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Domenico Losurdo: el anticolonial hilo rojo

diciembre 17, 2018

MACIEK WISNIEWSKI 


I. Iba a decir que es una “tesis”, pero con que sea una “observación” también queda. Aquí va: por la obra de Domenico Losurdo (1941-2018), el filósofo e historiador marxista italiano –fallecido en junio pasado– corre un particular “hilo rojo”: una radical –e históricamente aterrizada– crítica del colonialismo. Este “motivo” se aprecia especialmente en su “disección” del liberalismo (Liberalism: a conter-history, Verso 2011), una corriente habitualmente asociada con la “libertad”, pero que –según Losurdo– se entiende mejor en términos de la exclusión (racismo/ esclavitud/ eugenesia/ genocidio). Al estudiarlo desde su oposición fundamental –la “comunidad de los libres” (blancos, clases propietarias) vs los demás (pueblos colonizados, clases bajas)– Losurdo expone sus hipocresías –democracia sólo para “la raza dominante”, universalismo únicamente para “la parte civilizada de la humanidad” (p. 225)– y el vector racial del expansionismo colonial y la “ideología liberal de la guerra” (p. 315). Para él, son precisamente los residuos de esta “racialización” (islamofobia) que están detrás de la actual “rehabilitación del colonialismo” (Il linguaggio dell’Impero. Lessico dell’ideologia americana, Laterza 2007).

II. Estudiando al liberalismo en términos de la exclusión le permitió a Losurdo mirar al siglo XX a través de lo colonial –siendo la Segunda Guerra Mundial con la conquista nazi del Lebens-raum que empleaba todos los “modos” del colonialismo británico, francés y belga el mejor ejemplo– criticar la hipocresía liberal de igualar la violencia nazi y la estalinista como si legado colonial detrás de la primera fuera inexistente y resaltar que la dicotomía colonialismo/anticolonialismo es esencial para entender nuestros tiempos (War and revolution: rethinking the twentieth century, Verso 2015). Con eso arremetía también en contra del revisionismo (E. Nolte, et al.), una tradición historiográfica igual propia de los liberales, que en su afán de desacreditar al comunismo, niega los horrores tanto del nazismo como del colonialismo (bit.ly/2ycWD0r). Una manipulación de la historia a fin de revivir y re-legitimar la tradición imperial (Il revisionismo storico. Problemi e miti, Laterza 2015).

III. También oponiéndose a la noción de “totalitarismo” que pone a la par a Hitler y Stalin –algo mejor representado por H. Arendt (por otro lado muy crítica al legado colonial/imperial occidental al localizar allí precisamente los orígenes del totalitarismo...)– Losurdo subrayaba que el nazismo –a diferencia del comunismo que no compartía su “visión del mundo” (Weltanschauung) “racializada” y “biologizada”– tenía sus raíces en la tradición colonial (y el liberalismo clásico del siglo XIX). El sueño del führer era “desarrollar, radicalizar y expandirla”, construyendo una suerte de “las Indias alemanas en Europa Central”, esclavizando una parte de la población (eslavos) y exterminando a la otra (judíos). Su principal inspiración –como él mismo enfatizaba– era Estados Unidos con su exterminación y deportación de los redskins (A. Jackson), sus muy restrictivas políticas raciales y migratorias (bit.ly/2HD4mei) y el tóxico legado de la “democracia de la raza dominante” (Herrenvolk democracy).

IV. El “hilo anticolonial” está igual en uno de los libros más desiguales y debatibles de Losurdo (Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra, Viejo Topo 2008) –por su “neonostalgismo”, afán exculpatorio a toda costa y una sesgada lectura de Trotsky (bit.ly/2PGd1kf)–, al ver en la Gran Guerra Patriótica (1941-45) una “guerra anticolonial” frente al ímpetu nazi –aunque claramente también muchas de las políticas de Stalin dentro de la URSS (la cuestión nacional) también podrían considerarse un colonialismo (interno). En fin: siguiendo con su crítica al revisionismo que ve en el nazismo “un mero espejo del bolchevismo” y en Auschwitz –un quintaesencial producto de la razón moderna y el colonialismo occidental (Bauman, Traverso)– “un espejo de gulag”, Losurdo bien apuntaba que p.ej. los trabajos forzados o deportaciones denunciadas como “atrocidades comunistas” cuando se debían a Stalin, eran siempre “naturales” cuando aplicaban a los pueblos colonizados.

V. En los últimos años su mirada se tornó en buena parte a China. Para Losurdo era importante resaltar que “la República Popular allí emergió de la más grande revolución anticolonial” (l’Humanité, 16/8/13). “Mao y Fanon –continuaba en otro lugar– eran personajes muy diferentes, pero ambos entendían que una revolución así tiene dos fases: la rebelión militar y el desarrollo económico. El desarrollo del tercer mundo no era sólo algo económico, también político, y el afán de China de romper el monopolio tecnológico occidental sigue este camino” (Revista Opera, 20/10/17). “Hoy –añadía– el riesgo de la guerra proviene del intento estadunidense de ‘bloquear’ a China, cuya posición –hasta cierto punto– se asemeja a la de Rusia, una entidad imperialista y expansionista, pero que también corría riesgo de volverse una colonia (...) Yeltsin p.ej. era un gran agente de la colonización occidental, al contrario de Putin, obviamente ningún comunista, pero que quiso evitarla (...) Así es correcto hablar de una nueva ‘contra-revolución colonial’ con Estados Unidos por un lado y China –con Rusia– por el otro. Esta es mi ‘filosofía de la historia mundial’, por decirlo así”, concluía.


(*) Maciek Wisniewski es periodista polaco [Twitter: @MaciekWizz]

La ultraderecha está de moda

diciembre 14, 2018

MARCELO COLUSSI 


Sarcásticamente se ha dicho que años atrás, para competir en las elecciones presidenciales, la imagen de duro y matón quitaba votos.

Hoy, por el contrario, parece haberse invertido la cuestión: ofertas de mano dura, de ultraderecha, totalmente conservadoras –a lo que debería sumarse un mensaje de racismo, machismo, homofobia y xenofobia– parecen ser la clave para ganar.

En Estados Unidos y en Europa vemos, para consternación de muchos, que propuestas políticas y gobiernos con características neofascistas están en aumento. Para los 90 del siglo pasado, esa tendencia derechosa del electorado no pasaba del 10 %; hoy representa una cuarta parte. Muchos países ya han optado por gobiernos centrales o parlamentos con una clara tendencia neofascista, profundamente racista y xenófoba. La tendencia parece ir en aumento. ¿Está de moda? En Latinoamérica, con sus características propias, también parece haber llegado esa ola. ¿Qué está pasando?

En Francia, Marine Le Pen, hija del ultraconservador Jean Marie Le Pen, obtiene un 33 % de preferencia electoral en la segunda vuelta presidencial, siendo figura clave de la política nacional gala con su encendido discurso neofascista; en Alemania, aunque constitucionalmente están prohibidos los partidos y manifestaciones neonazis, la fuerza ultraderechista Alternativa para Alemania tiene 90 escaños en el parlamento; en Italia gobierna una coalición de extrema derecha encabezada por la xenófoba Liga del Norte, quien no oculta su voluntad de separarse del sur “pobre y subdesarrollado”; en Hungría (ex república de la órbita soviética) el primer ministro Viktor Orbán, de la mano de un partido de extrema derecha y ultranacionalista, ganó dos elecciones, con más del 50 % del electorado. En Polonia, también ex Estado pro soviético, gana una propuesta de extrema derecha con los hermanos Jaroslaw y Lech Kaczyński, dominadores del partido ortodoxo Ley y Justicia. Procesos similares se dan en Croacia, República Checa, Holanda, incluso –para sorpresa y desolación de muchos– en países otrora socialdemócratas y ejemplos de tolerancia y apertura, como Suecia o Finlandia.

Siempre en esta lógica de la derechización en la visión del mundo y de la política, y poniendo chivos expiatorios por delante como son los inmigrantes irregulares, en el Reino Unido de Gran Bretaña gana una propuesta como el Brexit, es decir, la salida de la Unión Europea (UE) en nombre de un acendrado nacionalismo conservador, viendo en la inmigración un peligro mortal. Y en Estados Unidos gana la presidencia (y probablemente pueda repetir) un ultra ortodoxo de línea dura como Donald Trump, con su xenofóbico llamado a construir el muro para detener a los “delincuentes hispanos”, más un modo absolutamente autoritario y patriarcal que, en vez de repeler, gana votos.

Pareciera darse una fiebre de ultra derecha por doquier; también en Latinoamérica asistimos a estos procesos de derechización creciente (Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile, Iván Duque en Colombia), terminando con el militar retirado (y payasescamente ultra conservador) Jair Messias Bolsonaro en Brasil (quien pareciera haberse tomado en serio su segundo nombre).

Debería hacerse una diferenciación entre la ultraderecha del Norte y la de Latinoamérica. En los países desarrollados, Estados Unidos y los de la Unión Europea, puede hablarse de neofascismo. No es exactamente igual lo que sucede en Latinoamérica.

El rebrote neofascista o neonazi al que se asiste en el Primer Mundo tiene causas bien concretas, con actores claramente identificados. Las causas son materiales, económicas, a lo que se suman, por supuesto, factores psicológico-culturales que retroalimentan las anteriores. El nacional-socialismo alemán de entreguerras, preparatorio de la segunda conflagración mundial, tuvo que ver con la postración del pueblo teutón y su empobrecimiento tras la derrota en 1918. Fue un proyecto de reactivación económica, asentado en la loca creencia de ser una “raza superior” destinada a manejar el mundo, con lo que se logró movilizar a todo un pueblo: proletariado y clase media empobrecida. El orgullo alemán se movió con un mensaje quasi apocalíptico de un líder tremendamente carismático –Adolf Hitler– que pudo conducir ese descontento transformándolo en espíritu bélico y expansionista. El chivo expiatorio del caso fue, básicamente, la minoría judía (junto a otras, siempre vistas como “elemento a exterminar”: gitanos, homosexuales, comunistas).

Esa composición, que habla de una situación de empobrecimiento, se repite hoy día. ¿Por qué el resurgir de las tendencias neofascistas en Europa y Estados Unidos? Porque la crisis sistémica del capitalismo que se arrastra desde hace una década, con el gran crack financiero del 2008, no se resolvió, ni da miras de hacerlo. A lo que se suma la globalización neoliberal imperante, que hace que muchas grandes empresas multinacionales muevan sus plantas fabriles desde sus países de origen al Sur (allí hay mano de obra más barata, sin sindicatos, no se respetan regulaciones medioambientales ni se pagan impuestos). Todo ello, aunado, contribuye a un empobrecimiento creciente de la gran masa trabajadora: el empantamiento del sistema y la pérdida de puestos de trabajo son una bomba de tiempo. El “malo de la película”, para el caso, está dado por los inmigrantes (africanos y del Oriente Medio fundamentalmente en Europa, latinoamericanos para Estados Unidos), quienes, según el encendido y mentiroso discurso neofascista, “vienen a robar plazas a los trabajadores nacionales”.

Siempre pareciera haber necesidad de chivos expiatorios (verdad que nos enseña la Psicología). “El infierno son los otros”, sintetizó magistralmente Jean Paul Sartre. El inmigrante lleva esa carga: además de huir de sus países de origen por las condiciones pésimas en que vive, se encuentra con el desprecio racista de los ciudadanos de los países “desarrollados” (¿el racismo es de desarrollados? Pero… ¿qué es eso del desarrollo entonces? ¿La falta de solidaridad hace parte de él?)

El problema no son los migrantes; migraciones hubo siempre, en toda la historia humana.El mundo se pobló de humanos porque, inmemorialmente, hubo migraciones hacia todos los rincones del planeta,por lo que no existen “razas puras”. Esa es una quimera supremacista que asienta y justifica una inmisericorde explotación económica. ¿Por qué “trabajar duro” se dirá “trabajar como negro”?

Ahora bien: el rebrote ultraconservador al que asistimos en Latinoamérica no tiene similares motivos. En todo caso, es parte de una “ola ideológica” universal, que complementa perfectamente las políticas neoliberales en curso, y que no parecen estar por extinguirse en lo inmediato. Como cada vez más la guerra ideológico-cultural se libra a través de los medios masivos de comunicación (la prensa hace tiempo dejó de ser el “cuarto poder”; ahora es parte medular del mismo poder), la prédica pro capitalista, privatista, anti Estado, y por supuesto visceralmente anticomunista, ha hecho mella. Si a eso se suma la caída de los primeros socialismos reales y el fracaso de los progresismos recientes en Latinoamérica (empantanados algunos, o salidos del poder ya a partir de las denuncias –exageradas fake news mediante– de corrupción otros), queda claro que al esclavo se le hace pensar con la cabeza del amo (“La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”, sentenciaban Marx y Engels hace más de 150 años, y no se equivocaban).

En estas tierras latinoamericanas ha habido, desde que existen como Estado-nación modernos, gobiernos autoritarios, dictaduras militares en muchos casos. Son fascistas en su modalidad política: no democráticos, verticales, sanguinarios con los disidentes. Pero no lo son en términos económicos, al menos no del mismo modo que lo son para los países del Norte. Lo que presenciamos ahora es una entronización de un discurso mediático que parece responder a una “moda”, una generalizada tendencia que parece arrasar todo: “Ser de derecha está de moda”, decía mordaz Pedro Almodóvar. La “moda” ha llegado también a América Latina. Como siempre, al menos hasta ahora, las tendencias las fija el Norte; el Sur repite con pálidas y deslucidas copias.

De todos modos, para el gran campo popular de cualquier lugar del mundo, esta ola es siempre una mala noticia: se cierran espacios, se criminaliza cualquier forma de protesta, se asiste a un verticalismo muy peligroso. Todo lo cual facilita la profundización de la explotación del trabajador (obrero industrial urbano, proletariado agrícola, ama de casa, trabajador en general, así sea profesional con doctorado), explotación y trabajo alienado que siguen siendo la piedra sobre la que asienta el capitalismo.

No está claro qué podrá suceder en el corto y mediano plazo. Lo que sí es evidente es que el sistema capitalista está trabado y no encuentra salida. A no ser, tal como pasó en la década del 30 del siglo pasado, luego de la gran crisis de 1929, que la salida (si a eso se le puede llamar tal) sea una nueva guerra global. Hay indicios preocupantes que eso pudiera llegar a ocurrir. Todos pensamos que la racionalidad habrá de primar, pues una guerra mundial hoy día, con armamentos nucleares, podría significar lisa y llanamente el fin de la especie humana. Pero las posibilidades de ese holocausto, lamentablemente, están dadas.

Ante esa avanzada de la ultra derecha (con machismo patriarcal, homofobia y retrógrados discursos conservadores incluidos), como campo popular, como izquierdas, como seres progresistas, debemos oponer la más férrea resistencia: denunciar, esclarecer, llevar otro mensaje ideológico, organizar, prepararse para la batalla. ¿Quién dijo la tremenda estupidez que la historia había terminado y no había más luchas de clases? No hay dudas que ahora los avances revolucionarios no se muestran muy posibles. El triunfo del neoliberalismo y del gran capital fue enorme, y la lucha ideológica, hoy por hoy, parece ir ganándola la derecha, ahora en su versión de ultraderecha. Para el campo popular la actualidad es, en todo caso, una época de resistencia y reorganización. Pero la larga lucha por el mejoramiento de la humanidad no ha terminado, en absoluto.



Teología de la pederastia

diciembre 10, 2018

TEODORO SANTANA 


La pederastia y otras depravaciones no son una anécdota en la ICAR (Iglesia Católica Apostólica Romana). Desde que el emperador Constantino se apropió de la entonces pequeña secta para convertirla en religión oficial, la ICAR no es sino una religión de Estado, fundamentada en el control de la actividad sexual de las personas y en la alianza con el “poder secular”, esto es, con la clase dominante, que cristianizaba manu militari.

Cuando a inicios de la Edad Media se convirtió en un poder feudal, y para garantizarse que los dineros y riquezas no se les fueran de las manos en herencias y repartos de tierras, la ICAR dio una vuelta de tuerca más e impuso el celibato a sus sacerdotes –con la excepción de los curas católicos del rito copto, que a día de hoy siguen casándose con las bendiciones del Estado Vaticano–.

Esa obsesión de control omnímodo explica el empeño de la ICAR en impedir la libertad sexual, los métodos anticonceptivos, el aborto o el condón. No tratan de “defender la vida”, sino su propio e ilimitado poder de injerencia para impedir el sano disfrute de la sexualidad.

Esta enfermiza y sistemática represión sobre una actividad esencial del ser humano, esta necesidad de dictadura tiránica sobre lo más íntimo, deriva, necesariamente, en burda depravación y graves disfunciones psiquiátricas. Por ejemplo, la pederastia que, de forma sistemática, se extiende por la Iglesia en todos los países del mundo. La enorme cantidad de casos denunciados delata una conducta generalizada –por no hablar de los no denunciados–.

Es lógico: lo que no se vive con naturalidad, aflora como perversión. Hasta en los gestos y el tono de voz melifluo que tanto conocemos. Ya saben: “dejad que los niños se acerquen a mí”.

En el Estado español, que a la Contrarreforma y la Inquisición superpuso cuarenta años de dictadura nazi-fascista bajo el palio de la ICAR, denunciar los casos de pederastia, el que el cura te “metía mano”, ha tropezado sistemáticamente con la vergüenza de las víctimas en una sociedad del más casposo machismo, y en lo inimaginable de atreverse a denunciar ante una justicia nacional-católica totalmente aherrojada.

Sacudirse la chibichanga más de dos veces, después de mear, era vicio, nos enseñaban. Pero lo que verdaderamente es pecado es no sacudirnos esta lacra medieval de una santísima vez. Porque la pederastia no es la excepción, sino la consecuencia inevitable de la ideología y las imposiciones católicas.

El Concordato es un infierno, o sea.


África: el ascenso del imperialismo de las fronteras

diciembre 03, 2018

NICK BUXTON y MARK AKKERMAN 


En 1891, el economista francés Paul Leroy Beaulieu defendió ferozmente el colonialismo europeo en África, diciendo: “Este estado del mundo implica para la gente civilizada un derecho de intervención… en los asuntos de [tribus bárbaras o salvajes]”.

La defensa de Beaulieu llegó en medio de la división europea de África, cimentada en el acuerdo de Berlín de 1885. Como ahora hace cinco décadas desde que la mayoría de los movimientos de liberación africanos ganaron la independencia, puede por lo tanto resultar sorprendente leer a un embajador europeo declarar en mayo de 2018 que “Níger es ahora la frontera sur de Europa”. 3.200 kilómetros al este, los comentarios del embajador recibieron el eco de un agente de la patrulla fronteriza, el teniente Salih Omar, entrevistado por el New York Times, que se refirió a la frontera Sudán-Eritrea como “la frontera sur de Europa”.

Desde hace mucho tiempo ha habido un argumento, articulado principalmente por el luchador por la libertad ghanés Kwame Nkrumah, de que el control europeo del destino de África nunca terminó con el colonialismo.

Estos contundentes argumentos principalmente se centraban en la forma en que la deuda, el comercio y la ayuda se han usado para estructura la continuada dependencia respecto a Europa de los nuevos estados independientes de África. El consenso, sin embargo, entre un embajador europeo y un guardia de la patrulla fronteriza sudanés de que la frontera europea no está en el Mediterráneo sino tan lejos como en Sudán y Níger, sugiere que el control territorial europeo de África tampoco ha acabado realmente.

CONTROL DE LA MIGRACIÓN EN EL CORAZÓN DE LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA UE

El motivo para esta renovada participación europea en el territorio africano —y no sólo el dominio político y económico— se ha debido en gran parte a un factor: un deseo de controlar la migración. El aumento en el número de refugiados huyendo hacia Europa, en particular tras la guerra civil siria, impulsó a la migración en la agenda política, liberando significativos recursos para el control de fronteras. La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, Frontex, ha visto un increíble aumento del 5.233% en su financiación desde 2005 (de seis millones de euros a 320 en 2018). Las fronteras se han militarizado en Europa del Este y se han desplegado guardias fronterizos por toda Europa, desde Calais a Lesvos.

Menos conocido es que esto también ha llevado a la UE a poner el control migratorio en el corazón de sus políticas internacionales y sus relaciones con terceros países, insistiendo en acuerdos de control de fronteras con más de 35 naciones vecinas para controlar la migración, calificadas por la jerga de la Comisión como “externalización de fronteras”. Estos acuerdos requieren que las naciones firmantes acepten migrantes deportados desde Europa, aumenten los controles fronterizos y el personal en las fronteras, introduzcan nuevos sistemas de pasaporte e identificación biométricos para vigilar a los migrantes, así como que construyan campos de detención para detener refugiados.

La justificación que da la UE es que esto impedirá las muertes de los refugiados, pero un motivo más probable es que quiere asegurarse de que se para a los refugiados mucho antes de que lleguen a las orillas europeas. Esto satisface tanto a los hostiles políticos racistas en Europa como a aquellos políticos aparentemente más progresistas que no quieren enfrentarse al fomentado sentimiento contra los inmigrantes, que quieren aplicar a la crisis el ‘ojos que no ven, corazón que no siente’. Alemania, por ejemplo, con un récord relativamente progresista de acoger refugiados (al menos en el verano de 2015), es también una de las principales financiadoras de la externalización de fronteras, firmando alegremente acuerdos con dictadores como Sisi en Egipto para impedir que los refugiados se dirijan a Europa.

Las pruebas sugieren que estos acuerdos pueden haber servido para el propósito último de la UE de reducir las cantidades que entran en Europa, pero ciertamente no han aumentado la protección y seguridad de los refugiados. La mayoría de estudios muestran que han forzado a los refugiados a buscar rutas más peligrosas y confiar en traficantes con menos escrúpulos todavía. La proporción de muertes registradas respecto a las llegadas en las rutas mediterráneas hacia Europa en 2017 era cinco veces más alta que en 2015. Muchas más muertes en el mar y en desiertos de África del Norte nunca se registran.

Como revela un nuevo informe del Instituto Transnacional y Stop Wapenhandel, la Unión Europea también ha pasado a apoyar regímenes autoritarios —y aún peor, proveer equipamiento y financiación a policía y fuerzas de seguridad represivas—, a la vez que se desvían recursos necesarios para inversiones en sanidad, educación y empleo.

TRATOS SUCIOS CON DICTADORES

Níger, un importante país de tránsito para los refugiados, se ha convertido en el mayor receptor mundial per cápita de ayuda de la UE. En parte esto se debe a que es uno de los países más pobres del mundo, pero también se le da prioridad porque es una vía para muchos refugiados con dirección a Europa. No parece haber límites para los recursos disponibles para la infraestructura fronteriza, pero el Programa Mundial de Alimentos, que mantiene a casi una décima parte de la población de Níger, sólo ha recibido el 34% de la financiación que necesita para 2018. Mientras tanto, bajo presión europea, el reforzamiento de la seguridad fronteriza ha destruido la economía basada en la migración en la región de Agadez, amenazando la frágil estabilidad interna en el país.

La dependencia de la UE de la cooperación con el Gobierno nigerino también ha envalentonado a los líderes autocráticos del país. Una protesta de nigerinos contra el aumento en los precios de la comida en marzo de 2018, por ejemplo, llevó al arresto de sus principales organizadores. Los refugiados que viajan a través de Níger informan del aumento en los ataques contra los derechos humanos y están obligados a tomar riesgos mayores para migrar. En un horripilante caso en junio de 2016, los cadáveres de 34 refugiados, incluidos 20 niños, fueron encontrados en el desierto del Sáhara, aparentemente abandonados por traficantes a la muerte por sed.

De igual manera, en Sudán, la Unión Europea afirma que mantiene sanciones internacionales sobre el notorio régimen de Al-Bashir por sus crímenes de guerra y represión, pero no ha titubeado al firmar acuerdos de control de fronteras con agencias gubernamentales sudanesas. Esto ha incluido entrenamiento y equipamiento para policías de fronteras, aunque las fronteras de Sudán están patrulladas principalmente por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), que están formadas de ex milicianos janjaweed usados para combatir la disidencia interna bajo el mando operativo de Inteligencia Nacional y Servicios de Seguridad (NISS) de Sudán. Human Rights Watch ha “descubierto que las RSF cometieron toda una serie de horribles abusos, incluyendo (…) tortura, ejecuciones extrajudiciales y violaciones en masa”. La agencia gubernamental alemana GIZ dice que es consciente de los riesgos de la cooperación, pero no obstante la considera “necesaria” para incluirles en medidas de desarrollo de la capacidad.

La participación de Europa en Sudán y Níger subraya el argumento de la autora y activista Harsha Walia, en su libro Deshacer el imperialismo de las fronteras, de que las medidas de control fronterizo son una forma de imperialismo porque incluyen desplazamiento, criminalización, jerarquías racializadas y la explotación de personas. Es destacable en términos de ecos históricos para el imperialismo de las fronteras de la UE que mientras que el Reparto de África fue en gran medida defendido por sus apologistas coloniales por su potencial para civilizar a los “bárbaros” en las puertas de Europa, el enfoque esta vez parece ser sólo respecto a mantener a los “bárbaros” fuera de las puertas de Europa.

En paralelos históricos incluso más inquietantes, es chocante mencionar que mientras que el Acuerdo de Berlín de 1885 estipulaba que África “no puede servir como un mercado o medio de tránsito para el comercio de esclavos, de la raza que sean”, la colaboración de la UE con la milicia libia ha llevado en realidad a un renacimiento del comercio de esclavos, con refugiados vendidos como esclavos como mostró la CNN a finales de 2017.

FRONTERAS ES IGUAL A VIOLENCIA

En última instancia no deberíamos sorprendernos. Como ha señalado la periodista Dawn Paley, “lejos de impedir la violencia, la frontera es de hecho el motivo por la que ésta ocurre”. Las fronteras son muros que buscan bloquear una flagrante desigualdad entre África y Europa, construida durante el colonialismo y perpetuada por las actuales políticas económicas y políticas europeas. En última instancia esta violencia se siente en el cuerpo, con la frontera dejando sus cicatrices en la carne de la gente. Se siente en la piel rasgada de aquellos que a diario intentan cruzar las vallas fortificadas de Ceuta y Melilla en Marruecos. Se siente en los cuerpos de mujeres violadas y agredidas sexualmente por traficantes y guardias fronterizos. Está ahí, en los muchos esqueletos sin descubrir en los desiertos norteafricanos y el Mar Mediterráneo.

Este imperialismo de las fronteras no es un fenómeno exclusivamente europeo. Se puede encontrar en el Programa Frontera Sur en México, comenzado en 2014 bajo presión de los Estados Unidos, para reforzar la seguridad en su frontera con Guatemala. Como sus equivalentes europeos, también ha dado lugar a más represión y violencia contra los refugiados, mayor reclusión y deportaciones, y a que los refugiados sean forzados a tomar rutas migratorias más peligrosas y a caer en las manos de redes de tráfico criminales.

Quizás el ejemplo de externalización de fronteras mejor conocido sean los centros de detención deslocalizados de Australia en las islas de Nauru y, hasta que fue ilegalizado el año pasado, en Manus (Papúa Nueva Guinea). Todos los migrantes que intentan ir a Australia por mar son transportados a estos centros, que son gestionados por contratistas privados, y mantenidos en ellos durante largos períodos. Si se concede estatus de asilo a los refugiados detenidos, son reasentados en terceros países. Esta política va acompañada de la “Operación Fronteras Soberanas”, una operación marítima militar para forzar a volver, o remolcar, de vuelta a aguas internacionales a los barcos de refugiados.

Han habido muchos casos de violaciones de los derechos humanos en los centros de detención deslocalizados de Australia. Pero muchos líderes europeos han adoptado el modelo australiano, defendiendo cada vez más que la UE ponga a los refugiados en “campamentos de tramitación” en países norteafricanos, desarrollando la política actual de convertir a los vecinos de Europa en sus nuevos guardias fronterizos. Europa adopta de manera entusiasta el enfoque australiano de construir campamentos en lugares remotos, lo que, como apunta el abogado de derechos humanos Daniel Webb, sirve “para esconder de la vista lo que no quieren que el público vea –crueldad deliberada contra seres humanos inocentes”.

GANADORES EMPRESARIALES

Mientras que las similitudes entre estos ejemplos de externalización de fronteras son innegables, sólo en Europa conectan las políticas con viejas relaciones coloniales. En el lanzamiento del Marco de Asociación en materia de Migración, el marco general para la cooperación sobre migración con terceros países, en junio de 2016, la Comisión Europea señaló que “las relaciones especiales que los estados miembros puedan tener con terceros países, reflejando lazos políticos, históricos y culturales fomentados a través de décadas de contactos, también deberían explotarse al máximo para beneficio de la UE”. También alababa de manera inequívoca la oportunidad que el acuerdo ofrecía para los negocios europeos, defendiendo que “los inversores privados en busca de nuevas oportunidades de inversión en mercados emergentes” deben jugar un papel mucho mayor en vez de “los modelos de cooperación al desarrollo tradicionales”.

Esto dirige nuestra atención hacia los intereses privados que se benefician de estas políticas de externalización de fronteras: las industrias militares y de seguridad que proveen el equipamiento y los servicios para implementar la seguridad y el control fronterizos reforzados y militarizados en terceros países. Un sinfín de empresas han prosperado en este mercado en expansión, pero destacan entre ellas gigantes armamentísticos europeos como Airbus (paneuropea), Thales (Francia) y Leonardo (Italia –anteriormente llamada Finmeccanica).

No son sólo beneficiados casuales de las políticas de la UE; también son las fuerzas motrices tras ellas. Han establecido el discurso general —formulando la migración como una amenaza a la seguridad, a ser combatida por medios militares— y han realizado propuestas concretas, como la creación del “sistema de sistemas” de vigilancia de la UE EUROSUR y la expansión de Frontex, las cuales se han convertido en políticas oficiales de la UE y nuevas instituciones mediante un exitoso trabajo de lobby.

Así, estas empresas pueden cosechar las recompensas mediante la promoción de sus propios servicios y productos, ayudadas por su constante interacción con responsables políticos de la UE. Esto abarca reuniones regulares con cargos de la Comisión Europea y Frontex, participación en órganos asesores oficiales, publicación de influyentes documentos de asesoría, participación en ferias y conferencias de seguridad, etc. Mientras que el enfoque principal ha estado en militarizar las fronteras externas de la UE, las empresas cada vez más dirigen su mirada al mercado africano de seguridad fronteriza. De aquí que también estén presionando por financiación de la UE para compras de seguridad fronteriza de terceros países.

Esta estrategia ha dado generosos frutos. Reforzar la competitividad global de la industria militar y de seguridad europea se ha convertido en un objetivo declarado de la UE. Los planes de la comisión para el próximo Marco Financiero Multianual (MFF), el presupuesto de la UE para 2021-2027, proponen casi triplicar el gasto en control migratorio. Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, los estados miembros de la UE y terceros países recibirán más dinero para gastar en el refuerzo de la seguridad de fronteras, incluyendo la compra de equipamientos y servicios militares y de seguridad.

HACER VISIBLE LA RESISTENCIA

Mientras que situaciones horribles específicas, como los mercados de esclavos migrantes en Libia o un incidente de ahogamiento concreto en el Mediterráneo, a veces causan indignación y oposición, es difícil ver un cambio en el énfasis europeo general en “reducir los números” de gente que quiere hacer la travesía. Esto es un reto incluso mayor cuando la militarización de fronteras de la UE está deslocalizado en países lejanos de Europa y, por lo tanto, se vuelve en gran medida invisible.

Hay que combatir las políticas de la UE en varios niveles, tanto dentro de la UE como en terceros países. Esto significa que no sólo tenemos que actuar contra las manifestaciones más obvias de estas políticas —en términos de control de fronteras y la detención y deportaciones de refugiados— sino también contra los intereses privados detrás de estas políticas. Tenemos que desenmascarar las fuerzas comerciales e industriales que actualmente se están lucrando con el imperialismo de las fronteras europeo, así como a los medios de comunicación y partidos políticos que han manipulado a la opinión pública señalando a los refugiados como cabezas de turco de las consecuencias de las políticas de austeridad.

De manera más sistemática, enfrentarse al colonialismo de fronteras requiere abordar la responsabilidad occidental en general, eliminando los motivos por los que la gente es obligada en primer lugar a huir, y resistiendo a esas políticas y a los actores en los países occidentales que las están causando: el apoyo de la UE a dirigentes autoritarios, las empresas que causan el cambio climático, las relaciones comerciales injustas, la impunidad corporativa, las temerarias intervenciones militares y el comercio de armas. Y significa la verdadera decolonización, terminar el continuo control europeo sobre sus antiguas colonias, y trabajar en dirección a un cambio fundamental en el orden internacional. Esto se volverá incluso más importante en el contexto del empeoramiento del cambio climático, cuando la migración, aunque sea principalmente interna, será una forma de adaptación necesaria.

También requerirá mayor solidaridad y cooperación con movimientos y organizaciones de los terceros países afectados, en formas horizontales de colaboración. Esto podría incluir el apoyo a movimientos dirigidos por migrantes que surjan en muchos países, a comunidades que alberguen grandes números de refugiados (que hayan quedado varados), los esfuerzos humanitarios directos tales como las misiones de búsqueda y rescate en el Mediterráneo, así como a las organizaciones que defiendan los derechos humanos para los migrantes. Pero también podría incluir grupos y movimientos en lucha por la democratización, contra regímenes autoritarios, contra industrias extractivas, y a aquellos que busquen el sustento para todos, contra la violencia y la dominación occidental.

Deshacer el legado de la violencia colonialista no será fácil. Mientras que la Unión Europea está dividida en muchos asuntos, el consenso sobre la seguridad en las fronteras es fuerte. El gran pensador decolonial Frantz Fanon se dio cuenta de cómo el colonialismo no sólo el territorio y el cuerpo sino también la mente. Como escribió en Piel negra, máscaras blancas:

Para terminar con esta situación neurótica, en la que estoy obligado a elegir una solución insana y conflictiva, alimentada con fantasías, hostil, inhumana en resumen, sólo tengo una solución: levantarme por encima de este drama absurdo que otros han organizado a mi alrededor, rechazar los dos términos que son igualmente inaceptables, y a través de un ser humano, alcanzar lo universal”.

Es un anhelo por una humanidad universal reflejado en slogans que “ningún ser humano es ilegal”, la única verdadera base para el fin de la violencia del imperialismo de las fronteras.


(*) Nick Buxton es coeditor de The Secure and the Dispossessed: How the Military and Corporations are Shaping a Climate-Changed World (Pluto Press, 2015) y coordinador del trabajo del Instituto Transnacional con académicos-activistas (www.climatesecurityagenda.org). Mark Akkerman es investigador en Stop Wapenhandel (Campaña Holandesa Contra el Comercio de Armas). Ha escrito y realizado campañas sobre temas como las exportaciones de armas a Oriente Medio, los ejércitos privados y el sector de la seguridad, el blanqueamiento ecológico del comercio de armas y la militarización de la seguridad fronteriza.


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