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Estados Unidos, una potencia con pies de barro

febrero 11, 2019

MARCELO COLUSSI 


El sistema capitalista ha impulsado prodigiosos avances en la historia de la humanidad. El portentoso desarrollo científico—técnico, que se viene registrando desde hace dos o tres siglos a la fecha —y que ha cambiado la fisonomía del mundo—, va de la mano de la industria moderna surgida a la luz del capitalismo. Problemas ancestrales de los seres humanos comenzaron a resolverse con esos nuevos aires que, del Renacimiento europeo en adelante, se expandieron por todo el planeta.

Pero ese monumental crecimiento tiene un alto precio: el modo de producción capitalista sigue siendo tan pernicioso para las grandes mayorías como lo fue el esclavismo en la antigüedad. Para que un 15% de la población mundial goce hoy de las mieles del “progreso” y la “prosperidad” (oligarquías de todos los países y masa trabajadora del Norte), la inmensa mayoría planetaria padece penurias. Con el agravante —que la historia humana anterior no registró— de la catástrofe medioambiental consecuencia del insaciable afán de lucro.

No olvidar que para constituirse como sistema con mayoría de edad, el capitalismo debió masacrar a millones de nativos americanos y africanos, generando así la acumulación originaria que dio paso a la industria moderna en Europa. En síntesis: el capitalismo es sinónimo, no tanto de desarrollo y prosperidad, sino más bien de destrucción y muerte.

Y es que ese desarrollo material fabuloso no logra el reparto equitativo —con auténtica solidaridad— de los productos derivados de una colosal producción: se llega al planeta Marte o se desarrolla la inteligencia artificial, pero no se acaba con el hambre. No se trata de un error coyuntural: el problema es estructural, de base. El sistema capitalista no puede ofrecer soluciones reales a los problemas de toda la humanidad. No puede, aunque quiera, pues en su esencia misma están fijados los límites. Como se produce en función de la ganancia, del lucro, el bien común queda relegado.

Por más que el llamado capitalismo de rostro humano, intente medidas caritativas para los más necesitados, válvulas de escape para permitir algunas mejoras paliativas, el sistema en su conjunto se erige contra la colectividad humana —a la que convierte en esclava asalariada, explotándola— y contra la naturaleza, devenida una mercadería más para consumir, obviando la condición del planeta como casa común.

Como sistema, el capitalismo —al no planificar la producción— tiene momentos de expansión y repliegue. Se supone que “la mano invisible del mercado” la regula; pero esa “mano” nunca resuelve a favor de las grandes mayorías, sino en función de los capitales. Por tanto, periódicamente, se asiste a crisis sistémicas generales, que terminan padeciendo los más desposeídos: las mayorías populares.

Desde 2008, transcurre una de las mayores crisis de esa naturaleza, comparable a la de 1930. Una especulación financiera sin par trajo consigo el quiebre de economías, con una recesión fenomenal que empobreció, aún más, a los más pobres e hizo desaparecer una exorbitante cifra de sectores medios y, con ello, numerosos puestos de trabajo.

El sistema no acaba de salir de su marasmo, aunque los grandes capitales en aprietos (bancos de primer nivel, empresas industriales como la General Motors) reciben asistencia de sus Estados, mientras las grandes mayorías empobrecidas tienen que resignarse y ajustarse aún más el cinturón. En otros términos: las ganancias son siempre para el capital, las pérdidas se socializan y las paga la clase trabajadora, el pobrerío en su conjunto.

En las potencias capitalistas (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón), la crisis se siente de una manera distinta que en los países históricamente empobrecidos. El fantasma en juego en el Norte no es el hambre, pero sí la precarización de la vida, la falta de trabajo, el estancamiento económico. Los planes de capitalismo salvaje (eufemísticamente llamado neoliberalismo) en estas últimas décadas, además de incrementar las riquezas de los más ricos, empobrecieron de una forma alarmante al conjunto de los trabajadores en todas partes del mundo.

Por un conglomerado de causas (planes neoliberales para las masas trabajadoras, una robotización creciente que prescinde de la mano de obra humana, traslado de plantas industriales desde la metrópoli hacia la periferia en beneficio de una mayor explotación), los trabajadores del llamado primer mundo vienen sufriendo un descenso en su nivel de vida. En Estados Unidos, la primera potencia capitalista mundial, es notorio.

Si bien el país no dejó de ser un gigante, la calidad de vida de sus ciudadanos está lejos de una franca mejoría en expansión, como ocurrió varias décadas antes, terminada la II Guerra Mundial. De “locomotora de la humanidad”, como se la consideró durante largos años, la economía estadounidense dista de una sana expansión. El hiperconsumismo sin freno trajo aparejado un hiper endeudamiento (a nivel personal—familiar y nacional) técnicamente impagable.

El poder de Estados Unidos viene sustentándose, cada vez más, en su condición de “grandote del barrio”. La discrecionalidad con que fijó su moneda, el dólar, como patrón económico dominante a escala planetaria, y unas faraónicas fuerzas armadas que representan, en sí mismas, la mitad de todos los gastos militares globales, constituyen el soporte en que se apoya. Pero este, en sí mismo, no es sostenible en forma genuina. La principal potencia capitalista del mundo tiene pies de barro.

La interdependencia de todos los capitales que fue sustentando el sistema a nivel global permite a la clase dominante estadounidense seguir manteniendo su supremacía; su Estado funciona como gendarme del orden mundial. Pero su dependencia de capitales de otras zonas (China, Japón) es vital.

Por otro lado, su monumentalidad se basa, en gran medida, en los recursos naturales que roba de distintas latitudes (petróleo, minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad). Sin ese militarismo desbocado —causa de muerte por millones, destrucción y avasallamiento de los grupos más vulnerables—, su supremacía económica no sería tal. En un informe del Global Policy Forum, James Paul, lo expresa sin ambages:

“Así como los gobiernos de los Estados Unidos. (…) necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte”.

Pero la economía próspera de las décadas del 50 y del 60 del siglo pasado se terminó. Estados Unidos —que de ningún modo ahora es un país pobre— está en decadencia. Los homeless (gente sin hogar) son cada vez más mayoritarios. Los trabajadores que han perdido sus puestos, y con ello los beneficios sociales, se cuentan por millones. Industrias florecientes, algunas décadas atrás, ahora languidecen, pues para el capital es más rentable invertir en la periferia, con salarios de hambre, que en el propio territorio estadounidense.

Un ejemplo icónico es la ciudad de Detroit. La que algunas décadas atrás fuera el centro mundial de la producción de automóviles —que nucleaba a todas las grandes empresas de capital netamente norteamericano con casi tres millones de habitantes— es ahora una ciudad fantasma, con apenas trescientos mil pobladores, fábricas cerradas, entre pandillas y calles sin luz. Lisa y llanamente, el capital no tiene patria ni nacionalismos sentimentales.

Si a los accionistas de la General Motors, la Ford Company o la Chrysler les es más lucrativo montar sus plantas industriales en cualquier enclave del Tercer Mundo y dejar en la calle a sus propios trabajadores, no tienen ningún reparo en hacerlo. Y lo han hecho.

Esa es la situación que hoy viene aconteciendo en Estados Unidos, y también en otros países de Europa Occidental: los trabajadores se van empobreciendo, por ello votaron a favor de la salida de la Unión Europea de los británicos (así como quieren hacerlo también en Francia, Holanda, Italia), o a favor de un ultraderechista como Donald Trump en Estados Unidos. El motivo para esa creciente derechización es el deterioro de la economía que, por supuesto, afecta a la clase desposeída y no a las oligarquías.



Venezuela en el juego geopolítico de EEUU, Rusia y China

febrero 10, 2019

VICKY PELÁEZ 

"Desde hace mucho ya no ganamos más guerras"
(Donald Trump, 2016)

El futuro de la globalización se decide en Venezuela. A pesar de las sanciones económicas, apoyo financiero a la oposición venezolana y "guarimbas" promovidas por la CIA —que mataron docenas de inocentes—, el Gobierno bolivariano sigue firme con la ayuda aparentemente invisible de Rusia y China que no permiten a Washington derrocar al chavismo.

Venezuela es la clave en el actual ajedrez geopolítico donde Rusia y China están desafiando la autoproclamada posición de EEUU como el 'hegemón' del planeta, combinando la ayuda económica al modelo bolivariano con la presencia industrial militar en el país.

Igual que en el caso de Siria y Corea del Norte, Donald Trump tachó de 'dictador' al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y dijo que "todas las opciones, incluyendo militares, están sobre la mesa". La fantasía de Trump está fuera de límites de la comprensión humana y es totalmente imprevisible. En un reciente artículo, el periodista William Astore escribió que todas las guerras de EEUU desde 2001 han sido sobrefinanciadas, sobrevaluadas y siempre han sido perdidas. Sin embargo, el Pentágono y el Departamento de Estado han aprendido que con la ayuda de los medios de comunicación a su disposición se puede convertir la derrota en la victoria (Le Monde diplomatique, 28 de enero, 2018).

Lo confirmó también el veterano reportero de la NBC News, William Arkin que presentó a la cadena de televisión su renuncia en protesta por el "apoyo reflexivo" de los medios de comunicación a las guerras que ordena Washington y a los generales que las dirigen.

Los medios de comunicación globalizados están tratando de convencer a la opinión pública que Venezuela está en vísperas de una "guerra desproporcionada" del Pentágono para derrotar al régimen de Nicolás Maduro.

Lo que no informan los globalizadores es que Estados Unidos no tiene condiciones ni pretextos para intervenir en el país bolivariano. No existe tal 'dictadura' en este país de la que tanto hablan Donald Trump y su vicepresidente Mike Pence. La proyectada por la CIA 'revolución de colores' para el pasado 23 de enero fracasó después de que el opositor Juan Guaidó se autoproclamara "presidente encargado" de Venezuela al recibir la llamada del vicepresidente norteamericano Mike Pence quien autorizó a Guaidó el pasado 22 de enero a autodesignarse presidente y le instruyó de lo que debía decir y hacer. Sin embargo, Guaidó fue reconocido solamente por EEUU y el Grupo de Lima a excepción de México.

El mismo secretario general de las Naciones Unidas Antonio Guterres confirmó que los Estados de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad reconocen al presidente Nicolás Maduro, a excepción de Israel y Australia, como mandatario constitucional y legítimo de Venezuela.

La opción militar de la que habló también el secretario de Estado, Mike Pompeo está lejos de la realidad. Las Fuerzas Armadas Bolivarianas (FAB) están bien equipadas con el armamento ruso y chino y tienen un alto nivel de preparación. ¿Qué podrían hacer las 5.000 fuerzas especiales norteamericanas que supuestamente el 'halcón' de Trump, John Bolton, hizo transferir a Colombia o los mercenarios colombianos interviniendo en Venezuela contra unos 500.000 FAB y la Guardia Nacional?

No hay que olvidar que las Fuerzas Armadas Bolivarianas tienen un gran respeto en su país y activa participación en la economía nacional. Actualmente los soldados y suboficiales son hijos de las familias campesinas y obreras que se beneficiaron con la revolución de Hugo Chávez y han sido educados en el espíritu bolivariano y el antimperialismo norteamericano. Esperar que estos militares apoyen a la oposición encabezada por Juan Guaidó sería completamente ilógico. Los oficiales tienen una posición privilegiada en el país y un gran número de ellos fueron graduados en las escuelas militares de Rusia, China y Cuba.

La mayoría de los oficiales mayores y generales son fieles al Gobierno de Maduro y lo consideran el único dirigente del país. El ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López es una pieza importante para Maduro más aún por lo bien recibido que fue el general en Jefe hace poco en Rusia por el presidente Vladímir Putin. Durante el golpe de Estado en 2002 fue precisamente el Batallón de Infantería 311 bajo el mando de Padrino López el que participó activamente en el desmantelamiento del golpe.

Y esto no es todo. Recientemente el presidente Maduro anunció la conformación de más de 50.000 Unidades Populares de Defensa (UPD), al estilo de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en Cuba, en todos los barrios, pueblos, ciudades y caseríos del país movilizando a más de dos millones de ciudadanos. Tomando todo esto en cuenta sería una locura iniciar una intervención militar en Venezuela que, según las estimaciones del Pentágono involucraría a no menos de 100.000 soldados norteamericanos desatándose una guerra que duraría no menos de dos años. Norteamérica no dispone de tales fuerzas actualmente.

Además la invasión haría desestabilizar toda Latinoamérica. Entonces, las promesas del asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, John Bolton de detener y recluir a Nicolás Maduro en la cárcel de Guantánamo reflejan las frustraciones de Washington de no poder terminar con el chavismo en Venezuela.

Los líderes de Washington saben perfectamente que tanto Rusia como China no permitirán la demolición de la revolución bolivariana teniendo en cuenta los 55.000 millones de dólares que constituye la inversión rusa en Venezuela y 65.000 millones de los préstamos chinos a cambio de petróleo.

Para desanimar a los principales halcones de Washington, John Bolton, Mike Pompeo, Joseph Dunford y Steve Mnuchin (precisamente este grupo designó a Guaidó presidente de Venezuela el pasado 22 de enero) de cualquier intento de guerra, China y Rusia suministraron a Venezuela sofisticado armamento por el monto de 2.500 millones de dólares y 4.000 millones de dólares respectivamente. A la vez, China tiene una estación de rastreo satelital en la base aérea venezolana Capitán Manuel Ríos, mientras que Rusia tiene instalaciones cibernéticas en la base naval Antonio Díaz 'Bandi'.

En estas condiciones lo único que le queda a Trump es seguir repitiendo por enésima vez que "todas las opciones están sobre la mesa", sin tener ninguna concreta posibilidad de intervenir en Venezuela. La mayoría de las unidades militares de EEUU están concentradas en Europa supuestamente para proteger a la Unión Europea de Rusia. Otra significante parte de su potencial bélico, que cuenta con 80.000 tropas listas para el combate, está desplegada en Japón y Corea del Sur.

Tal vez, Trump y su séquito de halcones se han dado cuenta, a instancias de Henry Kissinger, que no tienen unidades militares para intervenir en su propio 'patio trasero' y en especial, en el país poseedor de los más grandes reservorios de petróleo, Venezuela. Sus 'perritos falderos' Colombia y Brasil no se atreverán a participar en esta aventura sabiendo que las llamas de la guerra pueden extenderse a sus propios países. México, el hasta hace poco aliado incondicional de EEUU, se pronunció a favor del Gobierno de Maduro.

En las actuales condiciones, la primera potencia del mundo con un personal militar activo de 1,6 millones que está disperso por todo el mundo no tiene unidades disponibles y entrenadas para intervenir en Venezuela que dispone de un armamento sofisticado incluyendo las famosas instalaciones antiaéreas S-300 que recién recibió Siria, por ejemplo. En respuesta al apoyo de EEUU a una Ucrania pronazi y a Taiwán, Rusia y China están apoyando a Venezuela y sin duda alguna estas potencias respaldarán a Nicolás Maduro en el caso de un conflicto bélico si no mediante una participación directa, sí con el abasto de armamento sofisticado y con presencia de voluntarios que representaría una severa pérdida humana para Washington, posiblemente a nivel de las guerras en Vietnam o Corea.

Ya es hora para los halcones de Washington, su complejo militar industrial y su impredecible presidente, de enfriar su temperamento y sus ansias de guerra para dar un empuje a la economía nacional estancada y darse cuenta de que la nueva posible derrota esta vez no podrá convertirse en victoria tal como viene sucediendo en Siria.



Venezuela: Libia de América Latina y neoimperialismo estadounidense

febrero 04, 2019

MARTÍN PASTOR 


Nueve meses le tomó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), liderada por Estados Unidos, para destruir la sociedad libia.

En tan poco tiempo el país más rico del continente africano, pasó a ser un Estado fallido sumido en una guerra civil que continúa desde 2011. Ante la nueva ofensiva imperial contra Venezuela, este caso debe ser visto como una advertencia para el futuro de la región.

Si bien el petróleo parece ser el casual de la intervención, y no las justificaciones ‘humanitarias’ que caracterizan al Gobierno estadounidense, esta lectura de la situación sigue siendo superficial. En ambos casos el motivo de intervenir implica más que simplemente adueñarse de recursos, modus operandi del imperialismo tradicional estadounidense.

Este modelo se basaba en el concepto de nation-building (construcción de nación), a través el cual los norteamericanos se adueñaban de recursos y con una institucionalización ‘guiada’ satisfacían sus intereses privados y políticos. Un ejemplo es Chile en la década de los 70.

En 1973, Estados Unidos financió y dirigió el golpe de Estado contra Salvador Allende para luego tutelar a la nación hacia el neoliberalismo en base de los intereses de empresas privadas y estrategias geopolíticas para la región. Este modelo, y muchos otros en la región y el mundo, estaban amparado en falsos valores como el orden, la justicia, el progreso y el desarrollo.

Sin embargo, todo cambió luego de los ataques del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. Bajo la administración de George W. Bush, los neoconservadores, una facción poco conocida de la derecha estadounidense, tomaron control de la política exterior y defensa dando paso a una nueva fase de dominio imperial.

Luego de gestar su estrategia global durante décadas, con la invasión a Irak en 2003 marcaron el final del modelo tradicional y el inicio del neo imperialismo. El orden, el progreso y el desarrollo son reemplazados por la seguridad/militarización; la división interna en base de diferenciadores étnicos, religiosos, y/o históricos; y especialmente el caos.

Una estrategia que no nació en el Pentágono sino en las aulas de la Universidad de Chicago con los escritos de Leo Strauss. Como lo explica la profesora Shadia Drury, el filósofo judío (1899-1973) reintrodujo la noción del caos como herramienta de dominación de una “elite escogida” para someter a masas incultas en base a la jerarquía “natural”; ergo su obsesión por los clásicos como Platón y Aristóteles y los contemporáneos Nietzsche y Heidegger.

¿PERO QUÉ TIENE QUE VER UN FILÓSOFO POLÍTICO DEL SIGLO XX CON EL IMPERIALISMO DEL SIGLO XXI?

Primeramente el straussianismo es la influencia principal de los neoconservadores, que entre sus filas cuentan con figuras como Dick Cheney, Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld, Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Arthur Cebrowksi y John Bolton, actual Consejero de Seguridad Nacional de Trump, entre otros.

Fue Rumsfeld, ex Secretario de Defensa (2001-2006), quien incorporó la doctrina de Cebrowksi, Vicealmirante de la Marina, sobre una guerra centrada en redes, la cual restructura la estrategia de dominio total (full spectrum dominance) con la era de la información para así lograr una hegemonía en el campo de lo social, lingüístico, cognitivo, informativo y físico.

Para el cometido una de las herramientas más utilizadas es el uso de la mentira (actualmente fake news o verdades alternativas) a través de los medios y redes de comunicación, con el objetivo de manipular el sentir colectivo. Este instrumento de ingeniería social era algo que Strauss consideraba necesario para proteger a la elite superior de la persecución de las ‘masas vulgares’.

El uso del lenguaje y las mentiras se vio con las supuestas armas de destrucción masiva para justificar la invasión a Irak, la supuesta conexión terrorista en Afganistán, la construcción discursiva de Muamar el Gadafi como un dictador sanguinario, el mediático ‘Eje del Mal’, y ahora una réplica para presentar a Venezuela como un Estado fallido, incluyéndolo en la ‘Troika de la Tiranía’ con Nicaragua y Cuba.

Otro de los elementos claves de la teoría de Strauss aplicada en la estrategia militar estadounidense es el mencionado caos. En el nuevo modelo imperialista, el objetivo no es ‘construir naciones’, ni siquiera bajo el neoliberalismo, sino hundir a las sociedades dominadas.

El estratega geopolítico del Departamento de Defensa y asistente de Cebrowski, Thomas P. M. Barnet, impartió el modelo al Alto mando militar en el Pentágono en 2003, resumiéndolo en un nuevo mapamundi. El mapa divide al globo entre países los que denomina “núcleo funcional” y la “brecha de no integrados” (ver mapa).

Las naciones en este segundo grupo ya no son vistas como independientes y soberanas sino como un bloque homogéneo sin posibilidad de integración. Así Bush denominó del Gran Medio Oriente a naciones árabes del norte de África, Península arábica, países persas, subsaharianas y países del Cáucaso; con el objetivo justificar guerras sistemáticas y paralelas.

En estos bloques territoriales las guerras se vuelven interminables y recurrentes. Ya no es necesario una transición controlada con un dictador amigo o un gobierno sumiso; el desorden y el desgobierno son el objetivo.

Como explica el analista Thierry Meyssan, esta idea no considera que el acceso a los recursos es crucial para Washington sino que los estados del “núcleo funcional” sólo tendrían acceso a esos recursos recurriendo a los estadounidenses. Para ello es necesario destruir la estructura estatal e institucionalidad de los países invadidos, de una forma que cuando lo necesiten estos recursos sean de fácil acceso.

En este sentido el hecho que Libia e Irak, en la actualidad, produzcan menos barriles de petróleo de lo que hacían con los gobiernos depuestos y muchos pozos pasaron a manos de organizaciones ajenas a los intereses estadounidenses no es un efecto imprevisto. Como tampoco lo es que las condiciones de la población están muy por debajo de estándares internacionales de bienestar y seguridad; con cifras de muertes civiles sobre los cientos de miles.

Es así que ante la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela el pasado 23 de enero, y casi dos décadas más tarde, parece haber llegado el momento para una intervención similar en América Latina.

El guion lo reveló, la periodista argentina, Stella Calloni, con un documento del Comando del Sur (SouthCom) firmado por Kurt Tidd, ex comandante en jefe hasta noviembre de 2018, bajo el nombre de ‘Masterstroke’ (Golpe Maestro) que detalla las acciones directas e indirectas para desestabilizar al país y sumirlo en caos.

Entre los planes sugieren “incrementar la inestabilidad interna a niveles críticos, intensificando la descapitalización del país, la fuga de capital extranjero y el deterioro de la moneda nacional, contribuir a hacer más crítica la situación de la población, causar víctimas y señalar como responsable al Gobierno de Venezuela”.

Con la justificación del ‘humanitarismo’ el texto propone “establecer una operación militar bajo bandera internacional, patrocinada por la Conferencia de los Ejércitos Latinoamericanos, bajo la protección de la OEA y la supervisión, en el contexto legal y mediático, del secretario general Luis Almagro”. Acciones idénticas a las realizadas en Libia hace ocho años con la OTAN y miembros de la Unión Europea.

Esto no es coincidencia y tampoco actos desconectados ya que con Bush, Obama y Trump los neoconservadores continúan ejerciendo su influencia y poder en la Casa Blanca y las esferas miliares de los Estados Unidos; algo que debe preocupar a todos los latinoamericanos.

La situación de Venezuela no se trata de la defensa de un régimen político sino de la soberanía, democracia y estabilidad de toda la región y su futuro. Caso contrario seremos testigos de una Libia en América Latina y el control triunfante del neo imperialismo norteamericano.


Serpientes y escaleras en la historia del capitalismo

febrero 04, 2019

ALEJANDRO NADAL 


La relación entre las fuerzas de mercado y el poder del Estado es el tema más importante en la evolución del capitalismo. Hoy día cobra más relevancia, debido a la difícil coyuntura por la que atraviesan los países subdesarrollados. En este contexto, la discusión sobre los instrumentos de política económica de que dispone el Estado es de gran importancia.

El punto de arranque de esta reflexión es que ningún país se ha industrializado sin la participación activa del Estado. Es falsa la afirmación de que un repliegue de la política económica sea la vía para alcanzar el desarrollo industrial. Desde Inglaterra, la primera potencia industrial del planeta, hasta los últimos llegados al escenario industrial, como Japón y Corea del Sur, pasando por todos los países europeos, la transformación industrial se llevó a cabo con la intervención activa del Estado. Y ese apoyo se manifestó mediante distintos instrumentos de política económica. El proteccionismo comercial fue sólo una de las diferentes vertientes de la política económica para la industrialización.

Hace unos 15 años el economista coreano Ha-Joon Chang publicó su libro Retirar la escalera sobre política industrial. Su análisis se refería al paquete de políticas que los países desarrollados usaron como escalera para subir al piso de la industrialización y que ahora buscan impedir sea utilizado por los países subdesarrollados. El título en inglés es más certero: Patear la escalera. Es mejor descripción, pues no deja de tener un matiz de violencia lo que los países industrializados hicieron para lograr su objetivo. Esos instrumentos que ahora están prohibidos van más allá del proteccionismo e incluyen subsidios, el poder de compra del Estado, la regulación de la inversión extranjera y los requisitos de desempeño. Otros instrumentos pertenecen al campo de la política tecnológica e incluyen prácticas de asimilación de tecnologías que hoy están vedados por los acuerdos sobre patentes y marcas.

Cuando Chang publicó su libro, se argumentaba en la Organización Mundial de Comercio (OMC) que los instrumentos de política económica a nivel sectorial distorsionaban los flujos de comercio. A las negociaciones de la Ronda Uruguay, que desembocaron en la creación de la OMC, los países subdesarrollados llegaron en posición de debilidad después de la crisis de la deuda de los años 1980. Por eso los países industrializados pudieron imponer la creación de una OMC en 1995, que protegía sus intereses e impedía el surgimiento de nuevos competidores en la escena económica. Y por eso en el seno de la OMC se impide el acceso a instrumentos clave de política económica. No solamente se trataba de política sobre industrialización: la idea de que no hay que perturbar el buen funcionamiento de los mercados abarcaba todos los sectores y por eso se quedó flotando en el ambiente la idea de que el retiro de la escalera se limitaba a políticas sectoriales.

En realidad, la lucha por derribar la escalera para que otros países no la usaran se aplicó también en el plano de la política macroeconómica. El primer episodio de la lucha por retirar la escalera se dio en los debates sobre teoría y política macroeconómica de los años 1970. Fue en esa década que se asestó el primer golpe a la vieja escuela keynesiana, argumentando que la política macroeconómica activa era inútil y hasta dañina. En las décadas siguientes se fue afianzando en la academia la idea de que la mejor política fiscal era la que se orientaba por una postura pasiva. La pasividad de la política fiscal se justificó desde la academia mediante dogmas como el del desplazamiento del sector privado o de la llamada equivalencia ricardiana.

En el plano de la política monetaria, el esfuerzo para derribar escaleras llegó al pináculo con la autonomía del banco central. En realidad, los bancos centrales ya habían estado perdiendo importancia en la medida en que se desarrolló el sistema bancario y los bancos comerciales adquirieron el control de la oferta monetaria. Eso llevó a una transformación de la política monetaria, pero ese es otro tema. Aquí lo que queremos subrayar es que la autonomía del banco central privó al poder público de un recurso que le había costado mucho conseguir.

Es cierto que algunos gobiernos abusaron de su facultad para monetizar déficits crónicos, que sólo sirvieron para financiar obras suntuarias y desperdicio. Pero en lugar de establecer controles democráticos sobre el financiamiento del Estado, se procedió a amputarle la facultad de gozar de su propia fuente de recursos financieros y se le arrojó al mercado de capitales como cualquier hijo de vecino. Quitar al Estado el recurso último para financiar una política para el desarrollo fue la culminación de esta historia de patear la escalera. Como en el juego de serpientes y escaleras, el resultado fue un retroceso histórico en la lucha por consolidar la libertad financiera del poder público.


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