ROBERT A. MANNING 


Un líder deliberadamente ignorante y autoritario, rodeado de familiares y compinches, que alimenta el nacionalismo populista, parecía mezclar cargo público con intereses empresariales personales, desdeñando por inconvenientes las leyes, dispuesto a ignorar los hechos y decir cualquier cosa para embellecer su estatura –a expensas de la realidad–, no es un cuadro agradable.

Estos rasgos clásicos de dictadores de mentalidad estrecha, vistos a menudo en África y América Latina, nunca antes se habían asociado con los EEUU, el principal poder económico, militar y tecnológico del mundo. Eso es lo que significa el término "república bananera", y en lo que muchos temen que se está convirtiendo EEUU.

¿Una exageración? Seguramente. Sin embargo, existe un gran desconcierto y preocupación entre muchas personas en EEUU, Europa y Asia porque Donald Trump está socavando la imagen y el soft power [poder blando] de Estados Unidos, su atractivo como ejemplo.

El comportamiento de Trump ha planteado preguntas sobre la credibilidad de EEUU. En la reciente cumbre de la OTAN, Trump suprimió una referencia al artículo 5 (defensa colectiva) de su discurso y, según informes, castigó en privado a sus aliados demandándoles que gastaran más en defensa. Trump ridiculizó a la canciller alemana Angela Merkel y calificó a Alemania de "mala, muy mala" porque tiene un superávit comercial con EEUU. En las reuniones del G7, EEUU se ha negado a aceptar declaraciones sobre el libre comercio.

Al mismo tiempo, Trump ha abrazado a los socios autoritarios de EEUU como Arabia Saudita, Turquía y Filipinas, omitiendo referencias a los valores democráticos y los derechos humanos en sus comentarios públicos.

Todo esto ha comenzado a cambiar los cálculos de muchos socios y aliados de EEUU. Después de la elección de Trump, su postura “America first” [América primero], su aplauso al Brexit y el rápido rechazo de la Tratado Transpacífico (TPP) empujaron a Europa y Asia a buscar rápidamente acuerdos multilaterales para compensar la retirada estadounidense. Esto explica por qué Merkel remarcó que Europa "ya no podía confiar" en los de fuera –una enfática referencia a EEUU.

Igualmente, en una carta dirigida a los líderes de los 27 estados miembros de la UE a principios de este año, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, describió a Trump, junto a una China asertiva y una Rusia agresiva, como una de las tres "amenazas" externas al futuro de Europa. Tusk argumentó: "Debemos utilizar el cambio en la estrategia comercial de EEUU a favor de la UE intensificando nuestras conversaciones con socios interesados, mientras al mismo tiempo defendemos nuestros intereses".

El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, está liderando los esfuerzos para avanzar con el pacto de libre comercio TPP 11 menos los Estados Unidos, y completamdo un pacto comercial UE-Japón. La UE y China redoblaron la cooperación en materia de cambio climático después de que Trump se retiró del acuerdo de París.

¿Significa todo esto que EEUU ha cambiado irrevocablemente arrojando una nube de incertidumbre sobre el sistema internacional? No necesariamente.

Hay que recordar que los índices de aprobación de Trump han sido de alrededor del 36 por ciento, los mínimos históricos para un nuevo presidente de EEUU. La siguiente prueba importante de si Trump y su visión del mundo es un fenómeno temporal serán las elecciones del Congreso de EEUU en 2018. Ya se especula que los republicanos probablemente perderán su mayoría en la Cámara de Representantes.

En cualquier caso, Trump ya está chocando con las sólidas instituciones establecidas por la Constitución de EEUU, los tres poderes de gobierno –ejecutivo, legislativo y judicial– cuidadosamente diseñados hace 250 años precisamente para contrarrestar los peligros potenciales de un líder abusivo.

Controles y balances son la forma en que el sistema político de EEUU está diseñado para funcionar. Las órdenes ejecutivas de Trump para prohibir la inmigración de musulmanes han sido paralizadas por los tribunales federales. La fuerte oposición de la comunidad empresarial de EEUU impidió a Trump abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y un impuesto de importación favorecido por algunos asesores de Trump y líderes del Congreso parece muerto.

La Casa Blanca está bajo asedio. Un consejo especial designado por el Departamento de Justicia está investigando los posibles vínculos rusos con el triunfo electoral de Trump después de que las agencias de inteligencia estadounidenses acusaran a Rusia de interferencias en las elecciones de EEUU. El consejo especial también está investigando si el mismo Trump obstruyó la justicia.

Al final, EEUU sigue siendo la principal potencia económica, militar y tecnológica del mundo. Pero su comportamiento está creando cierto déficit de liderazgo global. Algunos se preguntan si acontecimientos como la salida de EEUU del acuerdo climático de París y del TPP equivalen a un momento "Este de Suez". Ese término fue usado cuando Gran Bretaña declaró una retirada del Imperio en 1968, diciendo que retiraría sus fuerzas al este de Suez.

Nadie debería subestimar la capacidad de recuperación de EEUU. Pero, de momento, la percepción generalizada del comportamiento de Trump está llevando a muchos a desconsiderar a EEUU, más con tristeza que con ira.


(*) Robert A. Manning es investigador principal en el Atlantic Council and its Foresight, Strategy and Risks Initiative [Consejo Atlántico y su Iniciativa de Prospectiva, Estrategia y Riesgos].


[Traducción: Taysa Negrín]

TEODORO SANTANA 


Imaginen que, por desgracia, sufre usted una grave enfermedad. Y que mientras un médico le explica claramente que necesita cirugía y quimioterapia, otro le dice que basta con unos calmantes y seguir con su “vida normal”. El primero y su terapia le serán, sin duda, más desagradables, pero le curarán. El segundo se le presentará con “mejor rollito”, pero le llevará a la tumba.

Ante la brutal crisis del capitalismo –que no de los capitalistas–, y ante las feroces políticas de recortes y ajustes, es más seductora la idea de “volver a la normalidad”, a los “buenos viejos tiempos”, que plantearse medidas radicales, acciones difíciles y colectivas que atajen el mal de raíz. Al fin y al cabo, late en todos nosotros la esperanza de que pase algo, de que venga alguien, que solucione las cosas y nos retrotraiga a una situación anterior más soportable.

En esas tesituras siempre aparecen los curanderos, los “sanadores”, los que ofrecen soluciones que no exijan sacrificios, sino imposiciones de manos, hierbas mágicas, pociones milagrosas. Lo que sea con tal de no recurrir a la cirugía.

De ahí la proliferación de quienes nos ofrecen soluciones benignas, fácilmente aceptables, a la crisis capitalista. Bastaría, según estos simpáticos taumaturgos, con volver al “Estado del Bienestar”, al “Estado [capitalista] Democrático y Social de Derecho”, quintaesencia de todas las bondades. Con unas cuantas píldoras fiscales y unos retoques a la legislación laboral, solucionado. Todo ello tragado en infusiones de puro electoralismo, porque en su cabeza no cabe otra administración del brebaje que no sea la estrictamente “legal”.

Para no ganarse poderosos enemigos, y para no tener que pelear con el “sentido común” burgués, a nuestros moderadísimos nigromantes no se les ocurre plantear tratamientos que pudieran atacar la esencia del capitalismo. ¿Nacionalización de la banca? ¡No, por Dios! ¿Salir del entramado imperialista UE-OTAN-euro? ¡Déjese usted de radicalismos! ¿Descolonización de Canarias? ¡Ni que no fuéramos europeos!

Lo que estos aprendices de brujo quieren no es acabar con el capitalismo, solo retrotraerlo a su forma más “amable”. Por eso hablan de un programa de “mínimos” (esto es, lo que no moleste a nadie). Y claro, lo mínimo es no tocar la dominación capitalista. No es como si fuesen unos “rojos de mierda”.

El problema es que no ven –o no quieren ver– que el sistema capitalista, que ha entrado en una fase histórica de barrena en sus potencias centrales imperialistas, no puede volver a ser “amable”, aunque quisiera. Los recortes y los ajustes no son fruto del capricho o de la maldad intrínseca de los grandes capitalistas y sus partidos lacayos, a los que de repente les ha dado por jeringar hasta el paroxismo a los trabajadores.

Lo que ocurre es, simple y sencillamente, que, llegados a este punto, al capitalismo le es imposible sobrevivir si no es aumentando todo lo posible –y hasta lo imposible– la tasa de plusvalía. No puede permitirse que se estanque ni retroceda. Y para ello lo único que cabe hacer es sacar dinero de nuestros salarios, reduciendo tanto los directos (lo que nos pagan en la nómina) como los indirectos (sanidad, educación, cobertura de paro, pensiones, servicios sociales, etc.).

Por mucho que hablemos de que, en vez de ajuste, se haga “inversión para el crecimiento”, tal cosa es imposible si no se dispone de capital. Ya quisieran los propios capitalistas poder entrar en una fase de crecimiento. Pero ello no es posible si sólo se dispone del capital público, esto es, de la parte del capital proveniente de los impuestos –por muy “justos” o “progresivos” que sean–: hay que disponer de todo el capital. Y eso significa que hay que expropiar de todo su capital (y de sus medios de producción) a los capitalistas.

Claro que éstos –y sus servidores– no lo van a consentir pacíficamente. Como ha ocurrido siempre en la historia, van a sacar toda la artillería –literalmente– contra quién pretenda tal “atentado” contra sus sacrosantos “derechos”, contra sus leyes, contra su Constitución, contra su “Estado de Derecho”. Bueno fuera.

Y nuestros modernos hechiceros reformistas no están por afrontar tan tremendo berenjenal. ¡Por Dios, si sólo quieren ganar unas elecciones, no meterse en una guerra! ¡Programa de “mínimos”, porfa, que estos jodidos comunistas –“radicales”, “dogmáticos”, “antiguos”– nos quieren meter en un lío!

Ni puñetero caso les haría uno a estos eternamente fracasados curanderos del capitalismo, si no fuera porque su “medicina” levanta falsas expectativas entre la clase obrera y los sectores populares, alejándolos de la verdadera solución. Al fin y al cabo, la tendencia humana es la de preferir salidas fáciles, aunque sean ilusorias, a soluciones difíciles, complicadas y dramáticas.

“Desgraciadamente, nosotros, / que queríamos preparar el camino para la amabilidad / no pudimos ser amables”, escribía Bertolt Brecht. Sí, a todos nos gustaría el camino afable. Pero tenemos el doloroso deber de explicarle al paciente, a nuestras hermanas y hermanos, las trabajadoras y los trabajadores, que en esto no hay soluciones fáciles. Y también el deber ineludible de prepararlos y organizarlos para la revolución.



KARIM OUB 


Una de las facetas de la protesta actual está ligada a la existencia de un movimiento cultural amazigh y a las luchas de las poblaciones autóctonas. La defensa de la cultura y de la lengua tiene también un fundamento social y se traduce en la búsqueda de una unión entre la defensa de una identidad específica discriminada y la lucha por una emancipación social y democrática.

En Alhucemas, las movilizaciones contra la “hogra” (la arbitrariedad y el desprecio), tras la muerte del joven vendedor de pescado Mohcin Fikri, debidas a la intervención de las autoridades locales, tienen relación con la situación particular del Rif y la memoria colectiva de la población.

El Rif es la epopeya de Abdelkrim Al Khattabi que fundó una República (1917-1926) en su lucha guerrillera anticolonial y demostró toda su vida una desconfianza respecto al majzén; son los miles de muertos en 1958, tras un levantamiento popular ahogado en sangre por Hassan II, entonces príncipe heredero; es el corazón de las revueltas populares contra las políticas de ajuste estructural; son los cinco jóvenes cuyos cuerpos fueron encontrados carbonizados durante el Movimiento 20 de Febrero.

Y es la persistencia de una identidad amazigh. El término amazigh significa “hombre libre”. Es reivindicados frente a los demás nombres, como “bereber”, impuestos por las diferentes colonizaciones o las élites. La movilización en Alhucemas asocia la bandera amazigh, la de la república del Rif y las consignas sociales y democráticas contra el majzén. Esta unión entre reivindicaciones sociales, democráticas y culturales remite a una historia específica.

La población autóctona amazigh ha tenido que hacer frente, durante un largo período, a las tentativas de negación de su identidad y de sus formas de organización social. Las comunidades campesinas reagrupadas en tribus (confederadas) tenían un derecho de uso colectivo sobre la tierra y los recursos naturales. Históricamente han manifestado una autonomía más o menos marcada en relación al poder central. La colonización francesa intentó una asimilación y una política de desestructuración de sus bases económicas y de su relación con la tierra, suscitando resistencias populares armadas. Pero cuando se produjo la independencia, la cuestión amazigh fue marginada.

DISCRIMINACIÓN EN NOMBRE DE LA IDENTIDAD ARABO-MUSULMANA

Para el movimiento nacional oficial, principalmente urbano, la cuestión amazigh era inexistente. Incluso Mehdi Ben Barka proclamaba tras la independencia que “el bereber es sencillamente un hombre que no ha ido a la escuela. Se trata de un problema de instrucción y de evolución social, de equipamiento intelectual y de equipamiento técnico del campo”. La identidad nacional marroquí defendida por élites urbanas ambicionaba entonces sacar al campo del “atraso cultural”. No siendo ni “lengua del poder”, ni “lengua de desarrollo”, la lengua y la cultura amazigh fueron marginadas y folklorizadas.

La monarquía puso por delante el carácter arabo-islámico de su legitimidad. Al islam oficial no le puede hacer competencia ninguna otra lengua, ni siquiera un islam popular que sea un poco diferente. La concepción homogénea de la nación marroquí, cuya unidad está materializada por la monarquía como poder indivisible sobre todo el territorio, ha acentuado la marginación política y cultural de las poblaciones amazigh.

Las políticas lingüísticas en la enseñanza y la administración, opuestas a las lenguas maternas, han contribuido a excluir socialmente a amplias categorías populares. Las políticas socio-económicas han marginado a territorios enteros, bien por motivos políticos (es el caso de un Rif considerado como una zona disidente y “castigada” por el Estado), bien porque están integrados en el “Marruecos inútil” (para el capital local e internacional), en particular en el mundo rural y en las regiones de dominante amazigh (el Souss y el Centro).

La cuestión amazigh no borra las múltiples influencias que han moldeado la realidad cultural, social y demográfica de hoy. Prácticamente no existe ya, salvo en zonas muy restringidas, etnia “pura” de pertenencia amazigh o árabe. La mayoría es arabo-amazigh. Pero esto no significa excluir la existencia de una opresión específica cristalizada por el Estado, así como la de especificidades regionales etnoculturales. Una comunidad /pueblo que no puede ni gobernar ni educarse en su lengua está discriminada.

GÉNESIS Y DESARROLLO DEL MOVIMIENTO AMAZIGH

El movimiento amazigh ha conocido varias fases. En los años 1960/70, se refugió en una defensa de las “culturas populares”, sin plantear reivindicaciones de carácter político o democrático. Los años 1980 fueron los de una gestación difícil en un contexto represivo. Solo durante el decenio siguiente, en resonancia con la cuestión de la Kabilia en la vecina Argelia, se produjo un reagrupamiento de las diferentes asociaciones sobre la base de la Carta de Agadir (1991). Ésta reivindica la constitucionalización de la lengua amazigh, su utilización y generalización en la enseñanza y la administración.

Pero esta politización solo ha ido acompañada de algún memorándum con destino a la clase política y el poder. La dirección del movimiento no buscaba la confrontación. En los años 2000, el poder llevó a cabo una política de cooptación. Las direcciones mayoritarias apoyaron la creación del Instituto Real de la Cultura Amazigh, contentándose con la introducción parcial del amazigh en ciertos cursos (en 2003) y la creación de una cadena de televisión de difusión limitada (2008).

La cooptación se ha apoyado igualmente en una crisis abierta en el seno del movimiento, que ha llevado a muchos de sus cuadros y militantes a replegarse al terreno asociativo local, financiado por organismos cercanos al poder. El movimiento ha conocido un reflujo y la cristalización de varias corrientes: etnicista-chauvinista, autonomista, institucional, democrática radical… Sin embargo, en 2011, el M20F mostró la posibilidad de un movimiento popular que integrara las reivindicaciones específicas en un combate general contra el despotismo. El reconocimiento de la legitimidad de las reivindicaciones amazigh constituía un consenso. Esta dinámica obligó al poder a reconocer a la lengua amazigh como lengua oficial aunque sin ponerla en pie de igualdad, aunque este “reconocimiento” debiera esperar a decretos de aplicación, que se han mostrado posteriormente como sin alcance real.

TAREAS Y PERSPECTIVAS

El poder puede reprimir o hacer concesiones formales, pero entonces tiene que soslayar las reivindicaciones. La lucha por la satisfacción de los derechos culturales y democráticos no puede apoyarse en el diálogo con él, ni limitarse a un reconocimiento oficial de la lengua (que necesita) una ruptura con las políticas de austeridad que asfixian a la enseñanza pública, la formación de los maestros y la posibilidad de generalizar su uso.

Pero también hay que luchar por una reforma agraria y territorial. La cultura y la lengua amazighs han sido, en efecto, sostenidas por comunidades ancladas en los lazos sociales y materiales que permitían un régimen específico de propiedad. Las tierras eran colectivas, aunque las comunidades tuvieran en sus manos solamente su uso. El dahir (decreto) de 1919 rige el “derecho de propiedad de las tribus, fracciones, duars u otros agrupamientos étnicos sobre las tierras de cultivo o de paso de las que gozan a título colectivo”. Colocadas hoy bajo la tutela del Ministro del Interior, estas tierras se extienden sobre una superficie estimada en 15 millones de hectáreas. Los amazigh están hoy particularmente afectados por la intensificación del acaparamiento de tierras agrícolas y ganaderas, que priva a las poblaciones rurales de sus recursos naturales (minas, bosques, caminos, agua) y de sus medios de subsistencia, suscitando como respuesta una dinámica de resistencia.

Las movilizaciones de Imider (1) han reactualizado las formas de organización comunitarias, asociando al conjunto de los habitantes a la dirección de la lucha. La cultura amazigh se asume aquí como un medio de lucha colectiva sobre cuestiones sociales, ecológicas y democráticas. En Alhucemas las asambleas generales se hacen en la lengua del oprimido. Si es difícil saber bajo qué forma un movimiento de masas podrá unificarse y cristalizar, hay ya una nueva generación que no se reconoce en las estructuras oficiales del movimiento amazigh. Está en juego la construcción de un movimiento combativo, independiente, unitario, laico, que sepa combinar las luchas específicas y las luchas por una emancipación global.

Ésta implica un Estado laico en el que las formas de legitimación del poder no se basen en una religión instituida. La igualdad de derechos de las lenguas y culturas no puede basarse en la sacralización de la lengua árabe como lengua del Corán. Una resolución democrática implica además una ruptura con las concepciones centralizadoras y homogéneas de la nación, a fin de garantizar la posibilidad de una autonomía nacional-cultural y de la autoadministración regional. Pero también y al mismo tiempo, implica una lucha de clases resuelta contra la clase dominante cualquiera que sea su coloración étnica, para que las clases populares conquisten el poder real y construyan una sociedad igualitaria, multicultural, liberada de toda forma de opresión y de explotación.


(*) Karim Oub es un militante amazigh y marxista revolucionario.


NOTA

(1) Imider: una lucha que comenzó en 1996 pero que tomó una nueva dimensión hace seis años, con la instalación de un campamento permanente de los habitantes de los diferentes pueblos que luchan por el derecho a los recursos, acaparados por un holding real, y contra la polución generada por la explotación de la mina.


[Traducción: Faustino Eguberri para viento sur]

WILLIAM I. ROBINSON 


La discreta escalada de la intervención de Estados Unidos en Medio Oriente ocurrida en las semanas recientes llega en un momento en que el régimen de Trump enfrenta un creciente escándalo sobre la presunta injerencia rusa en su campaña electoral de 2016, además de los índices históricamente más bajos de aprobación para un presidente entrante y una resistencia cada vez mayor entre la población. Los gobernantes estadunidenses a menudo han lanzado aventuras militares en el exterior para desviar la atención de las crisis políticas y los problemas de legitimidad en su ajuar.

Más allá de la intervención en Irak y Afganistán, Trump ha propuesto un multimillonario incremento en el presupuesto del Pentágono. Ha amenazado con utilizar la fuerza militar en varios polvorines alrededor del mundo, incluyendo Siria, Irán, el sudeste de Asia, el flanco oriental de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) con Rusia y en la península de Corea. Por muy importante que sea el análisis geopolítico en la explicación de las crecientes tensiones internacionales, hay profundas dinámicas estructurales en el sistema de capitalismo global que empujen a los grupos gobernantes hacia la guerra. En particular, el sistema enfrenta una insoluble crisis de sobreacumulación y legitimidad a raíz del colapso financiero de 2008.

La emergente clase capitalista trasnacional (CCT) emprendió desde finales del siglo pasado una vasta restructuración neoliberal, liberalización comercial e integración de la economía mundial. La globalización permitió a la CCT reanudar la generación de ganancias y la economía global experimentó un boom al viraje del siglo. No obstante, esta globalización ha dado lugar a una polarización social mundial sin precedente. La agencia de desarrollo británico Oxfam informa que apenas uno por ciento de la humanidad posee la mitad de la riqueza del mundo y 20 por ciento controla 95 por ciento de esa riqueza, mientras el restante 80 por ciento tiene que conformarse con apenas 5 por ciento.

Dada esta extrema polarización de los ingresos, el mercado global no puede absorber la producción de la economía global. En los años recientes las ganancias corporativas han registrado niveles casi récord, al mismo tiempo que la inversión corporativa ha declinado. En la medida que se va acumulando este capital no invertido, crecen enormes presiones para encontrar salidas rentables al excedente. Los grupos capitalistas, especialmente el capital financiero trasnacional, presionan a los estados a crear nuevas oportunidades para la inversión rentable.

Los estados neoliberales han recurrido a varios mecanismos en años recientes para ayudar a la CCT a sostener la acumulación frente al estancamiento. El primero es el asalto y saqueo de los presupuestos públicos; segundo, la expansión del crédito a consumidores y gobiernos, sobre todo en los países ricos, y tercero, la frenética especulación financiera, que ensancha cada vez más la brecha entre la economía productiva y el “capital ficticio”. El producto interno bruto mundial alcanzó 75 mil millones de dólares en 2015, mientras el mercado global de derivados se estimó en la alucinante cifra de 1.2 billones de dólares. A la larga, estos mecanismos terminan agravando la crisis de sobreacumulación, ya que constriñen aún más la capacidad de absorción del mercado. El resultado es la cada vez mayor inestabilidad subyacente de la economía global.

Sin embargo, hay otro mecanismo que sostiene la economía global: la acumulación militarizada. Las desigualdades sin precedente sólo pueden ser sostenidas por los sistemas cada vez más expansivos y ubicuos de control social y represión. Pero más allá de las consideraciones políticas, la CCT ha adquirido un interés creado en la guerra, el conflicto y la represión como medio en sí de la acumulación. Mientras cada vez más se fusiona la acumulación privada con la militarización estatal, los intereses de un amplio despliegue de grupos capitalistas y élites giran alrededor de un cambio en el clima político, social e ideológico hacia la generación y el sostenimiento de los conflictos –como en Medio Oriente– y en la expansión de los sistemas de guerra y de control social, justificados por las así llamadas guerras contra las drogas, el terrorismo y los inmigrantes.

El gasto militar estadunidense subió en 91 por ciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras las ganancias de la industria militar casi se cuadruplicaron en este periodo. Un nuevo “complejo militar-seguridad-industrial-financiero”, a la vez integrado al sector de la alta tecnología, ha acumulado enorme influencia en los pasillos del poder en Washington y en otros centros políticos alrededor del mundo. Los militares activos y retirados que controlan la maquinaria estadunidense de guerra ocupan numerosos puestos en el régimen de Trump y cada vez gozan de mayor autonomía de acción. Sin embargo, detrás del régimen de Trump y del Pentágono, la CCT busca sostener la acumulación mediante la expansión de la militarización, el conflicto y la represión. Entre más llega a depender la economía global de la militarización y el conflicto, cada vez mayor es el impulso hacia la guerra y cada vez más altos los riesgos para la humanidad.


(*) William I. Robinson es profesor de sociología de la Universidad de California en Santa Bárbara (EEUU)


ALEJANDRO NADAL 


La teoría económica convencional ha sido expuesta una vez más como un gran depósito de fantasías. Sólo que esta vez la tarea de correr el velo de mentiras le correspondió nada más y nada menos que al banco central de Alemania, el Deutsche Bundesbank.

En su informe del mes de abril pasado, el Bundesbank comenta que a pesar de la política monetaria expansiva aplicada por el Banco Central Europeo (BCE) en respuesta a la crisis económica y financiera, la masa monetaria amplia, conocida en la jerga del mundo bancario como M3, sólo creció moderadamente en 2015 y 2016. Habría que añadir que entre 2009 y 2014 el crecimiento de esta medida de masa monetaria en circulación fue insignificante.

Esto significa que la inyección de liquidez que realizó el BCE para reactivar el crédito bancario a través de su política de tasa de interés cero no ha servido para reactivar el crédito bancario hacia la economía real. Recordemos que el BCE presta a los bancos a una tasa de cero por ciento y les cobra apenas 0.4 por ciento por el exceso de sus reservas. Además, el BCE ha aplicado a partir de 2012 una política de operaciones de financiamiento de largo plazo, compra de activos y operaciones monetarias en el mercado secundario. Como resultado de esta combinación de políticas las reservas de los bancos en la eurozona han crecido de manera importante. Pero todo esto simple y sencillamente no se ha traducido en una expansión del crédito bancario, como lo revela el débil crecimiento del agregado monetario M3.

El informe del Bundesbank indica con toda claridad que esta discrepancia entre el crecimiento de las reservas de los bancos y el cuasi-estancamiento del crédito se debe a que “la mayor parte de la oferta monetaria se integra por la creación monetaria a través de transacciones entre bancos y sus clientes”. Cuando un banco otorga un crédito, acredita el monto en la cuenta del cliente como si fuera un depósito a vista. Ésta es la esencia de las operaciones de creación monetaria. Y lo más sobresaliente del informe del Bundesbank es que explícitamente reconoce que “esto refuta la concepción popular equivocada de que los bancos actúan como simples intermediarios al momento de otorgar un crédito (es decir, la idea de que los bancos solamente pueden otorgar créditos usando los fondos que les han sido depositados previamente)”. Por la misma razón, concluye el informe, el exceso de reservas no es una precondición para que un banco conceda un préstamo.

Por lo tanto, la visión convencional que aún tiene la mayoría de los bancos centrales en el mundo, y que sigue siendo material estándar en los cursos de economía de la gran mayoría de las universidades, está equivocada. No es la primera vez que los economistas que trabajan en un banco central se lanzan contra uno de los pilares dogmáticos de la teoría macroeconómica convencional. En 2015 el Banco de Inglaterra publicó un documento de trabajo cuyo título dice todo: “Los bancos no son intermediarios de fondos prestables”.

Pero aunque su enfrentamiento con la realidad le es negativo, la ortodoxia se resiste a morir. Sus principales componentes son dos ideas falsas. Primero, en la economía existe un mercado de “fondos prestables” en el que ahorradores y demandantes de capitales se encuentran. En ese mercado se determina la tasa de interés, que sería algo así como el precio que iguala la oferta y demanda de fondos prestables. Segundo, existe también un mecanismo que se denomina el “multiplicador bancario” y que se supone explica la forma en que se multiplica el crédito. La idea central es que cuando los bancos tienen mayores reservas pueden otorgar más crédito. Esa creencia fue desmentida por tres economistas de la Reserva federal de Nueva York en 2008 (Keister, Martin y McAndrews) en un documento que también lleva un título revelador: “El divorcio del dinero con la política monetaria”.

Esos pilares de la ideología macroeconómica neoclásica sólo son producto del afán de cuidar un proyecto de economía política que ha sido devastador. Ni los bancos necesitan depósitos previos para otorgar un préstamo, ni necesitan reservas para reactivar el crédito. Por cierto, de aquí se desprende algo muy importante: la creación de dinero de alto poder por parte del banco central no necesariamente provoca inflación.

Quizás lo más significativo del nuevo informe del Bundesbank es que la crítica a la ortodoxia proviene de una institución que se ha caracterizado por ser uno de los más decididos defensores de la dogmática neoliberal en materia de política monetaria (y fiscal). El banco central alemán ha mantenido una postura crítica frente a la política monetaria expansiva del BCE. Pero como no parece que Mario Draghi, el actual director del BCE, se deje presionar por el Bundesbank, es posible que se haya optado por una táctica novedosa para este debate entre neoliberales. Al parecer, en esa nueva táctica todo se vale, incluso arremeter contra los dogmas que sólo sirven para brindar protección ideológica a los fanáticos del mundo neoliberal.


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