicos producidos por compañías de Estados Unidos sin permitírseles a los agricultores locales ni siquiera acopiar semilla. En otros términos: estamos ahora ante guerras que ya no son sólo de conquista de territorio para el saqueo sino que transforman el país invadido en un rehén absoluto para ir a hacer negocio permitiéndosele a la población derrotada, cuanto más, ser mano de obra barata.

Pero la historia no ha llegado a su fin. La gente reacciona, siempre. Y la gente se enfurece a veces. Habrá que saber conducir ese descontento, entonces.


El fascismo ha vuelto para quedarse

enero 10, 2019

LUIS GONZÁLEZ REYES 


“Fascismo” es un término que se usa de forma relativamente polisémica, así que para sostener que “el fascismo ha vuelto para quedarse” es necesario explicar primero a qué nos referimos con dicho término. El fascismo de la primera mitad del siglo XX fue un movimiento de masas nacionalista, organizado contra los movimientos obreros y las personas extranjeras, pero también contra el liberalismo y la intelectualidad. Tuvo un fuerte carácter autoritario, articulándose alrededor de un liderazgo mesiánico. Se expresó a través de valores reaccionarios (tradicionalismo, nacionalismo, racismo, machismo), la práctica de la violencia y la identificación entre política y espectáculo. Fomentó una fuerte liberación emocional (victimismo, miedo, sentimiento de pertenencia).

Su estrategia consistió en hacerse con el Estado, lo que consiguieron especialmente en las zonas donde este estaba más desacreditado. El fascismo no era anticapitalista, como lo demostró donde tomó el poder, forjando alianzas con el gran capital, al que sirvió manteniendo a raya al movimiento obrero. Supuso más bien una reinvención del capitalismo mediante el abandono del liberalismo. Por eso, aunque se arropó de un ideario de adoración a la pureza ambiental en consonancia con la de la pureza étnica, resultó desarrollista en sus prácticas.

Funcionaron como motores del fascismo por un lado las “clases medias”, que intentaron así contener el ascenso de las más bajas, y por otro las capitalistas, que entendieron que era su única opción para garantizar la reproducción del capital. Pero también se adhirieron a él sectores excluidos socialmente. Nació y creció en un contexto de carestía material y zozobra existencial, con la idea extendida de que no había recursos para todo el mundo y que no era posible responder a los problemas de forma solidaria, por lo que era “lógico” que el grupo social “superior” pasase por encima del resto.

A este movimiento social es al que nos referimos al hablar de fascismo y no a cualquier otro tipo de autoritarismo o de política genocida. En la segunda mitad del siglo XX, el fascismo devino en una fuerza política minoritaria o incluso residual, pero esto ha cambiado irremisiblemente en el inicio del siglo XXI.

LAS CONDICIONES QUE ALZAN A LOS NEOFASCISMOS EN EL SIGLO XXI

Emilio Santiago Muiño afirma de manera muy acertada que “la revuelta de los chalecos amarillos en Francia es solo el tráiler de la película de la crisis ecosocial que lo va a cambiar todo en las próximas décadas”. Podemos añadir que es un movimiento protofasciscta, aunque no tiene que devenir en movimiento fascista necesariamente. Lo es porque las bases que alimentan el movimiento son las mismas que sostienen los fascismos del siglo XXI.

Actualmente estamos viviendo el inicio del colapso de la civilización industrial. Esta es una afirmación provocadora cuya justificación puede encontrarse aquí y, de manera más breve, aquí. Algunos factores que están produciendo este colapso son la inevitable restricción en el acceso a materiales y a energía, y el cambio climático.

Algunas de sus consecuencias son una menor capacidad de satisfacer necesidades sociales por parte de un mercado que se irá descomponiendo (al menos en su faceta globalizada) y de un Estado que será incapaz de sostener los servicios públicos tal y como se construyeron durante el siglo XX. Todo ello permitirá que los fascismos en Europa se conviertan en una realidad política a la que mantener a raya, pero que va a existir inevitablemente.

En este contexto de colapso, los fascismos están siendo aupados por partes sustanciales de las “clases medias” que restan, que intentan así conservar sus privilegios. Estos sujetos se caracterizan por el individualismo, la sumisión a la autoridad, la agresividad, el pesimismo sobre la naturaleza humana, el simplismo en la solución de problemas complejos y el miedo. Por otro, son impulsados desde las élites, pues conforme avanza el colapso sistémico se va convirtiendo en su mejor opción para conservar su posición.

Pero esto es un trazo muy grueso, hace falta determinar qué factores concretos están alimentando esos fascismos para justificar su eclosión y articular maneras de frenarlos. Podemos identificar ocho.

1. INSATISFACCIÓN

Donde la población esté más desesperada fruto de ser consciente de la infrasatisfacción de sus necesidades. Esto es algo que se extenderá conforme avance la descomposición de los servicios sociales y del mercado, y la población siga estando encadenada a un trabajo asalariado y al mercado para satisfacer sus necesidades. Así, la violencia y la disposición al sometimiento se combinan como respuestas a la frustración, la impotencia y el miedo.

No habría que pensar solo en la necesidad de supervivencia, sino también en otras como la de seguridad y la de identidad. De este modo, el fascismo dota de una identidad colectiva fuerte que da sentido a la vida de muchas personas en tiempos de desmoronamiento del orden pretérito, pero también de la vacuidad contemporánea.

En consecuencia, el fascismo sube por ser capaz de satisfacer, al menos en parte, las necesidades de su base social (en muchos casos a costa de los grupos que designará como chivos expiatorios). Por ello, en su ascenso desempeña un papel importante la creación de comedores populares, de bandas para “garantizar” la seguridad o de comunidades cohesionadas que sirvan de refugio emocional y satisfagan la necesidad de identidad.

En contraposición, una necesidad básica como la de la libertad podrá ser autosacrificada por partes importantes de la población para mantener al menos la ilusión de un aumento de la seguridad.

2. INDIVIDUALISMO

Aunque el fascismo no es un movimiento individualista, sino que crea una poderosa identidad colectiva, sí parte del individualismo, de poblaciones que tienden a optar por el “yo primero”. Una esencia del fascismo es su incapacidad de empatizar con el conjunto de la humanidad, lo que lleva a soluciones del tipo “los españoles primero”.

3. DESIGUALDAD

Sociedades con una fuerte desigualdad. En un contexto en el que los medios de control social presentes serán cada vez más inviables (sociedad de la imagen, consumismo, escuela, fábrica, negociación con los agentes sociales), las élites recurrirán cada vez más a incitar al odio y al miedo, y a la represión para sostener el actual orden social.

Esta desigualdad es estructural, ya que resulta imprescindible para el funcionamiento del capitalismo y, a la vez, constituye una consecuencia de su desarrollo. También es consecuencia de los modos de vida y de las infraestructuras construidas. Por ejemplo, las poblaciones empobrecidas que viven en barrios periféricos dependen más del automóvil que las enriquecidas. Y el uso del automóvil va a ser cada vez más inviable conforme avance la menor disponibilidad de hidrocarburos. Aquí se aprecia el carácter premonitorio de los chalecos amarillos franceses.

4. MIEDO AL OTRO

Esto resulta más fácil en espacios donde se haya sembrado ya el miedo a “el/la otro/a”, que justificará la represión, ayudará a cohesionar a las mayorías sociales y facilitará la persecución étnica propia de los fascismos. Es decir, que otro factor de auge del fascismo son las sociedades multiculturales y no interculturales. El Ejido puede ser un ejemplo paradigmático.

5. DESORIENTACIÓN SOCIAL

Las masas desorientadas que no comprenden lo que está sucediendo son más fácilmente manipulables con discursos demagógicos que orienten su rabia y frustración hacia la población más débil. En los espacios centrales, la generación “más preparada de la historia” no se encuentra en absoluto preparada para lo que está sucediendo.

Además, no existe casi concepción de los límites físicos y se conciben como incompatibles la supervivencia y la protección del entorno, lo que es un error dramático en tiempos del Capitaloceno (termino que considero más acertado que el de Antropoceno).

A la hora de pensar en las causas de la desorientación social, valoremos la responsabilidad de la mayoría de las izquierdas llamadas a parar el fascismo, que están obviando en sus discursos, pero sobre todo en sus prácticas, los límites ambientales, absolutamente indispensables en el mundo actual.

La desorientación se alimenta cuando, por ejemplo, se hacen llamadas al crecimiento o se promete una reconstrucción del “Estado del Bienestar” que, simplemente, son imposibles en el siglo XXI. En contraposición, dentro de la demagogia fascista hay mensajes que expresan muy bien lo que está sucediendo. Cuando dicen “aquí no cabemos todos”, tienen razón, ya que se refieren a que no se cabe manteniendo un tren de vida alto.

6. IMPRONTA COLONIAL

Estas opciones crecerán con más facilidad en los Estados con una mayor impronta colonial, aquellos en los que el grueso de la población lleva generaciones disfrutando de un alto nivel de consumo. De este modo, en la “Europa rica” (Reino Unido, Francia, Austria, Holanda) se fortalecen más los partidos fascistas que en la “pobre” (Portugal, España, Grecia), aunque con sonoras excepciones (Hungría).

7. DEMOCRACIAS DÉBILES Y GOBIERNOS AUTORITARIOS

También se desarrollarán preferiblemente en las “democracias” menos asentadas, Estados más desacreditados y por supuesto Estados ya autoritarios. Pero sin olvidar que la historia europea demuestra cómo la evolución desde democracias parlamentarias hacia dictaduras fascistas puede ser muy rápida.

8. CONTROL DE LAS MUJERES

Solo mediante un renovado dominio sobre el cuerpo femenino está siendo posible sostener las tareas de cuidados y, al tiempo, intentar mantener los beneficios empresariales. Se está reforzando la adjudicación a las mujeres de la realización gratuita de las labores de reproducción social y, a la vez, de los trabajos remunerados más precarios y mal pagados. De forma más profunda, las relaciones de poder en lo macro se tienen que reproducir también en lo micro y su expresión principal es el patriarcado.

ALGUNAS IDEAS PARA ENFRENTAR EL FASCISMO

El fascismo en el siglo XX fue derrotado por la conjunción de tres factores: un movimiento obrero fuerte, su derrota militar (sobre todo en la II Guerra Mundial) y el inicio de un periodo de crecimiento sin parangón histórico que permitió la articulación de la sociedad del consumo y del “Estado del Bienestar”, lo que fue alimentado por el inicio del uso masivo del petróleo como fuente energética básica. En España, donde el fascismo ganó la Guerra Civil, su derrota como movimiento tardó más (lo que no quiere decir que sus élites dejasen el poder).

Sin embargo, esta sociedad del “bienestar” se ha marchado para no volver jamás, pues se está agotando la base material que la sostuvo: grandes cantidades de materia y energía, y grandes sumideros planetarios todavía relativamente inalterados. Además, no hay tiempo para transiciones justas. Esa ventana de oportunidad se cerró hace 30 o 40 años. Las transiciones están sucediendo ya en un entorno de fuertes desigualdades, sociedades individualistas y coloniales, y carentes de autonomía. Todo ello son condicionantes que ya no hay tiempo de detener.

Por lo tanto, el escenario social en el siglo XXI no es el del 1% contra el 99% (si es que esta ecuación ha sido alguna vez correcta), sino el del 1%+20% fascista (por poner una cifra) contra el 79% restante. Serán (van siendo ya) sociedades muy polarizadas en las que el diálogo con el estrato fascista resultará, como sucedió en el siglo XX, casi quimérico. Esto conlleva un par de implicaciones importantes.

La primera es que las masas sociales tendrán que defenderse no solo de las élites, sino de partes de sí mismas. Las guerras civiles abiertas o encubiertas están servidas. Enfrentar estos escenarios buscando la construcción de sociedades justas, solidarias, democráticas y sostenibles no puede darse a través de la violencia.

El paisaje que quedó en la Europa Oriental victoriosa de la II Guerra Mundial resultó desolador. El de Europa Occidental, además de irrepetible, no era mejor si entendemos cómo se sostuvo a través de la explotación de la mayoría del globo. La violencia nunca ha abierto el camino de la liberación humana pues, como dice Sabino Ormazabal: “No trae más que sufrimientos e insensibiliza ante el dolor ajeno, impone la dialéctica amigo-enemigo, deshumaniza al adversario político, termina militarizando la rebeldía, cierra puertas, destruye puentes que tienen que volver a construirse, desvía objetivos, condiciona la práctica del conjunto de la disidencia, facilita la violencia del Estado, obstaculiza la participación social y lleva a la inmovilidad de la mayoría”.

Pero, en realidad no existen dos culturas puras, la violenta y la noviolenta, sino toda una gradación en función de las personas, los contextos y los momentos. Por ello, en la transición hacia un mundo noviolento desde la situación actual una opción es ir rebajando el uso de la violencia, aunque se tenga que emplear por ser el “lenguaje” común. Se responderá a la violencia con grados decrecientes de violencia. No es lo mismo defenderse que atacar, por ejemplo.

La forma de actuar del EZLN encajaría mucho con este tipo de actuación y podría continuar sirviendo como modelo. Además, ante una agresión también se podrá huir, pedir ayuda o resistir pacíficamente. Otra opción será cambiar el marco de juego, por ejemplo moverse por otro lado del territorio o llevar el conflicto a otro plano.

Una segunda implicación de la ecuación 1%+20% fascista vs 79% es la importancia de crear frentes amplios en ese 79% para frenar al fascismo. La hegemonía del fascismo estará determinada en función de si ese 79% forma un bloque antifascista o una parte sustancial de él deja hacer al fascismo. Construir estos frentes es complicado porque, en realidad, ese 79% es muy heterogéneo. En concreto, dentro de él se encuentran algunos de los agentes que han puesto las bases del auge del fascismo. El ejemplo más significativo es la socialdemocracia representada por el PSOE (pero que es mucho más que el PSOE).

Ha sido un actor clave en el aumento de las desigualdades sociales, del individualismo, de la pérdida de autonomía social, de la desacreditación del sistema parlamentario o de la desorientación social. Pero, a la vez, la socialdemocracia se va a situar en el bloque del 79%. ¿Podemos tejer esas alianzas sin estar a la vez alimentando las bases del fascismo? Incluso aunque la respuesta a la pregunta fuese no, ¿merecería hacerlo por frenarlo? Creo que sí, pues una de las características del colapso es que las ocasiones en las que tendremos que optar por lo menos malo aumentarán. Otra cosa será qué forma tomen estas alianzas.

En la articulación del 79% resultará muy importante crear alternativas que permitan a la población satisfacer sus necesidades, sorteando así las emociones que pueden hacer crecer el fascismo (miedo, desesperación, frustración). Estas alternativas deberán dotar de autonomía a las personas frente al Estado y, sobre todo, frente al mercado y ser resilientes en los contextos de colapso. Por supuesto, para ser viables, es imprescindible frenar la degradación ambiental.

Aunque estas alternativas son un requisito imprescindible para frenar el fascismo y, al tiempo, construir sociedades justas, democráticas, solidarias y sostenibles, también será necesario un reparto profundo de la riqueza. En un contexto de fuertes desigualdades y de descenso de los recursos disponibles, solo un reparto radical permitirá esquivar altos grados de sufrimiento social que alienten salidas desesperadas como el fascismo para las poblaciones más empobrecidas. Este reparto solo se puede lograr con medidas duras y con una confrontación abierta con las élites. No hay otro camino. Un ejemplo podría ser la renta básica de las iguales con recursos obtenidos mediante impuestos muy gravosos a las clases altas y expropiaciones.

También cumplirá un papel importante articular discursos holísticos que nos permitan comprender elementos básicos de nuestro tiempo. Necesitamos entender y mostrar la interrelación entre las crisis económicas, sociales, políticas y ambientales. También la irreversible quiebra del metabolismo industrial y las oportunidades que esto brinda para articular sociedades emancipadas.

Sí, oportunidades, porque el colapso del capitalismo global puede producir órdenes sociales mucho más deseables. Proyectar esperanza en el futuro, fruto de nuestro trabajo colectivo, es imprescindible, para evitar una profecía autocumplida: esa que afirma que tras el capitalismo global solo está el fascismo. Ningún movimiento social ha sido capaz de triunfar sin proyectar la esperanza de que podía conseguirlo.

Fomentar una empatía amplia (con personas cercanas y lejanas, y con el resto de seres vivos) entre el sector fascista va ser muy complicado, pero sí se puede lograr dentro del 79%. Para ello, será necesario articular modelos educativos formales, no formales e informales que busquen la conexión con el dolor ajeno.

Una última idea para fortalecer el bloque antifascista es la necesidad de que encontremos sentido a nuestra vida. Un sentido que pase por la realización colectiva, que tenga una mirada ecocéntrica. A nivel histórico, las espiritualidades han desempeñado un papel determinante en esto y pueden volver a hacerlo.

Para terminar, pongámonos en la visión más oscura: el triunfo político y social del fascismo. No existe ningún ejemplo histórico en el que estos regímenes se hayan podido mantener más allá de unas décadas, que es muy poco tiempo a nivel histórico. La necesidad de libertad es una de las básicas de los seres humanos, tan movilizadora e importante como la de supervivencia, seguridad o identidad, como argumenta Mandred Max-Neef.

Además, el fascismo no será capaz de garantizar la seguridad, pues se asienta sobre la desigualdad y está por ver si consigue garantizar la supervivencia. Por eso, tarde o temprano surgirán movimientos sociales que acabarán con las articulaciones fascistas. Trabajemos porque sea pronto.


Los peligros de las ONGs en los derechos de las mujeres en África

enero 07, 2019

HALA AL-KARIB 


Las agendas de las ONG en África despolitizan los derechos de las mujeres, las dejan de lado y debilitan el activismo africano de base.

La emancipación de las mujeres es uno de los aspectos más significativos de la transformación social y cultural en todo el mundo. Las mujeres se están moviendo gradualmente para ocupar más espacio en la arena pública. Sin embargo, en África, la historia y la dinámica actual de los movimientos de emancipación de las mujeres están fuera de los estudios e investigaciones y, a menudo, están poco documentados más allá de las mujeres asociadas a partidos políticos, movimientos de liberación u ONGs que reciben fondos del norte global.

Durante años, las mujeres africanas han atravesado múltiples capas de alienación y represión, la esclavitud duradera, el colonialismo, el patriarcado estatal postcolonial y la victimización, agravadas por los ciclos de conflictos armados y civiles que han obligado a las mujeres a desempeñar funciones de combatientes, supervivientes y víctimas. La participación de las mujeres en la reconciliación y la paz entre las comunidades se deja de lado y se aborda superficialmente en los procesos políticos.

Durante los últimos 40 años, las mujeres, especialmente las mujeres pobres que son la mayoría de la población del continente, han luchado contra el impacto de la privatización y las economías de mercado abierto que, a su vez, afectaron a las trabajadoras, maestras, matronas, curanderas, agricultores y pastores de ganado. Todos perdieron su trabajo de una forma u otra, así como las oportunidades para progresar y participar en movimientos feministas colectivos independientes.

Por ejemplo, en Sudán y en Sudán del Sur, los trabajos de partería, enfermería y enseñanza fueron ocupados predominantemente por mujeres que tenían sindicatos fuertes durante los años 60 y 70. Estas uniones sirvieron como incubadoras para el movimiento feminista, donde las mujeres trabajadoras con acceso a los derechos y al discurso colectivo tomaron la iniciativa para difundir el mensaje de la liberación de la mujer y buscaron liderar con el ejemplo.

Sin embargo, estos empleos y los sindicatos que los acompañaron se han derrumbado totalmente desde entonces, con generaciones de mujeres desempleadas o subempleadas, y obligadas a rendirse a las oscuras realidades sociales y económicas.

En los años 80 y 90, el colapso de los sindicatos y la privatización condujeron, entre otras cosas, a la polarización y a los conflictos armados en toda la región, lo que agravó los problemas a los que se enfrentan las mujeres vulnerables.

Aquellos que se vieron obligados a adaptarse, comúnmente al migrar a centros urbanos y a través de las fronteras en busca de trabajo alternativo, asumieron cualquier forma de sustento disponible para ellos, como la venta ambulante, el trabajo doméstico, el comercio menor y los trabajos de servicio mal remunerados.

Posteriormente, el movimiento de mujeres perdió su poder colectivo. Las mujeres perdieron su solidaridad, su conexión entre ellas y, lo que es más importante, tristemente, su capacidad para participar en política colectivamente porque habían sido desarraigadas, desplazadas y polarizadas.

El espacio civil en el Cuerno de África está ahora completamente ocupado por ONGs. Durante los últimos 40 años hemos estado viviendo en lo que yo considero "la ONG del espacio civil", donde el lenguaje y la retórica de la igualdad de género son generados principalmente por ONGs internacionales. El desafío de la ONG es que está predominantemente sujeta a la imaginación, las suposiciones y al interés de las instituciones de financiamiento del norte y sus sustitutos.

Por ejemplo, desafiar a la mutilación genital femenina (MGF) ha sido un tema prioritario que dominó el trabajo sobre los derechos humanos de las mujeres en todo el Cuerno de África durante más de 40 años, lo que significa que para ser una activista por los derechos de las mujeres y la igualdad de género, uno está obligado a trabajar y a hablar sobre la MGF, construyendo así una visión distorsionada de lo que significa ser una activista y una institución de los derechos de las mujeres. Esto ha ocurrido a pesar del hecho de que las mujeres en esta región tienen una larga historia de lucha política y social, que perdura hasta nuestros días. Sin embargo, la mayoría de las instituciones del norte reducen los derechos de las mujeres y las violaciones contra las mujeres a una lucha unidimensional contra la MGF. Sin lugar a dudas, la MGF es una violación de los derechos de las mujeres y de las niñas, pero es un síntoma de una cultura profundamente arraigada que busca socavar y subordinar a las mujeres mediante el control de sus cuerpos, una cultura que ha sido alimentada y alimentada por regímenes políticos ultraconservadores.

NADIE NECESITA EL DOLOR DE CABEZA DE LA POLÍTICA

En consecuencia, la mayoría de las organizaciones de mujeres se convirtieron en espacios pasivos donde las personas no "hacen" política. El trabajo sobre los derechos de las mujeres se ha centrado más en las relaciones públicas. Los presuntos activistas se convirtieron en elites que compiten por los recursos y privilegios.

En este contexto, la retórica de la incorporación de la perspectiva de género minimiza las causas fundamentales de la subordinación de las mujeres y la política detrás de esa subordinación. Los pocos activistas de conciencia pública se convierten en forasteros, portadores de malas noticias y, a menudo, se los califica de demasiado difíciles, demasiado políticos.

Esta despolitización del movimiento de las mujeres es extremadamente peligrosa para el futuro de las mujeres africanas. Ya ha influido en generaciones de mujeres más jóvenes en nuestra parte del mundo, lo que las hace aspirar a trabajar para que las ONGs defiendan los derechos de las mujeres para reclamar privilegios sociales y económicos, en lugar de realizar cambios significativos.

En los países donde la mayoría lucha por acceder a las necesidades humanas básicas, las élites de las ONGs locales utilizan sus posiciones para obtener privilegios al tiempo que evitan el dolor de la política. Sin embargo, la conversación sobre los derechos de las mujeres y la construcción de la agenda de las mujeres no se puede lograr sin el activismo político.

#METOO EN ÁFRICA

El movimiento #MeToo ha sido crucial para exponer relaciones de poder establecidas que transmiten la subordinación de las mujeres. Sin embargo, incluso en el contexto de occidente, un poderoso movimiento como el #MeToo puede ser abortado y manipulado fácilmente por el poderoso sistema patriarcal si no está claramente definido y estructurado contra los patrones de relaciones de poder diseñados para socavar a las mujeres y las personas marginadas. #MeToo eventualmente podría ser cooptado bajo las tendencias globales actuales de creciente conservadurismo y polarización socioeconómica.

Esta es la razón por la que, como mujeres africanas, debemos abstenernos de seguir ciegamente las dinámicas y la retórica del norte cuando se trata de la agenda de los derechos de las mujeres y pensar con mucho cuidado sobre nuestro propio movimiento #MeToo. El #MeToo africano debe estar basado e informado por las realidades complejas de nuestras experiencias.

Las mujeres han hablado en África desde hace mucho tiempo, pero en un vacío. Nuestras instituciones judiciales se están quedando atrás en materia de derechos humanos y justicia y son predominantemente de naturaleza patriarcal. Por lo tanto, es importante que las activistas de los derechos de las mujeres pongan en primer plano su entendimiento político mientras buscan la igualdad y la justicia.

Vivimos en sociedades donde la violencia está legitimada y profundamente integrada en nuestras leyes y normas culturales. La poligamia es rampante y la mayoría de nuestros países no tienen leyes de estatus personal que respeten los derechos de las mujeres ni los derechos humanos. La violencia sexual sigue siendo una característica de las realidades vividas por las mujeres. En los últimos tiempos, oleadas de fundamentalismo islámico y cristiano se están extendiendo y encontrando un terreno de juego fértil para institucionalizar la misoginia en nuestras sociedades.

LOS RIESGOS DE SEGUIR CIEGAMENTE LA DINÁMICA Y LA RETÓRICA DEL NORTE

No hay duda de que el apoyo internacional ha desempeñado, y está desempeñando, un papel importante para permitir la existencia continua de un discurso sobre los derechos de las mujeres en África. Sin embargo, el apoyo de los “blancos” ha controlado en gran medida la agenda de los derechos de la mujer y la igualdad de género junto con nuestra imaginación, reduciendo nuestra capacidad como activistas para ser dueños de la conversación.

Más importante aún, a los proveedores de apoyo internacional se les ha permitido decidir qué constituye el éxito y el fracaso del activismo, y quiénes pueden ser reconocidos como activistas legítimos.

Por lo tanto, muchos grupos sin una gota de espíritu activista en su sangre, cuya postura contradice completamente las necesidades ideológicas y la esencia del feminismo y los derechos de las mujeres, se promueven al azar porque cumplen con los términos regulados del compromiso (las reglas del juego).

Por otro lado, los activistas que luchan por ser propietarios de la agenda son sospechosos y, a menudo, son estigmatizados por ser "demasiado políticos".

Además, la mayoría de las modalidades actuales de apoyo del Norte al Sur están fuertemente comercializadas. El trabajo sobre el cambio social y la igualdad de género se está convirtiendo gradualmente en una mercancía bajo el reclamo de abordar la corrupción y tomar control de los recursos y los gastos. En los últimos 20 años, USAID y el gobierno del Reino Unido han canalizado la mayoría de sus recursos a los países en desarrollo a través de empresas privadas.

Estos tipos de empresas subcontratadas que actúan exclusivamente sobre la base de cálculos financieros se pusieron en control para participar en temas extremadamente complejos, como la paz y la reconciliación, la violencia sexual, el antiterrorismo y otros. Estas entidades carecen no solo de experiencia y conocimiento, sino también del interés y la empatía genuinos que los calificarían para ese rol dentro de la sociedad civil local.

Hoy, los compromisos entre el Norte y el Sur sobre los derechos de las mujeres no se basan en la solidaridad, como se supone que deben ser. En cambio, la retórica de la igualdad de género y los derechos de las mujeres está siendo utilizada por las instituciones europeas y americanas para capitalizar estas ideas. El conservadurismo, que ahora es dominante en muchas de estas instituciones, está fomentando la despolitización de los movimientos de mujeres, ya que no tiene un interés real en un creciente movimiento de mujeres africanas y en la transformación social. Esto no puede traer el cambio que necesitamos. No podemos hablar de cambio y construcción de movimiento bajo estos términos de compromiso. A menos que se realicen reformas fundamentales y valientes, los derechos humanos, los derechos de las mujeres y el desarrollo social serán superados por las instituciones de mercaderías.

Los movimientos de mujeres son movimientos políticos. Se trata de relaciones de poder, posiciones y objetivos políticos, involucrándose en políticas más allá de la mera representación, más bien como constituyentes conscientes que tienen objetivos claros y herramientas para la resistencia y están dedicados a los valores de solidaridad.

Las activistas y feministas de todo el mundo siempre deben recordar que nuestro compromiso con los derechos de las mujeres se basa en lo que hemos sufrido y seguimos sufriendo. Como feministas y activistas africanas por los derechos y la igualdad de las mujeres, nunca olvidemos que la responsabilidad es nuestra.


Sobre chalecos amarillos y piedras

diciembre 31, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 


Treinta años del neoliberalismo rematados con 18 meses de la “intensificación desreguladora” y una verdadera “blitzkrieg (anti)social” de Emmanuel Macron, un presidente de los ricos –ex banquero y él mismo un millonario–, éste “Júpiter” altivo y pretencioso –que una vez instruía a un desempleado “que sólo bastaba que yo cruzara la calle para encontrar el trabajo”– y los franceses dijeron ¡No!

Vestidos con chalecos amarrillos (gilets jaunes) –una prenda que cada conductor por ley lleva en su automóvil para casos de emergencia, un quintaesencial “significante vacío” (bit.ly/2rTragp) vuelto ahora en contra del Estado– careciendo de una estructura y liderazgo, con demandas heterogéneas y contradictorias –derecha/izquierda, corto/largo plazos–, unidos únicamente por la rabia acumulada, la (ambigua) demanda de la “justicia económica” y el grito “Macron démission!” hicieron temblar al gobierno (bit.ly/2BJwZlg).

“¡No se trata de un ‘movimiento’; es un levantamiento!”, escribía Fréderic Lordon (bit.ly/2SxJxD1), añadiendo que “los chalecos amarillos –cuya singularidad radica en llevar el fuego a donde éste no había estado antes: a las sedes de los ricos (los barrios adinerados de París)– representan una oximorónica figura, incomprensible para los poderosos, de ‘gente buena/gente enfurecida’, una –supuesta– contradicción, ya que para ellos la ‘gente buena’ es sólo ‘la mayoría silenciosa’, pero que hoy se siente empujada hasta el límite por el neoliberalismo y su ‘aceleración macronista’”.

“París no es un actor, sino campo de batalla –observaba Eric Hazan–, una gran diferencia frente a lo que pasaba en 1968 o durante la Comuna (1871). Hoy las cosas ocurren allí porque ahí está el poder –¡el hecho de que los disturbios tengan lugar en barrios de clase alta, también es una novedad!– pero la ciudad no juega un gran papel. Si insistiéramos en ser históricos, lo de hoy se asemeja a 1848, una ‘insurrección de las provincias’, igual sin líderes” (bit.ly/2SjnT5v).

• “Gilets jaunes son una ‘muestra representativa’ de lo que pasa con la población –no sólo francesa– bajo las nuevas tendencias en el capitalismo –apuntaba Étienne Balibar– (un movimiento que) encarna y denuncia la precarización de trabajo y vida (la supresión salarial y la acelerada uberización), y cuyo modo de representación política lo hace tan original, al proponer una alternativa al declive de la política, basada en auto-rrepresentación –‘la presencia en persona’– de un ciudadano indignado” (bit.ly/2EPB7UD).

“¡La revuelta popular en contra del rey: algo tan típicamente francés!”, exclamaba Toni Negri (bit.ly/2Cy1xYu), en alusión al soberbio estilo de Macron, subrayando la manera en que gilets jaunes –“un movimiento que no es ‘ni de derecha, ni de izquierda’”– lo cuestionó “en su propio terreno representacional” –siendo ésta la consigna de su “movimiento” (en marche) y la “fórmula” que lo catapultó al poder– “provocando la primer grande crisis de su ‘populismo centrista’”.

Macron no sólo allí acabó “echándose piedras en el propio tejado” (como reza el dicho popular).

Piedra uno: su “emblemática reforma” del código laboral (Loi Travail) que buscaba –entre otros– imponer “una nueva cultura de la mayor movilidad geográfica”: él mismo –con su característica arrogancia– decía que los trabajadores despedidos “en un lugar en vez de hacer lío, harían mejor en ir a buscar trabajo en otro” (incluso a varias horas de camino en automóvil).

Piedra dos: la eliminación del impuesto sobre las grandes fortunas (ISF) y la introducción del “impuesto ecológico” al diésel (bit.ly/2TciI7A), que afectaba a los más pobres –¡ahora forzados encima a moverse más!–, un claro ejemplo de cómo no –¡no eximiendo a las trasnacionales y a los ricos!– mitigar el cambio climático (bit.ly/2EOveGn).

Después las piedras ya caían como lluvia, también en dirección del propio Macron (atrincherado en el Elíseo).

Pánico, confusión, interpretaciones sesgadas sobre todo desde el centro (neo)liberal –que sí los gilets jaunes son los “neo-poujadistas” (¡sic!) o los “Croix de Feu del siglo XXI” (¡sic!)– con tal de sólo ir cerrando filas en torno al “niño-rey”, la estrategia que sirvió para subirlo –“por defecto”: ¡Le Pen!–, al trono en 2017, pero que hoy se queda insoportablemente corta.

Algo realmente está pasando cuando los comentaristas o figuras mainstream pierden cualquier contacto con la realidad y reflejan apenas la perplejidad de las élites –miren a Daniel Cohn-Bendit, el ex héroe de 1968, “aterrado por la violencia de los chalecos amarillos(bit.ly/2RN9ONI)– y cuando una de las voces más penetrantes resulta ser... Pamela Anderson.

Sí, no Perry –por ejemplo (aunque desde luego sería interesante saber lo que piensa)–, sino Pamela, la de Playboy, de Guardianes de la bahía [Los vigilantes de la playa en el Estado español (N.B.R.)], hoy una feroz y lúcida –¡JA!– crítica de la austeridad europea (bit.ly/2BDJE99): “Detesto a la violencia..., pero qué es la violencia de esta gente (tirando –por ejemplo– piedras), los automóviles de lujo quemados, comparando con la violencia estructural de las élites francesa y global?” (bit.ly/2BCgU0C).

“Quien siembra vientos, recoge tempestades” (si ya estábamos en lo de los refranes).


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco [Twitter: @MaciekWizz].

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