Por qué Alberto Garzón no es comunista


TEODORO SANTANA 


El diputado de Unidos Podemos, miembro de la dirección del PCE y coordinador federal de IU, Alberto Garzón Espinosa, al calor de la promoción de su último libro (1), alardea de ser “comunista” y asegura que “no es coherente ser comunista e independentista”, llegando incluso a afirmar que “no entiendo a los independentistas catalanes que se dicen de izquierdas”.

Para cualquiera con un nivel cultural por encima del analfabetismo funcional, no dejan de ser sorprendentes estas afirmaciones, sobre todo teniendo en cuenta la realidad del movimiento comunista en todo el mundo. Porque, precisamente, quienes más han luchado por la independencia de las naciones y de los pueblos oprimidos a lo largo de la historia han sido los comunistas. Seamos biempensantes y demos por hecho que el señor Garzón ha tenido acceso a esa información. ¿A qué viene entonces tanta cháchara sobre “comunismo” y sobre los males del independentismo?

A lo peor es que no hablamos de lo mismo. Para el señor Garzón, y es lo que se desprende no sólo de su reciente libro, sino también de sus múltiples declaraciones en los últimos años, ser “comunista” es “una actitud”, una pose.

Independiente de lo que piense cada uno acerca de él, el comunismo, en sí mismo, es un proyecto de emancipación social y, a la vez, el movimiento revolucionario práctico para realizar tal proyecto. Y, dado que la única clase verdaderamente revolucionaria –en tanto en cuanto es la clase absolutamente desposeída– es la clase obrera, el comunismo es la máxima expresión de las ideas emancipadoras de la clase obrera y su organización más avanzada.

Pero volvamos a la historia. Cuando, tras la muerte del dictador fascista Francisco Franco, en 1977 el PCE se entregó atado de pies y manos al régimen para asegurarse un huequito en el continuismo monárquico –seguido de los Pactos de La Moncloa para maniatar al movimiento obrero–, perdió definitivamente su carácter comunista. Por si quedaba alguna duda, en 1986 la nueva dirección que desplazó al carrillismo giró aún más a la derecha con el proyecto de liquidar al “viejo” PCE y sustituirlo por un conglomerado electoral, en el que participaban desde el carlismo al Partido Humanista.

Como bien explicaba entonces Nicolás Sartorius, se trataba de dotarse de un “sujeto político” sin ideología -esto es, sin una visión propia del mundo–, unido sólo en torno a un programa reformista de mínimos. Hasta el punto que, con la excusa de luchar contra la corrupción, Julio Anguita ha llegado a llamar a pactar hasta con la extrema derecha “si son honrados”. Programa, programa, programa.

De esta forma, el PCE dejaba de ser un partido revolucionario y se convertía en una “corriente de opinión” reformista, cuyo objetivo no era acabar con el Estado y la propiedad burguesa, sino sólo limar los peores aspectos del capitalismo. Pongamos un ejemplo: la renuncia a la nacionalización de la banca –“Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio(2)–. A cambio, el PCE, IU, Podemos y el propio señor Garzón proponen la creación de un banco público que “compita” con el dominio omnímodo de la banca capitalista. Una cosa es reconocer los males del capitalismo, y otra cosa es estar dispuesto a acabar con él. “Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada” (2). Pero esto al señor Garzón le viene grande.

Lo mismo cabe decir del apoyo sin fisuras del señor Garzón al Estado oligárquico español, a su constitución –lo de la “república” es sólo a efectos folclóricos: para todo lo demás no se cuestiona al “ciudadano Borbón”– y a la “indivisible unidad” de ese Estado. El “derecho de autodeterminación” de los pueblos –seña de identidad histórica de los comunistas– lo reconoce sólo a efectos formales: está “a favor” de ese derecho, pero siempre en contra de que se ejerza. Ignora que toda revolución socialista –encabezada siempre por las fuerzas comunistas– ha sido inseparable de la batalla por la independencia nacional. Tome nota, señor Garzón. Si tan “patriota” español es, renuncie a su irreductible postura de permanecer en el bloque imperialista europeo (UE) a machamartillo.

Podríamos seguir con una interminable lista de claudicaciones contrarias al comunismo del señor Garzón. Pero todas ellas tienen algo en común: ser reconocido por la burguesía y por los medios de comunicación de la oligarquía como un “político serio”. Se lo vacilan, pero él lo intenta. Pretende transmitir respeto y, a cambio, da pena.

Entonces, si ni de coña cabe decir del señor Garzón que “sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente” (2), si –como en el caso de Cataluña– no está por aquello de que “los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante” (2), ¿a cuenta de qué ese interés en declararse “comunista”?

Volvamos a la historia. Con la muerte definitiva del PCE en 1986, bien se preocuparon los liquidadores –Iglesias, Anguita, Llamazares– de no soltar las siglas históricas. Por un lado, porque cualquier otro grupo organizado podría reivindicarlas para sí. Por otro, porque todo el montaje de IU sólo se sostenía por el trabajo de los miembros del PCE, que eran absoluta mayoría. Una mayoría que creía estar haciendo una labor “comunista”, por mucho que en la práctica sólo alimentaban a los enterradores del comunismo en España.

He aquí que lo que se hizo una vez con el PCE, lo ha vuelto a hacer el señor Garzón con IU, pero en peor. Si el PCE se travistió en IU, pero controlando la nueva organización, ahora IU se ha incrustado como grupo residual minoritario en Unidos Podemos –más Podemos que Unidos–. Lo primero una tragedia. Lo segundo una farsa. Y claro, el señor Garzón se lamenta por las esquinas del “poco protagonismo” de IU en la escena política. Una escasa presencia que va acompañada de la deserción en masa del grueso de los afiliados de IU, asqueados de verse subsumidos en un partido que no es “ni de derechas ni de izquierdas”.

Perdiendo autoridad en U. Podemos –donde depende totalmente de la benevolencia de Pablo Iglesias–, de capa caída en IU, el señor Garzón, político profesional, pretende apoyarse en cierta clientela, nostálgica del PCE comunista, para no perder comba en el mercado electoral. El señor Garzón, pequeñoburgués reformista –ma non troppo–, ve su figura tambalearse en naderías, y pretende investirse con el prestigio que aún conserva el término “comunista”.

Pero no cuela. A pesar de su relativa juventud, el diputado Garzón no es comunista ni por asomo. Más bien es la viva imagen de la vieja izquierda “progre” española, nacionalista e insustancial, que nos ha llevado a la desmovilización y a la desesperanza en los últimos cuarenta años. Y da pena. Mucha pena.


NOTAS

(1) Garzón, A. Por qué soy comunista.

(2) Marx, K. y Engels, F. Manifiesto del Partido Comunista.

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