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El Estado de las autonofarsas

mayo 21, 2018

TEODORO SANTANA 


El discurso oficial del régimen monárquico español es el de que el “Estado de las autonomías” supera en competencias de las llamadas “comunidades autónomas” al más federal de los estados federales. Esa consigna publicitaria se viene repitiendo machaconamente –por tierra, mar y aire– desde hace cuarenta años. La izquierda burguesa, imbuida del más pedestre imperialismo español e incómoda con todo lo que no sea centralismo puro y duro, asume acríticamente ese eslogan publicitario, limitándose a prometer una "España federal" más allá del arcoíris.

La realidad es totalmente distinta. Las “comunidades autónomas” no son más que simples gestores de las políticas del Estado, con escasísimo margen para lo que no sea la política oficial del Régimen. De hecho, aunque sean elegidos por parlamentos formalmente democráticos, los presidentes autonómicos son nombrados por el rey, al que deben prometer lealtad para poder tomar posesión del cargo (al igual que el resto de representantes electos).

Y, sobre todo, es el gobierno del Estado el que impone las políticas fundamentales en educación, sanidad, seguridad social, empleo, etc., tanto con las leyes estatales –siempre de “rango superior” a las autonómicas–, como con la financiación de esas políticas. Es el gobierno estatal el que reparte a su criterio los dineros y cuánto va a cada cosa. Y que, sin otro amparo legal que su capricho, interviene las haciendas autonómicas cuando le apetece, hasta el punto de no poder comprar un bolígrafo sin la firma de la Hacienda estatal.

El Estado –y la extrema derecha fascista– mantiene el control absoluto del sistema judicial y de las policías de ámbito estatal. Y, cuando le apetece, también de las policías autonómicas. Para territorios como Canarias, la política de costas se ordena y decide desde despachos de la Meseta. Por no hablar de la organización de los partidos políticos estatales, que se limitan a abrir franquicias en las distintas “autonomías”.

Por si fuera poco, el gobierno tiene en la recámara el ya famoso artículo 155 de la constitución de 1978, que le permite “adoptar las medidas necesarias” (así, en general) cuando considere que una comunidad autónoma “actuare de forma que atente gravemente al interés general de España”, a criterio, claro, del propio gobierno y de la mayoría del Senado (que es la cámara menos representativa).

Las medidas son, por lo tanto, las que le dé la gana al gobierno. En lo que concierne a los territorios bajo su control, su reino es el de la arbitrariedad. Aunque las “comunidades autónomas” no sean más que meros aparatos de descentralización administrativa, subordinados y sometidos al despotismo del Estado, aún así pueden ser descabezadas, recortadas, intervenidas o suprimidas. Su existencia no se basa en “el derecho y la ley”, sino en la benevolencia del poder central.

Hete aquí la constatación de lo que explicaba Lenin: “No hay Estado, incluso el más democrático, cuya Constitución no ofrezca algún escape o reserva que permita a la burguesía lanzar las tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc., 'en caso de alteración del orden', en realidad, en caso de que la clase obrera 'altere' su situación de esclava e intente hacer algo que no sea propio de esclavos(1).

Pero este despotismo se siente también en el aparato judicial español, especialmente en la llamada “Audiencia Nacional” –un tribunal de excepción, continuador del TOP fascista, que contradice el derecho al juez natural–, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional, donde vemos con terror como se aplica el viejo principio jurídico hispano de pormiscojones.

Si algo tenemos que tener claro en una colonia como Canarias es que ni somos territorio autónomo, ni hay “Estado de las Autonomías” ni nada que se le parezca. Y sobre todo, que el Estado colonialista español no nos va a regalar nada. Y menos “pacífica y democráticamente”.


NOTA

(1) V.I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky, Obras escogidas en tres tomos, T. III, pág. 76. Editorial Progreso, Moscú, 1975.


‘Tesis’ sobre el cuerpo palestino

mayo 18, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 



¿Cómo explicar que –tratemos de usar las palabras precisas– la salvaje explosión de la violencia colonial y el premeditado asesinato de los palestinos desarmados por el ejército israelí en Gaza o sea la prolongada y brutal represión de la Gran Marcha del Retorno (bit.ly/2GW2z09) con el saldo de más de 110 muertos por balas vivas culminada el 14 de mayo con un verdadero baño de sangre –¡62 manifestantes ejecutados uno por uno por francotiradores israelíes en una jornada de protesta!– en el 70 aniversario de la fundación de Israel y en la víspera del aniversario de la Nakba (la “catástrofe”) que expulsó a más de 750 mil palestinos de sus casas en 1948 justo cuando Trump inauguraba –por medio de su hija y yerno– “su” embajada en Jerusalén (bit.ly/2GqBfWU) hablando de un supuesto “plan de paz” [sic], pase (casi) desapercibida?

¿Cómo es posible que ocurra para empezar?

Simple.

Se explica por el generalizado racismo hacia los palestinos y por la persistencia de los modos coloniales de dominación cuya mejor muestra es el “free pass” que el mundo le sigue dando al proyecto colonial israelí en Palestina.

Es posible por una serie de supuestos ideológicos respecto a los palestinos que podrían ser plasmadas en unas “tesis” biopolíticas centradas en su cuerpo, enraizadas en la sociedad israelí, pero compartidas también –al menos en parte– por el mundo.

Veamos:

El cuerpo palestino es un problema “fundacional” de Israel (desde los primeros asentamientos, primeros organizados despojos de la tierra y primeros transfers poblacionales hasta la Nakba y la limpieza étnica que ésta trajo). El deshacerse de él es un problema histórico y actual a la vez cuya solución es cosa del presente (bit.ly/2Km21ST).

El cuerpo palestino es en sí mismo un peligro (su existencia hace peligrar a la exclusividad racial y la identidad excluyente de un Estado establecido violentamente en su tierra y a su costa).

El cuerpo palestino es en sí mismo un arma. Un palestino desarmado –incluso un niño o un discapacitado (bit.ly/2IuT5dh)– está armado por el solo hecho de existir. La mejor manera de desarmar al cuerpo palestino es convertirlo en un cuerpo muerto.

El cuerpo palestino es un terreno donde las reglas universales de la guerra no aplican (olvídense por ejemplo del “uso proporcional de la fuerza”). La guerra en su contra ha de llevarse a cabo indiscriminadamente y con el máximo uso de la fuerza (“doctrina Dahiya”). La muerte siempre es la primera opción.

El cuerpo palestino no conoce la diferencia entre un civil y un combatiente; entre una mujer y un hombre; entre un adulto y un niño: “en Gaza no hay gente inocente” (A. Lieberman dixit). Su delito es existir y ocupar un espacio que no le pertenece.

El cuerpo palestino siempre muere “solo”. Nunca es asesinado. En el mejor de los casos “muere en choques” (bit.ly/2rOzL4n).

El cuerpo palestino es violento por su naturaleza. Si cae víctima de la violencia, es porque él mismo la ha provocado. Es incapaz de actuar de manera no-violenta y si lo aparenta es sólo un truco para actuar violentamente. El cuerpo palestino no lucha por sus derechos, incita. No protesta, ataca.

El cuerpo palestino es “diferente”: “ellos no aman a sus niños como nosotros”, “no aman a la vida como nosotros” (una vieja y calculada estrategia colonial de deshumanización para justificar masacres de “nativos”).

El cuerpo palestino es “subhumano”, inferior en la escala del ser: “bestias de dos patas” (M. Begin dixit); “chapulines para aplastar” (Y. Shamir dixit); “serpientes cuyas madres hay que exterminar” (A. Shaked dixit).

El cuerpo palestino es un cuerpo colonizado y racializado (sujeto a una doble estrategia de deshumanización y eliminación): “no se le reconoce la misma dignidad humana que se atribuye a quienes lo dominan”; “su vida tiene poco valor para quien los oprime, es fácilmente desechable” (bit.ly/2vbGCZC). Es “masacrable”. Su muerte no cuenta.

El cuerpo palestino es una “amenaza demográfica”. Dado que constituye una ligera mayoría entre el Mediterráneo y el río Jordán y además posee una natalidad mayor, hay que hacer todo para “mantener el balance”: desde la negación de sus derechos hasta su “neutralización” (bit.ly/2k7mX4K).

El cuerpo palestino ha de ser sujetado a diferentes métodos de control según su ubicación: a) en Gaza, un paradigmático “lugar de no-ser”, la hacinada “población sobrante” palestina a un cruel bloqueo y un “genocidio incremental” (I. Pappé) por los que “ella misma tiene la culpa” [sic]; b) en Cisjordania a un racializado régimen de la ocupación militar; c) en Israel –los palestinos-ciudadanos israelíes– a un discriminatorio sistema de leyes raciales (el apartheid).

El cuerpo palestino es un peligroso portador de la memoria sobre sus orígenes, identidad y tradiciones (sobre todo las pre-Nakba). Ésta ha de ser borrada, preferentemente junto con el portador.

El cuerpo palestino no es un sujeto. Es pura biología (“bios” versus “zoé”). La “vida desnuda” (Agamben). En el cuerpo palestino no hay política (resistencia, organización, proyecto nacional, etcétera) y nada de lo que le pasa es el resultado de ella (colonialismo, ocupación militar, etcétera). Su vida son puros instintos e impulsos. Si sufre, es como una bestia que careciendo de la razón “no sabe adaptarse a la realidad”.

El cuerpo palestino como una “cosa de la naturaleza” tiene que ser dominado y controlado tal como se domina y controla a ella: “en Gaza de vez en cuando hay que podar el pasto” (un general israelí dixit).

El cuerpo palestino es un prisionero en “la cárcel más grande del mundo [los territorios ocupados]” (I. Pappé) o en “el campo de concentración más grande jamás [Gaza]” (B. Kimmerling) y así ha de ser tratado: confinado en un espacio más pequeño posible, castigado y disciplinado cuando se amotina, exterminado cuando sea necesario.

El cuerpo palestino es un problema “técnico” a resolver que requiere un “nuevo enfoque”: ¡adiós a la “solución de dos Estados” (Oslo): Israel y Palestina semi-independiente (que sin embargo lo empoderaba demasiado y de por sí era sólo un escaparate israelí para ir colonizando más tierra)!; ¡bienvenida la futura fórmula de “tres”: Israel, Egipto y Jordania!

Su meollo es precisamente la “absorción de los cuerpos”. Quién –como resultado de una simultánea anexión y separación de ciertos territorios– se quedará con cuantos.

Si no cambia nada, ya verán, a esto se resumirá el “deal of the century” de Trump.


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco


El nuevo Hitler

mayo 14, 2018

GUILLERMO ALMEYRA 


Donald Trump nació en una familia de nazis, miembros del Ku Klux Klan y se educó en el racismo, el culto del imperialismo y del dinero obtenido como fuere, el rechazo a la ciencia y el humanismo, la obtención de los fines por cualquier medio y la fe ciega en que un Dios capitalista y salvaje eligió a Estados Unidos para gobernar a los pueblos inferiores. Representa con su primitivismo y su ignorancia el atraso cultural y político de la mitad de la población de su país, que ni siquiera se da cuenta de que poner a Dios en su moneda es una blasfemia, cree a pie juntillas en la Creación del mundo en siete días, rechaza las teorías evolucionistas y se guía por el libro de unas tribus bárbaras que habían inventado un Dios –Jehová– tan salvaje como ellas, capaz de pedirle a Abraham que le sacrificase su hijo primogénito. Esas son las bases del fascismo de masas y con armas nucleares que amenaza hoy a la humanidad entera. Hace muchos años, por la década de los años 60, escribí que todo indicaba que el nuevo Hitler sería estadunidense: desgraciadamente, así es.

Como Hitler o Mussolini, que invadió Etiopía y lanzó gases asfixiantes sobre guerreros armados con lanzas pisoteando las resoluciones de la Sociedad de las Naciones (la ONU de entonces), Trump se opone al multilateralismo y le opone las decisiones de la Casa Blanca convertida en juez, gendarme y verdugo a escala mundial por decisión divina. Como Hitler, desconoce las leyes internacionales y los tratados firmados por su país y es capaz, como su antecesor, de bombardear nuevas Guernicas.

Ahora adoptó todas las posiciones del gobierno clerical y de extrema derecha de Netanyahu, el cual es tan racista, colonialista, adorador de la fuerza bruta y terrorista como él y se lanza contra Irán que tiene 80 millones de habitantes, es un aliado de Rusia y de China y está situado tanto en Medio Oriente como en la frontera con el Extremo Oriente (Afganistán, India, Pakistán, China y Vietnam).

Israel es un país de 21 mil kilómetros cuadrados poblado por unos nueve millones de habitantes, un millón de los cuales son árabes. Irán está 10 veces más poblado y tiene un territorio 40 veces más grande en el que podría esconder fácilmente laboratorios y silos nucleares. Siria, además, controla el territorio situado a 50 km de Israel y es aliado de Irán y Rusia, que podrían armarla con armas letales para atacar ciudades israelíes. Un ataque de Netanyahu-Trump contra Irán desataría por consiguiente una guerra con armas de máxima destrucción o, incluso, con armas nucleares tácticas o a distancia media. Todos los países de la región, empezando por Israel, Irán, el Líbano y Siria, podrían verse envueltos en ella. En efecto, el Líbano ha sido señalado varias veces por el fascista Netanyahu como un objetivo inmediato por la fuerza en ese país y particularmente en el sur del mismo del partido Hezbollah, aliado de Siria, que acaba de triunfar en la elección general. Irak también es aliado del gobierno de Bachir al Assad en su lucha contra los restos del Daech, al igual que Rusia. Quien ataque seriamente a uno podría tener que enfrentar a todos a la vez e incluso retorsiones de Beijing, que hasta ahora permanece en silencio, pero apoya a Irán.

Netanyahu, en su ataque brutal y pirateril contra instalaciones militares sirias cercanas a Damasco, tuvo este miércoles el tino de avisar previamente a los soldados rusos (que, por supuesto, transmitieron el aviso a los sirios), pero cualquier futuro mal paso podría provocar una respuesta de Vladimir Putin, a pesar de las excelentes relaciones que existen entre éste y el colonialista y fascista Netanyahu.

Hasta Jordania y Egipto, que tratan desesperadamente de distanciarse de Siria, podrían verse involucrados en el conflicto y, en la primera fase del mismo, deberán alojar a cientos de miles de refugiados sirios y palestinos que serían expulsados de sus hogares por el recrudecimiento y la potenciación de la guerra actual.

Trump y Netanyahu, en las Naciones Unidas y en el mundo están solos, si se exceptúa a Arabia Saudita, sostenedora de Daech. Pero un par de dementes apoyados masivamente por otros locos e ignorantes pueden provocar desastres inmensos.

La Unión Europea –es decir, Alemania, Francia y el Reino Unido, que está con un pie fuera de la misma– mantiene el tratado con Irán. Este país rico y poblado es, por cierto, un buen mercado para alemanes, franceses y británicos, y Francia sola ha firmado acuerdos con Irán por decenas de miles de millones de euros para la fabricación de miles de automóviles, para la construcción de aviones y para el gas.

Es probable, por consiguiente, que los gobiernos de esas naciones compensen a las empresas las sanciones de Estados Unidos a quienes sigan comerciando con Irán, pero habrá que ver si la economía de los países europeos soporta una sangría para mantener relaciones económicas con Irán que podrían ser interrumpidas en cualquier momento por un ataque imperialista.

Habría que ver si el monto de los subsidios estatales compensa las pérdidas eventuales y si las empresas prefieren mantener sus contratos iraníes poniendo en peligro su acceso a Estados Unidos y otros negocios a nivel mundial. Habría que ver, por último, si el gobierno iraní considera suficientes las garantías de que los países de la Unión Europea seguirán colaborando para el desarrollo del país. Son demasiadas interrogantes.

Es necesario parar al nuevo Hitler, para empezar boicoteando todos los productos israelíes y estadunidenses y exigir a los gobiernos latinoamericanos que se diferencien de Trump, porque si el orate furioso avasallase a los países europeos y a Irán, avanzando un paso más hacia la guerra con China y Rusia, se reforzaría el yugo que pesa hoy sobre todos.



La aportación de Marx, según Marx

mayo 08, 2018

KARL MARX 


...Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...

Londres, 5 de marzo de 1852

[Carta a Joseph Weydemeyer, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en 3 tomos; tomo 1]
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