Socialismo de mercado


TEODORO SANTANA 


SOCIALISMO, MERCADO Y CAPITAL  

El mercado, satanizado por unos y divinizado por otros, es un mecanismo social que se da, en mayor o menor medida, en todas las sociedades. Aquellas economías en que se produce principalmente para el mercado, se denominan economías mercantiles. El prototipo de economía no mercantil es el feudalismo primitivo. En el capitalismo se desarrolla el mercado a escala universal y a todos los niveles, convirtiéndose en la economía mercantil por excelencia.

Tal y como explicaba Marx cuando expuso la ley del valor, el valor de las mercancías se determina en el mercado. Y esto, que es verdad en el capitalismo, lo será también en el socialismo. Al igual que sería absurdo desechar la división social del trabajo (y que todos tuviéramos que hacer de todo: plantar nuestra comida, cosechar algodón, tejer nuestra propia ropa, etcétera), es absurdo desechar el mercado.

Si el valor de los productos no se determinase en el intercambio social, se determinará a voleo, de forma caprichosa y acientífica. Esto no quiere decir que el mercado no deba estar regulado, ni que no se deba planificar. Al contrario: al igual que ahora el mercado está regulado, evidentemente a favor de las grandes corporaciones capitalistas, y al igual que todas las empresas establecen sus propios planes a corto, medio y largo plazo, el socialismo habrá de trabajar con el mercado, regularlo a favor de las mayorías asalariadas y, contando con él, establecer sus propios planes.

Contraponer planificación y mercado es una solemne estupidez. Negar el mercado porque se dice ser “socialista”, es como afirmar que los cirujanos en el socialismo no deben usar bisturí porque es algo inventado en el capitalismo. No hay peor síntoma de haber sido abducido por la propaganda burguesa que establecer el paralelismo capitalismo igual a mercado y socialismo igual a planificación.

Al igual que no habrá socialismo sin fábricas (¡ese gran invento burgués!), es absurdo hablar de “socialismo sin mercado”. Y a la inversa, “socialismo de mercado” es una tautología. Al contrario, la experiencia práctica pone en evidencia que el uso conjunto de la economía planificada y de la economía de mercado libera las fuerzas productivas y acelera el desarrollo económico, condición sine qua non para el triunfo del socialismo.

De hecho, la existencia de la propiedad pública de los medios de producción, si no existe una dirección consciente de la economía, no es suficiente para asegurar el desarrollo socialista. Aunque un poderoso sector público es uno de los requisitos de la economía socialista, no es ésta la diferencia específica que define el socialismo. Tal y como explicaba Marx, la naturaleza del socialismo es, precisamente, la liberación y el desarrollo de las fuerzas productivas, la eliminación de la explotación y de la polarización entre ricos y pobres y la prosperidad común.

Con el objetivo de que el socialismo logre ser superior al capitalismo, es precisa la asimilación de todos los avances, no sólo en tecnología sino en los métodos operativos y administrativos más avanzados que reflejen las leyes de la moderna producción socializada, incluyendo los métodos desarrollados en los países capitalistas más industrializados. Y poner todo eso, mediante el poder político, al servicio de los trabajadores y del pueblo.

Una comprensión correcta del marxismo significa que la superioridad del socialismo debe quedar de manifiesto por el desarrollo más rápido y más intenso de las fuerzas productivas y por la mejora constante de las condiciones de vida del pueblo. Algo, claro está, lejos del “socialismo anacoreta” y sufrido de cierta iconografía izquierdista. Que, por cierto, también creen que la propiedad estatal es la única posible en el socialismo.

En ese sentido, la idea de que la propiedad pública es el pilar principal de la economía socialista, debe entenderse en el sentido del control de las empresas fundamentales por parte del Estado, y no como un mero predominio cuantitativo del sector estatal. Esta es la base de la separación de la gestión y la propiedad de las empresas estatales, que se aplica en China y Vietnam –un buen dirigente comunista puede no ser un buen gestor empresarial y, por lo tanto, no servir para “cazar ratones”, por muy rojo que sea–.

Lo cierto es que la existencia de la función de la propiedad y la de la gestión como instancias separadas no es una novedad del socialismo de mercado, sino una relación afirmada por la partición de la ganancia en ganancia del empresario e interés del capital. Esta necesidad de separación entre la propiedad y la gestión es la misma en el socialismo que en el capitalismo, y viene dada por la escasez de capital.

La escasez de capital no debe entenderse como escasez de dinero o de recursos financieros, sino como la falta de procesos de producción y reproducción de la riqueza. Mientras que el dinero se puede imprimir, los procesos de producción y reproducción se establecen sólo siguiendo leyes objetivas inflexibles.

No entenderlo dió lugar a otra práctica nociva: que las empresas públicas reciban capital del Estado de forma gratuita, sin pagar su precio. Esto no sólo no tiene nada de socialista, sino que va en contra del hecho de que el capital –es decir, trabajo acumulado– existe como una multiplicidad de procesos de producción separados.

Si se administra el capital como un todo, como un “dinero” ilimitado que viene del Estado, deja de ser una prioridad reproducir ese capital, por no hablar ya de generar acumulación. Entonces cada empresa operará a una tasa menor que la óptima, las que den pérdidas sobrevivirán y aquellas que logren reproducir el capital se deteriorarán. Al final se destruye capital en vez de acumularlo.

A diferencia de las condiciones de que disfrutan los países desarrollados, que les permitiría avanzar a gran velocidad al socialismo, en países atrasados, con gran escasez de capital, la inversión extranjera y la acumulación de capital son objetivamente necesarias.

Eso obliga a negociar y a hacer concesiones. Entre otras, permitir un cierto grado de circulación capitalista y no sólo la inversión centralizada del Estado como capitalista único. De lo contrario, el capital existente se dispersa, creando problemas extraordinarios para su reproducción, haciendo imposible el retorno de la inversión y la conservación del valor de los activos, por no hablar de su acumulación.

La meta es dar el poder al pueblo, convirtiéndolo en verdadero dueño del país, revolucionando las estructuras de la propiedad y de la distribución, para que estén a su servicio desarrollando las fuerzas productivas y elevando el nivel de vida.

Esta es la diferencia fundamental entre una política socialista y una política capitalista, porque una política capitalista asumirá como algo dado toda la estructura de propiedad existente, mientras que una política socialista destruirá cuando sea necesario esa estructura con el fin de crear una nueva y distribuir la propiedad para desarrollar la producción al máximo.

Dicho en términos sencillos: socialismo es igual a riqueza. Nuestro objetivo, por lo tanto, es acabar cuanto antes con el capitalismo y sus mecanismos inherentes de generación de pobreza. Los revolucionarios de cada país y de cada momento histórico son los que tienen que acertar con la forma más rápida, eficiente y con menor sufrimiento para hacerlo posible.

MERCADO Y VALOR

Algunos dirán que el valor de las mercancías se determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Añadiendo que el mercado, a lo sumo, haría oscilar su precio, pero no determinaría su valor, puesto que éste viene dado de antemano, y que en el mercado no se crea un valor nuevo, ya que la venta de una mercancía por un precio superior a su valor simplemente supone que ese dinero cambia de manos.

Hay que empezar aclarando que una cosa es lo que compone y constituye el valor de una mercancía (esto es, el tiempo de trabajo que lleva incorporado), y otra es cómo se determina la magnitud de ese valor, dónde se verifica.

Cierto es que, como demuestra Marx, en la esfera de la circulación de mercancías (es decir, en el mercado) no se genera valor. Y, efectivamente, los precios son sólo una forma de manifestación del valor que se limitan a oscilar en torno a él y, a estos efectos, no merecen consideración.

Pero, a la vez, fuera de la circulación de mercancías no se puede realizar el valor de éstas. Esta contradicción, que Marx desvela en los primeros capítulos de El Capital, le lleva a señalar que sólo sería posible resolver la paradoja si existiera una mercancía cuyo valor de uso fuese fuente de valor (de cambio). Y que esa mercancía única y extraordinaria existe: la fuerza de trabajo. Y que, por lo tanto, el valor de las mercancías es, ni más ni menos, que el tiempo de trabajo humano empleado en producirlas.

Evidentemente, me es imposible resumir todo el razonamiento de esos primeros y cruciales capítulos de El Capital en un simple artículo. Pero sí me parece importante subrayar que, cuando hablamos de que lo que da valor a las mercancías es el trabajo humano, nos referimos al trabajo humano socialmente necesario.

En primer lugar, todo producto del trabajo humano no es una mercancía. Si me hago una silla yo mismo para mi casa, estaré haciendo un producto, pero no una mercancía. Y en segundo lugar, si me dedico a fabricar una cosa que, al llegar al mercado, el conjunto de los consumidores consideran que es inútil y no sirve para nada y, por lo tanto, no se vende, su valor será cero, por mucho trabajo que lleve incorporado, ya que se tratará (por “decisión” del mercado) de un trabajo socialmente innecesario.

Además, en cualquier mercancía hay una enorme cantidad de distintos tiempos de trabajo incorporados en diferentes magnitudes. Si mi trabajo es construir una mesa, necesito madera, cola de carpintero, martillo, tachas, y unas cuantas herramientas más. Alguien habrá talado los árboles, serrado la madera, etc. Lo habrá hecho con una sierra, que a su vez ha sido construida en una fábrica. El transportista ha usado un camión, construido en otra fábrica con otras máquinas. La electricidad que emplee se ha generado en una central eléctrica. El martillo está hecho de acero en unos altos hornos. El hierro de ese acero ha sido extraído de una mina con determinada maquinaria, que a su vez… Y así hacia atrás hasta el infinito.

Podemos estimar el tiempo de trabajo invertido en una mercancía (esto es, el valor de la mercancía) por métodos (poco) aproximados o con una bola de cristal, pero la misma mercancía manifiesta su valor (es decir, el tiempo de trabajo que lleva incorporado) en el intercambio social, esto es, en el mercado. Por el contrario, si el valor de las mercancías no se establece en el mercado, ¿cómo podemos descubrir su magnitud? ¿En el “plan quinquenal”? ¿A “ojo de buen cubero”? ¿Con una fantástica red de superordenadores futuristas?

Lógicamente, el mercado nunca es “libre”: siempre está intervenido, condicionado y regulado por la clase dominante en cada época histórica. ¡Ya se ocupó la burguesía de deshacerse de las regulaciones que el régimen feudal ponía al mercado para, a cambio, poner las suyas propias!

Así pues, no se trata de eliminar el mercado (la esfera de la circulación de mercancías), que seguirá siendo necesario como consecuencia de la división social del trabajo y para descubrir y medir el valor de las mercancías, sino de eliminar el mercado capitalista.

PLANIFICACIÓN Y MERCADO

En el socialismo de tipo soviético se soslayaba la ley del valor formulada por Marx –y que explica que el valor de los productos se determina en el mercado– con el argumento de que el sistema de planificación tenía en cuenta, en sí mismo, esa ley objetiva. Se demandaba que las empresas ahorraran tiempo y materiales para reducir los costos por unidad producida, elevar la productividad del trabajo y aumentar los beneficios de los fondos invertidos, para que así los precios reflejaran el valor.

Pero esto resultaba imposible porque no se quería tomar en cuenta ni aplicar una tasa de interés al capital (un “precio”). Los precios pueden reflejar el valor solamente si reflejan también los costes financieros de las empresas. Si el capital es gratuito, si no tiene un precio o si el Estado lo entrega sin coste alguno, entonces los precios no pueden reflejar el valor. Si los precios reflejan solamente el coste de producción excluyendo el coste del capital, el Estado nunca sabrá cómo está utilizando sus limitados recursos. Las empresas deben ser autónomas y el capital debe tener un precio para corregir la situación. Y, consecuentemente, tener un sistema de contabilidad estandarizado.

Si decimos que el socialismo libera el desarrollo de las fuerzas productivas, un país que inicie el camino al socialismo no puede aislarse del desarrollo mundial de esas fuerzas, especialmente de la ciencia y la tecnología, ya que su división del trabajo quedará inevitablemente atrasada y el país sufrirá duros reveses en el mercado mundial.

Por el contrario, hay que partir del propio marxismo entendiendo que no existe contradicción entre el socialismo y la economía de mercado. No se trata de la vieja idea soviética de que el mercado debe ser un “complemento” del plan económico, como una muleta en la que tenía que apoyarse una economía socialista débil. El mercado y el plan son socialistas si sirven al socialismo, y son capitalistas si sirven al capitalismo.

Precisamente por eso, la clave está en si se mantiene o no el capitalismo como forma de Estado, siendo evidente que el proceso fracasará si da lugar a la formación de una nueva clase burguesa (esto es, no de si existen en el largo proceso de transición individuos o grupos capitalistas, sino de si éstos se constituyen como clase capitalista). Sólo hay capitalismo cuando una clase capitalista tiene el poder por medio de una representación política. La clave es, por lo tanto, la conservación del poder por parte de las fuerzas socialistas.

Si éstas pierden el poder del Estado, los subyacentes procesos de producción de capital, incluso si son cuantitativamente inferiores a los socialistas o a la propiedad pública, acabarán sirviendo de base a una clase social capitalista. Esto es lo que ocurrió en la ex Unión Soviética, aunque antes de la crisis final el sector privado fuera prácticamente inexistente. No fue la cantidad de procesos de producción de capital o la cantidad de empresas privadas lo que determinó la caída del PCUS, sino una completa y radical derrota política.

Y aunque la política principal debe ser la de autosostenimiento, un país que construye el socialismo debe abrirse al resto del mundo, atrayendo fondos y tecnologías para promover su desarrollo. Es precisa la acumulación de capitales internacionales, en cuanto suponen una inyección no sólo financiera en un periodo en que ello sea vital, sino además de tecnología y métodos de producción avanzados, y tanto lo uno como lo otro han de venir en el actual período histórico, necesaria y principalmente, de los países capitalistas desarrollados.

Lógicamente, no se trata de que el capital imperialista entre como Pedro por su casa arrasando y colonizando la economía nacional, sino de permitir las inversiones en aquellas áreas que lo necesiten y no sean estratégicas para el control del proceso, la soberanía nacional y la estructura de propiedad socialista.

Para poder competir en el mercado internacional, frente a las productividades más elevadas y mejores tecnologías de los países capitalistas desarrollados, para un país socialista la calidad y no solamente la cantidad de la producción pasan a un primer plano. No basta producir mucho para “cumplir el plan”, cuando lo que se produce son mercancías de escasa calidad o muy atrasadas tecnológicamente.

Esta es otra forma de la necesidad del desarrollo de la división del trabajo, ya que la calidad de los productos es expresión de la especialización en un sector determinado. Y si no avanza la división del trabajo, y con ella las fuerzas productivas, es imposible avanzar al socialismo, la economía nacional se estanca y la revolución termina siendo derrotada.

Durante el siglo XX los comunistas en el poder, con un nivel deficiente de comprensión del marxismo, absolutizaron el sistema soviético de planificación. Tampoco es que la lectura soviética del marxismo era simplemente “errónea”: hay que reconocer que estaba determinada por un periodo histórico global en el que el capital no era separable del capitalismo como sistema político.

Lamentablemente, muchos sinceros y consecuentes revolucionarios, en su afán por combatir el capitalismo, terminaron negando el mercado y los procesos de división del trabajo y de acumulación de riqueza. Pero ahora, el subterráneo proceso de la socialización del trabajo ha creado finalmente una situación mundial en la que tal separación es posible y deseable, y en la que sólo el sistema socialista puede permitir el continuado desarrollo de las fuerzas productivas.

MERCADO, PLANIFICACIÓN Y SOCIALISMO

Para transformar el Estado y revolucionar la economía de un país, especialmente si se trata de un país subdesarrollado (y aquí hay que incluir Canarias), debe existir una fuerza política que vincule el desarrollo de las fuerzas productivas a la política cotidiana. El problema con los partidos conservadores y reformistas burgueses es que nunca se proponen y son siempre incapaces de cambiar el Estado y la estructura de intercambio. Administran el Estado al viejo modo capitalista, usando todas las estructuras y relaciones ya existentes.

Vincular el nivel de desarrollo con la política diaria significa asumir una posición contraria al Estado capitalista, darle verdaderamente el poder a los trabajadores y al pueblo y, a la vez, darle autonomía a las empresas del sector estatal y dinamizarlas sobre la base de una gestión eficaz y moderna. En muchos casos, el peso de la administración estatal debe reducirse para permitir una mayor iniciativa de los productores. Cualquier actividad del Estado que pueda ser gestionada por los colectivos e incluso por pequeñas empresas privadas, les debe ser transferida.

La diferencia esencial con una política de viejo estilo capitalista es que los comunistas nos mantengamos listos para transformar el sistema de propiedad siempre en la dirección del desarrollo de las fuerzas productivas. Lo que, a su vez, requiere la abolición de las viejas estructuras de la democracia burguesa y la construcción de un no-Estado al estilo de la Comuna, con una gran pluralidad de fuerzas sociales y políticas partidarias del socialismo y la promoción consciente de la sociedad civil.

En muchos países, como consecuencia del colapso del socialismo de tipo soviético, nuevas corrientes reformistas pregonan ahora la “importancia principalísima del mercado” y la “defensa de la democracia”. Sostienen que son defensores de la sociedad civil frente al Estado, y al mismo tiempo reniegan del marxismo. Tienden a hablar como si estuvieran descubriendo algo grandioso, cuando la verdad es que se limitan a defender la democracia formal burguesa y el Estado capitalista. Para encontrar el papel del mercado en la economía no era necesario renunciar al marxismo, pero estos “socialistas” lo han creído necesario para mejor asimilarse a lo impuesto por las potencias imperialistas.

Pero, precisamente, si algo caracteriza al socialismo es la búsqueda de la prosperidad común y de la desaparición de la polarización de la sociedad entre ricos y pobres. Y esto exige una continua revisión de la estructura de la propiedad, de modo que las clases sociales no se enquisten sino que tiendan a desaparecer y que los beneficios del desarrollo se distribuyan a todo el pueblo.

En este sentido, hablar de la “inevitabilidad del mercado” es no decir nada. ¿Acaso la inevitabilidad de los mercados implica la del capitalismo? Lo que no se atreven a decir esos valedores del “mercado” es que ellos lo que propugnan es el mantenimiento a cualquier precio de un mercado regulado para las grandes corporaciones capitalistas y controlado por éstas. Los mercados pueden cambiar mucho. Pueden ser revolucionados y reconstruidos por medio de la expropiación y la redistribución de la propiedad.

El verdadero problema es si el capital es inevitable o no lo es: el capital es inevitable mientras exista escasez y baja productividad del trabajo. Pero incluso si la circulación del capital es necesaria, el capitalismo como sistema político no es inevitable porque, una vez que comprendamos la determinación histórica del capital y su necesidad objetiva, la propiedad capitalista puede ser relativizada y reducida, sometida y dirigida por las fuerzas socialistas en el sentido que mejor convenga a los pueblos.

En un país desarrollado, el socialismo significa la superación del Estado y la ruptura de las relaciones especiales entre el Estado y los intereses empresariales de cualquier tamaño, abriendo espacio a nuevos sectores de producción de capital y nuevos sectores socialistas y a nuevas instancias de la sociedad civil. El socialismo debe estar dispuesto a transformar la estructura de la propiedad, a revolucionar la forma de combinación de empresas privadas y estatales, y no centrarse exclusivamente en la propiedad estatal, ni creer que la propiedad estatal debe implicar exclusivamente la gestión estatal.

La incomprensión de algo tan fundamental sirve para entender por qué ciertas economías socialistas perdieron finalmente en la competencia con las economías capitalistas y por qué no crearon una mayor productividad del trabajo. Si el socialismo “planificado y sin mercado” fue incapaz de superar a los países capitalistas, entonces, o el socialismo estaba fuera de lugar (conclusión a la que llegan muchas personas desilusionadas), o se trataba de un tipo de socialismo erróneo.

Por esta razón la planificación no debe ser asociada irreversiblemente al socialismo, siendo necesario juzgar a una y a otro separadamente. La irrelevancia del socialismo es impensable, mientras que la de una economía planificada puede entenderse. Si uno elige unir ambos conceptos indisolublemente, se arriesga a descartar el socialismo por la insólita razón de que ha fracasado en algunos países donde un determinado sistema de planificación centralizada fue incapaz de desarrollar completamente la economía.

Como explica Marx, “sin esto [un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas]: (1) el comunismo sólo puede existir como un evento local; (2) las fuerzas del intercambio mismo no pueden haber llegado a convertirse en fuerzas universales y, por lo mismo, no pueden ser fuerzas intolerables: seguirían siendo condiciones domésticas rodeadas de superstición; y (3) cualquier extensión del intercambio aboliría el comunismo local[1]. Justamente lo que ha pasado.

CONCLUSIONES: CONTRA EL SOCIALISMO DE LA POBREZA

Cuando los comunistas preconizamos la necesidad de una revolución socialista, lo hacemos desde el convencimiento de que esta revolución hará que la gente viva mejor. Sería criminal involucrar a millones de personas en un esfuerzo y un sacrificio de tal magnitud para vivir peor. Y cuando hablamos de vivir mejor no nos referimos sólo a una mejora espiritual, sino material: liberando las fuerzas productivas que el capitalismo constriñe y destruye y poniéndolas al servicio y en beneficio de la mayoría de la sociedad.

A diferencia de otros tipos de “socialismo”, el fundamentado en la ciencia y desarrollado principalmente por Marx y Lenin, no parte de lo que a nosotros nos gustaría que fuera la sociedad, de la “utopía” o del “debe ser”. Por el contrario, parte de la realidad del capitalismo y de las leyes económicas que le son inherentes. No es casual que la obra principal de Marx no se llame “El Socialismo” sino “El Capital”.

De la misma manera, tenemos claro que el paso del capitalismo al socialismo no se produce de la noche a la mañana ni por decreto. Se trata de un largo periodo histórico de transición en que, al igual que en el capitalismo existen formas de propiedad socialistas (empresas públicas, sociedades anónimas laborales, cooperativas, etc.), subsistirán por un largo tiempo formas de propiedad capitalistas. Lo importante es en manos de qué clase social está el Estado, como se distribuye la riqueza y en qué dirección se avanza.

Igualmente, en aquellos países con unas fuerzas productivas muy atrasadas, las revoluciones socialistas tendrán que apoyarse durante un prolongado periodo de tiempo en el “bastón” de las inversiones de capital y tecnología extranjeras, hasta poder caminar únicamente sobre sus propios pies teniendo un desarrollo de las fuerzas productivas superior a las del capitalismo. Lo importante es que durante todo este proceso, las fuerzas revolucionarias mantengan el poder político, la defensa de los intereses populares y la claridad de la estrategia de avance al socialismo.

A diferencia de las sociedades de economía natural (es decir, en las que el grueso de la producción es para el autoconsumo), como el feudalismo, el capitalismo es una economía mercantil: se produce para la esfera de circulación de mercancías, para el mercado. En el socialismo también se produce para el intercambio, para el mercado. Como demuestra Marx en El Capital, es en el mercado donde se determina el valor de uso de las mercancías y la magnitud de su valor (de cambio). Quiere esto decir que el valor de las mercancías no se establece en un plan quinquenal ni por inspiración divina.

Por lo tanto, en el socialismo habrá mercado, y el socialismo habrá de ser, necesariamente, socialismo de mercado. Quienes niegan el mercado son como los que negaban la ley de la gravedad aduciendo que las cosas no caían por la gravitación sino “por su propio peso”. Al final la realidad se impone por sí misma, bien como mercado reconocido, bien como mercado negro.

Lógicamente, el mercado nunca es “libre”: siempre está regulado. Bajo el capitalismo se regula a favor de los intereses de los grandes capitalistas. Bajo el socialismo se regula a favor de los intereses del proletariado. Quienes identifican mercado y capitalismo, y mercado con “libre” mercado, actúan de hecho como verdaderos ignorantes y como “tontos útiles” de la ideología burguesa.

De la misma forma, no existe contradicción entre planificación y mercado. Las grandes (y las pequeñas) empresas capitalistas trazan planes a cinco, diez o veinte años. Los Estados capitalistas trazan también planes. En esos planes se tienen en cuenta, en la medida de lo posible, las fluctuaciones de los mercados. En el socialismo se trazan planes también. Si se tienen en cuenta las leyes económicas y el mercado, serán planes atinados. De lo contrario, serán planes que conducirán al fracaso.

Y, desgraciadamente, conocemos bien esos fracasos.

Si quienes nos reclamamos del marxismo decimos defender un “socialismo científico”, habrá que tratarlo como una ciencia. Y si se trata de una ciencia habrá que estudiar. No consiste, por lo tanto, en emitir opiniones, pareceres o gustos. Quién no analiza lo que pasa desde el conocimiento, lo hace desde la ignorancia. Quién no estudia la ciencia marxista-leninista puede ser cualquier clase de “socialista” o “comunista”, pero no un comunista científico. Más bien será un idealista atrapado en iconos, banderas y consignas simplonas, y no un revolucionario proletario.

De esta manera se explica la reticencia de cierta “izquierda” ante las manifestaciones de riqueza en países como China (y, en diversa medida, Vietnam y Cuba). Personalmente, recuerdo que hace cuarenta años había compañeros que me recriminaban que los chinos vistieran “todos iguales”. Cuando se iniciaron las reformas, esas mismas personas me recriminaban que se hubiese introducido la moda en el país porque “se están aburguesando”.

Para este tipo de personas el socialismo es un estado de rapto místico colectivo, una profesión de fe revolucionaria, de austeridad y sacrificio. Que los obreros tengan de repente ropa variada, televisiones, teléfonos móviles, neveras o coches, es una clara manifestación de haberse pasado al capitalismo. En sus mentes ha prendido el ya mencionado lavado cerebral burgués: capitalismo es igual a riqueza y socialismo es igual a pobreza.

Lógicamente, en situaciones excepcionales de agravamiento de la lucha de clases o de garantizar la supervivencia de la revolución, hay que recurrir a la determinación, el entusiasmo y la capacidad de sacrificio del proletariado. Pero lo excepcional no puede convertirse en regla, ni la excepción puede durar cincuenta años.

Pero para los pequeñoburgueses europeos, acomodados en la barra de un bar de Berlín o de Madrid, es muy fácil pontificar a “esos muchachos” del tercer mundo para que se mantengan en la pobreza y no se “aburguesen”. Desde sus televisores, sus playesteisions, sus tablets, sus ipads y su ropa de marca, con la barriga llena y el espíritu vacío, se indignan porque esos bárbaros no sigan sus sesudos consejos sobre un socialismo monacal y franciscano. ¿Quiénes son de verdad los “bárbaros” (imperialistas)?

¿Es de extrañar que los obreros no se sientan atraídos ni por esos “líderes” ni por ese socialismo fantástico? Si queremos avanzar, tenemos que barrer de nuestras mentes (y de nuestras filas) el “socialismo de la miseria”. Y volver a Marx, a El Capital y al socialismo científico.


NOTA

[1] Marx, K. y Engels, F. La ideología alemana.

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