Escarmiento a Catalunya


TEODORO SANTANA 


Está feo autocitarse, pero ya en un artículo de 2013, señalaba que “inevitablemente, cuando en el proceso por la liberación nacional la burguesía catalana vea comprometidos sus intereses frente al avance de las fuerzas anticapitalistas, antepondrá sus intereses de clase, pactará con la oligarquía española y se revolverá contra su propio pueblo. Y, por eso mismo, la clase obrera y los trabajadores catalanes deben mantener autónoma la organización de su propia fuerza en todo momento” (1).

La clase obrera catalana, la pequeña burguesía, los agricultores y otros sectores populares catalanes han apostado decididamente por la autodeterminación, mientras la gran burguesía, inseparable de la oligarquía española, lo ha torpedeado constantemente. Entendían, y no sin razón, que el procès era la puerta abierta al avance de las fuerzas más anticapitalistas, decididas a poner en pie una república en que sus inmensos beneficios podían verse socavados. Apenas estos sectores oligárquicos catalanes han enseñado los dientes de su poder económico, con el traslado de sedes de los grandes bancos y empresas domiciliados en Catalunya, a la mediana burguesía (PDeCat y ERC) le han temblado las piernas.

La reculada es de las que hacen época. Enfrentados al chantaje económico de la oligarquía y a la represión judicial individualizada, los dirigentes del independentismo burgués han optado por la fantasía de que, retrocediendo, el Estado español se moderaría y la Unión Europea iba a forzarle a una "mediación". El ridículo es espantoso, consecuencia lógica de entregarse en manos del imperialismo europeo como si la UE fuera una beatífica ONG. El resultado, como era previsible, es justo el contrario: el Estado tiene ahora las manos libres, y los dirigentes catalanes han desmovilizado a su propio pueblo.

Por otra parte, es justo reconocer que una declaración de independencia, en las condiciones actuales, no hubiese tenido mayor recorrido ni hubiese detenido la represión –aunque hubiese evitado facilitar que ésta pudiera ser tan selectiva–. El movimiento republicano catalán estaba condenado al fracaso desde el momento en que optaba única y exclusivamente por la vía “pacífica” –en realidad lo que quieren decir es desarmada– frente a un Estado armado hasta los dientes y sin complejos para usar la violencia.

Un Estado que, por si fuera poco, y en la lógica de su tradición fascista, no se corta un pelo a la hora de saltarse sus propias leyes. Si el gobierno tranca la tesorería de la comunidad autónoma catalana sin base legal alguna, si el Tribunal de Orden Público (ahora Audiencia Nacional) procesa por un delito –el de sedición– para el que no es competente, si el Tribunal Constitucional aplica sanciones amparándose en una ley que está recurrida ante el propio TC, ¿qué no harán si les da la gana? ¿Convocar elecciones autonómicas amparándose en el 155 cuando el Estatut –una Ley Orgánica española– dice que sólo la puede convocar el Govern de la Generalitat?

Y eso que tampoco necesitaban saltarse sus propias leyes. El 155 ya está en marcha, pero pueden aplicar el 116 para declarar el Estado de excepción o de sitio y suprimir “legalmente” todas las libertades civiles, deteniendo y encarcelando por tiempo indefinido y sin orden judicial a quién les dé la gana –y lo de la “orden judicial” es por decir, que ya sabemos que los jueces están a la orden–.

Como explicaba Lenin, “No hay Estado, incluso el más democrático, cuya Constitución no ofrezca algún escape o reserva que permita a la burguesía lanzar las tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc. en caso de alteración del orden, en realidad en caso de que la clase explotada altere su situación de esclava e intente hacer algo que no sea propio de esclavos(2).

El Estado no sólo quiere derrotar al republicanismo catalán. Quiere dar un escarmiento. Y lo va a hacer de forma implacable. La cárcel espera a los principales dirigentes independentistas catalanes. Y las confiscaciones por embargos multimillonarios a miles de ellos. Se trata de “que pierdan toda esperanza”, no sólo los catalanes, sino cualquiera que en el resto del Estado sueñe con algún cambio democrático.

La correlación de fuerzas está girando a toda velocidad hacia la derecha, arrastrando hacia el bloque fascista (PP-C's) al otro partido oligárquico (PSOE) y “moderando” hasta límites insospechados a la izquierda burguesa (Podemos-Colau), tan patriótica –españolista– ella. Desde la entrega del PCE carrillista a la monarquía franquista en 1977, nunca había estado la clase obrera tan vendida ni el fascismo tan envalentonado.

Sin un partido comunista, sin un partido creado conforme a la teoría revolucionaria marxista y leninista, dispuesto a los mayores sacrificios pero, sobre todo, decido a no engañar al pueblo, es imposible avanzar en las tareas democráticas –ni en Catalunya, ni en Canarias, ni en ninguna parte– ni conseguir mejoras en las condiciones de vida de las trabajadoras y trabajadores.

Peor aún: las fantasías electoralistas y pacifistas de los reformistas burgueses sólo conducen a más contundentes y mayores derrotas para los pueblos. Tal y como explicaban Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, “Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente(3).

Quién tenga ojos para ver y cerebro para pensar, se dará cuenta que se cayeron las caretas. Que los antifaces “democráticos” están torcidos y ya no ocultan la desnudez de la “izquierda” burguesa, de la que sólo podemos esperar engaños. Que ninguna concesión nos será dada si no es arrebatada por la fuerza. Y que, precisamente, es la fuerza la única ley que reconoce el enemigo.

No importa. De las derrotas se aprende. Pero ante todo, camaradas, hay que estudiar, pensar, formarse, organizarse. “El arma de la crítica no puede soportar evidentemente la crítica de las armas; la fuerza material debe ser superada por la fuerza material; pero también la teoría llega a ser fuerza material apenas se enseñorea de las masas(4).


NOTAS

(1) Santana, T. La hipocresía de la izquierda imperialista.

(2) Lenin, V.I. La revolución proletaria y el renegado Kautsky.

(3) Marx, K., Engels, F. Manifiesto del Partido Comunista.

(4) Marx, K. Introducción para la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel.

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