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Los verdaderos motivos detrás del cibermiedo que Washington cultiva contra China

octubre 15, 2018

QU JUNYA 


La campaña de desprestigio de Estados Unidos contra China continúa ampliándose, fabricando las invenciones desde el mundo real hasta el virtual.

En una inusual y feroz diatriba hecha a principios de este mes en un conservador centro de pensamiento en Washington el vicepresidente de EEUU, Mike Pence, una vez más retrató a China como una amenaza para la ciberseguridad, acusando de manera infundada a Beijing de tramar ciberataques contra su país.

EEUU ha hecho estas acusaciones contra China en los últimos años, independientemente del hecho de ser un superpoder cibernético sin rival, hogar de los fundadores de Internet, especializado en la mayoría de la infraestructura y el mayor fabricante de tecnologías clave.

Más irónicamente, tiene la organización de ciberinteligencia más grande el mundo y la primera fuerza institucionalizada, a la vez que acoge el que se considera como el más fuerte bastión de hackers.

El cibercomando, que tiene nueve años, es uno de los diez Comandos de Combate Unificado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, armado con estrategias de ciberataque y operando más de 130 equipos de cibermisiones.

Ahora, como ocurre en el mundo no virtual, el superpoderoso asume el papel de víctima en el espacio informático. Estados Unidos, un ciberdepredador que tiene un notorio récord en violar los intereses y derechos de otros países, reclama que es víctima de ciberataques lanzados por otros países.

Y tiene la piel dura para ello. Las revelaciones de Edward Snowden sobre el proyecto PRISM, que incluso apuntó contra líderes aliados de EEUU, las denuncias de WikiLeaks sobre la capacidad de la Agencia Central de Inteligencia para hackear los dispositivos inteligentes en todo el mundo y los estragos causados por el ransomware WannaCry que evidencia las herramientas de espionaje de Estados Unidos, han fallado para que Washington detenga sus trucos hipócritas.

¿Entonces, qué busca Washington? No es difícil ver que hay al menos dos motivaciones detrás de la obsesión de Estados Unidos por satanizar a China en el espacio informático.

Primero, señalando amenazas contra la ciberseguridad desde otros países, Washington intenta desviar la atención mundial de su propia capacidad informática y su historial de ataques, y más importante, elaborar excusas para la acumulación de una futuro ejército ciberespacial.

Segundo, difamando a las empresas chinas y sus productos, como los teléfonos inteligentes de Huawei y los drones DJI, Washington contribuye a aumentar la sinofobia en otros países y también a engañar e intimidarlos para que bloqueen a los competidores chinos y salvar el mercado para las compañías estadounidenses.

El ciberespacio es tremendamente complejo, cargado de nuevos cambios. Así que necesita que todas las partes sean responsables y constructivas y coordinen esfuerzos y una gobernanza unida.

China, una víctima de ataques informáticos, ha establecido una postura clara sobre la seguridad en esa área. El Gobierno de China no participa en ninguna forma de ciberengaño o secreto comercial, tampoco impulsa o apoya a otros a hacerlo. Además, está listo para trabajar con la comunidad internacional para detener los ataques de hackers y otras actividades criminales en el ciberespacio.

Cooperando contra los crímenes en la red y compartiendo información, China ha demostrado una amplia buena fe en promover el trabajo conjunto con Estados Unidos en la ciberseguridad. Por el bien de los países que comparten el ciberespacio, ahora es el momento para que Washington detenga sus falsas acusaciones y empiece a incursionar en un genuino trabajo en equipo.


La llamada cultura ‘light’

octubre 15, 2018

MARCELO COLUSSI 


Desde hace algún tiempo se ha popularizado en el mundo la noción de lo "light". Todo es "light": la vida, las relaciones interpersonales, la actitud con que se enfrentan las cosas, la comida, las diversiones. "Light", ligero, liviano. La consigna -detrás de todo esto- es, pareciera: "¡no complicarse!" (Don’t worry!), "¡sé feliz!"(Behappy). Dicho de otro modo: no pensar, olvidarse del sentido crítico. Por supuesto, hay que “decirlo en inglés para que sea más evidente su sentido: lengua de los ganadores”, of course (no hay que ser looser - perdedor).

Esta cultura, -si es que se le puede llamar así-, esta tendencia dominante, tiene orígenes específicos: se encuadra en una dinámica histórica determinada, responde a un proyecto concreto. Seguramente, como todos los rumbos sociales -también las "modas" culturales- no se desprende de una oficina generadora de ideas que lanza mundialmente la "onda light" como por arte de magia. Es, en todo caso, producto de un sinnúmero de variables que van retroalimentándose una con otra.

El auge del neoliberalismo, la caída del bloque soviético, la supuesta "muerte de las ideologías", el mundo unipolar, el triunfo omnímodo de la gran empresa; en definitiva lo que hoy día se presenta como un éxito masivo del capitalismo, y su ideología concomitante, son factores que se coligan unos con otros dando como resultado esta entronización del individualismo hedonista, del facilismo, de la apología ramplona del consumismo. Es difícil indicar quién es el responsable directo del fenómeno; quizá nadie lo ha pergeñado como tal. En todo caso, es una mezcla de elementos. Pero no hay dudas de que, en tanto tendencia, es síntoma de los tiempos.

En este contexto "cultura light" vendría a significar: individualismo exacerbado, búsqueda inmediata de la satisfacción -con la contraparte de despreocupación/desprecio por el otro-, escasa profundidad en el abordaje de cualquier tema, superficialidad, falta de compromiso social o incluso humano, banalidad, liviandad. Todo ello marcado por un culto a las apariencias.

Se juzga al otro por cómo va vestido o por el tipo de comida que ingiere, la marca de teléfono celular que usa o el peinado que lleva; y eso lo decide todo. El continente subsumió al contenido. Sólo importan las formas, ser bello, estar bien presentado. Lo demás, no cuenta.

Sin falsas idealizaciones, sin ser apocalípticos, el momento histórico actual nos confronta con una situación, como mínimo, novedosa. Desde ya, sin exagerar, no queremos decir que la solidaridad y la profundidad conceptual hayan sido la constante a través de toda la historia humana. En todo caso esas son posibilidades, de hecho muy profundamente desarrolladas en determinadas ocasiones, así como también pueden serlo el individualismo o la trivialidad.

Pero lo que efectivamente hoy sí puede constatarse, con una fuerza que tiene mucho de inédita, es la falta de preocupación por el otro, la apología del facilismo, la entronización del más absoluto individualismo, todo ello llevado a estatuto de ideología dominante. De ahí esa ligereza que marca las relaciones interpersonales. Todo es light, también la relación con el otro. ¿Cómo, si no, poder entender los videojuegos -nada inocentes, por cierto- que entronizan la violencia y el desprecio por el otro? ¿Cómo, si no, ese auge de la "belleza" plástica?

Esta "onda light" va ganando los distintos espacios de la producción cultural, del quehacer cotidiano. Ello no significa que la humanidad se va tornando más tonta, menos inteligente. En absoluto. La revolución científico-técnica sigue adelante con una velocidad y profundidad vertiginosas. Los logros, en tal sentido, son cada vez más espectaculares. Pero junto a ello -ahí está lo insólito- el nivel "humano" no crece al mismo ritmo.

Incluso hasta podría decirse que no crece (si es que fuese lícito hablar de "crecimiento" en ese ámbito). Ahora tenemos televisor con pantalla plana de plasma líquido, de 40 pulgadas…para ver programas que apologizan la tontería, la más pacata superficialidad (léase, por ejemplo, reality show o talking show).

Lo expresó con agudeza el músico cubano Pablo Milanés cuando dijo: “No es culpa del público, ni de su gusto, ni de su sensibilidad; el público se inclina por lo que le ofrecen a diario, donde le meten un bombardeo absoluto de promoción de cosas malas y pues finalmente lo acepta. Yo creo que prevalecerá el espíritu verdaderamente humano del público, su sensibilidad... Pero no hay duda de que estamos en un momento de ofensiva de mal gusto”.

Si bien es difícil establecer quién inventa las modas culturales, las tendencias dominantes, no hay dudas de que hay centros de poder que tienen que ver con esa generación. Quizá no es alguna tenebrosa agencia de control social la que ha pergeñado ese modelo. Pero lo cierto es que, sumando todos los aspectos arriba esbozados, el arquetipo del ciudadano esperado -esperado por los centros de poder, desde ya, ayudados por mecanismos de mediación como son los medios masivos de comunicación- termina constituyéndose un consumidor pasivo que no discute, que cuida ante todo su sacrosanto puesto de trabajo, que se ocupa sólo de lo cosmético irrelevante y que -en términos de análisis humano- no piensa.

Es decir: light. Como siempre, puesta a circular una moda por diversos motivos -ánimo de figuración, acomodamiento, etc.- no falta quien se acopla a la corriente dominante. Si se le pregunta a cualquier yuppie, prototipo por excelencia de esta cultura, o a cualquier consumidor de estos valores, no sabrá por qué hay que tomar yogurt diet ni leer algún best seller; y seguramente será un enconado defensor de la tendencia en juego. Pero vale preguntarse: ¿al servicio de qué está todo esto? ¿Quién se beneficia?

Como oportunamente lo señala el venezolano Luis Britto García: “La regla de lo light es la sistemática omisión de lo pertinente: cigarro sin nicotina, café sin cafeína, azúcar sin azúcar, música sin música”. (…) “Política sin política. Partidos sin partidos. Organizaciones sin ideología. Carismas sin programas.¡Misterio sin profundidad!

“¡Revelación sin pavor! ¡Iluminación sin trascendencia! ¡Nirvana instantáneo! ¡Paraíso desechable! ¡Purgatorio spa! ¡FastGod! Consumismo industrial beatificado en el supermercado espiritual
(…).

“Ángeles y modelos no menstrúan, o no debe parecer que lo hacen. En su obsesión por ocultar la función real y mostrar la simbólica, postula lo light: vientres que no digieren, senos que no amamantan, carne que no envejece. La biología no existe. Toda expresión fisiológica ha de ser testada. El apetito es crimen, el vello tabú, el olor pecado mortal, el sudor alta traición. El desodorante es el sacramento light. La anorexia, su estado de gracia.”

El mundo contemporáneo, el mundo que nos legó la caída del socialismo real, es un ámbito donde ya nos hemos acostumbrado a no tener esperanzas, a no cuestionar, a aceptar todo con resignación. O, al menos, esto es lo que se mantiene como tendencia dominante. Consumir, buscar la felicidad y la realización a través de lo material, no complicarse. Que todo sea "suavecito", soft, sin cuestionamientos de fondo.

Como elemento básico en la conformación de esta cultura tenemos los medios audiovisuales, y en especial la televisión. No podría decirse mecánicamente que televisión es sinónimo de cultura light; pero sin duda guardan una estrecha relación. En este período que marcó la caída del muro de Berlín, la realidad virtual, la realidad de las imágenes, si bien desde hace décadas viene modelando las ideologías dominantes, ha pasado a ser ahora vehículo por excelencia de esta moda de lo banal.

Nada mejor que la cultura televisiva para entronizar la apología del "no piense". Podría decirse que lo que generó el capitalismo desde mediados del siglo XX en adelante, siempre con fuerza creciente -hoy ya como moda global- es el llamado al “no piense, mire la pantalla”. Ante la imagen, absoluta y omnímoda, el pensamiento conceptual, la reflexión crítica, más lenta, cae vencida.

La imagen presenta sin mediaciones un sinnúmero de estímulos que actúan de forma masiva e inmediata a nivel del sistema nervioso central. El poder de la imagen es mayor que toda otra vía de transmisión. Por eso la televisión es la matriz fundamental de esta cultura de lo no reflexivo.

Estas tendencias, estos modelos culturales que se generan hoy, a escala planetaria, se presentan con fuerza arrolladora, cubren todos los espacios, parecieran no permitir alternativas. Pero el reto es ir más allá de todo esto, intentar desafiarlo, discutirlo, quebrarlo. Hay que ser irreverente con el poder, con lo constituido, con el dogma.

Seguramente no es posible ofrecer un catálogo de acciones de probada efectividad para hacer frente a esta tendencia. Es tal su fuerza que pareciera más fácil doblegarse ante ella, y entrar finalmente en la corriente. No pensar, sentarse ante la pantalla de televisión, no preocuparse del mundo pareciera ser la receta para "triunfar". Y definitivamente muchísimos terminan creyéndolo. De ahí un paso al consumo de lo que se anuncia como llave para ser un "triunfador", un "exitoso". Todos, irremediablemente, estamos tentados por este paraíso del placer que lo light pareciera ofrecernos.

Pero no hay dudas de que, aunque adormilados por esta moda que pareciera haber llegado para quedarse, también podemos oponer resistencias y cambiar el curso de la historia. ¿Quién dijo que somos insectos condenados definitivamente a caer en la luz enceguecedora de las pantallas? La historia definitivamente no ha terminado, y ahí están innumerables ejemplos (luchas sociales por doquier, colectivos organizados a lo largo y ancho del mundo, gente que sigue pensando, gente que sigue teniendo esperanzas) para afirmar que la vida no es tan light como esta ideología dominante nos quiere hacer creer.

Para afirmar, en definitiva, que sí es posible luchar para hacer la vida más digna de ser vivida, y no a base de siliconas ni de drogas, no sólo pavoneándonos con el último modelo de celular o con un par de zapatos de marca. Otro mundo verdadero -no plástico- es posible, más allá del sueño superficial de las pantallas de televisión.


(*) Marcelo Colussi es catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.





Cataluña: el 'pequeño' detalle

octubre 09, 2018

TEODORO SANTANA 


No dejamos de oír que la independencia de Cataluña es imposible. Imposible porque “no es legal”, “no es constitucional”, etc. Es “imposible” porque “lo prohíben las leyes”, esto es, unos trazos en un papel con el poder taumatúrgico de un sortilegio.

Por su parte, las fuerzas independentistas en Cataluña, a falta de un partido que represente de forma autónoma a la clase trabajadora, hablan de que se conseguirá la autodeterminación, en menor o mayor plazo, con las protestas “pacíficas”, proclamando su “renuncia a la violencia”. Como en el viejo gag de Gila, pretenden detener al asesino con indirectas: a base de protestar “pacíficamente”, un día, un maravillo día, el Estado español se rendirá y dirá que sí, que ya no aguanta más, que se independicen ustedes.

Tanto unos como otros esconden la verdad subyacente en este conflicto, esto es, la naturaleza misma del Estado. Como cantaba Aute, “todos los burgueses son así”. Por eso unos y otros hablan de “democracia”, divagando sobre si la democracia son las leyes o si las leyes deben subordinarse a la democracia. En sus discursos, la “democracia” no deja de ser una abstracción asexuada y ahistórica, un “ideal” separado de la realidad.

De la misma manera, unos y otros hablan de la “violencia” para referirse siempre a las protestas populares. Pero el Estado mismo no es otra cosa que un aparato de violencia organizada en régimen de monopolio. Y esa violencia es la que garantiza que un juez pueda hacer efectivas sus sentencias, ordenar detenciones y mandar gente a la cárcel. Esto es así porque son los dueños de la violencia. Por lo tanto, por pacífico que sea un próces, hacer frente a la violencia del Estado, en sus diversas manifestaciones, es la cuestión central.

¿Por qué razón va el Estado –y la clase social cuyos intereses representa y defiende– a permitir pacíficamente que una parte del territorio que tiene bajo su dominio deje de estarlo y se separe? La experiencia histórica nos enseña que el imperialismo español, incapaz de negociar incluso en su propio beneficio, nunca ha abandonado un territorio bajo su control por las buenas, sino tras haber forzado un feroz enfrentamiento a fuego y sangre, para después salir por patas y de mala manera.

Incluso en su propio territorio, el simple hecho de que una izquierda digna de tal nombre ganara unas elecciones, le llevó al golpe de estado fulminante y a una carnicería gigantesca contra sus propios nacionales. Y a la convicción de que, en última instancia, lo puede todo con la fuerza de las armas.

Las manifestaciones pacíficas están muy bien. Ayudan al pueblo a organizarse y cobrar confianza en sus propias fuerzas. Pero insistir en una “separación acordada”, a base de tales movilizaciones, es engañar a la gente y prepararse para la derrota. Insistir en “poner la otra mejilla” es entregarse atado de pies y manos al enemigo. Y confiar en la “democrática” y mágica Europa, archiimperialista e implacable, es entregar el destino de los corderos al estado mayor de los lobos. Puro pensamiento mágico.

Con todo, ¿hasta dónde pretenden llegar los actuales líderes del independentismo catalán para lograr la independencia? Parece que no muy lejos si ello les supone un sacrificio personal. El Estado ha conseguido el objetivo de escarmentarles –y no ha hecho más que empezar–. Tiemblan las piernas de la pequeña burguesía que, por otro lado, teme más una radicalización de las clases populares que al propio Estado.

Explicaba Pedro Brenes que “hay que estimular el reflejo militar de las masas”. La mediana y la pequeña burguesía catalana y sus correspondientes partidos tratan, por el contrario, de mantener el espíritu pacífico y acomodado, como “civilizados” botiguers (tenderos) que rechazan los “desórdenes”. Una especie de revolución sin revolución, burguesa, ordenada, sin romper un plato y “sin tirar un papel al suelo”.

Mientras tanto, la oligarquía fascista española se relame teniéndoles bajo el punto de mira de sus armas, de sus “jueces de asalto”, de sus policías, de sus medios de propaganda de guerra, de todo su arsenal.

He ahí el “pequeño” detalle.

Sudáfrica: del apartheid al neoliberalismo

octubre 08, 2018

ALEJANDRO NADAL 


La transición en Sudáfrica de un régimen de racismo institucionalizado a una democracia electoral es un acontecimiento de gran relevancia. Desgraciadamente, este giro no se reflejó en la situación económica. En un tiempo récord el Congreso Nacional Africano (CNA), el partido que había liderado la lucha contra la opresión racista, abrazó y consagró las políticas del neoliberalismo que habían cimentado el sistema de explotación y desigualdad del apartheid. El análisis de la economía política de este proceso de transición es una lección importante para cualquier gobierno que aspire a un cambio social y económico real.

A finales de la década de 1980 la situación en Sudáfrica había llegado a un callejón sin salida. Los enfrentamientos habían drenado la energía de ambos bandos y los militantes del CNA sabían que el aparato represivo de la minoría blanca estaba agotado y rebasado. Pero aun así, una insurrección final con tintes violentos conduciría a un baño de sangre.

La minoría blanca confiaba en su formidable arsenal policiaco-militar. Pero el régimen estaba en plena bancarrota política y su aislamiento internacional lo llevaría al fracaso en caso de escoger el camino de la represión. Además, el apartheid chocaba con la lógica de la acumulación capitalista al impedir la libre movilidad del trabajo. Toda la industria en Sudáfrica estaba sufriendo los inconvenientes. Había llegado el tiempo de negociar para asegurar un acuerdo de transición ventajoso.

Durante la segunda mitad de los años 1980 las reuniones secretas entre la élite económica y los altos mandos del CNA se multiplicaron. Cuando Nelson Mandela fue liberado en 1990, los contactos se hicieron más frecuentes. Mandela y Harry Oppenheimer, el magnate de la industria minera y de diamantes, se reunían para comer en Little Brenthurst, la casa de campo del industrial. Para la minoría blanca el objetivo era crear condiciones que permitieran la transición política sin sacrificar los privilegios económicos adquiridos durante el apartheid.

En el acuerdo final de transición negociado entre el CNA y la minoría blanca, el ingrediente sobresaliente fue el de la democracia electoral: una persona, un voto. Pero esta paridad política escondía la desigualdad económica: la nueva constitución garantizó los derechos de propiedad de la minoría sobre tierras, minas, fábricas, bancos y telecomunicaciones. La ley suprema consolidó la profunda desigualdad que siempre había prevalecido en Sudáfrica.

El programa de los años de lucha del Congreso Nacional Africano incluía un fuerte proceso de nacionalizaciones de industrias (especialmente en la minería) y una robusta reforma agraria. Todo eso quedó en el olvido con la nueva Constitución. Además, el CNA aceptó el pago de la deuda acumulada durante los años del apartheid y el nuevo gobierno acabó pagando más de 2 mil millones de dólares anuales por concepto de intereses de deuda odiosa acumulada antes de 1994. Es decir, aceptó pagar por los créditos que habían sido utilizados para oprimir a la mayoría de la población. Hasta la autonomía del banco central fue ratificada como parte del paquete de organización económica (al mando del instituto monetario quedó el funcionario que lo había dirigido durante los años del apartheid). Los principios de austeridad y finanzas públicas sanas también fueron incorporados como elemento esencial de la nueva estrategia económica.

Es decir, el gobierno de unidad nacional abrazó los principios del neoliberalismo. Los instrumentos utilizados para convencer a los mandos del CNA incluyeron numerosas promesas de nuevas inversiones incumplidas, la corrupción, el engaño, la intimidación y hasta el asesinato (como en el caso de Chris Hani).

En última instancia, el Congreso Nacional Africano adoptó la idea de que la economía de Sudáfrica era un mecanismo delicado que sólo los expertos de la minoría blanca podían manejar con eficiencia. Solamente los peritos versados en la ortodoxia neoliberal podrían guiar la política macroeconómica. Los dictados neoliberales en materia de estabilidad de precios y recortes presupuestales serían la brújula del nuevo gobierno.

Hoy sabemos que estabilidad de precios no es sinónimo de estabilidad macroeconómica y que el manejo correcto de la deuda pública mediante el superávit primario conduce al desastre. Pero en 1994 el gobierno sudafricano prefirió las migajas para el gasto social y algo de inversiones en obras públicas sobre los cambios medulares en la estrategia económica heredada del apartheid.

El resultado para Sudáfrica no sorprende: estancamiento, desempleo de 27 por ciento, desigualdad y pobreza cada vez más intensa. Los niveles de violencia y criminalidad no se quedan atrás, porque es imposible combatir la criminalidad sin abandonar el neoliberalismo. La lección es clara y en México no debemos ignorarla: no tocar nada para mejor administrar el modelo neoliberal y pretender que los beneficios lleguen por goteo a la mayoría no es una buena estrategia.


[Twitter: @anadaloficial]


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